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26 octubre 2008

La diputada y el cónsul

Muchos de mis lectores no recuerdan o simplemente nunca supieron de la existencia de Nikolai Podgorny. Este señor fue presidente de la Unión Soviética. Es posible que algunos recuerden a Anastas Mikoyan, también fue jefe del Estado soviético. También voy a citar a Aleksei Kosiguin y por supuesto a Leonid Brezhnev, creo que estos dos personajes aún son recordados, sobre todo el último. A todos ellos les escribí cartas en las que me quejaba que en el Soviet de mi barrio me negaban el derecho de contraer matrimonio con la mujer con que vivía y con la que ya tenía una hija. La ley les imponía responderme. Lo hacía un empleado con un formulario tipo. Me decían que habían estudiado mi caso y que habían trasmitido mi carta al Soviet de mi barrio... Iba pues de nuevo al Soviet de mi barrio y la respuesta era siempre la misma. ¡Ñet! La respuesta siempre fue categórica. Volvía pues a mi pluma fuente y redactaba de nuevo una carta al jefe del Presidium Supremo. Citaba artículos de leyes, citaba a V. I. Lenin, citaba al Pravda y la respuesta era siempre la misma: “hemos enviado su carta al Soviet de su lugar de residencia” y de nuevo el impávido ¡Ñet!

Entre carta mía y la obstinada negativa de la diputada de mi barrio, hubo algunas convocatorias intimidatorias a mi mujer a comparecer ante un oficial de la KGB. Algunas veces me convocaron a mí, pero no al local de la Plaza Dierzhienskaya, como a mi mujer. Ella resistió perfectamente a esas intimidaciones. Por mi lado, pues me llamaban a comentar mis cartas. Me recibían de manera alternada un oficial masculino y un oficial femenino. A veces se juntaban y procedían a un interrogatorio inútil, tratando de convencerme a renunciar a mis demandas. Discutía con ellos sobre la libertad, sobre el respecto de la dignidad, sobre la familia, la educación de los niños, de la responsabilidad de los padres, etc.

Ahora me resulta muy extraño que los agentes del KGB nunca se aprovecharon de la hostilidad que me profesaban algunos de mis compatriotas. Tal vez la compartimentación en ese organismo fuese muy rígida, pero nunca se refirieron para nada a mi vida en la universidad.

Si he citado a Podgorny es para que vean lo largo que resultó el asunto y la tenacidad que manifestamos mi mujer y yo. No sé como sugerir su coraje. Pero no manifestar miedo ante una convocatoria al KGB era para un ciudadano soviético algo imposible. La primera vez que la convocaron fue por teléfono, a eso de las 10 de la noche. Vean la sutiliza de la hora, la convocaban para las ocho de la mañana del día siguiente. La persona que la llamó no le dijo el porqué de la convocatoria. No dio detalles. Ustedes entenderán que supimos que no se podía tratar de una broma pesada. Nadie era capaz de hacer ese tipo de bromas.

Le preguntaron exclusivamente sobre nuestras relaciones, dónde nos habíamos conocido, si sus padres estaban de acuerdo sobre nuestras relaciones, etc. La tuvieron varias horas haciéndole ese tipo de preguntas. A mí me hicieron las mismas o más o menos las mismas. Recuerdo que cuando me preguntaron si sus padres estaban de acuerdo, les respondí con una pregunta ¿A qué edad se obtiene la mayoría en la URSS? Claro, eso no les gustó. Generalmente les trastocaba sus planes de interrogatorio, pues a sus preguntas casi siempre les respondí con otra pregunta o comentando alguna disposición legal. Las leyes soviéticas eran muy liberales, permitían una vida de plena libertad. Era mi tema favorito en las cartas que le escribía al presidente y al secretario general del PCUS.

En una de mis últimas conversaciones con la diputada, me sugirió que obtuviera del gobierno de El Salvador un permiso o una declaración en la que dijera que el Estado salvadoreño no se oponía a los matrimonios mixtos y sobre todo que se le permitía a los ciudadanos salvadoreños casarse con personas de nacionalidad soviética. Si conseguía ese documento, posiblemente el Soviet podría acceder a nuestra demanda de matrimonio. Ya para entonces teníamos dos hijas.

Aclaro de pasada que la vida de mi mujer no fue fácil. Le prohibieron todo trabajo en su profesión. No podía dar clases de lengua, ni hacer traducciones. Tuvo que aceptar como último recurso un trabajo en el correo. Siempre existió la amenaza de que no la dejaran trabajar en ninguna parte y luego enjuiciarla como “un parásito de la sociedad”, “una vagabunda”. La vagancia era castigada con la deportación.

Fue en esto que intervino en mi favor Cayetano Carpio, alguna paz nos dieron los policías por su intervención. Pero sobre esto hablaré más detenidamente en otra oportunidad. En octubre de 1968 viajé por primera vez a París. Venía a renovar mi pasaporte y a que me dieran algún documento, una carta, algo, en que dijera más o menos, lo que pedía la diputada del Soviet de mi barrio. El cónsul Gallegos Valdez no quiso renovarme el pasaporte. Esa fue la primera vez. Hubo otra, ya les contaré. La carta tampoco quería dármela. Le pedía que escribiera en un papel con membrete de la embajada que no existía en El Salvador ninguna ley que prohibiera a los salvadoreños contraer matrimonio con extranjeras cualquiera que fuera su nacionalidad. Las negativas del cónsul se parecían mucho a las de la diputada del Soviet. Ambos me decían como último argumento: “no tengo derecho”. Esto me sorprendió muchísimo. En ruso la misma frase sonaba “ni imieyo prava”. Felizmente Toño Salazar era el embajador entonces. En una de las mañanas en las que iba a la embajada a tratar de convencer al cónsul, nuestro célebre caricaturista salió de su oficina y me preguntó sobre mi problema. Le expliqué mi historia. Bastó una sola mirada de reproche de Toño Salazar para que Gallegos Valdez accediera, pero le dijo “pero es Usted el que me cubre, si hay algo después”.

Con el “documento consular” me presenté al Soviet y nos dieron fecha muy rápido y fue así como pude casarme y oficializar mi paternidad. Aunque ya había reconocido a mis hijas, era necesario el matrimonio para que figurara mi nombre en las partidas de nacimiento de mis hijas.

Este episodio de mi vida lo he contado aquí me manera suscinta, esto es el esqueleto. He omitido todas las implicaciones que tuvo en mi vida y en la vida de mi familia.


4 comentarios:

  1. ¡Aaaaaah los seres humanos...! Tan buenos y a la vez tan cabrones...

    Gracias por sus historias...

    Saludos!

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  2. Anónimo9:26 p. m.

    Amigo Carlos, antes que todo gracias por haberme traído a la memoria los apellidos de Podgorny y otros, en efecto se me habían borrado del disco duro. Funcionarios de turno, nada más, como los presidentes de México o del Vaticano, pero cuyos nombres sí arrullaron mi adolescencia. En segundo lugar, deja que te regañe por tanto papeleo antiecológico. Con estos intercambios inútiles y absurdos de cartas ¿cuántos pobres abedules contribuiste a sacrificar? Viva la unión libre, carajo. Un abrazo. Thierry

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  3. jc: A veces nos toca que argüir que las circunstancias tienen también culpa. Tengo presente siempre que Dostoievski recusa en un largo artículo este argumento.

    Thierry: De nada, esos nombres se me han quedado trabados en alguna neurona con rencorosas aristas. Hago mi profundo mea culpa por los abedules. Aclaro que soy partidario de la unión libre, en El Salvador, la institución más firme y tal vez la más antigua es el arrejuntamiento. Esto trae problemas sociales, sobre todo para nuestras mujeres que tienen que asumirlo todo en ese tipo de instituciones. Pasa igual hasta en el matrimonio. Me estoy saliendo del tema... No obstante hay un detalle de talla que me disculpa ante los abedules y que justifica mi correspondencia con estos altos dignatarios soviéticos. Sin el matrimonio, mi mujer y mis dos hijas se hubieran quedado a vivir en la URSS, separadas de mí. Era una condición indispensable para que pudieran salir de la URSS. Digo indispensable, aunque no suficiente.

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