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08 enero 2008

Camino de Perfección

A algunos les va a extrañar si les digo que una lectura mía bastante asidua es la de "Camino de Perfección" de Santa Teresa de Jesús. La primera vez que la leí fue durante un verano en las orillas del mar Negro. El resto de veraneantes se intrigaron mucho. Era entonces un muchacho que aún no tenía veinte años y me costaba explicar mi selección. En realidad acababa de descubrir realmente el Siglo de Oro español y andaba muy entusiasmado. El libro cayó en mis manos en una de las tantas visitas a la librería en lenguas extranjeras de la entonces calle Gorki, en el centro moscovita. Lo compré de inmediato. No voy a negar que tuve muchas dificultades con la lengua del siglo XVI. No obstante perseveré e hice entonces muchas anotaciones.

Claro que ya no tengo aquellas notas, que tanto me gustaría ahora volver a ver. Pero si mi memoria no me traiciona, creo que una doble raya subrayó una frase, que también hoy pongo aquí, pues me parece el principal indicio de la santa: "Y como me vi mujer y ruin...".

Hoy he vuelto a tomar el libro. Pero antes de seguir el comentario, que tal vez no haga, pues la vida mía de todos los días me hace dar saltos en mis puntos de interés. En estos días, en estos últimos meses ando adentro de mí con una mujer, también santa a su manera, pero sobre todo mujer y a veces hablo con ella en mis caminatas por mi ciudad. Hoy iba a una oficina a tramitar asuntos administrativos. Y me puse a pensar que quizás le divertiría esta historia parisina. Iba en el metro, desde el sur hacia el Barrio Latino, había ido a ver a Roberto Armijo en el Hospital Universitario. Leía pues "Camino de Perfección". Me detenía a meditar los párrafos, a analizar esa lengua tan rica, tan femenina y tan eficaz. No conozco un estilo tan directo y tan adaptado al tema que aborda. En todo el recorrido desde la Porte d'Orléans hasta Odéon, leía y cerraba muy piadosamente los ojos para analizar el papel de algún adjetivo, del uso de algún diminutivo que tanto le gustan a Santa Teresa. Cuando bajé del vagón del metro, me puse a buscar la salida y tal vez le pareció a la señora que había viajado sentada en frente de mí que me había perdido. Ella había visto el título de mi libro y muy atenta en perfecto castellano me dijo:

—Padre, ¿qué salida busca? ¿Quiere que le ayude?

La miré sorprendido. Vi su rostro amable y me resigné y muy tranquilo, muy humanamente le respondí:

—Gracias, mi hija, muchas gracias, pero conozco bien el barrio.

—De nada padre, parece usted un santo...

—No mi hija, soy un hombre y un ruin pecador.

Luego ya sentado en el café Danton me pareció que mi imitación del estilo de la santa era sacrílego y muy mal logrado.

Yendo a la oficina a arreglar esos asuntos administrativos, me imaginé la sonrisa de mi amiga que llevo constantemente adentro de mí. Pero no pude imaginar cuál sería su comentario. Y esto me trajo otro episodio, también de mi vida parisina. Entonces vivía cerca del gran almacén Beau Marché, en la calle Saint Placide. Regresaba a casa, tal vez había estado en algún vernisage. Entonces solía ir a merendar en las galerías de pintura de a choto, otras veces era a la hora del aperitivo. Regresaba a casa y frente al parquecito del Beau Marché veo a un hombre que hesita mucho en atravesar la calle. Me paro a su lado y veo que trata de ver con mucha dificultad unas tarjetas escritas en Braille (la escritura en relieve para ciegos). Le pregunto si quiere que le ayude a atravesar. Me dijo que si, que le ayudara. En media calle me pregunta:

—¿Usted es un cristiano practicante?

— No, no soy creyente.

— Entonces usted es comunista.

— ¿Por qué dice usted eso?

— Pues los únicos que me proponen ayuda o son practicantes o son comunistas.

— Soy comunista...

Bueno, ya sé, esta última anécdota nada tiene que ver con Santa Teresa. Pero a veces me siento simplemente un hombre, un hombre muy ruin, y necesito realmente un camino de perfección.

4 comentarios:

  1. Anónimo3:11 a. m.

    Te estás soltando, Carlos.
    Un día de estos veré si consigo el libro de Santa Teresa. Un abrazo.

    Álvaro.

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  2. je je...bueno ja ja ja...me hiciste reir con lo de Santa Teresa (que me encanta) y la historia de tu aparente habito.


    me ha gustado tu artículo. Admiro tus letras y las vivencias y sentimientos que se cuelan por ellas,

    Saludos

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  3. Fascinante anécdota,... graciosa confusión.

    Saludos don Carlos

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