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20 agosto 2009

Objetivar nuestro pasado: historizarlo

En París existe un museo que ha tenido gran éxito, la prensa lo plebiscitó, el público acudió entusiasta. Es el museo de las “Culturas Primeras”. Pero no es un museo. Bueno, es un museo con una concepción muy extraña de la cultura. Se trata de una colección heteróclita de objetos pertenecientes a culturas situadas afuera del área europea. Este es el único criterio. Los objetos están reunidos por países, a veces por regiones, pero también hay algunos que se han puesto a la par de otros sin que pertenezcan a la misma región. En los carteles “explicativos” no se explica nada, nombran los objetos, a veces indican en qué material está fabricado. La colección es rica en objetos, pero el visitante sale igual que antes de entrar, tal vez salga contento y con algunas compras de los famosos productos “derivados”. En realidad este ordenado amontonamiento carece de lo primordial, de una puesta en perspectiva histórica de los objetos expuestos. Hay mezcolanza de procedimientos, de períodos históricos, que algunos distan en centurias y otros tal vez en milenios.


Otro criterio que une estos objetos: todos son el fruto del pillaje que sufren las culturas de los países del subdesarrollo. Algunos se consuelan diciendo que por lo menos en el museo están a la vista de todo el mundo y han sido puestos en valor. En vez de estar en el salón de algún potentado, en los sótanos de algún museo nacional, el turista, el paseante, el curioso puede admirarlos y darle libre vuelo a su capacidad imaginativa, produciendo analogías, contrastes y conjeturas.


En estos días he leído entrevistas de la nueva dirigente de la también nueva Secretaría Nacional de la Cultura. En ellas, Breny Hasel Cuenca denuncia la desaparición (robo) de piezas arqueológicas en varios sitios de excavaciones y sitios históricos, como la Joya de Cerén. La secretaria nacional hará intervenir a Interpol. Esperemos que todo se recupere lo más pronto posible. Esos objetos tienen su valor, tal vez no muy excesivo para el receptador por la falta de instrucción y la mucha hambre del ladrón. No obstante la transición que he hecho hacia nuestro país no ha sido para denunciar y lamentar estos actos, que son lamentables y merecen denuncia y castigo. Se trata de participar de cierto modo al debate que ha precedido el nombramiento de Breny Hasel Cuenca. No voy a comentar sus entrevistas, ni el jaleo que se armó en derredor de su nombramiento y la famosa reunión de intelectuales y artistas salvadoreños en la sala de un hotel.


Cultura y naturaleza


Los temas sociales, todos los temas que tocan a una comunidad, forman un entramado tan sólido y tan compacto que solamente la ilimitada capacidad abstractiva de los hombres ha podido desenhebrarlos y abordarlos por separado. Esta separación ha ido adquiriendo una forma casi institucionalizada que poco a poco se ha ido perdiendo también la consciencia de la unidad. Claro, de vez en vez hay llamados a no perder de vista el todo. Acaso mi contribución va a tener este objetivo. El concepto de cultura en su significación más amplia forma unidad con su contrario para ser entendida, la naturaleza. La piedra tallada no deja de ser piedra, no obstante en su nueva forma ha absorvido la intencionalidad, la fuerza y los gestos de los hombres primitivos. Cultura en este sentido es la actividad humana, que va separando en el transcurso del tiempo, en el actuar de las distintas generaciones, de la naturaleza objetos que son humanizados y al mismo tiempo que van humanizando a los hombres mismos. Pero existe también otra forma más restringida de abordar el concepto de cultura. Aunque su campo de aplicación nos devuelve obligatoriamente a las remotas épocas de la prehistoria: desde entonces aparecen objetos creados por los hombres que no obedecen a objetivos de supervivencia, sino que implican una actitud totalmente distinta que podemos llamar, con riesgos evidentes de precipitación, de estetizantes. Esos objetos a los que me estoy refiriendo forman parte de la cultura neolítica. Ahora son objetos de arqueología y de antropología, su nexo a la cultura se ha mediatizado, por la necesidad de la instrucción para poder juntar los cabos y poder especificar su función.


No obstante, en nuestro caso, ¿las piezas arqueológicas tienen ese mismo significado de objetos de simple estudio antropológico? ¿Son acaso meros testimonios arqueológicos que nos instruyen sobre el pasado de una parte de la humanidad? Es evidente que pueden cumplir y cumplen esta función. Entonces su nexo con nuestra cultura es mediatizado, no es directo, no es inmediato. Puede pensarse que estoy planteando una cuestión estrictamente académica. Pero no es así. En realidad responder de una o de otra manera, atañe íntimamente a nuestro ser nacional, a nuestro modo de ser cultural. Pues si tratamos de establecer un nexo inmediato de esas piezas con nuestro ser nacional de hoy, estamos tocando también problemas de nuestra identidad. Se trata en otras palabras de responder a la famosa y siempre acuciosa y ardiente pregunta ¿quiénes somos?


¿Hemos respondido nosotros a esta pregunta o hemos aceptado las respuestas que nos ha ofrecido el etnocentrismo extranjero? Muchos hasta han puesto en duda nuestra edad como nación y persisten en llamarnos “joven nación”. Esto les permiten infantilizarnos, tratarnos siempre en actitud condescendiente, nos ofrecen sus ojos y nos toman de la mano para ayudarnos a atravesar la quebrada de nuestro atraso.


¿En qué sentido somos mestizos?


Nos gusta llamarnos mestizos. Lo somos, rotundamente. ¿Pero de qué mestizaje hablamos? Para lograr un mestizaje real, dignificante para nuestra identidad es menester establecer una mirada cultural hacia los objetos de nuestros antepasados, fundar un nexo inmediato, una línea histórica sin interrupciones desde los albañiles que construyeron las bodegas de maíz que vemos en la Joya de Cerén y la sangre que alimenta nuestras arterias. No se trata de forzar mucho los hechos, de pandearlos o al revés de enderezarlos a nuestro antojo para que correspondan a nuestros objetivos de reivindicación cultural, reinvindicación cultural de todos, de la nación en tanto que tal y no solamente la de algunos grupos que usurpan la exclusividad de ser indígenas. Sobre esto último es menester volver, lo haré brevemente más abajo. Los hombres que poblaron nuestras tierras son nuestros antepasados, lo son genéticamente. Este hecho tan real, tan irrecusable, es el que se trata de ocultar cuando con una asombrosa ingenuidad o excesiva complacencia, declaramos que el mestizaje étnico llega al 90% y que esto se ha establecido desde hace tiempos.


Este hecho tan insólito que merece ser refutado y que lo es tan fácilmente, pues la presencia de blancos, de españoles, durante la colonia, en nuestro suelo, fue mínima. En algunas ciudades no alcanzaba al dos por ciento, en otras tal vez llegó al tres por ciento, tomemos en cuenta que la mayoría de la población entonces no era urbana. Esto se puede establecer por algunos registros, tal vez existentes en los cajones inexplotados que se empolvan en los archivos coloniales españoles de Sevilla, Madrid y Simancas. En todo caso con tan escasa presencia española es imposible tan alto nivel de mestizaje, a no ser que los colonizadores fueran superdotados sexualmente y que los indios dejaran de fornicar durante una generación entera.


Este pretendido mestizaje étnico es un hecho cultural eminente, pues implica que hemos alimentado nuestra imaginación colectiva con una mentira. Este hecho es ideológico y ha cobrado mucha fuerza en nuestra identidad. Oculta un desprecio, hemos negado, nos hemos negado ofuscadamente la parte de indios que nos corresponde. Al mismo tiempo esto nos condujo a participar durante nuestro propia historia independiente a la destrucción sistemática de nuestra pertenencia cultural a lo indígena. Uso este nombre general, sin especificar nombres, pues tampoco en esto podemos tener alguna certitud científicamente establecida.


Pero el hoy nuestro, con hechos culturales fuertes, nos grita nuestra pertenencia a un mundo que damos por muerto y que vive en nosotros. Vive en el lenguaje, vive en lo que nos reproduce y produce nuestras fuerzas, en la alimentación. La tortilla diaria, los frijoles, el ayote, los atoles, los güisquiles, las yucas, los tomates, las papas, los camotes, etc. son productos culturales que se mantienen aquí en nuestro hoy no como piezas arqueológicas que dan testigo de nuestro ayer, sino que son nuestra vida. Esta continuidad de alimentos no es simple geografía, pues hemos ido asimilando comidas de otras partes, incluso algunas que nos parecen hoy tan nuestras como el arroz, los mangos y las naranjas. Señalo de pasada, la morfología de nuestros cuerpos, nuestras posturas, nuestros gestos, nuestra manera corporal de externar los sentimientos. Son cosas estas, en las que la presencia de lo indio, se manifiesta en nosotros sin que podamos evitarlo, aunque lo quisiéramos.


También esto lo podemos perder, como hemos ido perdiendo la lengua, los cantos, los instrumentos, las historias, las leyendas. Es cierto, algunas leyendas persisten a pesar de todo, la marimba aún suena entre nosotros. Hay costumbres y ceremonias que han sobrevivido. Nada de proponernos salvaguardar todo esto como etnólogos cuidadosos de la conservación de ritos ancestarales.


Otra mentira más


Lo que propongo, creo que se entiende, es un cambio de actitud hacia nuestro pasado. En estos momentos podemos refundar nuestra identidad, reconquistar todo lo que hemos ido cediendo al olvido. Se trata de crear lazos con el pasado que nos expliquen nuestro hoy. De seguro esto no es tan sencillo, pues de lo que hablo tiene implicaciones actuales. Pero siendo que nos hemos convertido en algo distinto, podemos procurar conocer ese pasado que es nuestro y del cual somos el resultado. Necesitamos de ese conocimiento para actuar mejor hoy, en nuestro presente. Podemos objetivar nuestro pasado, historizarlo, es decir conocerlo como pasado y restructurar nuestras relaciones con él, que son al mismo tiempo constitutivas de nuestro ser de hoy.


No es asunto de revalorizar una cultura que hemos menospreciado. Se trata de una obligación de apropiación, de asunción de lo que somos. Ser mestizo implica realmente que hoy sigan mezclándose ambas culturas que —como afirmamos— nos conforman. Pero para que la mezcla sea natural es menester que hagamos familiar en pleno sentido de la palabra los logros culturales de nuestros antepasados indígenas.


Creo que estoy apuntando algo que va a incomodar a muchos. Pues se prefiere seguir la corriente de algunos que se han apoderado del título de indios, que exigen un reconocimiento como tales incluso con un artículo constitucional. ¿Qué significa esto? Pues simplemente que lo que nos están pidiendo es que expulsemos del seno de la nación una parte de ella misma. ¿Qué tienen más de indio los que así se proclaman? ¿Qué tienen de más que los del cantón de al lado? Hay un lobby que está importando costumbres, ritos de Bolivia, de Perú, de Guatemala. Este último origen no es tan grave. ¿Pero realmente es nuestro? Hay vivarachos que se han proclamado caciques, jefes espirituales.


Estos grupos han encontrado aliados en organismos internacionales que quieren imponernos de nuevo prácticas ajenas. Si les seguimos la corriente, vamos a crear ghettos de indios, “reservas”, etc. Ellos están reclamando propiedad sobre la tierra como pobladores originales. ¿Pero qué más originales son ellos de los que viven a escasos kilómetros de distancia? ¿Es necesaria una nueva reforma agraria? Pues integremos a todos aquellos a quienes les corresponde beneficiarse de ella.


Los Estados Unidos, Canadá, países que cometieron genocidios con los indios del Norte del continente, que los saquearon, que los siguen maltratando, que los siguen deshumanizando, quieren imponernos sus “soluciones”, decretar una nación dentro de la otra, pero se trata de una nación de segunda, de naciones que viven aisladas del resto de país. Una nación que vive en rediles. Aceptar eso equivaldría a que nosotros todos aceptaríamos una mentira más. Ellos no son más indios que los que viven al lado. No son más indios que muchos otros que viven en las ciudades. ¿Qué objetivo existe en que nos creemos un problema indígena?


No estoy negando las masacres que se cometieron. La represión de 1932, las masacres de 1932 tuvieron lugar en donde hubo sublevación, donde hubo activistas. No es solamente el miedo el que extinguió las lenguas autóctonas. Esa desaparición es un hecho de nuestra historia nacional. La desaparición de otras costumbres también es un problema de nuestra historia nacional.

2 comentarios:

  1. Hoy sí. Ya lo leí más de dos veces.

    Creí tener diferencias de opinión en cuanto a lo "engañoso" del concepto "Mestizo" pero ya no estoy tan seguro. Más bien creo que concuerdo con usted.

    Con el resto del artículo debo decir que tiene usted toda la razón. Lo de las "reivindicaciones indígenas" lo ha tratado con precisión y corrección. Está usted en lo cierto.

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  2. Anónimo5:14 p. m.

    Hola Carlos
    Soy un asiduo lector de sus articulos y este, de verdad que esta muy interesante,pues nos ayuda a reflexionar sobre quienes somos y el querer saber mas sobre nuestros antepasados,especialmente los miembros de los pueblos originales o indios como comunmente se les conoce y aceptar y enorgullecernos de esa herencia. Ojala y la ministra de cultura promueva un renacer de todo lo que significa ese legado.
    Saludos!

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