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20 agosto 2009

Objetivar nuestro pasado: historizarlo

En París existe un museo que ha tenido gran éxito, la prensa lo plebiscitó, el público acudió entusiasta. Es el museo de las “Culturas Primeras”. Pero no es un museo. Bueno, es un museo con una concepción muy extraña de la cultura. Se trata de una colección heteróclita de objetos pertenecientes a culturas situadas afuera del área europea. Este es el único criterio. Los objetos están reunidos por países, a veces por regiones, pero también hay algunos que se han puesto a la par de otros sin que pertenezcan a la misma región. En los carteles “explicativos” no se explica nada, nombran los objetos, a veces indican en qué material está fabricado. La colección es rica en objetos, pero el visitante sale igual que antes de entrar, tal vez salga contento y con algunas compras de los famosos productos “derivados”. En realidad este ordenado amontonamiento carece de lo primordial, de una puesta en perspectiva histórica de los objetos expuestos. Hay mezcolanza de procedimientos, de períodos históricos, que algunos distan en centurias y otros tal vez en milenios.


Otro criterio que une estos objetos: todos son el fruto del pillaje que sufren las culturas de los países del subdesarrollo. Algunos se consuelan diciendo que por lo menos en el museo están a la vista de todo el mundo y han sido puestos en valor. En vez de estar en el salón de algún potentado, en los sótanos de algún museo nacional, el turista, el paseante, el curioso puede admirarlos y darle libre vuelo a su capacidad imaginativa, produciendo analogías, contrastes y conjeturas.


En estos días he leído entrevistas de la nueva dirigente de la también nueva Secretaría Nacional de la Cultura. En ellas, Breny Hasel Cuenca denuncia la desaparición (robo) de piezas arqueológicas en varios sitios de excavaciones y sitios históricos, como la Joya de Cerén. La secretaria nacional hará intervenir a Interpol. Esperemos que todo se recupere lo más pronto posible. Esos objetos tienen su valor, tal vez no muy excesivo para el receptador por la falta de instrucción y la mucha hambre del ladrón. No obstante la transición que he hecho hacia nuestro país no ha sido para denunciar y lamentar estos actos, que son lamentables y merecen denuncia y castigo. Se trata de participar de cierto modo al debate que ha precedido el nombramiento de Breny Hasel Cuenca. No voy a comentar sus entrevistas, ni el jaleo que se armó en derredor de su nombramiento y la famosa reunión de intelectuales y artistas salvadoreños en la sala de un hotel.


Cultura y naturaleza


Los temas sociales, todos los temas que tocan a una comunidad, forman un entramado tan sólido y tan compacto que solamente la ilimitada capacidad abstractiva de los hombres ha podido desenhebrarlos y abordarlos por separado. Esta separación ha ido adquiriendo una forma casi institucionalizada que poco a poco se ha ido perdiendo también la consciencia de la unidad. Claro, de vez en vez hay llamados a no perder de vista el todo. Acaso mi contribución va a tener este objetivo. El concepto de cultura en su significación más amplia forma unidad con su contrario para ser entendida, la naturaleza. La piedra tallada no deja de ser piedra, no obstante en su nueva forma ha absorvido la intencionalidad, la fuerza y los gestos de los hombres primitivos. Cultura en este sentido es la actividad humana, que va separando en el transcurso del tiempo, en el actuar de las distintas generaciones, de la naturaleza objetos que son humanizados y al mismo tiempo que van humanizando a los hombres mismos. Pero existe también otra forma más restringida de abordar el concepto de cultura. Aunque su campo de aplicación nos devuelve obligatoriamente a las remotas épocas de la prehistoria: desde entonces aparecen objetos creados por los hombres que no obedecen a objetivos de supervivencia, sino que implican una actitud totalmente distinta que podemos llamar, con riesgos evidentes de precipitación, de estetizantes. Esos objetos a los que me estoy refiriendo forman parte de la cultura neolítica. Ahora son objetos de arqueología y de antropología, su nexo a la cultura se ha mediatizado, por la necesidad de la instrucción para poder juntar los cabos y poder especificar su función.


No obstante, en nuestro caso, ¿las piezas arqueológicas tienen ese mismo significado de objetos de simple estudio antropológico? ¿Son acaso meros testimonios arqueológicos que nos instruyen sobre el pasado de una parte de la humanidad? Es evidente que pueden cumplir y cumplen esta función. Entonces su nexo con nuestra cultura es mediatizado, no es directo, no es inmediato. Puede pensarse que estoy planteando una cuestión estrictamente académica. Pero no es así. En realidad responder de una o de otra manera, atañe íntimamente a nuestro ser nacional, a nuestro modo de ser cultural. Pues si tratamos de establecer un nexo inmediato de esas piezas con nuestro ser nacional de hoy, estamos tocando también problemas de nuestra identidad. Se trata en otras palabras de responder a la famosa y siempre acuciosa y ardiente pregunta ¿quiénes somos?


¿Hemos respondido nosotros a esta pregunta o hemos aceptado las respuestas que nos ha ofrecido el etnocentrismo extranjero? Muchos hasta han puesto en duda nuestra edad como nación y persisten en llamarnos “joven nación”. Esto les permiten infantilizarnos, tratarnos siempre en actitud condescendiente, nos ofrecen sus ojos y nos toman de la mano para ayudarnos a atravesar la quebrada de nuestro atraso.


¿En qué sentido somos mestizos?


Nos gusta llamarnos mestizos. Lo somos, rotundamente. ¿Pero de qué mestizaje hablamos? Para lograr un mestizaje real, dignificante para nuestra identidad es menester establecer una mirada cultural hacia los objetos de nuestros antepasados, fundar un nexo inmediato, una línea histórica sin interrupciones desde los albañiles que construyeron las bodegas de maíz que vemos en la Joya de Cerén y la sangre que alimenta nuestras arterias. No se trata de forzar mucho los hechos, de pandearlos o al revés de enderezarlos a nuestro antojo para que correspondan a nuestros objetivos de reivindicación cultural, reinvindicación cultural de todos, de la nación en tanto que tal y no solamente la de algunos grupos que usurpan la exclusividad de ser indígenas. Sobre esto último es menester volver, lo haré brevemente más abajo. Los hombres que poblaron nuestras tierras son nuestros antepasados, lo son genéticamente. Este hecho tan real, tan irrecusable, es el que se trata de ocultar cuando con una asombrosa ingenuidad o excesiva complacencia, declaramos que el mestizaje étnico llega al 90% y que esto se ha establecido desde hace tiempos.


Este hecho tan insólito que merece ser refutado y que lo es tan fácilmente, pues la presencia de blancos, de españoles, durante la colonia, en nuestro suelo, fue mínima. En algunas ciudades no alcanzaba al dos por ciento, en otras tal vez llegó al tres por ciento, tomemos en cuenta que la mayoría de la población entonces no era urbana. Esto se puede establecer por algunos registros, tal vez existentes en los cajones inexplotados que se empolvan en los archivos coloniales españoles de Sevilla, Madrid y Simancas. En todo caso con tan escasa presencia española es imposible tan alto nivel de mestizaje, a no ser que los colonizadores fueran superdotados sexualmente y que los indios dejaran de fornicar durante una generación entera.


Este pretendido mestizaje étnico es un hecho cultural eminente, pues implica que hemos alimentado nuestra imaginación colectiva con una mentira. Este hecho es ideológico y ha cobrado mucha fuerza en nuestra identidad. Oculta un desprecio, hemos negado, nos hemos negado ofuscadamente la parte de indios que nos corresponde. Al mismo tiempo esto nos condujo a participar durante nuestro propia historia independiente a la destrucción sistemática de nuestra pertenencia cultural a lo indígena. Uso este nombre general, sin especificar nombres, pues tampoco en esto podemos tener alguna certitud científicamente establecida.


Pero el hoy nuestro, con hechos culturales fuertes, nos grita nuestra pertenencia a un mundo que damos por muerto y que vive en nosotros. Vive en el lenguaje, vive en lo que nos reproduce y produce nuestras fuerzas, en la alimentación. La tortilla diaria, los frijoles, el ayote, los atoles, los güisquiles, las yucas, los tomates, las papas, los camotes, etc. son productos culturales que se mantienen aquí en nuestro hoy no como piezas arqueológicas que dan testigo de nuestro ayer, sino que son nuestra vida. Esta continuidad de alimentos no es simple geografía, pues hemos ido asimilando comidas de otras partes, incluso algunas que nos parecen hoy tan nuestras como el arroz, los mangos y las naranjas. Señalo de pasada, la morfología de nuestros cuerpos, nuestras posturas, nuestros gestos, nuestra manera corporal de externar los sentimientos. Son cosas estas, en las que la presencia de lo indio, se manifiesta en nosotros sin que podamos evitarlo, aunque lo quisiéramos.


También esto lo podemos perder, como hemos ido perdiendo la lengua, los cantos, los instrumentos, las historias, las leyendas. Es cierto, algunas leyendas persisten a pesar de todo, la marimba aún suena entre nosotros. Hay costumbres y ceremonias que han sobrevivido. Nada de proponernos salvaguardar todo esto como etnólogos cuidadosos de la conservación de ritos ancestarales.


Otra mentira más


Lo que propongo, creo que se entiende, es un cambio de actitud hacia nuestro pasado. En estos momentos podemos refundar nuestra identidad, reconquistar todo lo que hemos ido cediendo al olvido. Se trata de crear lazos con el pasado que nos expliquen nuestro hoy. De seguro esto no es tan sencillo, pues de lo que hablo tiene implicaciones actuales. Pero siendo que nos hemos convertido en algo distinto, podemos procurar conocer ese pasado que es nuestro y del cual somos el resultado. Necesitamos de ese conocimiento para actuar mejor hoy, en nuestro presente. Podemos objetivar nuestro pasado, historizarlo, es decir conocerlo como pasado y restructurar nuestras relaciones con él, que son al mismo tiempo constitutivas de nuestro ser de hoy.


No es asunto de revalorizar una cultura que hemos menospreciado. Se trata de una obligación de apropiación, de asunción de lo que somos. Ser mestizo implica realmente que hoy sigan mezclándose ambas culturas que —como afirmamos— nos conforman. Pero para que la mezcla sea natural es menester que hagamos familiar en pleno sentido de la palabra los logros culturales de nuestros antepasados indígenas.


Creo que estoy apuntando algo que va a incomodar a muchos. Pues se prefiere seguir la corriente de algunos que se han apoderado del título de indios, que exigen un reconocimiento como tales incluso con un artículo constitucional. ¿Qué significa esto? Pues simplemente que lo que nos están pidiendo es que expulsemos del seno de la nación una parte de ella misma. ¿Qué tienen más de indio los que así se proclaman? ¿Qué tienen de más que los del cantón de al lado? Hay un lobby que está importando costumbres, ritos de Bolivia, de Perú, de Guatemala. Este último origen no es tan grave. ¿Pero realmente es nuestro? Hay vivarachos que se han proclamado caciques, jefes espirituales.


Estos grupos han encontrado aliados en organismos internacionales que quieren imponernos de nuevo prácticas ajenas. Si les seguimos la corriente, vamos a crear ghettos de indios, “reservas”, etc. Ellos están reclamando propiedad sobre la tierra como pobladores originales. ¿Pero qué más originales son ellos de los que viven a escasos kilómetros de distancia? ¿Es necesaria una nueva reforma agraria? Pues integremos a todos aquellos a quienes les corresponde beneficiarse de ella.


Los Estados Unidos, Canadá, países que cometieron genocidios con los indios del Norte del continente, que los saquearon, que los siguen maltratando, que los siguen deshumanizando, quieren imponernos sus “soluciones”, decretar una nación dentro de la otra, pero se trata de una nación de segunda, de naciones que viven aisladas del resto de país. Una nación que vive en rediles. Aceptar eso equivaldría a que nosotros todos aceptaríamos una mentira más. Ellos no son más indios que los que viven al lado. No son más indios que muchos otros que viven en las ciudades. ¿Qué objetivo existe en que nos creemos un problema indígena?


No estoy negando las masacres que se cometieron. La represión de 1932, las masacres de 1932 tuvieron lugar en donde hubo sublevación, donde hubo activistas. No es solamente el miedo el que extinguió las lenguas autóctonas. Esa desaparición es un hecho de nuestra historia nacional. La desaparición de otras costumbres también es un problema de nuestra historia nacional.

17 agosto 2009

¿De quién es vocero el arzobispo de San Salvador?

El arzobispo de San Salvador, Mons. José Luis Escobar, como sus predecesores, acostumbra a dar declaraciones dominicales sobre asuntos políticos, de sociedad, económicos, etc. Lo hace aprovechando la autoridad que le confiere su grado eclesiástico. Opina no como un simple ciudadano salvadoreño, sino como representante de la Iglesia. A veces lo dice claramente como este domingo: «Como Iglesia hemos perdonado, pero si las autoridades consideran pertinente que se lleguen a esclarecer las cosas, nosotros estaremos encantados de conocer la verdad, pero también nos preocupa la situación nacional» dijo el prelado a los periodistas luego de la misa dominical (Univisión).


Observo que el arzobispo confunde a la Iglesia con la Conferencia episcopal. Aunque sobre esto no me corresponde opinar. Sobre el resto de sus declaraciones si que tengo derecho a hacerlo, pues la teología no viene en esto al caso y se trata de un asunto que se refiere a nuestra historia y a nuestro presente en tanto que nación. Y personalmente tengo reparos que hacer.


El arzobispo nos habla de pertinencia, pero la única pertinencia ante las instituciones de justicia que puede existir, para que se abra un juicio, es que haya habido un crimen, un delito. Como estos crímenes se han establecido, es necesario forzosamente investigarlos. Sobre todo que los crímenes que se perpetraron durante la guerra no son simples crímenes, han sido reconocidos como «crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra».


Conocer esta verdad para el pueblo salvadoreño no es un asunto de mero placer o para dejar «encantado» al señor arzobispo, se trata de justicia y de reparación. Se trata de reparar a las víctimas de las masacres, de las torturas, de los raptos, de los asesinatos, etc.


Pero en la argumentación arzobispal hay un elemento que repite o retoma de la derecha y de sus medios nacionales de intoxicación. Se trata de la « situación nacional». Esta situación la declaran difícil sin más, para amenazar con el resurgimiento de la violencia. Ha dicho que le preocupa «la situación nacional, pues quizá no se sanen las heridas, sino que se abran y volvamos a una situación violenta».


Creo que a este raciocinio le falta algo. Faltan elementos y los que se traen a cuenta, lo menos que podemos decir sobre ellos, es que son inexactos. La justicia no se imparte con intenciones medicinales de sanar heridas, no se trata de una terapia moral o psiconalítica. Las heridas siguen abiertas para muchos y tal vez seguirán abiertas después de los juicios. El sufrimiento puede persistir incluso perdonando. No se trata pues de eso. Repito, se trata de reparación, de esclarecimiento, de encontrar a los responsables y de castigo. El perdón, las víctimas o los parientes de las víctimas tienen todo el derecho a no otorgarlo. El perdón lo otorga la víctima, el verdugo, el criminal no puede exigirlo, ni ninguna otra persona en su nombre.


Pero la amenaza arzobispal del retorno a violencia no queda clara. ¿En qué se basa para tal afirmación? ¿Nos sugiere que los criminales tienen hoy todavía más fuerza que el Estado? ¿Nos quiere prevenir que los criminales pueden instigar nuevas matanzas o algún golpe de Estado? ¿En qué fuentes se basa para decir esto? ¿De quién es vocero el arzobispo de San Salvador?


El anunciado retorno a la violencia me parece irresponsable, pues suena como simple amenaza, porque con él nos quiere imponer silencio, se introduce como instancia resolutoria de cualquier crimen. Esta amenaza persigue infundir miedo, en cierto sentido es terrorista. Al mismo tiempo se le reconoce a la violencia legitimidad, capacidad de acallar el justo reclamo de los tribunales. Me parece que a esa amenaza le falta mucha ética. Cabe preguntarse ¿qué hacemos hoy con los crímenes de las maras? ¿Acaso los mareros no amenazan con represalias a las víctimas? Si a los que cometieron masacres en nuestro país debemos dejarlos tranquilos so pretexto que pueden también acudir a las represalias. ¿Qué hacer con los crímenes que se cometen hoy? ¿Por qué vamos a perdonar generosamente a los criminales de guerra, a los que violaron deliberadamente los derechos humanos y no a los asesinos de hoy? ¿También la Iglesia ya perdonó estos crímenes, a estos criminales?

14 agosto 2009

¿Dónde está Linda Ordoñez?

Comunicado de Otoniel Guevara:

Ayer (12 de Agosto) , a eso de las 4 de la tarde, por el chat de facebook mantuve comunicación con la compañera hondureña Linda Ordoñez, ella me escribía para denunciar el salvaje atropello que estaban sufriendo las personas que estaban en el interior de la Universidad Pedagógica de Honduras en Tegucigalpa, en donde las tropas de Micheletti irrumpieron, violando leyes, derechos humanos y cráneos.

Linda logró salir y meterse a un ciber café para escribirme, pero abruptamente la comunicación se cortó, por lo que sospecho que fue recapturada por el ejército golpista y no sé nada de ella, por lo que les invito a investigar e informarse de esta ola represiva en Honduras, puesto que hay centenares de perosnas en iguales circunstancias de captura-secuestro-desaparición, y mantenerse pendientes puesto que el ejército traidor ha tomado fotos y secuestrado documentos de miles de hondureños, entre los que hay decenas de artistas luchando por la institucionalidad y la dignidad en su tierra.

Transcribo la conversacion con Linda

Ayer
16:05Linda

hola, cuenta esto en tu pais:

nos sacaron a tiros de la universidad pedagogica
16:05Otoniel

hoy?
16:05Linda

habian señoras, estudiantes, ancianos y los militares llegaron a sacarnos

si hace como una hora y media

a algunos nos capturaron y nos golpearon
16:06Otoniel

Mandame un in forme peridoisico por favor a esta dirección, y si tenés fotos, mejor
16:06Linda

a mi me dejaron salir pero nis amigos y otra gente se quedo adentro y no se lo que les estan ahaciendo

no tengo ffotos los militares nos quitaron todo
16:07Otoniel

16:07Linda

ok
16:07Otoniel

consegui por algun lado, son importantesd

bueno, esperame
16:08Otoniel

vos tenes telefono?
16:09Linda

me lo quitaron

estoy en un cyber cafe

cerca de la u pero me tengo que ir rapido porque me tomaron fotos y me djieron que si me miraban en la calle me mataban

que me fuera y me callara
16:10Otoniel

consegui

uno
16:10Linda

los militares entrarion al centro comercial ya




(Ahí se interrumpió...)

Fabrizio de André BOCCA DI ROSA



Tal vez les guste. Te gustará, estoy seguro.

08 agosto 2009

Ustedes no viven en el socialismo (sexta parte)

De regreso en mi celda traté de poner orden en mi cabeza. Acabo de escribir esta primera frase y me ha sorprendido el posesivo que he usado : mi celda. No creo sinceramente que entonces consideré ese recinto como mío. No intenté en ningún momento dejar mi huella en él. En todo caso ya de vuelta, me puse a recapacitar lo que me acaba de ocurrir. Sopesé cada palabra, cada gesto, cada expresión de los rostros de mis interlocutores. Nuevamente pensé que había evitado lo peor. Quiero decirlo ahora, que realmente ignoro sin mi llamada al dominicano Jorge mi suerte hubiera sido otra. No lo sé, no tengo, ni tuve posibilidad de saberlo. Pero de nuevo en la celda, pude concluir que habían decidido expulsarme. La búsqueda de mi pasaporte y la frase sobre que “ya habían pensado en el pasaje abierto”, me lo corroboró. No obstante no estaba muy seguro de que mi arreglo con ellos sobre el destino de mi mujer y mis hijas iba a ser respetado.

Al mismo tiempo dijeron que podían perfectamente mantenerme preso el tiempo que quisieran. No me discutieron en ningún momento, no me contradijeron directamente cuando afirmé que estaban “obligados” a sacarme al tercer día. Esto me parecía muy extraño. Como sea decidí mantenerme en huelga de hambre, seguir insistiendo que me debían presentar ante un juez. Seguir interpretando mi papel de alguien seguro y determinado.

El tiempo, supongo, pasa más lentamente en las cárceles. Lo sentía como detenido. En la mañana oí los pasos de otros reos, cuando vinieron a buscarlos para ir el baño. Luego ya no volví a sentir su presencia. Tal vez por eso me puse a silbar y a cantar, pero nadie me respondió. Por la tarde nadie más vino a prohibirme que cantara. El carcelero que venía a verme por la ventanilla lo siguió haciendo hasta un momento en que la luz eléctrica bajó de intensidad.

Estaba cansado. Sorprendentemente desde mi regreso caminé a lo largo de la celda. Me detenía por momentos, me senté alguna vez. La noche anterior hasta que me quedé dormido oí el llanto de un niño. Ahora eran los ladridos cercanos de unos perros que entraban a mi celda por la ventanita que daba hacia el exterior. Por aquella época dormía muy poco, me recuperaba con cuatro o cinco horas al día, de vez en cuando prolongaba hasta las ocho horas, entonces me parecía que había dormido en exceso. Raras veces, muy contadas, fueron las ocasiones en que hice la siesta, tal vez sólo durante las vacaciones. Ahora, allí, en la celda de la calle Petrovska sentí de pronto la urgencia de dormir, pero los ladridos de los perros no me permitían conciliar el sueño. Felizmente entonces conservaba en mi memoria muchos poemas de Lorca, Machado, Hernández, Vallejo, Neruda y algunos de Pushkin, Lermantov y Alexandre Block. Me puse a recitarlos en silencio, no sé cuánto tiempo. En algún momento me quedé dormido sin sentirlo.

De repente, en las primeras horas de la mañana, sentí la mano tosca y brusca de un hombre que me sacudía el hombro. Me desperté sorprendido, petrificado. La luz era escasa. No distinguí su cara.

—¡Arriba, arriba!

Me senté en la cama. Traté de pensar, de medir la situación. El hombre me ordenó que me parara. Me dijo que los siguiera. En ese momento vi a otros dos hombres en civil que esperaban.

—Lo vamos a llevar a las duchas para que se bañé, lo han venido a buscar para llevárselo.

No se me ocurrió preguntar quién, adónde. En realidad quién sabe por qué supuse que estos tres personajes no estaban enterados de mi destino. Uno de ellos llevaba el uniforme de carcelero. Era el que iba abriendo las puertas y fue quien me entregó un toalla diminuta y un pedazo de jabón. Me mostraron una puerta y me dijeron que entrara, que cuando terminase, les avisara tocando por la puerta.

Entre a las duchas. El lugar era gris, los tubos tenían las regaderas, cada ducha las separaba un muro, no había puertas. Tal vez había un desnivelado hacia una evacuación central, pues debajo de las duchas no había desaguadero. Abrí una de las duchas. No salió agua. Me di cuenta entonces de que todo estaba seco, extraordinariamente seco. La ducha seguía sin agua. De repente sentí miedo, mucho miedo, irracional. Tres años antes había visto en la Casa de la Amistad unos documentales y trozos de películas que el Ejército Rojo había encontrado en algunos campos de exterminio nazis. Las duchas me recordaron las siniestras cámaras de gas. El agua tardaba en salir. Abrí otras duchas. El resultado fue el mismo, ni una sola gota. Este martirio me lo propiné solo. Tuve unos instantes la certitud que me encontraba en una de esas cámaras. En ningún momento se me ocurrió que eso era desproporcionado, que era más sencillo un tiro en la sien o otro proceder más expeditivo y menos caro. Pues para asfixiarme en ese local hubiese sido necesario una cantidad enorme de gas. Pero el local me pareció hermético. Lo recorrí buscando un intersticio. El tiempo se escurría y las duchas que había abierto tardaban en echar agua. Pensé que si me tiraba al suelo iba a prolongar mi existencia. No sé, me ordené con mucha violencia serenarme. Fue en ese instante que comenzó a salir un agua escasa de las duchas. Me precipité a humedecer la toalla, pensando que si luego venía el gas eso tal vez me ayudaría. El agua era gélida. El chorro creció poco a poco. Me desvestí y me metí bajo el agua. Tomé la ducha, pero no tenía ya con que secarme. Fui a la puerta y toqué. Abrieron de inmediato y cuando me vieron mojado, cubriendo mis partes íntimas con la toalla mojada se enfadaron.

—No tenemos mucho tiempo, qué hizo con la toalla, por qué está mojada.

—Se me cayó...

—A la gran puta... no tengo otra, hay solo una para cada reo.

—Busque otra, no tenemos tiempo para discutir— dijo uno de los que estaban en civil.

El carcelero se fue y volvió en unos instantes. Uno de los de civil tenía mis ropas, me las dio. Volvieron a cerrar la puerta y me vestí. En ese momento me puse a reír por mi absurda ocurrencia de la cámara de gas. Abrieron la puerta y me apresuraban. Uno de ellos me preguntó por qué había tardado tanto en la ducha. Le conté que el agua había tardado en salir y que estaba fría, fría. Les conté que la ducha en sí fue corta y que por apresurarme se me cayó la toalla.

Subimos por unas gradas estrechas, entramos por una puerta gruesa y caminamos por un corredor. Llegamos a la misma sala del día anterior en donde me esperaban una seis o siete personas. El jefe y los dos que me habían recepcionado. Había un tipo sentado en una mesita. Me devolvieron los objetos que me habían obligado a desembolsar. Nadie me decía mayor cosa, venga, acérquese, tome. Me sentía mejor con mis ropas. El que estaba sentado en la mesita era un médico. Todo el tiempo que estuve en la sala me observaba. Luego me llamó. Se presentó como médico.

—¿Cómo se siente de salud?

—Bien, muy bien.

—¿Ha contraído aquí alguna enfermedad?

—No, que yo sepa.

—Responda si o no.

—No, no creo.

—¿Ha sufrido alguna tortura?

—Sí, moral, me han detenido sin derecho.

—Me refiero a que si lo han torturado físicamente.

—Físicamente no, pero ponga allí en ese formulario que mi detención es ilegal.

—Bueno, ahora firme aquí.

—No, yo no firmo nada.

—Sí, tiene que firmar.

—Ya le dije que no voy a firmar.

En ese momento se acercó el jefe que había estado viendo la escena y dijo muy tranquilo:

—Deje, no importa su firma, ya le pondremos alguna.

Se me quedó viendo, me entregó mi pasaporte y el pasaje.

—Hay una maletica con algunas cosas suyas. Su mujer no tuvo tiempo para más. Estos dos agentes lo van a llevar al aeropuerto. Eran dos hombres que no había visto antes. El jefe me tendió la mano y me dijo:

—Que tenga suerte.

No le respondí. Los hombres que me iban a llevar al aeropuerto me hicieron señas para que los siguiera. Salimos a un patio. Había un coche con el chofer sentado que nos esperaba. Uno se sentó a su lado. El otro me hizo entrar y luego se sentó a mi costado. Me mostró una revolver o pistola. No sé distinguir esas cosas.

—No intente escaparse, no haga movimientos bruscos y todo irá bien. Yo estoy acostumbrado a matar, como lo oye, si hace algún intento de escapar, yo tengo orden de tirar. ¿Entiende lo que le digo?

—Sí, perfectamente. Pero no tenga cuidado, no voy a intentar nada.

El chofer puso en movimiento el auto. Salimos, no sé si íbamos escoltados por motos. Creo que sí pues al entrar a la pista vi dos motos que se detuvieron y nos dejaron pasar. En el camino, el policía me miraba intrigado, me observaba.

—No sé qué habrá hecho, pero así como se le ve, no parece capaz de cometer un delito.

Tampoco esta vez respondí. En realidad iba realizando que salía de la Unión Soviética como un delincuente. Recordé en ese momento mi llegada, mi alegría juvenil, mis ojos abiertos tratando de desentrañarlo todo.

El policía trató de animar el trayecto, me hizo mil preguntas, se las fui respondiendo con monosílabos al principio, ya luego vi que de todos modos daba igual satisfacer su curiosidad. La conversación me llevó a declararle que seguía siendo comunista, que no habían logrado volverme anticomunista. Esto lo sorprendió. Traté de explicarle en pocas palabras. No me entendió, no podía entenderme. Luego le pregunté si me podía hacer un favor. Le pedí que fuera a mi casa y le llevara a mi mujer los rublos que me habían devuelto. Le dije que en el extranjero la moneda soviética no tenía curso. Aceptó, me dijo que lo haría. Lo hizo. Luego ya cuando nos acercábamos al aeropuerto me preguntó de nuevo:

—¿No le gusta el socialismo?

—Lo que ustedes viven no es socialismo.

—¿Qué es entonces?

—No sé, pero socialismo no es.

—¿Y como tiene que ser el socialismo?

—Tampoco sé, pero obligatoriamente no es como el que ustedes viven.

El hombre se alzo de hombros. Entramos luego al aeropuerto, el coche me llevó hasta unos veinte metros de la escalinata del avión los otros pasajeros, esperaban en fila. Algunos soldados, aduaneros o agentes de la KGB estaban desperdigados en las cercanías del avión. Cuando subía las gradas sentí que las lágrimas acudían a mis ojos. Las retuve con fuerza. Una aeromoza sonriente tomó mi billete de avión y me acomodó en mi puesto. Luego comenzaron a entrar el resto de pasajeros. Me enteré luego por mi vecino que tuvieron que esperar y que el avión salía con retraso. Al rato rompí mi huelga de hambre. La comida me pareció suculenta y hasta muy sabrosa.

06 agosto 2009

Un premio de parte de un amigo

Mi buen amigo Alberto me ofrece un premio. No acostumbro aceptar premios. Esta vez no pude evitarlo, pues viene de una gran amigo.




Las bases del premio son:
Elegir blogs o sitios de Internet que por su calidad, su afinidad o cualquier razón hayan conseguido establecer un vínculo que desees reforzar y premiar con un “no-me-olvides” y enlazarlos en el post escrito.

Escribir un post mostrando el premio, citar el nombre del blog o web que te lo regala y notificar a tus elegidos con un comentario. Si es posible el origen del premio.

Exhibir el Premio en tu blog.


A mi vez le trasmito el premio a:

Nila Vigil (lo recomiendo encarecidamente su Instituto Lingüístico de Invierno).

Sandra Gutierrez Poizat (me ha parecido muy interesante su Urbanitas)

Yo NO SOY Cindy Crawford!! (Su blog cuenta sus Anécdotas)

05 agosto 2009

Intermedio musical

Me queda todavía una última entrega sobre este episodio de mi vida. Pero antes de seguir, deseo compartir con ustedes estas dos canciones que canta Bulat Okudzhava. Es un gran poeta y prosista. Muchas de sus canciones en aquel tiempo circularon clandestinamente.

Les comparto esto. Son canciones de mi época allá en Moscú. Quisiera también que no crean —que a pesar de que mis últimos días en la URSS fueron infaustos— que me la pasé todo el tiempo en sufrimientos y penares. Allí viví mi juventud. Vivi apasionadamente y Moscú me sigue apareciendo en sueños, sus largos atardeceres de verano, sus otoños dorados. Los largos inviernos fueron nidos de felices sentimientos y los blancos mantos me fueron preparando para sentir en mi cuerpo el despertar glorioso de toda la naturaleza, las abruptas y rotundas primaveras rusas. Hay que vivirlas para entender la perspicacia musical de Igor Stravinski en "La consagración de la primavera". Además conocí gente buena, muy buena y generosa.


03 agosto 2009

Negociando con la KGB (Quinta parte)

Cuando me desperté, tardé algún tiempo en ubicarme, vi una tenue luz por la ventanita de la celda. No supe qué horas eran. En todo caso reinaba un silencio sepulcral. Me puse a canturriar, como para no sentirme tan solo. Me resulta sorprendente, extraño, que me vinieran al recuerdo, en esos momentos, canciones de la República española, de la Guerra Civil. Lo recuerdo claramente, pues amanecí cantando “¡Ay, Carmela! No sé qué explicación darle a esto. No obstante recuerdo que en un momento de la mañana vino un guardia y me dijo que era prohibido cantar en la cárcel. Le contesté que estaba cantando canciones revolucionarias y que cantaría las veces que me diera la gana. Esto fue ya entrada la mañana. Antes me habían traído el desayuno y reiteré mi declaración de huelga de hambre. El carcelero no insistió y me recordó de nuevo que estaba prohibido. Vinieron a buscarme para ir al retrete. Me negué a salir, le dije que no necesitaba. El carcelero me aclaró que esa salida era la única del día, que luego nadie me vendría a buscar, que aprovechara. Me lo dijo condescendiente, en tono bastante amable. Le dije que no, que no iba a salir, que saldría únicamente para hablar con el director de la cárcel o libre.

—El director no viene hoy. Hoy hay un vice de turno.

Justamente fue este vicedirector que vino a mi celda. La puerta se abrió y vi aparecer a un oficial uniformado. Su apariencia era afable, me sonrió, me saludó y me tendió la mano.

—Me han dicho que no ha comido.

—Me he declarado en huelga de hambre.

—Sabe que no tiene derecho. Tiene que hacer una petición...

Me sonreí. Creo que también él se daba cuenta de lo absurdo de lo que acababa de decir, aunque se esforzó por no dar señal alguna.

—Quiero hablar con el director.

—No está hoy, yo lo remplazo.

—Entonces tiene que presentarme ante un juez o mostrarme la orden del juez para mi arresto.

—No soy yo el que se ocupa de su caso. Es el director y en realidad no conozco nada de su caso.

—¿Cuándo vuelve el director?

—El lunes.

—Pero usted sabe que voy a salir antes. Mañana.

—No creo, bueno, no sé. He venido por la comida. ¿No le ha gustado la comida?

—No, en efecto no me ha parecido que sea buena.

—Si quiere le traemos su comida de afuera.

—No, ya le dije que estoy de huelga de hambre.

Hizo un gesto de irritación y al mismo tiempo en nada agresivo. Más bien parecía fastidiado por mi caso, parecía que no estaba preparado para un caso semejante, parecía buscar una solución.

—Lo mejor sería que acepte mi proposición. Podemos organizar eso, traerle de comer de afuera. Lo hemos hecho con gente enferma que tiene dietas especiales. Nuestro objetivo no es maltratar a nadie.

—Pero a mí me tienen preso sin justificación y sin orden de juez.

—No sé, yo no me he encargado de su caso.

Guardó silencio unos instantes, miró alrededor como si descubriera por primera vez la celda, como si fuera la primera vez que penetraba a una. Su mirada me llamó la atención. Luego me miró fijo a los ojos.

—Mire, yo no sé quién es usted, no sé nada de su caso. Pero le tengo que advertir que si quiere seguir con la huelga de hambre tiene que hacer una petición.

—No, yo voy a seguir sin comer.

—Mire, cuando dentro de diez o doce días ya esté muy debilitado le pondremos suero, aunque sea a la fuerza.

Fue en este momento que me sentí un poco raro. El oficial daba por descontado que iba a permanecer en este local algunos días. Aceleradamente me dije que tenía que renovar con insistencia mi táctica, que no podía dejarle la más mínima impresión que aceptaba esa posibilidad.

—Usted sabe que voy a salir antes. Tienen dos días.

El hombre me miró, su mirada era escrutadora. Me medía, me analizaba, se interrogaba sobre mi persona. De todos modos, me percaté que constituía un problema para él, que ignoraba realmente como proceder. Pienso que este funcionario era un simple carcelario, ajeno a la policía política.

—Si cambia de opinión, bueno, para cambiar de opinión tiene hasta el mediodía, luego ya va a ser tarde.

Salió en silencio, sin despedirse. En esos momentos quise sentirme fuerte. Sabía que mi huelga de hambre era una preocupación para él, también para los carceleros que le habían informado. Su presencia en mi celda me lo confirmaba, como también su proposición de traerme de comer de afuera, se trataba para mí de una victoria. Hay algo que me ha intrigado siempre: no se trata tanto de que el aspecto del puré fuese negruzco y que la anchoa fuera muy aceitosa y que esto no me provocara apetito en absoluto y que por esto no tuve que forzarme para no comer. En realidad, en ningún momento, durante todo mi tiempo de detención, no sentí ni sed, ni hambre. Como si mi determinación de no comer comandara mis funciones digestivas.

De tiempo en tiempo se oía pasos en el corredor. A veces una ventanita se abría y veía los ojos del carcelero que inspeccionaba. No sé realmente el tiempo que pasaba entre una inspección y otra, pero cada vez que el carcelero abría me encontraba de pie, frente a la puerta. No muy cerca, me paraba a cierta distancia. Ahora no puedo determinar cuál era la motivación de mi actitud.

No sé exactamente la hora, había perdido la noción, pero fue ya después del mediodía, se abrió la puerta y aparecieron dos uniformados y me dijeron que me llevarían a un parlatorio, que tenía una visita, que alguien había venido a verme. Supuse que mi mujer había venido, que había tratado de saber dónde me detenían.

No obstante al entrar en el recinto me encontré con los dos policías en civil. Los mismos que me recepcionaron. Me invitaron a sentarme. Ellos estaban detrás de un escritorio. Intuí que ellos no formaban parte del personal de la cárcel.

—Hemos venido a que nos diga dónde ha escondido su pasaporte.

En ese instante supe que había ganado. Ignoro realmente cuales fueron las iniciales intenciones que tenían para mi caso. Supe pertinentemente que no hubo ninguna intervención de un juez. Lo deduje. Ahora habían optado expulsarme. Esto no me tranquilizó en absoluto. Pues no tenía realmente nada que me permitiera negociar desde una posición de fuerza o de igual a igual. Había dos cosas que negociar. La primera era la suerte de mi mujer y de mis dos hijas. ¿Les darían permiso de salir de la Unión Soviética? Este punto era el principal. El otro era que mi pasaje fuera abierto, que me permitiera bajarme en cualquier aeropuerto. Antes existían dos tipos de pasajes aéreos. Unos eran cerrados, uno viajaba sin interrupción desde el lugar de partida hasta el lugar de llegada, sin poder cambiar de destino. Los otros eran abiertos y uno podía hacer escalas y entrar en el país que uno quisiera. Por supuesto si los acuerdos internacionales lo permitían.

Me dijeron que habían ido a mi casa a buscar mi pasaporte y que no lo habían encontrado. Me sonreí. No lo hice ostensiblemente. Pero mi leve sonrisa, creo, los irritó mayormente.

—Usted sabe que podemos hacer lo que nos de la gana, mandarlo a cualquier parte sin pasaporte. Mantenerlo aquí si nos da la gana, todo el tiempo que queramos.

—Ustedes saben que no es cierto. Que voy a salir pronto, mañana que es el tercer día. Deberían llamar al teléfono del Comité Central o permitirme que hable con ellos para contarles que estoy aquí.

—Usted mismo no ha dicho en muchas ocasiones que somos nosotros los que gobernamos y mandamos y que no es el Partido. ¿Acaso no lo ha dicho?

—Sí, lo he dicho. Pero ustedes necesitan también del Partido.

—¿Para qué?

—Sin el Partido la dictadura salta más a la vista.

—¿Qué dictadura?

—La que les permite que me tengan aquí sin orden de juez, sin respetar las leyes, la que retardó mi casamiento, la que le prohibió a mi mujer de trabajar en Inturist como guía y luego como traductora. Son ustedes los que deciden de eso. ¿No es así?

Me di cuenta que al conducirme de esta manera me estaba alejando de una posible negociación. Era como si me hubiera persuadido a mí mismo que era cierto que algo iba a ocurrir si no me soltaban al tercer día.

—Nosotros no hemos venido a discutir política con usted.

—No fui yo quien empezó.

—De todos modos lo mejor es que arreglemos esto de la mejor manera.

No creo que mi mente haya sido tan veloz como entonces. En una fracción de segundo concluí que mi actitud me había servido de algo, que mi huelga de hambre también, pues toda su actitud era distinta, no era muy arrogante. Tal vez el vicedirector tuvo algo que ver en esto. No sé. En todo caso venían a arreglar “esto” y lo querían arreglar de la mejor manera. Vi que en el arreglo me incluían. Eso me abría una puerta para negociar. Ahora veo que lo que me sucedió, quiero decir, la manera en que me sucedió, es debido en gran parte a mi llamada telefónica al dominicano. También tuvo su efecto mi actitud en la cárcel, mi manifiesta certeza de que algo pudiera ocurrir les había desbaratado sus planes iniciales. Aunque siga hasta el día de hoy ignorando cuáles eran.

—Lo primero que hay que arreglar es el caso de mi familia.

—¿Su familia? ¿Qué hay que arreglar?

—Sí, mi familia. Tengo que estar seguro de que las van a dejar salir del país.

—El caso de su mujer no lo manejamos nosotros.

—Entonces no podemos arreglar nada.

—Eso lo podemos hablar, pero antes usted tiene que decirnos dónde está el pasaporte.

—Mire, hablemos en concreto. ¿Qué va a pasar con mi mujer?

—Pues nosotros no podemos prometerle nada.

—¿Quién decide entonces? Si no son ustedes los que deciden, que venga a hablar el que decide.

En esos momentos se miraron, se hablaron con los ojos. El que no había intervenido se puso de pie y me dijo.

—Espere un momento. Su mujer está en la otra sala, ahí al lado. Si quiere le dice a ella donde está el pasaporte.

—Lo que quiero es hablar con su jefe, con el que decide.

—No se preocupe, ya va a hablar con él.

No supe inmediatamente cuál era el objetivo de comunicarme que mi mujer estaba en la sala contigua. Tal vez trataban de presionarme, que también podían ponerla presa, no sé. Pero luego cuando me dijo que el responsable iba a venir a hablar conmigo de nuevo sentí un alegrón interno que reprimí para no manifestarlo. Pensé que mi caso se les había complicado. Claro, se les complicó desde el primer momento, cuando me negué seguir al primer policía que vino a arrestarme. Todo se jugó entonces.

Los dos salieron y volvieron unos momentos después con el que supuse era el jefe. En realidad lo era.

—Mire, yo no voy a seguir perdiendo el tiempo con usted. Vamos a hablar con su mujer, usted le dice a ella donde está el pasaporte. Le doy mi palabra de oficial que su mujer con las dos niñas van a tener tres meses para salir, para preparar el viaje, si no se van en tres meses, se quedan aquí para siempre. ¿Acepta?

Me lo arrojó así de repente como para sorprenderme. Logró su efecto. Guarde silencio un instante.

—¿Qué garantía voy a tener que me va a cumplir?

—¿Qué garantía? Mire, no le voy a dar mi palabra de comunista, ni una palabra de honor o qué sé que otra cosa. No podemos firmar nada.

—Es cierto que ustedes no son comunistas. Es más, ustedes no van a lograr nunca volverme anticomunista.

—Su ideología no me importa, me sale sobrando. Si quiere le doy también mi palabra de padre. Le parece que eso es mejor. ¿Ahora acepta?

El hombre me sonrió y me tendió la mano como cerrando un pacto. Le cerré la mano.

—Vamos a hablar con su mujer, vamos a hablar un poco con ella, ella tiene que apurarse a darnos su pasaporte.

—Entiendo que me van a expulsar.

—Sí. Pero no sabemos todavía cuándo.

—Usted sabe que tiene que ser pronto, mañana. Le quiero pedir que el pasaje sea abierto.

—Ya hemos pensado en eso. Por el momento, no le diga a su mujer de nuestro arreglo. Se lo vamos a decir nosotros a ella, oficialmente.

Se levantó y me invitó a seguirlo. Vi que efectivamente mi mujer estaba allí. Con ella ya había previsto esta situación, pero como siempre estas cosas se espera que nunca lleguen, uno puede prepararse psicológicamente, pero cuando se presentan, uno se da cuenta que no existe preparación alguna. Tuvimos una corta conversación. No le conté de lo que había arreglado. Le dije dónde estaba el pasaporte. Ella sabía, pero les aseguró que no, que no sabía. Ellos le creyeron. Ella había pensado que sin el pasaporte no podían expulsarme.