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02 noviembre 2007

Oda para que la hierba y los insectos sean testigos

por Carlos Abrego

¿No es cierto que a veces el mar
se derrama gota a gota en la arena
de nuestras mejillas como la tarde
cae lenta con pasos robados a no sé
qué arrepentimiento? ¿No es cierto
que la noche es más intensa boca
arriba y con los ojos abiertos?
Quizás tenga su razón de ser
una simple mesa de pino que cojea
humildemente de tanta mancha en su cara abigarrada,
pero lo que es sin duda una verdad sencilla es que
sus ojos son opérculos y germen de sueños olvidados.
Es necesario que se diga de una vez por todas
que hay manos que nos ayudan a atravesar los portales,
que no son anclas de naufragio, ni cuerdas lanzadas
a un abismo como último recurso. Evidentemente
en el fondo quedará el eco de un gesto desesperado,
de un paso que en otro tiempo buscó esa misma puerta
y no encontró las manos, esas misma manos.

Pero una manopla y un mangual acaso no son un malecón
sin velas. Acaso no son los neutrones explosivos de otra era.
Y era tan simple nos dicen
esa edad
donde no existió sino el reparto equitativo.
Me equivoco es cierto de tiempo.
No ignoro aquella época en que la piedra
fue un sexto dedo que alargaba las manos hasta los mangos chapudos.
Pero no fue una edad de oro,
sino de piedra veloz y fugitiva,
de piedra áspera,
de piedra,
de pequeñas piedras buscadas y rebuscadas.
De infinitas piedras que albergaban
millones de gusanitos sorprendidos.
Y aquel yankee que fue a la luna,
recuerdan,
se puso a correr como un niño travieso
y luego en ancestral retorno se puso
a recoger y a sopesar las piedras de la luna.

Y he aquí el momento
en que la claridad de tus ojos fue sofocante,
en que fue irresistible.
He aquí el momento en que la hierba y los insectos
tienen que ser testigos.
He aquí el momento en que tengo que nombrarte:
María Elena Salinas.
Es muy probable que te anduvieran buscando
desde hace mucho tiempo.
Es muy probable
y no vieron tu inocencia.
No vieron que era una llama.
No obstante tus manos eran un inmenso puente
para ir desde la primera piedra hasta la luna.
No sé como se dicen ciertas cosas.
No sé como hablarle a la hierba de tu muerte.
No sé.
Los insectos, los pequeños insectos
han sido siempre mis amigos
y sé que más de uno quiso poblar tu cuerpo
para que no te quedaras sola con la muerte,
para que tu boca se abriera y pudiera gemir,
pudiera gritar, pudiera rasgar y para que
la sangre de tu cuerpo también tuviera alas.
María Elena,
pequeña compita del Bloque,
¿cómo contarle a los hombres,
cómo explicarles,
cómo decirles al oído
el pequeño nombre de tu pequeña patria?
¿Entenderán si les digo
que el mar no basta para llorarte?
¿Qué peso habrá en su corazón,
que a veces también se ocupa de amar,
si les digo
que fue corto tu vuelo,
que dieciséis años?
Cómo estará la vista de aquellos
que te mataron,

porque te habrán visto a los ojos...

(El 25 de abril de 1979 esbirros de la dictadura le dieron muerte a una joven militante de la Unión de Pobladores de Tugurios, María Elena Salinas).

Mayo de 1979.

2 comentarios:

  1. "opérculo" ... "mangal"

    Un modo sencillo de enriquecer la vida de otros

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  2. Anónimo7:09 p. m.

    Silvia Montalvo Julio 1975

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