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31 octubre 2008

Los camaradas del PCF

Durante mi corta estadía en París en octubre de 1968, año mítico, me impresionó el otoño aquel, cálido y estremecedor. Entonces todavía nombraban ese tiempo “el verano de la San Martín”, ahora como muchas otras cosas son llamadas a la estadounidense, así pues ahora dicen el “verano indio”. No crean que es porque suena más laico, simplemente el dominio cultural que se acentúa cada vez más. Entonces en París las muchachas andaban sueltas y contentas, mostrando anchamente sus cinturas, con blusitas muy cortas y pantalones o faldas más abajo de la cintura y muy arriba de las rodillas. En Moscú las muchachas apenas si habían empezado a mostrar sus rodillas. Las parejas mostraban sus efusiones sin retenimiento y todo parecía iniciar nuevos tiempos.

Mi guía, pues tuve un guía, me traducía y me explicaba lo que me resultaba curioso, a veces se adelantaba con observaciones tales como, “antes de la revolución nadie se hubiera atrevido a eso...”. Varios días anduve confuso. Me sorprendía el sentido histórico de mi guía y de otros que también usaron la misma expresión. Digo esto pues pensaba que se referían a la Revolución de 1889. Pues no, se referían a la revuelta estudiantil de mayo. Ni siquiera a la huelga general que duró más de un mes y que obligó al gran general a ir a entrevistarse con los militares golpistas en Alemania.

Supe que se refería al mayo del 68, pues intrigado le pregunté si era un apasionado de historia. Cuando le expliqué mi pregunta se rió a carcajadas. Acepté la denominación de revolución para esa revuelta. Ahora tratan los mismos protagonistas de que se olvide la gente de aquel espíritu de libertad.

Diré que otra cosa que me sorprendió fue la cantidad enorme de mercancías, de objetos para todo uso, de lo más baladí hasta la más refinada tecnología. Las vitrinas muy elegantemente presentadas. Fui entonces que descubrí realmente el mundo de las mercancías. El mundo en el que todo estaba en venta. Fue entonces que me di cuenta que la batalla soviética por alcanzar la producción capitalista llevaba todas las de perder. “Me di cuenta” no significa que tomé consciencia de lo que eso significaba y tampoco tenía la capacidad de una interpretación acertada de este hecho. Porque no se trataba solamente de cuestiones de organización y de tomar en cuenta a la población, pero entonces ni siquiera ligaba una cosa con la otra. Creo que en aquella época la cuestión que realmente me preocupaba socialmente, en tanto que salvadoreño en Moscú, era la cuestión de la libertad y de la democracia. Sabía y lo escribí entonces: “ese socialismo no lo quiero para mi país”. Lo escribí en una carta a mi hermano. Lo recuerdo simplemente por su respuesta, “estás impregnado del espíritu pequeño burgués”. Mi hermano ya ni siquiera se acuerda de ese episodio, y es mejor así.

Compré en París algunas cositas para llevar de regalo. Entre esas cositas adquirí en ediciones de bolsillo unos cuantos libritos de Sartre, de Camus, de Malraux. No pude conseguirme traducciones que me imaginé fáciles de encontrar de Saint-John Perse, que había obtenido recientemente el premio Nobel, en 1960, quería leer sus poemas traducidos al castellano. No los encontré en ningún lado. Mi guía me llevó a la librería española de la calle Monsieur le Prince, el librero me explicó que el se ocupaba de difundir la literatura hisponoamericana y que los franchutes... Bueno, me dijo que respetaba al pueblo francés que lo había acogido y sobre todo aquellos que habían ayudado a la República. Salí de la librería con dos libritos de piezas de Lope, entre ellas “Fuenteovejuna”. Esta pieza quise dársela a un amigo ecuatoriano, cuando volví a Moscú ya no estaba y nunca más lo he vuelto a ver. Esta ha sido para mí una de las más grandes pérdidas. Perdimos todo contacto.

En mi viaje de retorno, ya con mi documento consular, que atestiguaba que podía casarme con quien me diera la gana y que las leyes de El Salvador no me limitaban esa libertad, tomé el tren. En esa época aún no era muy corriente viajar en avión, por los precios, se entiende. Así que hice el largo viaje en tren. Duraba dos días, cerca de cuarenta horas, un martirio. En la ida en las aduanas de Berlín los alemanes del Este me dieron un susto terrible. Golpearon la puerta de mi compartimento con una violencia tal que desperté en sobresalto. Y al abrir la puerta veo uniformes casi idénticos a los del Ejército Nazi. Alguien me explicó una vez que los alemanes del Este, el gobierno, decidieron dejar el mismo uniforme bajo el pretexto de demostrar que no era el uniforme el causante del nazismo. Tal vez tenían razón, pero esa ha sido una de las pocas ocasiones en que he estado al borde de un infarto.

Estos aduaneros no eran muy amables, sus voces eran agresivas, de poco respeto. Examinaron mi pasaporte como si se tratara de una pieza arqueológica única, de esas que se roban durante las excavaciones... Pusieron lo sellos de tránsito. Los del otro lado del Muro, se esmeraban en ser muy amables, era como si conocieran la mala impresión que me habían causado sus colegas del otro lado. No me sellaron el pasaporte y uno de ellos hasta me dio la bienvenida en castellano.

De regreso pues, en ambos lados me señalaron que mi pasaporte estaba vencido. Pero como tenía las visas de retorno para Moscú no insistieron mucho. Me refiero a los del Oeste. Los otros examinaron de nuevo mi pasaporte, me hicieron bajar del tren, me gritaban, me mostraban la fecha y yo les mostraba la validez de la visa de tránsito. Un ruso bajó del tren para traducir. Pues los aduaneros se negaban a responderme en ruso. Vino un oficial alemán. El ruso le explicó la situación, que yo había viajado ya por las dos Alemanias con ese pasaporte, que tenía todos los visados y que con ese burocratismo estaban alargando aún más la parada en Berlín. El oficial alemán le pidió al ruso que se identificara. Eso vino a arreglar casi de inmediato las cosas. Era un oficial del Ejercito Rojo que volvía de Bélgica o de Luxemburgo, ya no recuerdo, iba de civil. El oficial le hizo el saludo militar y dio órdenes que me sellaran el pasaporte. Esta escena la tengo muy presente, pues por un momento me veía de regreso a la otra Alemania, sin dinero, sin hablar ni una jota del idioma de Goethe.

El resto del viaje la pasé durmiendo hasta la frontera soviética. De nuevo la fecha de mi pasaporte les llamó la atención, pero aquí podía explicarme y no tuve necesidad de la intervención del militar ruso. Además lo importante para los aduaneros soviéticos era mi visa de regreso. Pero hubo algo imprevisto. Entre las maletas designadas para verificación estaba la mía y uno de los empleados deseaba saber de qué trataban los libros que llevaba en lengua extranjera, tal vez eran literatura prohibida. Nunca he tenido más desfachatez que en ese momento:

—Son libros de camaradas del PCF, todos son muy buenos militantes.

El aduanero me escrutó. Resistí a su mirada. Y cerró mi maleta y me dio la mano. Fue así como pude llevar estos libros hasta Moscú, ninguno estaba aún traducido. Pronto lo serían, la censura soviética tenía sus contradicciones.

5 comentarios:

  1. Leo estos sus artículos maravillado, como quien lee las crónicas verídicas de alguien venido de una dimensión desconocida, de otros tiempos ignotos.

    Estoy convencido (equivocadamente tal vez) de que usted no "realiza" el desconcertante impacto que causa en mentes pendejas como la mía.

    Fascinante...

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  2. Estimado jc: tal vez sea tan sólo un hombre que "viene del frío". La dimensión es que se trata ya de un pasado, pero aún presente en nuestras vidas. Por eso cuento mi historia.

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  3. yo tambien he sentido escalofríos al leerte Carlos.

    Tu memoria no te falla, vos no sabés lo agradable que ha sido este post y en general tus relatos.

    cuidate porque debés seguir en esto. y abrazos

    Saludos,

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  4. Ixquic*: me alegra leerte de nuevo en estos comentarios. Gracias, vos sabés el valor que le doy a tus palabras. Un abrazo.

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  5. Anónimo12:51 a. m.

    Pues yo sigo usando la fórmula del verano de San Martín, tal vez porque es el título de una cancion de Jean Ferrat, mientras que el verano indio es el título de una canción de Joe Dassin, y vaya a saber por qué me gusta más Jean Ferrat que Joe Dassin. Je je. La librería hispanoamericana de la rue Monsieur Le Prince tenía sus defectos, pero ahora que ya no existe,los que buscamos textos en español nos sentimos bien solitarios. Me imagino que sí existen traducciones de Saint-John Perse al español, aunque no lo he averiguado. Era un gran poeta, poeta magnífico,como tambien lo era nuestro tan querido Jacques Prevert, del que en estos días parece que se vuelve a hablar un poco. Poetas olvidados durante décadas. No sé cómo explicar la cosa, ya que las obras poéticas de Saint John Perse y la de Prévert no tienen nada que ver, pero yo los quiero igual. En mi opinión eran iguales de grandes. Thierry

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