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15 septiembre 2015

La Sala, la deuda y los memes



Los fallos de la Sala de lo Constitucional suelen provocar largas y a veces interminables polémicas. Pero esos fallos deben de ser acatados obligatoriamente, pues es el tribunal supremo sobre asuntos de interpretación de la Constitución. La interpretación puede ser bizantina, aberrante y simplemente antojadiza, debe de cumplirse. No siempre tienen estas cualidades, algunas son bien razonadas y convincentes. Hay una que me ha llamado mucho la atención y es la que concierne los cargos públicos de instituciones del Estado como es el Tribunal Supremo Electoral. A estos cargos no podrán acceder personas que tengan alguna pertenencia partidaria reconocida. Esta decisión priva a esas personas de uno de los derechos del ciudadano inscritos en la Constitución, que es el que describen los incisos 2 y 3 del artículo 72: “Asociarse para constituir partidos políticos de acuerdo con la ley e ingresar a los ya constituidos” y el 3 dice “Optar a cargos públicos cumpliendo con los requisitos que determinan esta Constitución y las leyes secundarias”.

Al prohibir que los miembros de las instituciones del Estado puedan ser miembros de un partido político, simplemente la Sala priva a estas personas de uno de los derechos ciudadanos inscritos en todas sus letras en la Constitución. No tiene mucha importancia los retorcijones retóricos que fueron usados para justificar esta medida de excepción. No obstante este fallo fue aceptado y hasta aplaudido por buena parte de la población incluyendo juristas y otro tipo de intelectuales. Esta resolución y su aceptación tienen por fundamento “filosófico” un postulado indiscutido e indiscutible: “todo hombre político es una persona deshonesta y es propensa a favorecer sus intereses personales y los intereses mezquinos de su partido”.

Por paradójico que esto sea o aparezca, este postulado explícito o tácito pone límites al carácter democrático de todas las instituciones republicanas del país. En esto obligatoriamente se incluye a la misma Sala de lo Constitucional, pues son elegidos por los diputados miembros de partidos políticos. Nadie puede negar el carácter político real que tiene el Poder Judicial y en particular la Sala. Sin forzar mucho se puede entender que el postulado al que nos referimos arriba y que sustenta la vida pública nacional, los abarca también a nuestros magistrados paladines de la “nueva democracia”.

No hace mucho la Sala emitió una medida cautelar respecto a bonos del tesoro y aún no se ha determinado sobre el fondo de la demanda. Este fondo no atañe la destinación del préstamo público, ni la pertinencia del endeudamiento. El fondo concierne a las modalidades del voto que según el demandante no fueron respetadas. Esto desató una guerra de declaraciones, en las que descollaron las del Presidente Sánchez Cerén, por su agresividad y por acusar a los magistrados de desear desestabilizar al gobierno y buscar la quiebra de toda su política. También los acusó de contribuir a la violencia, de privar al gobierno de los medios para luchar contra la delincuencia, asociando a los magistrados a los designios desestabilizadores del partido ARENA. Como suele suceder en estos casos, ministros, diputados del partido en el gobierno salieron a la palestra retomando las mismas declaraciones y en algunos casos agravándolas.

Esto llegó al paroxismo de convocar manifestaciones contra la Sala, no tuvieron mucho éxito, llegaron apenas unos cuantos pelones, como recientemente en la manifestación arenera. No obstante en las mentadas redes sociales las disputas sí cundieron. Para desgracia nuestra en los comentarios en los diarios en línea, como en las redes apenas en contadísimas oportunidades se pueden leer argumentos. Por lo general se trata de la desvalorización del adversario real o supuesto. En las redes sociales entran en lid las cohortes de fanáticos de ambos partidos mayoritarios y no se resuelve nada, pues todo el ingenio se despliega en los insultos y en las caricaturas. Estos intercambios son la quintaesencia del irracionalismo, del insulto y de la estulticia. Y esto es a diario. Pareciera a veces que el dinero fluye para este tipo de actividad, como si hubiera oficinas encargadas de alimentar estos pleitos.

Sobre la medida de la Sala, su alcance y la ausencia del fallo, casi no se habla. Incluso las declaraciones de diputados y ministros u otros empleados públicos se han olvidado que no es un dinero real que la Sala ha puesto en mora, sino que es la emisión de los bonos para obtener dinero prestado.

En las redes sociales nadie alude a la pertinencia del endeudamiento, del peso del pago de los intereses, de los plazos aceptados o impuestos de la misma deuda, la deuda se ha convertido en una forma natural de financiamiento. Nadie se refiere a la relación de poder que se establece entre el prestamista y el deudor. A estas alturas ya nadie sabe cuándo se desató esta espiral fatídica, ni nadie sabe si alguna vez se podrá salir de ella. Por lo menos existe la convicción puritana de que una deuda contraída se paga. Nadie cuestiona para nada si fue muy moral arrinconar al país para que se fuera inexorablemente endeudando. El expresidente Funes dijo que no se podía contravenir las “reglas del juego”. Pero no le voy a exigir a este pobre muchacho que pensara que ese juego nos está llevando a una catástrofe, que ya estamos en ella, los miles que salen a diario del país es una de esas consecuencias, la imposibilidad de financiar medidas sociales eficaces y urgentes está mermada por el pago permanente de la deuda, que el crecimiento de la criminalidad también es una consecuencia directa o indirecta de la misma imposibilidad de autonomía fiscal. Sus consultores eran los mismos que aconsejaron y condujeron las políticas económicas que obligaron al país a endeudarse. Los expertos cambian de espalda para cargar el fusil, pero no cambian de fusil. Ellos defienden sus instituciones y a los dueños de las instituciones financieras, de los bancos prestamistas. Y son ellos los que dictan las reglas de la tragedia.

Los renegados del FMLN no tienen mayor imaginación que la de someterse a los dictados del FMI y de la Banca Mundial, la de aceptar que su principal aliado son los Estados Unidos, esto lo decretó Funes y ese dogma se lo regalo a los cupuleros empaquetado y con cintas azules y blancas. Con la aceptación de las reglas del juego, también aceptaron que la oligarquía es la clase que merece dominar la sociedad. Los areneros temen ser desplazados del redil, pero no pueden oponerse al constante endeudamiento, pues son ellos los que apretaron a fondo el acelerador de la deuda y la máquina se ha ido por esa pendiente. Además, y esto es el peligro, oponerse al endeudamiento forzosamente lleva a buscar el financiamiento del presupuesto por otro lado: una real y radical reforma fiscal.

Los expertos del patronato saben perfectamente que no existe otra alternativa que la de aumentar la contribución al erario público de la oligarquía, la única clase económicamente solvente en el país. Lo saben perfectamente y su principal misión es ocultarlo. Es por ello que difunden que nuevos impuestos vendrían a paralizar la iniciativa privada y a espantar a los inversionistas. Estos fusadistas impenitentes proponen que se les exija a los vendedores ambulantes cobrar el IVA. Con ello lo único que demuestran es la ausencia de toda competencia y de imaginación. Lo que sorprende siempre es que la iniciativa privada no ha funcionado para sacarnos del estancamiento y los inversionistas brillan por su ausencia, antes como hoy.

Discutir sobre la deuda y las consecuencias en nuestra vida presente y futura (nuestros niños nacen ya con el peso de la deuda encima), buscar las medidas que puedan traer recursos para las necesarias medidas sociales, que vendrían en parte a combatir el accionar de los delincuentes mareros, no se refleja en los memes que divulgan los fanáticos de ambos bandos.

Es esto que busca la casta de politiqueros que han raptado el Estado y que han desvirtuado la política misma, es decir, que el pueblo se olvide que existen otros temas más importantes que saber si hay un complot golpista suave o duro-blandito.  

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