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16 agosto 2006

Desempolvando textos

Tanta sal

por Carlos Abrego

¿Cómo ocultar en lo más azul
de los sonidos,
no el reflejo insólito del agua,
sino apenas
o por lo menos la sal que cae en las mejillas?

Porque bien se puede medir
en gramos menos
el dolor
y en inmensas noches
la boca solitaria de la angustia.

Llorar no significa saber el tiempo
un capricho más de la materia,
un inexplicable gesto,
una larga sucesión de heridas.

Una cosa poca en los mapas,
que en la extensión usual
son parcos kilómetros a la redonda,
un país que vive amontonado
y una soledad multiplicada,
densa, casi astuta,
donde los hombres han domesticado
los alicates más agudos del crimen.
Entonces
hay que ocultar también el grito.

Dejarle a los labios el traje masticado
del odio.
Sí,
del odio.
Sin terror es muy tierno hoy
poner las uñas
en el filo de las llagas.

Hay un rumor,
una contorsión tras la irresistible
mirada quizá de un niño
—probablemente ya no muy niño—.

Sin sal, ni grito,
parsimonioso, con los colores en desbandada,
oscuro en fin,
poner las cosas
sin alas,
sin caída
en un lugar cualquiera
y arrojarse sin más el deber
de ser testigo.

Si el tiempo no puede acumular
los adjetivos.
Si el tiempo tampoco es lo que sentimos
en la sangre cotidiana
y si sólo es la constancia de un hacer
de la materia,
las horas,
ese minuto atroz del llanto retenido
y esa explosión marina
de la garganta
que llega después,
en el instante más solo del desconsuelo,
son la fuente alucinada
del odio más amarillo de nuestra entraña.
Así nos hizo el tiempo.

Pero hoy ya es otro el momento.
Afirmativo
y con un poco más de odio
vendrá el amor.
Ese mismo que se imagina con espadas,
que se pone a luchar
a contratiempo.

Ese mismo que no sabemos aún como se nombra.
Como al fin está presente
y tiene manos
que están de nuestro lado.

Sí, en esta tan pequeña latitud,
en este tan país como los otros.
Somos así.

Cultivamos el odio
con pequeños granitos de amor.
Este tiempo es sin más remedio así.
Hay que odiar
los ojos paralizados de los niños,
las manos en vértigo de las madres,
los pechos en mortaja de los hombres.

Un odio que sepa
entregar a la medida
las ganas de vivir
y que nos deje el cuerpo
sin puertas para el hambre.

El tiempo
es una complicación indecente,
una dimensión de más en tan poco espacio.
Aquí,
en este punto,
en este instante,
hay una sola implacable dimensión,
total,
plural.
El hambre.

Se puede explicar en pliegos
de absurda precisión
la poca cosa que es el movimiento
de un intestino
que quiere amar.

Es necesario
entonces que el testigo sea profeta
del odio.
Puesto que el tiempo sabrá
sacar de la materia algo mejor
que un poema contaminado.

En esta hora espacial del hambre
no tengo
minutos para la sed.
Hay tanta sal de lágrima en la herida.

París, Febrero 1982.

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