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20 enero 2016

Entramos en un túnel

Lo que estamos viviendo ahora en El Salvador no es un simple resultado de los Acuerdos de Paz, ni siquiera de todo el período de la guerra. Muchos aspectos provienen de mucho más lejos y otros surgen de nuestra historia inmediata. En realidad, lo que se plasmó en los documentos no refleja tampoco la verdadera situación de dicho momento. Algunos han interpretado que la guerra no la ganó nadie, que hubo un empate. Es posible que los “estados mayores” implicados concluyeran que era imposible obtener la victoria y poner en desbandada al enemigo. No obstante cabe preguntarse por el carácter mismo de la guerra que se llevó a cabo y los objetivos políticos subyacentes si se trata realmente de un empate. 
   
La guerra misma es la culminación exacerbada de una lucha política que remonta a décadas anteriores, en la que se han sucedido varias dictaduras, cada una con sus propias modalidades, pero todas negándole a las fuerzas progresistas el derecho a la existencia legal. Los opositores se veían obligados a luchar en la clandestinidad; la prisión, la tortura y el exilio eran el lote que se les destinaba. La guerra misma es una consecuencia, un resultado. La guerra se impuso como una opción final, cuya realidad se fue fraguando en medio de luchas internas en el campo popular. No voy a detallar estas luchas. Los campos que se enfrentaban divergían realmente en mucho, pues unos pensaron siempre que una democratización que permitiera una vida política, sería suficiente para cambiar el poder y permitir las transformaciones que extirparían al país de toda la miseria social acumulada. Los otros estaban convencidos de la necesidad de derrotar a las fuerzas en el poder, ejército y oligarquía, para poder cambiar las injustas estructuras sociales existentes. Nadie se sorprenda que hable del ejército como fuerza en el poder, pues desde 1944 los partidos políticos de la derecha servían de testaferros del verdadero partido político, el ejército. Las tandas comenzaron su existencia entonces.
En la precaria vida política existente de los años cincuenta y sesenta surgió el primer partido político de la derecha, la Democracia Cristiana, el partido PCN se consolidó como partido político civil apenas después de perder su supremacía. En la izquierda aparecían partidos que servían de fachadas legales al Partido Comunista, que era el único partido de izquierda hasta la aparición de la social-democracia de Guillermo Manuel Ungo. Todos los intentos de asumir el poder por la vía electoral fueron frustrados por el fraude masivo y la amenaza permanente del golpe de Estado, que se hizo efectivo varias veces. Al lado y en pugna con estos intentos surgieron grupos armados. Estos grupos no tenían la misma ideología, ni las mismas tácticas y estrategias. Ambas fuerzas no obstante se fueron consolidando, perturbando en gran parte los objetivos de las fuerzas electoreras de entonces. Todos tenemos en mente la aparición del tercer grupo armado, después del asesinato de Roque Dalton García y otros miembros del ERP. También tenemos presente la actitud del PC de El Salvador que optó por una política de denigramiento contra los grupos armados y los acusaba de banditismo usando el mismo lenguaje de la dictadura.
Lo que acabo de escribir no es ni siquiera un brochazo de la historia de esta época, es apenas una pincelada somera. Sin embargo de esto se puede deducir que la guerra tenía a sus inicios como objetivo cambios radicales en las estructuras sociales del país. Estos objetivos fueron cambiados con el correr mismo de la guerra y la correlación de fuerzas de las dos tendencias existentes en la izquierda. Ganaron las fuerzas reformistas y se conformaron con una vuelta a la vida civil transformada en la que hubiera posibilidad de participar en el “juego electoral”. Los cambios estructurales pasaron a segundo plano, como un objetivo de largo plazo.
Al declarar imposible la victoria los dirigentes del FMLN abandonaban el objetivo de asumir el poder para transformar la sociedad. Es decir el empate no es tal, pues los que estaban en el poder seguían en él, hubo es cierto concesiones, cierta depuración en los órganos represivos del Estado, pero al mismo tiempo con la imposibilidad de juicio por la amnistía que se otorgaron. La represión brutal que venía sufriendo el pueblo desde que se abrió el período de las dictaduras, 1932, desapareció, aunque no del todo. Incluso durante los gobiernos areneros hubo capturas y raptos ilegales, incluso durante el último año del gobierno de Saca hubo casos de abierta represión, algunos asesinatos de activistas de movimientos ecologistas.
Aceptar las reglas del juego era obligatoriamente una condición para ser aceptados en tanto que partido político, es lo que sucedió. Hay aquí un hecho político mayor, desde el inicio de este largo período de dictaduras se abre la posibilidad de ejercer los derechos políticos que ofrece el régimen burgués. Esto significa el cierre de ese largo período y surge otro que es el que estamos viviendo. En la derecha la nostalgia del período anterior predomina, el lenguaje que usa de prepotencia, de dueños indiscutibles del poder y del país se mantiene. Se sigue cultivando el odio. Es cierto que esto último existe en ambos campos. A pesar de que es obvia la convivencia aceptada y también la connivencia en las esferas del poder.
Aceptar las reglas del juego se transformó en la aceptación total y sin ambages de las estructuras sociales y de la ley fundamental del sistema económico vigente, el fundamento de la sociedad es la propiedad privada de los medios de producción, el objetivo de la economía es producir mayores ganancias para la clase dominante.
Estas estructuras socio-económicas siguen intactas, esencialmente son las mismas que las del período anterior. La pobreza es estructural, más del 70% de la población es pobre según los criterios de organismos internacionales, la concentración de las riquezas en pocas manos sigue agravándose, los niveles de vida no se mejoran para las grandes mayorías, las fuerzas de trabajo son súper-explotadas y subutilizadas, la precariedad es lo que domina en todos los ámbitos de la vida social.
La aceptación de la realidad por el partido FMLN se ha venido ocultando tras un lenguaje que no corresponde a la realidad de sus verdaderas posiciones, a veces es de una violencia verbal que no es compatible con la pasividad en el terreno de las luchas sociales, que fueron abandonadas por completo. Esto se ha agravado con la ascensión al poder político del FMLN. El partido y el gobierno adormecen a los trabajadores, sugiriendo que ellos poco a poco van a resolver desde arriba todos los problemas sociales. La realidad desmiente este discurso. El FMLN hace público su propósito de instaurar un socialismo auténtico y adecuado a nuestra realidad, pero mantiene en secreto los detalles y las estrategias con las que pretende llevar a cabo sus objetivos. Por el momento, nada cambia substancialmente. Incluso algunos aspectos como la inseguridad y la criminalidad alcanzan niveles monstruosos. Es este fenómeno que carcome la vida social de toda la nación. El discurso lenificativo de los encargados de combatir el crimen, la negación de la realidad, los zigzagueos en la política contra las maras, ha conducido a que la gran mayoría sienta miedo y considere la violencia de los mareros como su principal preocupación.
Por supuesto que no se puede culpar al actual gobierno, ni al anterior, en exclusivo, de la responsabilidad de esta situación de inseguridad. Esta apareció justamente casi inmediatamente después de la firma de los Acuerdos. Se acudió entonces como única solución a la represión. La derecha no puede tener otra opción. Prevenir implica ocuparse de otros problemas sociales, como son el desempleo, la precariedad de las instituciones educativas, la precariedad en la vida de los barrios, la ausencia de muchos servicios en la mayoría de las zonas rurales y marginales urbanas. Prevenir implica llevar una política que saque de la miseria a las grandes mayorías. La violencia de las maras creció y se enraizó durante los gobiernos areneros.
El gobierno de Funes siguió por el mismo camino, aunque trató un pacto con la tregua, no obstante esta mala jugada sirvió para que las bandas se estructuraran mejor y se forjaran un argumentario justificativo de su actuación. La ambivalencia de esto lleva a que se hable de guerra, de terrorismo, incluso hay algunos que los consideran como posible fuerza política. La derecha olvida por completo su propia responsabilidad y ataca al gobierno actual por lo que ellos no quisieron combatir cuando estaba surgiendo apenas. El gobierno parece que es el único que cree en sus mentiras: “la violencia es un falso problema, retrocede y la estamos combatiendo eficazmente”.
Salimos pues de la guerra y nos adentramos en un largo túnel oscuro, en el que no hay ventanas a través de las cuales aparezcan los posibles horizontes. Hay franjas minoritarias de la población que se han dado cuenta que ir a votar por el menos peor no basta. Esperemos que el topo de la astuta historia no tarde en surgir a la superficie y nos entregue sorpresas con nuevas fuerzas políticas y nuevas formas de lucha. Por el momento, apenas se ven embriones, que algunos quieren que sean de inmediato poderosas ciebas.

07 noviembre 2015

Glosa sobre nuestra identidad

Desde siempre los salvadoreños hemos cultivado y manifestado un afán unionista centroamericano, esto a pesar de que siempre se ha sospechado que este sentimiento oculta intereses inconfesables. Hubo un tiempo que se nos consideraba el país con mayor desarrollo de la región, algo que nunca fue cierto. Otras veces se sospechaba que deseábamos descargar en los territorios de nuestros vecinos el excedente de población (que en cierto sentido ocurrió con Honduras), etc. En todo caso este tema es muy recurrente entre nosotros y creo que ha sido lo que ha dado origen al famoso Parlacen cuya inutilidad no exige demostraciones,  además de ser una carga presupuestaria.

No obstante este afán unionista es más declaratorio que otra cosa, es casi un rito. De vez en cuando se recuerda la antigua unión, aunque nadie se refiera a las guerras con que se armó y las guerras que la desarmaron. El famoso y añejo dicho de que la unión hace la fuerza no deja de surgir en las conversaciones sobre el tema y que juntos resistiremos mejor ante los del Norte.

Más allá de este folclor y de organizaciones que se proclaman “centroamericanas” nada concreto ha venido a darle consistencia a ese afán unionista. Hay un aspecto en todo este asunto que no deja de llamar la atención, este unionismo se pronuncia de entrada por la forma federalista, consagrando ya la existencia de entidades nacionales distintas y que aún unidas guardarían su autonomía. Sin embargo otro tema recurrente y que acompaña al precedente: que si bien es cierto somos distintos, los rasgos comunes son mayoritarios, que las diferencias son superficiales. Pero la realidad es que somos países cuyo desarrollo no ha sido igual y que cada uno dentro de sus fronteras ha tenido su propia historia, creando sus propias instituciones, sus propias tradiciones y sus modos de ser.

Paralelo a este tema, que aparece en declaraciones de sesudos pensadores y es que no somos realmente una nación (nosotros los salvadoreños), que no tenemos cultura, etc. Este tipo de declaraciones no son privilegio de salvadoreños, en otros países suelen surgir también estas quejumbrosas declaraciones. Muchas veces nos llamamos, y nos llaman los europeos, naciones jóvenes. Algunos no se sabe por qué agregan: “sin historia”. Pero muchas naciones europeas son tan recientes como las americanas, me refiero a las naciones que se han ido formando con el surgimiento y auge del capitalismo. Aquellos que remontan el origen de sus naciones a remotos períodos anteriores se basan en leyendas y mitos, dándole continuidad a entidades que no tienen la misma identidad en el transcurso de todos esos siglos. En todo caso, esa mitología es la que ha moldeado una ideología que se ha divulgado por el mundo y se acepta acríticamente, que entre nosotros ha dado como efecto un desalentador complejo de inferioridad nacional. Es por eso que no es raro que algún pensador nuestro salga con eso de que nosotros no somos ni siquiera una nación

La conformación de las naciones en ninguna parte ha seguido los mismos moldes, los mismos cánones.  Por supuesto que la existencia de Estados que ejercen su soberanía en un territorio determinado, dentro de fronteras delimitadas y reconocidas y donde habitan poblaciones más o menos homogéneas y con una misma lengua, son características que han servido como el fundamento de las naciones. Estas toman forma y contenido en procesos muy complejos, en los que las condiciones concretas de la reproducción de la vida, que no son solamente naturales, me refiero que estas condiciones abarcan aspectos culturales.

Lo que importa en esto no es lo que puedan pensar algunas personas —de nuevo Marx vuelve a tener razón— lo que cuenta es lo que los hombres son y no lo que ellos piensan de sí mismos. Por mucho que enjundiosos pensadores se empecinen en repetir que ni somos nación y ni tenemos cultura, la realidad nacional es palpable en cada momento crucial de nuestra vida en tanto que sociedad.

Es evidente que las circunstancias materiales han ido determinando los procesos del desarrollo histórico de nuestra nación. El simple hecho de no tener salida hacia el Atlántico condicionó las relaciones comerciales del país durante el periodo colonial y poscolonial. La ausencia de recursos minerales de gran importancia no provocó por supuesto un atractivo particular para construir vías que nos sacaran del relativo aislamiento en el que se mantuvo, durante largas décadas, la zona pacífica de Centroamérica. Lo dicho es harto conocido, aunque repetirlo una vez más al tratar este tema no es superfluo. 

Todos sabemos de sobra que la Conquista española vino a interrumpir violentamente los procesos históricos de los pueblos de este continente. Esta interrupción tuvo efectos distintos en las diferentes zonas del continente, no todo fue homogéneo, ni siquiera las conquistas de cada zona encontraron el mismo tipo de resistencia, ni duraron el mismo tiempo. Esto trajo consigo también diferentes tipos de colonización, de sometimiento de las poblaciones, de destrucción de tradiciones, de hábitos, etc. La vida social y económica en todo el continente tomó un nuevo rumbo, en el que las poblaciones sometidas adoptaron diferentes maneras de resistencia al colonizador. Los colonizadores también tuvieron diferentes maneras de adaptarse  a las poblaciones en cada zona, variando sus actitudes y la explotación de ellas.

El nivel económico y cultural de las poblaciones del continente tampoco era homogéneo, ni la relación entre las distintas naciones y tribus era igual en todas partes. Los colonizadores encontraron situaciones distintas y sus intereses se fueron adaptando a ellas. No obstante no se ignora que el objetivo principal de toda la actividad colonizadora era la extracción de riquezas materiales hacia la metrópoli europea. Todo el desarrollo tuvo como principal motor el enriquecimiento de un ente exterior y las tensiones que se fueron creando en todo el continente tuvieron como fondo social esta nueva contradicción de intereses entre el colonizador y las poblaciones colonizadas. Es holgado concebir que los intereses del Reino de España también fueran diferentes respecto a cada región y la atención que prestaban al desarrollo local dependía de sus propios intereses y de las riquezas naturales locales.

Las relaciones de la colonización de cronistas españoles muestran de alguna manera lo que acabamos de anotar. Pero la historia colonial, la que relata la vida de las colonias, toma en cuenta primordialmente todo lo que concernía la dominación bajo todos sus aspectos, la apropiación colonial y la vida de los colonos. La vida de los subyugados no les mereció ningún interés, salvo cuando era necesario reprimir o cuando marcaban la aceptación y asimilación de la cultura española.

Cada uno de los pueblos americanos tuvo por consiguiente desde la colonia su propia         historia en la que se fueron, desde entonces y durante todo ese tiempo, amoldando sus propias características, si se quiere usar un término que con frecuencia resume bien lo que se quiere expresar aquí, se conformaron las idiosincrasias nacionales. 

En todo caso los movimientos de Independencia, en todo el continente, fueron encabezados y liderados por criollos (europeos nacidos en América) y fueron capaces de reunir masas suficientes para la lucha y convencerlas de que ellos representaban los intereses generales de toda la población. Esto sucedió también en otros países, en los que las burguesías lideraron las luchas contra la dominación monárquica y nobiliaria. Este punto es de suma importancia, pues los criollos que ya no se consideraban, ya no se identificaban como miembros de pleno del Reino español, habían adquirido una nueva identidad, al convencer a masas enormes de la población para emprender la lucha por la Independencia, tenían que convencer a todas esas poblaciones que todos pertenecían a otra nueva entidad con una nueva identidad. Este momento de toda la historia continental es común a todos: no se puede exigir la Independencia si uno no se considera una entidad determinada y sobre todo distinta de la entidad opresora. Este aspecto único está compuesto de esos dos momentos, reconocerse como una entidad y reconocer al opresor como distinto. En la historia este aspecto es parte del nacimiento de las nuevas naciones, del sentimiento de pertenencia a un conglomerado que puede actuar por su propia cuenta. Sin este momento cultural es imposible la Independencia, ni la lucha por ella.

Desde hace cierto tiempo, se ha venido creando un enredo sobre nuestra propia Independencia, hasta llegar algunos a afirmar de que nunca fuimos independientes y que el movimiento independista no constituye realmente algo que se pueda considerar como un movimiento popular. En primer lugar algunos piensan que los próceres de la nuestra independencia estaban obligados a finales del siglo XVIII e inicios del XIX a conducir una revolución social de carácter proletario y socialista. Esta pretensión no se le exige a los revolucionarios franceses y ser terrateniente para nuestros próceres se convierte en un oprobioso delito. Hay quienes dan las cifras de las caballerías de las que eran propietarios los Delgado o los Aguilar. El hecho tan sencillo de que no poseemos registros catastrales no los disuade a continuar con ese tipo de afirmaciones.

Hubo en el territorio salvadoreño por lo menos dos intentos antes de 1821 y en ambos hubo uso de armas, hubo revueltas y hubo muertos y prisioneros. Incluso el más denegado de entre los próceres, José Matías Delgado, fue llevado hasta Guatemala engrillado y puesto en prisión, su enorme popularidad de entonces es ahora ignorada: el movimiento de solidaridad fue tal que Matías Delgado fue electo rector de la Universidad de San Carlos de Guatemala, dándole con ello cierta inmunidad política. Muy curiosamente la “izquierda” ha elegido a un prócer que se le tilda de popular como para distinguirlo del resto. Todo esto es parte de nuestro folclor histórico. La verdad es que en los años cincuenta del siglo pasado ante la ausencia de una historia nacional documentada y realmente científica, se sintió la necesidad de desvirtuar o poner en tela de juicio lo que se enseñaba tradicionalmente en las escuelas. Este enjuiciamiento venía a contradecir la versión “burguesa” de la Independencia y se inventó otra que tampoco tenía fundamento documentado. El documento de la Declaración de la Independencia habla de una amenaza de las terribles consecuencias si el pueblo se declara por sí mismo independiente, algunos interpretan con esto la ausencia de la participación popular. En el mismo documento se habla de la masiva presencia popular en las calles adyacentes, en el patio, corredores del Palacio y hasta en la antesala del recinto donde estaban reunidos los independistas con las representantes de la Corona. La amenaza no tiene sentido sin esta masiva participación popular. Pero el hecho es enorme, negar que desde ese momento la España monárquica perdiera su soberanía en nuestras tierras y negar que ese hecho constituya en sí la Independencia, creo que solamente una total incultura histórica es capaz de producir semejantes despropósitos.

15 septiembre 2015

La Sala, la deuda y los memes



Los fallos de la Sala de lo Constitucional suelen provocar largas y a veces interminables polémicas. Pero esos fallos deben de ser acatados obligatoriamente, pues es el tribunal supremo sobre asuntos de interpretación de la Constitución. La interpretación puede ser bizantina, aberrante y simplemente antojadiza, debe de cumplirse. No siempre tienen estas cualidades, algunas son bien razonadas y convincentes. Hay una que me ha llamado mucho la atención y es la que concierne los cargos públicos de instituciones del Estado como es el Tribunal Supremo Electoral. A estos cargos no podrán acceder personas que tengan alguna pertenencia partidaria reconocida. Esta decisión priva a esas personas de uno de los derechos del ciudadano inscritos en la Constitución, que es el que describen los incisos 2 y 3 del artículo 72: “Asociarse para constituir partidos políticos de acuerdo con la ley e ingresar a los ya constituidos” y el 3 dice “Optar a cargos públicos cumpliendo con los requisitos que determinan esta Constitución y las leyes secundarias”.

Al prohibir que los miembros de las instituciones del Estado puedan ser miembros de un partido político, simplemente la Sala priva a estas personas de uno de los derechos ciudadanos inscritos en todas sus letras en la Constitución. No tiene mucha importancia los retorcijones retóricos que fueron usados para justificar esta medida de excepción. No obstante este fallo fue aceptado y hasta aplaudido por buena parte de la población incluyendo juristas y otro tipo de intelectuales. Esta resolución y su aceptación tienen por fundamento “filosófico” un postulado indiscutido e indiscutible: “todo hombre político es una persona deshonesta y es propensa a favorecer sus intereses personales y los intereses mezquinos de su partido”.

Por paradójico que esto sea o aparezca, este postulado explícito o tácito pone límites al carácter democrático de todas las instituciones republicanas del país. En esto obligatoriamente se incluye a la misma Sala de lo Constitucional, pues son elegidos por los diputados miembros de partidos políticos. Nadie puede negar el carácter político real que tiene el Poder Judicial y en particular la Sala. Sin forzar mucho se puede entender que el postulado al que nos referimos arriba y que sustenta la vida pública nacional, los abarca también a nuestros magistrados paladines de la “nueva democracia”.

No hace mucho la Sala emitió una medida cautelar respecto a bonos del tesoro y aún no se ha determinado sobre el fondo de la demanda. Este fondo no atañe la destinación del préstamo público, ni la pertinencia del endeudamiento. El fondo concierne a las modalidades del voto que según el demandante no fueron respetadas. Esto desató una guerra de declaraciones, en las que descollaron las del Presidente Sánchez Cerén, por su agresividad y por acusar a los magistrados de desear desestabilizar al gobierno y buscar la quiebra de toda su política. También los acusó de contribuir a la violencia, de privar al gobierno de los medios para luchar contra la delincuencia, asociando a los magistrados a los designios desestabilizadores del partido ARENA. Como suele suceder en estos casos, ministros, diputados del partido en el gobierno salieron a la palestra retomando las mismas declaraciones y en algunos casos agravándolas.

Esto llegó al paroxismo de convocar manifestaciones contra la Sala, no tuvieron mucho éxito, llegaron apenas unos cuantos pelones, como recientemente en la manifestación arenera. No obstante en las mentadas redes sociales las disputas sí cundieron. Para desgracia nuestra en los comentarios en los diarios en línea, como en las redes apenas en contadísimas oportunidades se pueden leer argumentos. Por lo general se trata de la desvalorización del adversario real o supuesto. En las redes sociales entran en lid las cohortes de fanáticos de ambos partidos mayoritarios y no se resuelve nada, pues todo el ingenio se despliega en los insultos y en las caricaturas. Estos intercambios son la quintaesencia del irracionalismo, del insulto y de la estulticia. Y esto es a diario. Pareciera a veces que el dinero fluye para este tipo de actividad, como si hubiera oficinas encargadas de alimentar estos pleitos.

Sobre la medida de la Sala, su alcance y la ausencia del fallo, casi no se habla. Incluso las declaraciones de diputados y ministros u otros empleados públicos se han olvidado que no es un dinero real que la Sala ha puesto en mora, sino que es la emisión de los bonos para obtener dinero prestado.

En las redes sociales nadie alude a la pertinencia del endeudamiento, del peso del pago de los intereses, de los plazos aceptados o impuestos de la misma deuda, la deuda se ha convertido en una forma natural de financiamiento. Nadie se refiere a la relación de poder que se establece entre el prestamista y el deudor. A estas alturas ya nadie sabe cuándo se desató esta espiral fatídica, ni nadie sabe si alguna vez se podrá salir de ella. Por lo menos existe la convicción puritana de que una deuda contraída se paga. Nadie cuestiona para nada si fue muy moral arrinconar al país para que se fuera inexorablemente endeudando. El expresidente Funes dijo que no se podía contravenir las “reglas del juego”. Pero no le voy a exigir a este pobre muchacho que pensara que ese juego nos está llevando a una catástrofe, que ya estamos en ella, los miles que salen a diario del país es una de esas consecuencias, la imposibilidad de financiar medidas sociales eficaces y urgentes está mermada por el pago permanente de la deuda, que el crecimiento de la criminalidad también es una consecuencia directa o indirecta de la misma imposibilidad de autonomía fiscal. Sus consultores eran los mismos que aconsejaron y condujeron las políticas económicas que obligaron al país a endeudarse. Los expertos cambian de espalda para cargar el fusil, pero no cambian de fusil. Ellos defienden sus instituciones y a los dueños de las instituciones financieras, de los bancos prestamistas. Y son ellos los que dictan las reglas de la tragedia.

Los renegados del FMLN no tienen mayor imaginación que la de someterse a los dictados del FMI y de la Banca Mundial, la de aceptar que su principal aliado son los Estados Unidos, esto lo decretó Funes y ese dogma se lo regalo a los cupuleros empaquetado y con cintas azules y blancas. Con la aceptación de las reglas del juego, también aceptaron que la oligarquía es la clase que merece dominar la sociedad. Los areneros temen ser desplazados del redil, pero no pueden oponerse al constante endeudamiento, pues son ellos los que apretaron a fondo el acelerador de la deuda y la máquina se ha ido por esa pendiente. Además, y esto es el peligro, oponerse al endeudamiento forzosamente lleva a buscar el financiamiento del presupuesto por otro lado: una real y radical reforma fiscal.

Los expertos del patronato saben perfectamente que no existe otra alternativa que la de aumentar la contribución al erario público de la oligarquía, la única clase económicamente solvente en el país. Lo saben perfectamente y su principal misión es ocultarlo. Es por ello que difunden que nuevos impuestos vendrían a paralizar la iniciativa privada y a espantar a los inversionistas. Estos fusadistas impenitentes proponen que se les exija a los vendedores ambulantes cobrar el IVA. Con ello lo único que demuestran es la ausencia de toda competencia y de imaginación. Lo que sorprende siempre es que la iniciativa privada no ha funcionado para sacarnos del estancamiento y los inversionistas brillan por su ausencia, antes como hoy.

Discutir sobre la deuda y las consecuencias en nuestra vida presente y futura (nuestros niños nacen ya con el peso de la deuda encima), buscar las medidas que puedan traer recursos para las necesarias medidas sociales, que vendrían en parte a combatir el accionar de los delincuentes mareros, no se refleja en los memes que divulgan los fanáticos de ambos bandos.

Es esto que busca la casta de politiqueros que han raptado el Estado y que han desvirtuado la política misma, es decir, que el pueblo se olvide que existen otros temas más importantes que saber si hay un complot golpista suave o duro-blandito.  

26 agosto 2015

Volvamos racional nuestra reflexión



Lo irracional nos ha ganado. La sentencia de la Sala de lo Constitucional viene acorde con el empeoramiento del sentimiento de inseguridad, viene acorde y complace a todos los que de una o de otra forma han estado exigiendo el exterminio de las maras. Exterminio entendido como lo practicaron los nazis. Todo el discurso que se maneja en el país es la total negación de la humanidad de los miembros de las maras. Incluso el trato verbal los expulsa llanamente del seno de la nación, todo puede ser emprendido en contra de ellos. No obstante el fallo de la Sala de lo Constitucional alegra a muchos por declarar terroristas a las pandillas, simplemente por un juego semántico, “sus acciones causan terror en la población”. Toda muerte puede causar terror. Pero el centro de todo esto es que muchos han concluido con jubilosa irracionalidad que desde ahora en adelante se tienen todos los medios legales para exterminar a las maras y obtener la paz.

No obstante seguimos como antes, pues nunca les ha faltado a los gobiernos el apoyo de la población a sus políticas y leyes represivas, hablo incluso de aquellas que fueron declaradas inconstitucionales por esta misma Sala. La exasperación de la población, totalmente comprensible, se transformó poco a poco en el sustento de la ideología del exterminio. Este problema tiene su historia ya. Muchos han escrito sobre él, desde su origen, sobre las condiciones socio-económicas y educacionales que lo propiciaron. Se ha hablado hasta el acabose de la negligencia de los gobiernos de ARENA, de su política más de propaganda que efectiva. Algunos han señalado el uso político real que se les dio a las maras, convirtiéndolas en la única preocupación mayor de la población y apartando de las mentes el resto del panorama socio-económico. Este papel lo sigue jugando hasta hoy. Pero ha adquirido otro que resulta del que menciono, la violencia de las maras se ha vuelto el terreno de la lucha política, el partido que logre echarle el petate con el muerto en el patio del otro partido se asegura del mayor apoyo de la población. Es esto lo que se está jugando con todo el discurso de un supuesto “golpe suave” y los intentos de ARENA de destabilizar al gobierno con el accionar de las maras desde el Estado Mayor arenero. No pasa un día sin nuevas y graves acusaciones.

El fallo es aplaudido por la población y los partidos políticos aún no se han determinado, pues es un cuchillo de doble filo: el gobierno tiene ahora el instrumento legal que necesitaba para emprender su “guerra de exterminio”. Ya no tiene pretexto, ya no puede seguir culpando a otros, la pelota está en su campo. Pero la extensión de la aplicación del fallo de la Sala puede abarcar hasta los dirigentes de cualquier partido político y en especial del principal opositor, que son acusados por ministros y el propio presidente de la República de estar involucrados en el accionar de las pandillas. Los magistrados se salieron del Consejo Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana, lo que pasó casi desapercibido, y ahora le entregan tanto al Consejo, como al gobierno una herramienta emponzoñada.

Los magistrados de la Sala han legislado (asumieron como en otras ocasiones el papel de diputados) y una ley contra el terrorismo la han convertido en otra ley represiva contra las maras, protagonizando el mismo papel que jugaron gobiernos y diputados: decretar otra ley represiva y con ello de nuevo reducir todo el problema social de las maras a una simple calificación penal. Esto no va a resolver nada. Pues el problema no reside en su calificación penal, sino que en asumir que se trata de un problema societual, cuyos orígenes se enraízan profundamente en las estructuras socio-económicas y educacionales del país. Algunos analistas han dejado ver que la criminalidad y los homicidios siempre han alcanzado niveles muy altos, casi iguales a los que se han dado en la posguerra. El permanente paralelismo de la miseria y de los altos niveles de violencia que siempre se han alcanzado en el país no es una simple casualidad. Se repite siempre que “las mismas causas producen los mismos efectos”.

Pero este rechazo de pensar el problema de las maras como un problema de nuestra sociedad ha sido permanente, me refiero a que es nuestra sociedad la que lo produce. Es por eso que el discurso los vuelve un ente patógeno, como si nuestro cuerpo social las considerara exteriores, como lo es un virus o un microbio, que los organismos expulsan y se protegen. No se desea asumir que este mal le pertenece a la sociedad salvadoreña y se produce por razones sociales propias a nuestra sociedad. Lo que significa que el trato no puede ser únicamente represivo, sino que eminentemente social y educacional. Social en el sentido que amplias capas de la sociedad vive en la miseria y en la total negación de su dignidad humana. Los miles y miles de familias sumidas en condiciones de pauperismo crónico, calificados hoy con el término de “extrema pobreza”. Se trata de familias que sobreviven desde ya varias generaciones en estas condiciones. Aquí no cabe el argumento trillado de que no todos los pobres son ladrones, ni criminales. Esta es una verdad de Perogrullo que no explica nada, al contrario es la negación de que la pobreza expulsa de la sociedad y de sus valores.

Tomar medidas contra la delincuencia de las maras implica en primer lugar aceptar y asumir que es urgente disminuir los niveles de pobreza en que viven millones de salvadoreños. Aquí no valen tutías. Digamos las cosas sin ambages, cuando se dice que el alto nivel de delincuencia que sufre el país proviene de la estructura socio-económica nacional, se está diciendo que hay un puñado de familias que viven en la opulencia y millones que viven en la miseria. Y es esta estructura que urgimos combatir. Pues no sólo es el origen de este mal salvadoreño, sino de todos nuestros males. La existencia de la oligarquía es un freno brutal a nuestro desarrollo en todos los sentidos. Todos conocemos el carácter parasitario de esa casta, su ideología retrógrada, es la que aún ahora pretende, con la ayuda del gobierno actual, presentarse como el principal motor de nuestra sociedad. Pero su parasitismo es el que no ha permitido el desarrollo nacional en ningún campo, ni económico, ni científico, ni cultural. Pues la oligarquía acumula más del 80% de nuestro patrimonio y mucho de ese patrimonio nacional ha ido a parar al extranjero.

El nivel de nuestras universidades es bajo, la Universidad Nacional no es un verdadero centro de investigación y de enseñanza de alto nivel. ¿Existen acaso laboratorios de física o química que se dediquen a la investigación fundamental? En ciencias sociales que son las que mayores diplomados entregan al país, no producen tampoco investigaciones de valor sobre nuestra misma realidad. ¿Por qué? No es porque falten talentos, sino por falta de medios, de los instrumentos necesarios para producir esas investigaciones. Los presupuestos siempre fueron bajísimos, por mucha reforma que se haga o se hayan hecho, sin presupuestos consecuentes no se puede avanzar. Lo mismo se puede decir de las escuelas e institutos de enseñanza primaria y secundaria. Existen escuelas sin electricidad y sin agua potable, algunas sin pupitres. Todo eso no se puede remediar si no se pone coto a la ultrajante dominación de la oligarquía.

O sea que emplear términos bélicos respecto a las maras y tratar con plumitas a la oligarquía es estar zurrando fuera de la bacinica. Se habla de guerra entre las maras y el Estado y de guerra entre las maras. El término ha perdido su valor conceptual. Algunos que acostumbran a usar malabarismos verbales, llegan a afirmar que “si la guerra es la continuación de la política por otros medios, la política es la continuación de la guerra”. Esto lo dicen para demostrar que aún no hemos salido de la guerra, que la posguerra no lo es. En realidad hablar de guerra respecto al conflicto social en que vivimos, es apartarse de la solución. La guerra implica muchas cosas, entre ellas la principal, la existencia de beligerantes con ese estatuto reconocido por ellos mismos y por instancias internacionales. La guerra implica organizaciones militares que se enfrentan. El hecho de que en los últimos meses haya crecido el número de policías muertos y que se hable de “enfrentamientos” entre policías y criminales esto no le confiere al problema social que enfrentamos un aspecto militar. En esencia, en propiedad, estamos enfrentados a un fenómeno criminal al que hay que aplicarle las leyes ya existentes en los Códigos penales y civiles. Sabemos que esto no basta, pues las instituciones encargadas para ejecutar la justicia fallan cotidianamente. También en esto hacen falta medios e instrumentos adecuados. Y no basta tampoco porque la justicia actúa siempre post-facto, la justicia siempre llega una vez el crimen o el delito ya cometido.

Algunos se entretienen emitiendo falsos enunciados “filosóficos”. Lo que necesitamos es volver racional nuestra reflexión, que usemos los conceptos y las categorías con propiedad. Las maras son grupos de delincuentes que se están convirtiendo o ya se convirtieron en mafias con influencias en las instituciones estatales. Que su origen sea la pobreza social es una cosa, muy otro es su actividad delictiva. Su actividad delictiva tiene su terreno de acción principalmente, por no decir exclusivamente, entre la gente que vive también en la pobreza.

Los voceros del gobierno, empezando por el mismo presidente, nos quieren hacer creer que sus acciones son efectivas, que incluso el accionar de las maras es marginal. Un ministro afirma por un lado que hay una destabilización provocada por la derecha y luego asegura que el país no está en crisis, ni hay caos. Cuando Sánchez Cerén afirma que el 80% de los municipios no sufre de las maras, reduce el problema a la marginalidad. Se olvida agregar que actúan donde la concentración de la población es mayor. El país está en permanente crisis estructural, las maras son una manifestación de esa crisis, pero la mayor manifestación es la incapacidad que tenemos, en tanto que nación, de resolver nuestros problemas nacionales. No hablo de la derecha partidaria, ni de los organismos patronales, su discurso está sobre todo destinado a justificar la realidad y de echarles la culpa de la situación a sus adversarios políticos. Estos han hecho todo lo que está en sus manos para volverse ante la oligarquía gente aceptable, un partido inocuo, inofensivo. En realidad es lo que ahora son. Pero la oligarquía no perdona, la oligarquía salvadoreña es tal vez la más retrograda del mundo. Y ve comunismo incluso en las capas rojas de los toreros, en los calcetines rojos de Nayib y hasta en la camisa blanca del presidente. Ellos financiaron y crearon su propio partido, no necesitan de otros ciervos, ya tienen a los suyos. Es el pueblo el que se ha quedado sin su propio partido.

No se sientan ofendidos aquellos que han iniciado la tarea de crear un partido popular y revolucionario. Por el momento aún no tienen la fuerza de intervención y de incidencia en la vida pública nacional. Es demasiada la gente que ignora de su existencia. Tienen que armarse de paciencia, pues darse a conocer requiere romper el bloqueo mediático y dotarse de sus propios medios de divulgación y de reflexión.