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02 noviembre 2009

“La vida loca”, una visión de las maras.

Tengo ahora presente, en este mismo instante, que comienzo a escribir este artículo, la advertencia de un gran cineasta italiano, al mismo tiempo que novelista, poeta y ensayista, Pier Paolo Pasolini. En sus “Cartas luteranas”, Pasolini nos dice que antes de expresarse, no se debe nunca, en ningún caso, temer una instrumentalización por parte del poder y su cultura, que es necesario comportarse como si esta peligrosa eventualidad no existiera. Lo que cuenta, nos dice, es ante todo la sinceridad y la necesidad de lo que uno tiene que decir. No hay que traicionarlas de ninguna manera, aún menos guardar un silencio diplomático, por una toma de partido.


Lo que me propongo escribir va a sorprender tal vez a muchos, los va a incomodar, quizá algunos consideren que hasta es sacrílego hacerlo. Siempre he tenido presente otra recomendación, de otro pensador, Erasmo, que prefería a veces callar para no provocar el escándalo en el pueblo. Pero al mismo tiempo otro humanista nunca tuvo reparos y prefirió la hoguera inquisitorial que retractarse y dejar de sostener su pensamiento, afirmarlo y reafirmarlo, me refiero a Giordano Bruno.


Tampoco crean, luego de esta pequeña introducción, que me propongo trastornar por completo mis opiniones y consideraciones. En realidad el tema ha sido ampliamente abordado, muchos han opinado e incluso comparto con algunos sus puntos de vista. Se trata del tratamiento necesario del problema de la delincuencia juvenil en nuestro país, voy a hablar de las maras. El tema no se presta a grandes revelaciones, ni revoluciones. Sin embargo voy a abordarlo desde un ángulo, por lo menos voy a comenzar por ahí, que me parece goza de un consenso extraño. Voy al grano: daré mi opinión sobre la película de Christian Poveda, “La vida loca”. Su trágica muerte me impuso ir postergando expresarme. Resulta que en nuestro país existe una costumbre de idolatrización enfermiza de las personas muertas, es lo que aconteció con Roque Dalton, con Handal, con Armijo, etc. Esto está ocurriendo con Poveda, que se presenta como un mártir de la lucha anti-maras. Voy a comenzar primero por la película.


La película está compuesta por el entrelazamiento de varias secuencias que aparecen en ritmo sincopado, con interrupciones bien marcadas de cada uno de los retratos de los personajes. Cada historia es tratada aparte, cada secuencia tiene su propio universo. Lo que los une es su pertenencia al mismo medio, a la “Mara 18”. Este encerramiento del tema lleva a un tratamiento de la cámara que rehusa mostrar el ambiente general en donde ocurren las historias. Los planos son cerrados, hay abundancia de primeros planos con todo lo que esto implica hacia el espectador, a quien se le impone, a partir de ahí, una actitud de obligada simpatía hacia el personaje.


El espectador sigue los caprichos de la cámara, es ella la que —tanto en la filmación, como en el montaje— va descuartizando la realidad. La secuencia de la panadería es una, la secuencia en el juzgado con Eric es otra, la secuencia de la muchacha tuerta, a pesar de su pertenencia a la panadería, tiene su momento individual. Incluso la historia de la panadería y de la muchacha tuerta con su problema, con su hija, no se juntan, pareciera que ni una, ni la otra tienen nada que ver entre sí. Este descuartizamiento, el encierro, el aislamiento lleva a un tratamiento de la realidad de las maras bastante particular. En realidad la “Mara 18”, en la película de Poveda, se ve sometida a un exterminio por parte de un enemigo fantasmático. Se ve enfrentada a la incomprensión de una jueza que habla en su jerga legalista, sin entrar realmente a comprender al marero, cuyo delito, cuya falta nunca se llega a saber cuál ha sido. Los mareros se ven enfrentados a otro hostigamiento, que en la película se muestra casi como injustificado, la hostilidad gratuita de la policía, en concreto los arrestos en la panadería y en sus alrededores. La única versión de algo que sucede afuera de la filmación proviene de los mareros, la policía no tiene realmente voz en la película. Me refiero a una voz que explique sus arrestos. Porque el discurso de Ávila, como jefe de la policía, es tan pobre como toda la política gubernamental de ARENA.


« La 18 es amor »


En la película, “La Mara 18” no es una organización delictiva en sí, tiene sus propios ritos, sus ritos iniciáticos en el que el salvajismo se ve suavizado por el tratamiento musical que lo acompaña. En los funerales adquiere casi el estatuto de una secta religiosa, cuya piedad aunque extravagante, merece respeto y consideración. Aquí también el sonido le ayuda al espectador a no sentirse incómodo y sobre todo a compartir el dolor de los deudos apenados.


¿En qué sociedad existe esta mara? ¿Cuáles son sus relaciones con la sociedad en general? No, estos temas están ausentes de la película, no son evocados, la sociedad se ve apenas en algunos planos en donde aparecen familiares o testigos de los asesinatos, uno que otro pasante. Los familiares en la mayor parte de los casos son presentados como condescendientes, compasivos o fatalmente resignados.


La actividad delictiva de las maras en la sociedad no aparece en “La vida loca”. La sociedad está ausente. Incluso uno puede llegar a preguntarse, en realidad, ¿en qué reside el problema de las maras? La violencia marera es interna y la sociedad a través de sus instituciones, la policía y los tribunales se encargan solamente de hostigarlas o de impartir una justicia muy renca y tartamuda. Los mareros muertos que aparecen, luego de tres disparos que los anuncian y que contrastan con el tratamiento sonoro de la película, no tienen ninguna explicación, aparecen asesinados, pero ¿por quién, por qué razones? El documental guarda un extraño silencio sobre esto, no nos da testimonio. ¿Por qué? En la escena en que aparece un testigo visual y al que evidentemente se le ha cuestionado, da detalles únicamente de los gestos del asesino e incluso afirma que el asesino y los que lo acompañaban “no parecían pandilleros”.


Los crímenes, los sobornos, las extorsiones, las intimidaciones no son ni siquiera mencionadas en la película. Se me puede objetar que el método usado es una cámara objetiva, que no hay intervención periodística de entrevistas e interrogatorios, se muestra la realidad bruta. A este respecto tengo mis muy serios reparos. Ya hablé del tratamiento de los primeros planos y planos de cerca, la falta de imágenes del entorno. Pero la película tiene además un tratamiento de creación narrativa que impone la construcción de personajes, con todo lo que esto conlleva de simpatía y empatía hacia los “héroes” de la historia. Hay algunas escenas que evidentemente han sido motivadas, sugeridas, escenificadas. Esto es evidente en la panadería. Pero el colmo es la escena del cumpleaños, en donde el voyeurismo —permanente en casi todas las escenas mórbosas— llega a su clímax. ¿Qué nos aporta la escena del streep tease, regalo de cumpleaños? La naturalidad de todo el comportamiento de los personajes, el acompañamiento musical de ambiente, pues no se trata solamente del sonido proveniente de la fiesta, sino de la banda del sonido agregado en el montaje, todo ello contribuye a una aceptación pasiva del espectador, que se ha ido acostumbrando poco a poco a un mundo regido por sus propias leyes. El espectador se ve obligado a estar presente en la escena, a compartir con los personajes, sin tener ningún elemento interno a la película que le permita valorar éticamente el comportamiento de los personajes. Precisamente es en esta escena en donde el “Moreno” afirma: “la 18 es amor”. Es en esta escena en donde se hace una apología de la fraternidad de la pandilla, de su generosidad, de la solidaridad entre los mareros.


A contracorriente del lenguaje fascista


Podría continuar con el análisis de la película. Agrego simplemente que Christian Poveda era un gran fotógrafo reportero, esta era su segunda película documental, muchas de mis observaciones ya no se las puedo decir directamente. Me quedan rondando en la cabeza muchas interrogaciones, cuya respuesta no las recibiré pues su asesinato nos ha privado del diálogo con el autor. Pero la película está y es un producto acabado y que Christian Poveda puso en circulación. Sé que hay quien no comparte mi opinión. Pero quiero ahora pasar a otro tipo de consideraciones.


En “La vida loca” Poveda, de alguna manera, ha plasmado su visión de las maras, su simpatía por estos muchachos y muchachas que conoció, a quienes se acercó en varias ocasiones, a los que intentó y quiso comprender. Sabía que era necesario ayudarles. La secuencia de la panadería la encara justamente como una posible solución a la marginalización de los mareros, la presenta como una posible reinserción en la sociedad. Poveda se ha expresado también sobre este tema en otras ocasiones, en artículos y en entrevistas. Llegó incluso a proponerse como un posible mediador entre las nuevas autoridades y las maras.


Aunque esto es apenas mi conjetura: su película es en parte su respuesta a la actitud generalizada de rechazo total de estos jóvenes, de la actitud aceptada y asumida comúnmente de la necesidad absoluta de reprimirlas. “La vida loca” se presenta a contra-corriente del lenguaje casi fascista con que la prensa de derecha y que corrientemente mucha gente asume cuando habla sobre este fenómeno social. El lenguaje es cargado, se ha llegado a hablar hasta de exterminio. Esta palabra no es inocente, la prensa ha llegado a exacerbar los ánimos, acusando sistemáticamente a las maras como únicas responsables de todos los delitos letales cometidos en el país. La única solución asumida por los gobiernos de Arena fue la represión y la agravación de las penas. Muchos, por no decir, la mayoría ha aceptado como normal la estigmatización total de estos jóvenes. La represión condujo a la agravación del fenómeno. La prensa usa a las maras para seguir sembrando miedo en la población y se aprovecha del recrudecimiento de los hechos delictivos para volver al gobierno de Funes el principal responsable de este problema social. Lo acosa. Le exige soluciones inmediatas, urgentes.


El gobierno parece frente a este problema social como metido en un callejón sin salida y se muestra incapaz de dar respuestas contundentes. El gobierno sigue con el mismo tipo de comunicados que los gobiernos areneros que le precedieron, ofrece cifras, anuncia medidas, promete reformas. No obstante es necesario decirle claramente a la población que este problema heredado y alimentado por los gobiernos areneros no se puede resolver en unos cuantos meses, que es necesario un plan complejo de lucha contra la delincuencia, pero también un plan de prevención permanente a todos los niveles posibles, empezando desde las parvularias hasta las universidades, con una intensa actividad de animación social en los barrios de los principales centros urbanos.


El gobierno tiene que dejar claro su voluntad de ruptura con la política represiva de los gobiernos areneros, por consiguiente es necesario revisar nuevamente el rol que tiene que jugar la policía en el seno de la sociedad. El aumento de las plantillas es urgente y el paliativo anticonstitucional aplicado por Arena y recogido irresponsablemente por el gobierno de Funes, de sacar a patrullar a los soldados, no constituye en ningún caso una solución. El problema es grave. No se trata de tomar medidas para calmar la fingida cólera y angustia de algunos periodistas de derecha que atizan el miedo en la población.


Los gobiernos de Arena optaron claramente por convertir la Policía Nacional Civil en un ente militarizado de represión. Es urgente que la policía recobre la confianza de la población, confianza en que se trata de una entidad del Estado encargada de protegerla, de ampararla. Esto no se logra con discursos, ni promesas, se hace con reformas y la abrogación de las leyes que desviaron de lo civil hacia lo militar a la policía nacional.


En este mismo sentido, es necesario una ley que regule de manera estricta a las sociedades de seguridad y limite claramente su función y sus prerrogativas. Un imperativo que se ha postergado demasiado y que constituiría una señal fuerte de la voluntad gubernamental de combatir la delincuencia es una nueva ley que regule la portación de armas y que controle la importación y venta de armas en el país. El país tiene que ser desarmando. Basta pues de anuncios demagógicos y de medidas de revoque de fachadas.

8 comentarios:

  1. Anónimo10:36 a. m.

    Cada quien logrará interpretar esa realidad aun con su propio lente.
    El espectador no conoce lo que sucede dentro de las complejas relaciones dentro de la marginada sociedad de las maras. Son muy pocos los que pueden entrar en ese mundo tal como lo hizo Poveda.
    Lo que hace del documental interesante, ya que coloca al espectador pasivo tal como es en realidad el asunto macro social que sucede dentro del país. La sociedad es pasiva y es un ente externo al marginado mundo de las maras.
    Por otro lado y aun cuando el documental no lo indique, se señala de forma sutil el asunto de una política represiva; que la socieda este de acuerdo o no, es un asunto de reflexión que nosotros como ciudadanos podemos tomar para analizar lo que ocurre, como siempre por supuesto, fuera del drama que se expone, tal y como sucede en la realidad social.

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  2. Anónimo4:40 p. m.

    La sociedad es pasiva, y espera que "las autoridades" resuelvan el problema. Los politicos como Funes tratan de que las estadisticas de la delincuencia bajen a fuerza de mano dura. Funes y sus consejeros se han cuidado de no llamarle mano dura, pero la propuesta de Tojeira de sacar al ejercito a las calles de inmediato fue "asumida" con prontitud. Parece que Tojeira se ha distanciado de ello, luego en Colatino aclaró que su propuesta era encaminada a "trasladar" soldados a la policia y no que el ejército asumiera roles policiales. El ministro de defensa de inmediato habló de que el problema de las maras es de "seguridad nacional", esto recuerda a la antigua doctrina del "enemigo interno" para justificar la represión.

    Los políticos tienen temor de decirle a la población de que este es un problema que tenemos que cargar por varias décadas.

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  3. Excelente artículo. Preguntarse a cada paso "¿Por qué?" y no ceder a la tentación "marsh mellow" de caer en los brazos del fácil sentimentalismo.

    Excelente artículo. Lo felicito.

    Saludos

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  4. Al momento de que un amiguito de 14 años que toca en la sinfónica juvenil sea acribillado de 25 balazos por haber "visto" el pago de una extorsión... no me provoca ningún otro sentimiento que EXTERMINARLOS.

    El miedo que se vive a diario de salir de tu casa, de subirte a un autobús, de caminar en la calle... llega un momento que se vuelve insoportable.

    Algunos no estamos dispuestos a esperar 18 años por una solución integral de los de parvularia hasta las universidades.

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  5. iba pasando: es eso lo que estó ausente en el documental de Poveda.

    No creo que el sentimiento de venganza en que nos sumerge cualquier tipo de delito que es cometido contra un familiar, amigo o conocido, sea la respuesta civilizada, a este tipo de fenómeno. Por otro lado no adhiero a la campaña general de que son las maras las culpables de todos los crímenes. La mano dura y super mano dura no sirvió para nada, sino para jugar con los sentimientos de los salvadoreños, para exacerbar el miedo y el odio. Los delitos aumentaron. Es es la realidad, tan cruda como la muerte de un niño, de cualquier niño. ¿Qué hacer? ¿Seguir los mismos métodos que no sirvieron para nada o pensar en otra manera de actuar?

    Señalo justamente en mi artículo que el documental no muestra toda la realidad social del fenómeno, todas sus implicaciones sociales. Tampoco es cierto que el documental nos hace vivir al interior de las maras.

    El documental también juega con los sentimientos, no nos ofrece elementos de la realidad para entender el carácter criminal de las maras, ni el origen de su marginalización.

    Es por eso que jugando con el miedo, volviendo el centro y fundamento de nuestra cultura al miedo, nos obligan a aceptar que el ejército vuelva con fuerza a las calles. Con funciones que no son de su competencia, ni pertenecen a sus atribuciones constitucionales.

    La solución pasa obligatoriamente por devolverle a la PNC toda su capacidad de acción investigativa, de disuación y de prevención. Para ello es urgente, lo repito, urgente que las plantillas aumenten al nivel requerido. La situación lo exige. Bueno, no voy a repetir aquí lo que escribo en el artículo.

    Pero al mismo tiempo, voy a decirlo aquí. Cuando se captura a un criminal, se le aisla, se le presenta a un tribunal y el tribunal puede condenarlo porque existen pruebas de su culpabilidad: la condena es represión del delito y no un premio. No se crea que me opongo a la represión, pero se trata de darle a las instituciones toda la capacidad de poder ejercerla dentro de la legalidad, dentro del marco de nuestras leyes, con los criterios de nuestro derecho. Sin que se apliquen criterios foráneos, impuestos por un país que tiene peores problemas con su justicia y su policía que la que tenemos nosotros.

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  6. jc: Gracias por tus palabras de encomio, inmerecidas, por supuesto.

    Aprovecho para agregar algo al anónimo de las 4:40: No creo que la sociedad esté pasiva, no. Hay con frecuencia manifestaciones de protesta, marchas por la paz, contra la criminalidad.

    En realidad, son las autoridades las que tienen que resolver este tipo de problemas: la policía, la fiscalía, los tribunales. No concibo que la sociedad, es decir, que los civiles intervengan en esto. Es cierto que la población puede tomar mano en la prevención, pero para ello es necesario crear marcos que lo permitan, instituciones civiles que puedan hacerlo. Creo que el gobierno ha empezado con algunas municipalidades a implementar algunos "consejos preventivos". Pero la prevención también tiene que ser institucional.

    La situación social de muchas familias no les permite a los padres asumir su responsabilidad educativa. Esto no siempre conduce a la delincuencia, pero se trata de una de las fuentes, por consiguiente debe de existir instituciones que se encarguen de una ayuda sicológica, de un apoyo moral y tal vez también económico.

    Se han perdido muchos años, no podemos seguir perdiendo a muchos jóvenes que son victimarios, pero al mismo tiempo víctimas. Se trata de un despilfarro social, cuyo costo no es posible calcular.

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  7. Anónimo7:35 p. m.

    He leido , con mucho cuidado esta critica , estoy
    De acuerdo en ese analisis y valoraciones, yo añadiria
    Diciendo laconicamente, que visto a partir de Europa
    Se pierde la quinta esencia de lo que significa y es ese
    Problema, Cuando mire por primera vez ese film en
    San Salvador en el mes Junio, lo interprete como con
    Un coktail de , de violencia, sexo y muerte y que su impacto
    Frente a la sociedad no existia, por ejemplo esos pandillleros
    Jamas se ven en la pelicula haciendo extorsiones que es el
    Favorito modus vivendi de esas pandillas, el film es sumamente superfluo
    es unicamente, el morbillo que le gusta a mucha gente y no el problema
    real que representan esas bandas de delicuentes en El Salvador,
    asi enfocado en” LA VIDA LOCA” .
    Quisiera agregar , que en esa ocacion que vi el film , hable con Chr. Poveda
    Y me parecio minimisar y subestimar el peligro que el estaba corriendo al
    Termino de la edicion del film ya que esas bandas ya no son pandillitas
    Juveniles como el las esquematizaba si no simplemante una verdadera MAFIA
    Del estilo de la CAMORRA NAPOLITANA.

    Wicho luna

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  8. "Resulta que en nuestro país existe una costumbre de idolatrización enfermiza de las personas muertas..."

    Esta frase resume perfectamente la extraña forma de proceder que tenemos (incluyendo aquello de que sólo muerto se gana fama en el país, claro está)

    Muy buen artículo don Carlos, como siempre

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