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20 enero 2015

Contradicciones VI



Pasemos ahora a ver el momento positivo de la dialéctica, la cual nos puede ayudar a solventar, resolver o superar las contradicciones. También aquí tomemos un ejemplo. Si volvemos a una frase de Aristóteles que citamos al principio en su discusión con Anaxágoras y en la que parcialmente le da razón aceptando la existencia de contradicciones: “en efecto, sólo la región de lo sensible que nos rodea está permanentemente en corrupción y generación”. Esta corrupción y esta generación tomadas por separado como lo hace el entendimiento sin dialéctica tampoco constituyen una contradicción. Pero tomémosla ahora en su unidad: veremos aparecer una unidad más verdadera, en pensamiento y en acto, en la que cada una es un momento de la nueva unidad. La corrupción es un ir hacia la nada y la generación es un ir hacia el ser. La nada y el ser tomados por separado en una completa abstracción son contrarios, pero en su realidad concreta son simples aspectos lógicos, como lo acabamos de decir momentos de esa unidad que constituye el devenir: aparecer y desaparecer o corrupción y generación, el movimiento del devenir es el constante paso de lo nuevo hacia el ser y la constante salida hacia la nada de lo antiguo.

A través de este ejemplo podemos observar la relación entre la lógica clásica formal y la dialéctica: si hago abstracción del proceso evolutivo, obtengo la nada separada totalmente del ser, contradicción estática (o simple oposición externa) que vuelve imposible concebir su unidad-identidad. La dialéctica no se inventa esta unidad más verdadera, La dialéctica no urge introducir una terminología particular, esta unidad nos es conocida, es la lógica clásica la que separa sus partes convirtiéndolas al mismo tiempo en un misterio, relaciones y procesos quedan separados, tomados uno a uno. El devenir no es una invención dialéctica. Ella se limita a reconocer en el devenir la unidad de esos contrarios que la lógica clásica ha separado,  que ha petrificado, la nada y el ser.

Pero esta reunificación de lo separado por la lógica clásica no se lleva a cabo sólo en la mente reflexiva, sino que existe en el mundo mismo. En uno de los pasajes (§ 48, de la Enciclopedia de las Ciencia Filosóficas) en que Hegel comenta las posiciones kantianas, anota y subraya la importancia: “Este pensamiento de que la contradicción puesta por las determinaciones del entendimiento en la razón, es esencial y necesaria, constituye uno de los más importantes y profundos progresos de la filosofía en los tiempos modernos”. Aunque punto seguido, Hegel le señala los límites. “Pero cuanto más profundo es este punto de vista, más trivial es su solución, la cual tiene su fundamento en una especie de ternura por las cosas del mundo. La esencia del mundo no debe ser la que tenga en sí esta mácula de la contradicción, sino que ha de recaer sobre la razón pensante, sobre la naturaleza del espíritu”. Más adelante Hegel es más explícito y concreto: “De nada sirve que se use del eufemismo de que la razón sólo cae en contradicción por el empleo de las categorías, puesto que luego se añade que esta aplicación es necesaria y que la razón no tiene otro instrumento para conocer que estas mismas categorías. El conocer es  en realidad  pensamiento determinante y determinado; si la razón es sólo pensamiento vacío, indeterminado, entonces no piensa nada. Pero si reducimos al fin la razón a semejante identidad vacía, se considerará feliz finalmente, librándose de la contradicción sacrificando ligeramente su contenido”.

Estas categorías de las que nos está hablando Hegel son conocidas desde la Antigüedad, la dialéctica moderna no ha aportado nada de muy revolucionario en su formulación, no obstante sí en su comprensión. Todas estas categorías cobran sentido en tanto que identidad de contrarios. Algunos ejemplos: la esencia es la relación productora externa que se vuelve interna, la libertad que obedece a la necesidad que puede someterla y ordenarle o la unidad de lo objetivo y subjetivo que se forma en el conocer.

Pensar dialécticamente consiste inicialmente en dos “reglas”: “en todo enunciado de tipo lógico en el sentido clásico de la palabra, buscar la eventual contradicción que es susceptible de contener sin saberlo —dialéctica crítica, dialéctica negativa— una vez formulada esta contradicción buscar la identidad de contrarios que se esconde con toda verosimilitud y a través de la cual la contradicción se resuelve en pensamiento o que puede superarse en la práctica (en acto) —dialéctica positiva.

Vale apuntar algo, arriba he vuelto a la frase aristotélica en la que el griego admite la existencia de contrarios en el mundo sensible que nos rodea, pero se niega a aceptar que la contradicción sea posible en mente, en el pensamiento. Hegel le critica justamente a Kant de querer preservar a toda costa al mundo “de la mácula” de la contradicción. Estos postulados de Aristóteles y de Kant son unilaterales y al mismo tiempo contradictorios entre sí. El pensamiento hegeliano, en su nuevo planteamiento dialéctico no sólo admite la posibilidad de la contradicción en el mundo que nos rodea, sino que considera imposible conocerlo sino a través de aplicarle una sutil dialéctica de la contradicción, para Hegel pues la unidad de lo objetivo y de los subjetivo se da en el conocer, en el proceso que nos conduce al saber.

22 diciembre 2014

Contradicciones V



Los que se limitan a la lógica formal insisten que los contrarios no pueden ser y no son equivalentes simultáneamente, que los contrarios son verdaderos tomados bajo dos órdenes diferentes, en el poema de Neruda los de “entonces” y los de “ahora” no son los mismos en tanto que personas físicas o tal vez también sentimentalmente, pero sí son los mismos en tanto que personas, que individuos. Esto es totalmente cierto de manera formal, pero queda por saber cuál es el costo que esto tiene. No es muy alto si tomamos las cosas por separado o fuera del tiempo, es decir cuando hacemos abstracción de las relaciones y del movimiento. Estamos simplemente enunciando formalmente hechos: este hueso es un pedazo de un animal desaparecido del cual ignoramos todo, este pájaro que vuela está aquí en este instante y no en otra parte, en tanto que persona soy el mismo hoy como ayer y de ninguna manera puedo ser otro. En apariencia no hay pues ninguna objeción de parte de la dialéctica, pero si nos detenemos un instante a ver con mayor acuidad las cosas, el rechazo de la contradicción formal nos conduce a contradicciones reales. Si el fósil, simple vestigio de un animal desaparecido, no es al mismo tiempo otra cosa que una de sus ínfimas partes, es totalmente contradictorio que no obstante pueda informarnos lo que era el ser en su totalidad; si el pájaro que vuela está en cada instante preciso en un lugar preciso y no al contrario también de paso hacia otro lugar,  entonces es contradictorio que vuele; si cada día soy el mismo que ayer y no al mismo tiempo soy otro, esto es contradictorio con el hecho de que tengo una historia personal. Es esto lo que sugiere el verso de Pablo Neruda: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Cada uno se imagina todo lo que ha podido cambiar en ellos y por qué ya no son los mismos, por qué son otros.

Esta es la primera función de la dialéctica, la crítica, esta dialéctica negativa revela todo lo que no alcanza a ver la lógica formal arropada en la aparente evidencia adquirida de la no-contradicción, pues lo que queda afuera de su alcance tiene un costo teórico y práctico: porque de un lado se guarda de no caer en la contradicción y por el otro deja afuera la relación y el movimiento, nada más ni menos que el orden del mundo y la lógica misma de la vida.

De esta dialéctica negativa es menester pasar a la dialéctica positiva que nos ponga al alcance la manera de dominar las contradicciones en pensamiento y en acto. Pero antes de dar ese paso, voy a insistir de nuevo en lo que hemos visto hasta aquí. La lógica formal, la lógica clásica nos manda a rechazar la contradicción, lo que parece conforme al sentido común. Sin embargo al conformarnos a este precepto, nos vemos obligados a comprobar que cuando nosotros deseamos pensar las relaciones y los procesos, es decir la realidad del mundo, la no-contradicción en el discurso inevitablemente hace surgir contradicciones en la realidad misma de las cosas: si nosotros somos los mismos que éramos ayer sin poder ser al mismo tiempo un poco diferentes, es decir un poco otros —identidad formal—, dejamos de entendernos como seres vivientes y cambiantes, contradicción dialéctica en su momento negativo. Lo que no significa decretar falsa la lógica clásica, sino que ver en ella una simplificación de todo el pensamiento y a reconocer en la dialéctica —en la que brota el sentido que puede tener la contradicción— una lógica más penetrante de las relaciones y los procesos.

Se puede completar este esbozo de la contradicción con un ejemplo tal vez más significativo: la causa y el efecto. La causalidad mecánica es un ejemplo elemental de la lógica formal: por ejemplo, cuando en la circulación urbana ocurre un accidente, vemos que el automóvil ‘A’ choca con el automóvil ‘B’, que está parado en un “alto”, pues el choque lo hace moverse (no voy a referirme al efecto en el chofer que puede ser otra consecuencia). Aquí es claro que el movimiento del primero es la causa, el movimiento del segundo es la consecuencia. Causa y consecuencia son dos contrarios en la lógica de la identidad: el sentido de cada uno es claro y distinto, su contrariedad resulta evidente, su relación es unívoca, no hay nada que dé pie para ver alguna contradicción. No obstante, si en el choque el vehículo ‘B’ se puso en movimiento por causa del vehículo ‘A’, pero la velocidad, la trayectoria de ‘A’ han sufrido cambios, incluso lo más probable es que se detenga, que pierda su movimiento. Lo que observamos es que a la primera causa viene a emparejarse la segunda, la de ‘B’ sobre ‘A’. La relación unívoca que teníamos al principio ha sufrido una metamorfosis y tenemos una relación recíproca, la causa que trajo la consecuencia se ve afectada por esta consecuencia que se vuelve causa para ella. ¿Acaso no estamos frente a una unidad de contrarios? Sí, toda causa que entra en juego es a su vez efecto de su propia acción, ¿pero en qué consiste aquí su dialecticidad?  El lógico formal nos dirá que aquí no hay ninguna contradicción, hay interacción, lo que es totalmente distinto: coinciden dos acciones causales  recíprocas, pero se mantienen distintas. Esto es cierto de alguna manera, cuando apenas tomamos en cuenta la unidad y no la identidad de los contrarios. ¿Cómo podemos hacer la diferencia en el choque entre la acción causal de ‘A’ sobre ‘B’ y la de ‘B’ sobre ‘A’? Imposible decirlo. Imaginemos ahora que los coches vienen en sentido contrario uno del otro y chocan frente a frente, imposible saber cuál fuerza es la causa y cuál es la consecuencia.  Este argumento de la interacción pretende ignorar el evidente devenir-idéntico de la causa y del efecto, es decir la dialéctica de la relación causal.

Dialéctica mucho más imponente cuando entran en relación no objetos inertes, sino organismos vivientes y seres conscientes: la manera misma en que un ser reacciona a la acción causal externa es fundamentalmente causada por lo que él mismo es internamente —lo que un organismo tolera, otro lo rechaza—  el enmarañamiento de la causa y del efecto se vuelve inextricable, su identidad salta a la vista. Ejemplo significativo de la diferencia del nivel entre una lógica de clarificación elemental y una dialéctica de comprensión compleja.
  

19 diciembre 2014

Contradiciones IV



Antes de seguir, es necesario que aclaremos algunos aspectos de lo que hemos escrito precedentemente sobre la unidad y la identidad de los contrarios. Sobre la unidad no creo que sean muchos los que no vean claramente que al decir “abajo” obligatoriamente pensamos en “arriba”, pues sin este segundo término el primero no significaría nada. Lo mismo podemos decir de los polos de un imán, ambos se suponen y son dos en uno. Con esto queda demostrado uno de los límites del principio de no contradicción, no obstante existe el otro momento, ¿son realmente idénticos? Es decir ¿son idénticos o son lo mismo en el mismo orden, en el mismo respecto?

Veamos esto de más cerca, alto y bajo son dos lados de lo mismo, son una pareja, pero son dos cosas diferentes, alto no es lo bajo y viceversa. Nadie va a aceptar que son idénticos, son diferentes. Hay un solo imán pero dos polos diferentes. No se puede decir que son dos y uno al mismo tiempo y en el mismo respecto. Esto lo podemos decir sobre todos los ejemplos que hemos puesto en lo que precede: ninguno de los contrarios es idéntico en la misma relación, en el mismo orden.

Podemos aceptar que el fósil tenga las mismas características que el todo del animal al que perteneció, podemos deducir el todo, pero no podemos decir que son idénticos, que son la misma cosa. Son diferentes. Pero pensar dialécticamente no consiste en negar las diferencias de los contrarios.

Los contrarios no son la misma cosa, sino que son el mismo respecto, la misma relación y es en este sentido que estos diferentes son idénticos. El pensar dialéctico pone en evidencia la profunda falsedad de considerar los contrarios como dos cosas que se pueden pensar por separado: lo alto por un lado y lo bajo por el otro, lo verdadero por un lado y la falso por el otro, mientras que ellos son el mismo respecto, la misma relación, una misma relación con dos polos: la relación de posición, alto y bajo, la relación gnoseológica, verdadero y falso. Son pues dos en uno.

Esto manifiesta al principio aristotélico de la identidad como un momento necesario, pero al mismo tiempo un momento provisorio del pensar que debe de ser superado  por el principio dialéctico de identidad-diferencia, por ende también de una contradicción válida entre dos términos que han sido rigurosa y previamente definidos de manera no contradictoria. Esto último significa que la dialéctica no suprime la lógica formal, sino que la supera, podemos considerar la dialéctica como las matemáticas superiores respecto a la aritmética que es la lógica clásica.

La lógica formal no toma en cuenta el momento dialéctico, lo que la condena a dejar afuera de su alcance pensar las relaciones y los procesos, es decir la realidad viva del mundo que nos circunda. La lógica formal es incapaz de explicar en qué consiste una síntesis en la que es evidente que dos forman uno.

Los enemigos de la dialéctica, los que se oponen a ella incluso sin haberla leído seriamente, sin haber estudiado a Hegel con el merecido y necesario detenimiento, lo acusan que pretende el absurdo, de que los contrarios son una misma cosa, mientras que todo el trabajo hegeliano ha consistido en mostrar, en hacer entender que los contrarios en nada son una cosa, sino que precisamente una relación. Es esto lo que resulta imposible pensar, cuando uno se empecina en despedazar el mundo en partículas separadas e inmóviles.  

13 diciembre 2014

Contradicciones III



Las imágenes mentales que recibimos y recogemos del mundo exterior por medio de los sentidos, constituyen el contenido de nuestra consciencia, estas imágenes como lo dijimos anteriormente son el punto de partida de nuestro conocimiento que se transforma en conceptos cuando comenzamos a distinguir lo que les es propio, lo que es común con otros objetos de la misma especie. Dijimos que ya al nombrar la cosa la estamos incluyendo en una clase, que hemos hecho una abstracción, al mismo tiempo nos hemos alejado de la imagen mental y hemos entrado al campo del intelecto y nos hemos forjado una representación mental de la cosa. La representación es un primer paso en el orden del pensamiento. Hegel en el § 3 de su Enciclopedia de las ciencias filosóficas afirma que “Sentimientos, intuiciones, apetencias, voliciones, etc., en cuanto tenemos conciencia de ellos, son denominados, en general, representaciones; por esto se puede decir, en general, que la filosofía pone, en el lugar de las representaciones, pensamientos, categorías, y más propiamente, conceptos”. Hegel desde el primer parágrafo de su Enciclopedia  nos advierte que “la consciencia antes de formarse conceptos, se forma representaciones de los objetos y el espíritu pensador sólo a través de las representaciones, y trabajando sobre ellas, puede alzarse hasta el conocimiento pensado y el concepto”.

Lo que Hegel nos está indicando indirectamente en estas iniciales proposiciones es también que todos tenemos esa capacidad reflexiva y que todos somos capaces de adquirir un conocimiento que va más allá de la simple representación de la realidad y llegar a un conocimiento superior. De la misma manera que por un hábito generalizado somos capaces de pensar apegados a la lógica formal, de la misma manera casi todos hemos enunciado contenidos dialécticos, puede que se trate de una dialéctica aún ingenua como la de los antiguos griegos. Veamos un ejemplo, que voy a tomar prestado de un conocido poema del poeta chileno Pablo Neruda:

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.

Estos hermosos versos de Neruda tienen un significado transparente y no hay nadie que dude de su significado y que no lo entienda, no obstante este verso está contradiciendo el principio de identidad que hemos indicado como irrevocable si queremos pensar correctamente: en suma Neruda nos dice, los mismos ya no somos los mismos. ¿De que se trata? Cuando Heráclito de Éfeso afirma que “En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos”, —esta sentencia es más conocida en la versión que da Platón en el Crátilo “no se puede entrar dos veces en el mismo río”— está refiriéndose a lo mismo, al cambio, nadie duda que en el fondo seguimos siendo esencialmente los mismos, pero algo en nosotros ha cambiado que nos hace diferentes. Ese algo posiblemente inesencial puede que sean cambios cuantitativos: menos cabellos, la piel menos reluciente o simplemente más años. El curso del río, su lecho no ha cambiado, pero no es la misma agua. Todos sabemos que en cualquier parte del curso del río le seguiremos llamando Lempa, lo seguiremos identificando.

Las diferencias pueden ser insignificantes y en esto todos podemos ponernos de acuerdo, ¿sin embargo lógicamente quién no palpa la crucial diferencia entre la identidad inflexible, firme e inmóvil (es el mismo, no ha cambiado en nada) y la identidad modificada (es el mismo, pero ha cambiado en algo)? Entre estos dos enunciados no hay sólo diferencia en el sentido de la lógica de la identidad, hay formalmente una oposición. Se trata de una oposición de un alcance ingente, puesto que la continuidad de la vida es esencialmente cambio permanente. Si dejo de cambiar es porque estoy muerto, incluso muertos seguimos cambiando, aunque estos cambios ya no sean vitales, ya no pertenecen a la vida, sino que son de descomposición. La conclusión que se impone es  “la identidad de un ser vivo incluye necesariamente la repetitiva diferencia consigo mismo. Nos estamos percatando de alguna manera que identidad y diferencia son no obstante lo mismo. Esta es una de las tesis de Hegel que se proclama incomprensible, incluso como absurda: identidad y diferencia son idénticas.

Los dos ejemplos que hemos abordado tratan de cambios, movimientos, ¿significa que la lógica formal nos bastaría para pensar lo inmóvil y que la lógica dialéctica irrumpe únicamente cuando intervienen los cambios? Es así que con mucha frecuencia presentan el asunto incluso los partidarios de la dialéctica: es la lógica de los procesos. ¿Podemos entonces afirmar que la lógica clásica baste para pensar las relaciones consideradas fuera de todo cambio?

Abordemos otro ejemplo, las relaciones entre el todo y sus partes. En la representación clásica, las partes son simples elementos del todo y el todo la simple suma de sus elementos. El todo y las partes designan cosas totalmente independientes: el todo no está contenido de ante mano en las partes: si por una de las casualidades me pongo a hacer una pupusa su todo no se encuentra ya contenido en la masa, los frijoles, el queso, el chicharrón y los lorocos y las partes no dependen tampoco del todo, la masa, los frijoles, el queso, el chicharrón y los lorocos existen afuera del todo de la pupusa. Ahora bien, supongamos que puedo hacer una pupusa sin lorocos, únicamente con frijoles, queso, chicharrón, masa. Si los lorocos son en la primera receta una parte de la pupusa, significa entonces que el tipo del todo deseado es el que decide así: hago una pupusa con lorocos. Los lorocos son un componente de la pupusa porque el todo previsto lo exige así: las partes son partes en tanto que partes-de-ese-todo, el todo es tal solo en tanto que el todo-de-esas-partes, en este sentido partes y todo, estos contrarios, son lo mismo. De nuevo pues la dialéctica. Nos hemos ocupado aquí de un ejemplo sencillo, con un todo de carácter elemental, simple suma de sus partes. Si ponderamos un todo de un tipo muchísimo más complejo, como el de un organismo viviente, la identidad del todo y de sus partes es incomparablemente mucho más verdadera. Los arqueólogos pueden reconstruir el todo de un animal a partir de una de sus partes, por ejemplo un fragmento de un diente e incluso hablarnos de su modo de vida: existe la efectiva presencia del todo en cada una de sus partes, efectiva inherencia de las partes a un todo determinado. La relación inmóvil, considerada en su verdadera complejidad, es tan dialéctica como la del cambio.

Hemos visto pues la identidad de los contrarios, seguiremos viendo otros aspectos de la contradicción en otros artículos. Seguirán siendo cortos. Me voy a esmerar en que no se pierda el hilo, que no haya de un artículo al otro saltos demasiado grandes.