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31 octubre 2011

Las campanas y la historia

Leí por allí, no sé si sea cierto, que un historiador salvadoreño ha establecido que no fueron las campanas de la Iglesia de La Merced las que sonaron en la lejana alborada del lluvioso 5 de noviembre, sino que otras, las de una Catedral. Es posible. Tal vez sea cierto. Aunque al leer esto de un ojo, no quise detenerme, luego al retornar la mirada, paré mientes y cabalgaron en tropel muchas preguntas. ¿Qué importancia tiene esto para saber en qué y cómo siguen determinándonos los hechos que ocurrieron en aquellos remotos días? Porque en realidad la función de la historia no es tanto narrarnos el acontecimiento, sino que a través de esta narración explicarnos nuestro presente, para entender lo que nos sucede, para saber quiénes somos.


La pregunta de la importacia de saber si fue en La Merced o en una imposible Catedral (entonces San Salvador era parroquia y no arzobispado) donde sonaron a revuelo las campanas, me trajo otra, ¿qué nuevos testimonios tiene este historiador para refutar lo que se afirmó durante tantos años? Acaso no sería una noticia mayor para nuestra historia saber ¿de qué huellas deduce esto el historiador? Porque no ha sido el sonido de las campanas que ha llegado hoy hasta sus oídos y a través de él distinguir acuciosamente la diferencia del tañido. Supongo que el documento existe, una carta, un recorte de algún periódico, la anotación en algún libro viejo, el registro en alguna memoria de la época. Imagínense el valor de ese descubrimiento, pues hasta hoy no tenemos mucho o casi nada en qué fundar lo que nos cuenta la tradición. Porque el hallazgo sería ya un acontecimiento histórico en sí, de alto valor. Puesto que en esto es muy cierto que lo raro es caro. Y antes de poder sacar del documento la información que esconde, es menester autentificar la fuente.


Y si hablo de huellas es porque —aunque esto parezca perogrullada— lo que podemos saber de nuestro pasado es siempre mediatizado por algún testimonio que hemos sacado de documentos. Los documentos a veces no afirman nada, hay que sacarles a puras deducciones lo que contienen. Mucho se construye en la historia por meros indicios, huellas que como sabuesos hay que husmear y seguir las trazas. En muchas ocasiones la interpretación fue precipitada o tal vez no muy concluyente. Esto es cierto, por eso que los verdaderos historiadores, cuando afirman algo muestran sus fuentes, las publican para que sus pares puedan corregir o, quién sabe, aportar otra opinión.


Los Archivos de Indias


Nosotros hemos sufrido para reconstruir nuestro pasado del rapto que se ha cometido con los Archivos que se encuentran ahora en Sevilla y en otros lugares de España. No creo que en estas fechas y pasado tanto tiempo no podamos reclamar lo que nos toca. No tanto que nos lo devuelvan, sino que nos ayuden a estudiarlos. Pienso que la fecha se prestaba para que la Universidad salvadoreña, la Secretaría de Cultura, el Ministerio de Educación y el Ministerio de Asuntos Exteriores se unieran y pidieran a la UNESCO y al gobierno de España darnos los medios para que jóvenes historiadores de nuestro país pudieran aprender a tratar los famosos Archivos de Indias y otros más. Hay allí de seguro tesoros aún sin explorar.


Porque en vez de discutir si fueron o no las campanas de La Merced las que repicaron, si el cura Delgado tomó o no la cuerda, tal vez podamos alguna vez saber qué fue lo que durante años se fue construyendo en las mentes y ánimos de los sansansalvadoreños para que un día, que me he imaginado lluvioso, salieran a las calles a reunirse y proclamar sus demandas de independencia. Porque en esas voluntades sucedió en esa ocasión algo extraordinario, eso rompió la rutinaria vida, salió a la superficie la constante labor del famoso topo de que nos habla Marx. Y miento a Karl Marx para insistir que la circunstancia de aquellos días ancianos, en la que existieron esos hombres y mujeres corrían otras ideas de las que se nutrieron. Eran otros modos de pensar anteriores a las doctrinas marxianas. Entonces Marx andaba por los tres años de edad. Insisto en esto y no me voy a cansar de hacerlo, mientras existan abogados, sociólogos, políticos, escribidores y gente sin título que anden reclamándoles a los próceres el haber pensado como se pensaba en su época.


El Santo Tribunal


Imagínense el heroismo de entonces, leer textos del Iluminismo prohibidos por la Santa Inquisición y la Corona, textos que eran rastreados por informadores, cualquiera que fuera su forma. Y esto tiene su importancia, pues nuestros antepasados, nuestros ancestros copiaban a mano para su difusión local lo que les llegaba tal vez en un solo ejemplar.


Lean este pequeño extracto de mi novela “Relación breve y verdadera” que trata justamente de este Primer Grito: “”De qué servía que el Santo Tribunal de Nueva España diera instrucciones al Comisario en Guatemala, al Superior, que se recogiera las obras del abate Pradt. El mismo había leído y recodaba “quantos puedan encontrarse en tierras de esa Capitanía General o en poder de qualquiera persona por priviligiada que sea, bien sea impresa o manuscrita las recogerá inmediatamente remitiéndolas a este Tribunal sin quedarse ni permitir se quede con copia, borrador o extracto de ella y reciviendo declaraciones en forma a los sugetos q. la tuvieren, sobre el medio y conducto por donde la hayan adquirido, y si han vendido alguna obra, la han prestado o regalado, expresarán el nombre de la persona y lugar de su residencia para proceder a recogerla, como también si saben de algún sugeto la tenga, sin q. se omita hacer las preguntas necesarias afin de aberiguar la verdad, etc. etc.”. Todo lo que viene en cursilla lo saqué de un libro de historia de Guatemala, guardando la ortografía y su contenido fielmente.


El texto se sitúa alrededor de 1782, cuando un tal Fray Fermín Aleas se dirigió al propio Rey para denunciar la situación que reinaba en la Universidad de San Carlos: en aquélla el método era desarreglado, “leyéndose una moral corrompida, una Teología sistemática, y unos Derechos nada fructuosos a la Juventud, y a la patria: de cuya falta de principio se originan asi la relaxación de costumbres que tan generalmente se advierte en ese Reyno, como la torpe ignorancia en que están enbueltos aun los mismos Ministros...“. Esto también lo cito tal cual lo encontré en el mismo libro de historia de Guatemala.


Estos pasajes nos aclaran mucho del nivel represivo y de persecusión en la que vivieron los hombres de aquellos años. Los inquisidores no bromeaban, no se andaban con muchos miramientos. Supe mientras preparaba los materiales de mi novela que el cura José Matías Delgado fue llevado arrestado a las cárceles de Guatemala, cuando la rebelión de San Salvador fue sofocada. No fue el único preso, a otros los llevaron engrillados, a pie.


El proceso todo fue largo, tuvo momentos cumbres, el acontecimiento que se inició el 5 de noviembre de 1811 es uno de ellos, pero se trata no sólo de un día, sino que de jornadas gloriosas que provocaron ecos en toda la Capitanía y que se prepararon largamente durante años.

2 comentarios:

  1. En 1811 Marx no había nacido... 5 de mayo de 1818 Y todavía no se razona cabalmente porque meter la estructura mental del mundo industrial y colonial en los procesos de emancipación... Si precisamente Marx los deslegitima como hizo con el Criollo Simón Bolivar.

    Vasto camino nos hace falta recorrer si todo pensamiento solo se valida por las vanguardia de las ideas europeas y no por bordar un nuevo pensamiento sobre el ser y los indios que fueron los verdaderos próceres... y no salpicaduras de historia colonial de España escondidas en Archivos de Guatemala....

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  2. Creo como siempre Trigueros se desboca por su anti-marxismo. No hay ninguna alusión a las posiciones certeras o equivocadas de Marx, simplemente una repetida alusión al anacronismo de algunos compatriotas, que le exigen a los próceres actitudes y posiciones imposibles en esa época.

    Es cierto la corrección que hace Trigueros, pues en 1811 K. Marx aún no había nacido. Mi error es que me he refirido al mismo anacronismo para la fecha del 15 de septiembre de 1821, que a esta sazón Marx sí tenía tres años.

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