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09 noviembre 2007

La derecha ya no puede ejercer su dictadura

(en torno a la ofensiva del 11 de noviembre de 1989).

Por Carlos Abrego

Dieciocho años no nos entregan la perspectiva suficiente para considerar la ofensiva « Hasta el tope » del 11 de noviembre de 1989, sin que lo que pueda decirse adquiera repercusiones políticas atañeras al momento actual. Digo esto pues la vida política nacional sigue siendo determinada por ese período de guerra en que vivió nuestro país y las batallas de ese noviembre tuvieron incidencia directa en todo lo que iba a conducir a las negociaciones y al fin de la guerra. Ambas fuerzas beligerantes pueden reinvindicar el triunfo en esa ocasión. Esto ha venido a dar pábulo suficiente para decretar que hubo empate al final de la contienda. Algunos han empleado el término de equilibrio de fuerzas, que tal vez se apegue más a la realidad, pero también a este término hay que ponerle sus necesarios bemoles. En todo caso se produjo una nueva inversión. De la lucha política clandestina e ilegal se había pasado a la lucha guerrillera, ahora esta misma lucha guerrillera creaba las condiciones para un nuevo paso hacia la lucha política. Esta es la conclusión más difundida.

Mi propósito no es desmentir o rebatir esta conclusión. Pero al contemplar retrospectivamente los enormes sacrificios que fueron consentidos por nuestro pueblo y los resultados obtenidos, a muchos puede parecerles que en esto sí que no se logró ningún equilibrio, no existe ninguna proporcionalidad. Pero esto es lo que sale de manera inmediata y a primera vista a la superficie. Entonces es necesario tal vez ir un poco más lejos, tratar de ir un poco más hacia el fondo.

El primer problema que surge es determinar desde qué momento debemos comenzar nuestro análisis. Porque si abarcamos todo ese largo período en que se fue gestando en nuestra sociedad la necesidad profunda de cambios económicos estructurales, de la obtención de libertades políticas y de cambios radicales en las estructuras de poder, tal vez necesitemos de una preparación académica de historiador y el espacio que hay que dedicar debe ser mayor. Pero esta necesidad de cambios tuvo sus altibajos, se fue gestando a través de un enfrentamiento ideológico feroz. Las clases dominantes fueron creando con todas sus instituciones —pero sobre todo la religión y la escuela— una ideología de la resignación, de la aceptación como natural que el país se plegara a la voluntad de unos pocos hombres. Me refiero a esas familias que dominaban al país, a la oligarquía. Pero la dominación ideológica no bastó. La violenta realidad era tan abrumadora y eran tantas las muertes por desnutrición y el grado de explotación que sufría la gente en el país, pero sobre todo en el agro, que la oligarquía salvadoreña temía siempre una revuelta, una sublevación, entonces para evitarla, para preservar su tranquilidad, creó aparatos represivos y la ideología del autoritarismo despótico que necesitaba.

La represión era el método de gobierno

No fue pues muy fácil crear las condiciones ideológicas y materiales para que la idea de que era posible sacarnos de encima el yugo oligárquico e imperialista cobrara vida, fuera creciendo, tomando fuerza. Durante décadas el movimiento popular estuvo privado de la posibilidad de manifestarse abiertamente. Los partidos políticos de oposición simplemente eran prohibidos. Toda reunión política era reprimida, las libertades sindicales inexistentes. No creo que sea necesario alargar la lista de todo lo que hacía falta para una actuación política libre y democrática. El poder no conocía otro lenguaje que no fuera el fraude, la tortura, la cárcel, el exilio. Pero a medida que las fuerzas populares se iban afianzando, cobrando fuerza, la represión se volvía más feroz, más salvaje. Esto constituía todo un sistema de gobierno. Muchos pensábamos que con esa política represiva habíamos alcanzado los más altos índices de la infamia. Luego vinieron las masacres, los asesinatos selectivos, las desapariciones. El método aplicado fuer el terror. Cuerpos mutilados dejados a las orillas de los caminos. A veces eran llevados a las puertas de sus hogares, la muerte de los opositores era exhibida, puesta en escena. En esto se hizo manifiesta la pericia de los instructores estadounidenses.

Fue en este contexto que la idea de emprender una lucha armada contra la dictadura cobró forma y se materializó. Quiero insistir en esto. Porque la derecha antidemocrática pretende presentar esa decisión como un simple capricho de algunos iluminados, como el fruto de una intervención extranjera.

Pero esta idea de lo que entonces se llamaba en la izquierda “la vía armada” no se impuso fácilmente, también al interior de la izquierda hubo debate, hubo divergencias profundas. Y las divergencias no sólo concernían lo oportuno o posible de emprender la lucha armada, sino las concepciones mismas, los métodos a aplicar. Como ven aquí apenas voy enumerando temas necesarios que hay que ahondar para un justo análisis del período que aún marca nuestra realidad y la vida política de hoy. Porque estas divergencias fueron acalladas cuando se formó el FMLN. Quiero decir que los dirigentes de las diferentes tendencias durante la guerra hicieron como si estas divergencias nunca existieron y como si no persistieran. Por eso empleo el término acalladas y no superadas. Y estas divergencias se manifestaron en momentos cruciales de la lucha. Aquí entra en cuenta el tipo mismo de ofensivas y lo perseguido en ellas, la participación popular, la preparación, simplemente su anuncio y el anuncio de los objetivos cifrados y esperados. Asimismo hubo divergencias en la valoración de la situación, militar y política, tanto nacional como internacional. Algunos ni siquiera trataron de entrar a saber qué era lo fundamental y qué era lo decisivo en las diversas coyunturas y globalmente en la situación nacional.

El objetivo de toda guerra es la derrota del enemigo

El nombre mismo del Frente es elocuente: Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. Los objetivos de la lucha eran de liberación, liberación social, económica y política. Los que integraban las fuerzas combatientes estaban impregnados de estos objetivos, realizar cambios profundos que permitieran otro destino nacional. Se pugnaba pues para que todas las potencialidades de la nación pudieran realizarse. Cada uno le daba cuerpo, en esas batallas, a sus sueños, a sus aspiraciones.

Cuando se inició la guerra revolucionaria el objetivo era la derrota de la dictadura para los cambios sociales, económicos y políticos. La guerra fue dura. La intervención estadounidense fue decisiva. Voy a citar a Schafik Handal, un discurso suyo de enero de 1997, para ilustrar este aspecto: “En el caso salvadoreño, el bloque de fuerzas enemigas estaba constituido, además de la dictadura, por la oligarquía, las cúpulas militares, el Estado como instrumento de ellos. Estaba también el gobierno de los Estados Unidos, que participó muy militantemente buscando derrotarnos. Sólo les faltó invadir. Tuvo fuerzas militares en el país, además de asesoramiento, apoyo financiero y militar. Fueron más de 6 mil millones de dólares que invirtieron durante los años 80 para derrotarnos. Más de 6 mil millones de dólares en un país pequeñito: somos 6 millones de habitantes y tenemos 20.000 km. El gobierno de los EEUU en ninguna época ha hecho un donativo semejante a ningún país de América Latina”. Más adelante Handal agrega: “No sólo tenían asesores. Hace poco, ellos confesaron, pues le hicieron un homenaje a sus caídos. Allí salió a la luz que durante los 80 había habido un poco más de 5 mil efectivos militares en El Salvador, que habían estado participando en combates frecuentemente, por lo cual habían muerto algunas decenas. A pesar de que decían que estaban solamente aconsejando». Se trataba realmente pues de una guerra de liberación nacional.

Esta presencia estadounidense en nuestra guerra no se puede dejar de lado cuando pretendemos analizar una de las principales batallas que tuvieron lugar durante la guerra. Puesto que como lo dije al iniciar este artículo la ofensiva “Hasta el tope” vino a determinar una nueva correlación de fuerzas políticas.

Las negociaciones como objetivo

Desde el final de la primera gran batalla, la ofensiva del 10 de enero de 1981, la dirección del Frente planteó como objetivo la obtención de las negociaciones. Este hecho cambió radicalmente el carácter de la guerra. Todas las batallas de envergadura estaban destinadas a hacer presión para imponer las negociaciones. A pesar del nombre de esta ofensiva del 11 de noviembre de 1989, la dirección ya había abandonado el principal objetivo de toda guerra: la derrota del enemigo. Es justamente el abandono de este objetivo que determinó el análisis que se hizo entonces y que ha seguido prevaleciendo hasta el día de hoy.

Los analistas de la dictadura y del Pentágono se dieron cuenta que la guerrilla tenía fuerzas suficientes para resistir durante mucho más tiempo y que era capaz de seguir asestando golpes certeros. Pero el Ejército no quería reconocer el final de esta batalla como una derrota. Aunque el número de víctimas en los campos de batalla era importante, la guerrilla —con fuerzas numéricamente inferiores— pudo ocupar largos días posiciones en el corazón mismo del país. La guerrilla impactó internacionalmente por estas acciones, algunas planeadas justamente con objetivos estrictamente propagandísticos y no meramente militares, como fue la toma del hotel Sheraton y lo que allí aconteció. Las negociaciones aparecieron entonces como la perspectiva. Pero los objetivos esperados no se lograron. El Ejercito se tambaleó, sufrió golpes en sus estructuras, pero no fue derrotado. Su capacidad de mantenerse y de fuego obligó a la guerrilla a un repliegue, que no ocurrió siempre de manera ordenada y en las mejores condiciones.

El FMLN mostró que su fuerza de fuego no había disminuido, al contrario podía penetrar hasta las cercanía de los puntos neurálgicos del Ejército y que era capaz de golpear en varios sitios simultáneamente.

Los años que siguieron fueron primero una combinación de la lucha armada y la lucha política estrictamente hablando. Lucha que se llevaba a cabo sobre todo a nivel internacional y dirigida a obtener una mesa de negociaciones. Es esto lo que hizo posible la ofensiva “Hasta el tope”. Todos sabemos las repetidas negativas de la dictadura a sentarse a negociar. Aceptaban dialogar, pero eso no podía conducir al fin de la guerra, no creaba una nueva situación. A veces las exigencia de la dictadura llegaron a ser simplemente ridículas como el desarme incondicional de la guerrilla. La salida de la guerra no permitió los cambios sociales, políticos y económicos por los que se ofrendaron tantas vidas. No obstante es necesario valorar a su justo valor un hecho. El tipo de gobierno dictatorial, capaz de reprimir toda manifestación política, incapaz de permitir alguna libertad política, la presencia de partidos opositores, ese tipo de gobierno fue derrotado. Ese tipo de gobierno dictatorial que exiliaba a sus oponentes, los torturaba y masacraba a la población civil fue derrotado. La dominación de una pequeña casta oligárquica sigue en pie. Muchas libertades siguen sin existir. El reciente fallo de la Corte Suprema de Justicia sobre las libertades sindicales es una muestra que nuestra democracia es frágil, que el régimen se ha visto forzado a aceptar las libertades de que gozamos hoy. Estas pocas libertades han costado mucha sangre, fueron el fruto del heroísmo de los que combatieron en las jornadas de noviembre de 1989 y de todas las luchas anteriores.

Por eso urgimos de que estas libertades sean preservadas y sobre todo ampliadas. Necesitamos de nuevos triunfos democráticos, de la ampliación de los derechos sociales, de los derechos económicos de la gente. También urgimos de nuevos derechos democráticos, urgimos promover la participación ciudadana en la elaboración de la política nacional, en la deliberación de las posibles soluciones a nuestros problemas. ¿Estas nuevas victorias podemos esperarlas de la derecha? La derecha está en el poder desde siempre en nuestro país, su balance está ante nosotros: el país depende cada vez más del extranjero, su política monetaria y financiera está supeditada a una moneda extranjera, el ejercito nacional participa en una guerra que no la hemos declarado, ni es nuestra y que fue reprobada por el concierto de naciones. Pero lo peor en este balance es que nuestra juventud ha perdido toda esperanza de hacer su vida en el territorio nacional. La derecha hizo campaña como la única que podía poner fin a la delincuencia de las bandas, todos sufrimos el efecto de su actividad creciente.

Mucho queda por hacer, es cierto, pero la derecha ya no puede todo, ya no puede ejercer a sus anchas la dictadura.

2 comentarios:

  1. Anónimo3:07 a. m.

    "El reciente fallo de la Corte Suprema de Justicia sobre las libertades sindicales es una muestra que nuestra democracia es frágil..."

    Creo, senor Abrego, que no se puede hablar de Democracia en El Salvador. Tampoco de "asomo de Democracia".

    Simplemente no la hay.

    Por el demás, 100% de acuerdo!

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  2. Uno de los aspectos por demás indignantes de estos días, ha sido sin duda la sucia propaganda derechista que no hace más que hablar de las matanzas y sufrimientos del pueblo durante la ofensita "Hasta el tope". Lo cual es, de hecho, uno de los errores más crasos que han podido cometer, siendo que a todos (o al menos a muchos de nosotros) nos consta en carne propia que dichas matanzas y abusos eran, en gran medida, cortesía del mismo cuerpo militar de aquel entonces.

    Es increiblemente estúpida la forma en la que nos quieren vender un pasado de fabriación estadounidense gracias a una maquinaria de mercadeo que quiere hacer parecer que el pasado era una verdadera joya de justicia y democracia y no el hervidero de corrupción e injusticia que era (y en muchos aspectos sigue siendo), lo cierto es que, de cualquier manera, las acciones tomadas por parte de la derecha no hacen más que evidenciar el terror paralizante que les despierta la proximidad de las elecciones y su muy probable derrota... ese, tal vez, sea el mejor consuelo, ante tanta propaganda cargada de verdades a medias... o medias mentiras.

    Saludos don Carlos, como siempre un placer leerlo.

    Alberto Enrique Chávez Guatemala

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