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21 febrero 2012

La tolerancia y las ideas fascistas

Entre nosotros son recurrentes los llamados a la tolerancia. No obstante tolerar algo tiene muchos sentidos, aunque se trata en los casos a los que me refiero, por lo general, a aceptar las opiniones ajenas. No se trata ni siquiera aceptar que otros tengan otro modo de pensar, sino que las ideas de unos y otros son válidas por igual.


No estoy de acuerdo con esta concepción y no puedo estarlo. Pues concordar con este pensamiento significa caer en un relativismo nefasto, en una especie de eclecticismo sin principios. Esto implicaría que en última instancia no vale la pena tener principios, que mis convicciones no son verdaderamente convicciones, pues su valor no depende de ellas mismas, de su verdad, sino que de la existencia a su lado de otras ideas. Esta manera de abordar el valor de las ideas nos lleva simplemente a camuflar nuestras posiciones y a renunciar al debate de ideas dentro de nuestra sociedad.


Se puede consentir que en nuestro país no estamos acostumbrados a discutir, que rápidamente se alza el tono, que la ofensa y el insulto toman el lugar del argumento. La necesidad de abandonar estas prácticas por muy apremiante que sea para llegar a un debate civilizado, no puede conducir a la negación del debate mismo. Pero voy a otra cosa aún de mayor peso. En nuestra sociedad existen ciertas posiciones, se adelantan ideas que simplemente no se pueden aceptar, por lo menos los que consideramos que plantear que el asesinato de un sospechoso por parte de un policía o un soldado se convierta en una ejecución sumaria, aplicando una pena de muerte enmascarada. Esto lo ha propuesto y sigue proponiendo el ministro de Seguridad Pública, Munguía Payés. Propone “estados de sitio circunscritos” a ciertos territorios, donde las leyes de la república no serían aplicadas. El nuevo director de la PNC, el general Francisco Ramón Salinas Rivera, propone que el allanamiento de domicilios pueda ejecutarse sin orden judicial. Para este militar acudir a un juez es simplemente perder el tiempo en burocracias, ha llegado a afirmar que los derechos humanos constituyen ni más, ni menos, que un estorbo.


Funes tiene las manos atadas


Estas posiciones extremistas, de un fascismo bastante descarado, se han enunciado durante el gobierno del cambio, el que se suponía traería un nuevo impulso de democratización de nuestro país. Normalmente, si el presidente Funes no tuviera al respecto de estos nombramientos las manos atadas por la orden recibida de parte de los Estados Unidos, no se hubiera conformado en afirmar que esas medidas no se van a aplicar. Pero esas medidas distan mucho de lo que se supone piensa un demócrata, eso debe chocar la sensibilidad de un hombre apegado a los derechos de las personas. Lo que se imponía era la inmediata destitución, pues estos dos personajes no se han equivocado, no han cometido un desliz, se trata de lo que piensan y sienten profundamente. ¿Es compatible ese pensar y ese sentir con los fines que anunció Funes en su campaña? Por supuesto que no. Pero no voy a jugar el ingenuo, sé perfectamente que el presidente no ha cumplido en nada con lo que propuso cambiar en nuestra sociedad.


Todas estas ideas, posiciones y actitudes no merecen el más mínimo respeto, pues son contrarias a los principios civilizados en los que tratamos de fundar nuestra sociedad. Entonces en aras de no sé qué tolerancia, tendría que moderar mis palabras y no llamar pan al pan y vino al vino. Lo que nos toca es ahora alertar a los demócratas salvadoreños que se han adormecido, a los demócratas del mundo que tal vez no se han enterado del peligro que atraviesa de nuevo nuestro país. Pues esta militarización de la sociedad iniciada por el gobierno de Funes es sumamente peligrosa. La banalización de los soldados en las calles, los dos nombramientos de militares en ruptura con la tradición mantenida por el partido de derecha ARENA, de tener apartado de estos puestos a militares en respeto a los principios de los Acuerdos de Paz, son señales muy negativas para el proceso democrático endeble que sigue el país.


Lo peor es que a pesar de que el presidente dice que no se van a aplicar los estados de sitio, el ministro va a la Asamblea y persiste en el mismo tipo de declaraciones. No podemos quedarnos indiferentes ante tales agravaciones en el ambiente político nacional. Pero es menester también tener en cuenta que estas ideas que ahora expresan estos militares son idénticas a las que han ido siendo propagadas por los ideólogos de la derecha. Estos han insistido —y los oligarcas también lo afirman— que “estamos en guerra” contra la delincuencia, contra las maras. Hasta ahora los gobiernos sucesivos, incluyendo este, no han querido tomar medidas preventivas, se han negado a la revisión de la ley de importación de armas de fuego, a revisar las normas de adquisición y portación de armas. Los programas sociales en los barrios son inexistentes. La política preventiva ni siquiera es un tema de discusión o por lo menos no se le toma con la seriedad debida. Todos los gobiernos han preferido agravar las penas de cárcel, facilitar la represión. Pero la policía sigue teniendo los mismos problemas para reunir pruebas. La fiscalía prefiere acusar a los jueces y muchos jueces prefieren denunciar a la policía y a los fiscales.


Las soluciones sumarias


Toda esta política represiva responde justamente al estado de impaciencia y de desesperación de la población. La criminalidad ha logrado atemorizar a la población a tal punto, que esta no puede más que esperar soluciones sumarias. La población está exasperada, por ello aplaude y aprueba todas las medidas represivas. Los gobiernos, todos los gobiernos areneros y el actual, han tenido actitudes populistas, sus leyes no persiguen erradicar a las maras, sino complacer a la población atemorizada. El estado anímico de la población salvadoreña es tal, que tal vez la mayoría de ella haya visto con ojos aprobatorios el drama acaecido en Honduras.


Lo que acabo de afirmar no es pelegrino. En los comentarios que dejan los lectores en los periódicos, en las revistas en línea, en los foros sociales de internet se promueve este tipo de crimen como un sano remedio para nuestra situación. Esto ya no es un simple síntoma. La sociedad salvadoreña entera está enferma de una ideología que tiene como objetivo el exterminio de una parte de su propia población. Matar ya no es un crimen si se mata a un marero.


Los crímenes cotidianos, su atrocidad indescriptible, el aumento continuo son hechos insoportables y no se pueden tomar a la ligera. Hay urgencia en tomar medidas que realmente conduzcan a reducir rápidamente la acción criminal de estas bandas. Pero al mismo tiempo, ¿se trata exclusivamente de estas bandas? ¿Son ellas las responsables de la mayoría de los crímenes cometidos? La prensa y los políticos de la derecha han ayudado a propagar esta idea. La criminalidad en el país no se puede reducir al accionar de las maras. Existe otro tipo de delincuencia, que incluso le conviene pasar desapercibida y que usa como sicarios a los mareros.


En todo caso nada de lo que he dicho puede reclamar la tolerancia. Ni los hechos criminales, ni las ideas inculcadas en la población por la derecha, ni las declaraciones del ministro, ni del director de la PNC pueden ser toleradas. Se vuelve urgente una batalla que venga a contrarrestar todo esto. Pues si por desgracia los designios ministeriales llegaran a realizarse, entraríamos a un mundo de incivilización aún más oscuro del que ya conocemos.


Si vuelvo a lo que afirmaba al principio, no podemos aceptar que todas las ideas se valen, que simplemente se trata de comprender al prójimo. No, las ideas pueden servir para plasmar en la realidad hechos que nos pueden simplemente conducir a la barbarie. Si en vez de perder el tiempo con leyes represivas como la “Ley mano dura”, la ley “Mano súper-dura” y la ley “Anti-maras”, que al contrario han agravado el fenómeno, si desde el principio se hubieran tomado las medidas preventivas y educativas urgentes y necesarias, no estaríamos ahora lamentando tanta muerte y justificando otras. Estas leyes se sustentaban en una ideología perniciosa, la violencia no se puede combatir por otros medios que la violencia misma.


Nuestra sociedad es violenta


Entonces se llevó adelante una campaña en la que se presentó a las maras como algo venido de afuera. Sí, al inicio llegaron de afuera, pero encontraron en el país un terreno fértil para su actividad delictiva. Los mareros no son extraterrestres, son seres humanos, son salvadoreños, son jóvenes cuyo delinquir toma como fuente la sociedad misma en la que viven. La sociedad salvadoreña es violenta. Esto no es un postulado, ni una hipótesis. Es una realidad que debemos enfrentar y que debemos asumir. La violencia existe al interior de las relaciones familiares, escolares, laborales, etc. Pero la violencia no es sólo física y verbal. Hay una violencia institucional que se manifiesta en los salarios de miseria, en las condiciones de trabajo y de vida precarias en las que tienen que vivir miles hombres y mujeres de nuestro país. No podemos ignorar o mostrarnos indiferentes a este hecho crucial ante el que estamos enfrentados. Fue esta violencia la que engendró la guerra que tuvimos en la décadas de los ochenta y noventa. La violencia social y económica para mantenerse necesitó de la violencia represiva, de la violencia antidemocrática.


Ni la guerra, ni los Acuerdos de Paz, ni las políticas de los gobiernos areneros, ni la política de este gobierno han resuelto los problemas sociales, políticos y económicos que originaron el conflicto. Las condiciones son las mismas, en cierta medida se han agravado. Pero la violencia institucional ha engendrado ahora otra violencia que no es política, que no pretende resolver los problemas, como fue la guerra de liberación. Se trata de una violencia irracional, bestial incluso, pero no deja de ser reactiva a la realidad que la engendra. Por lo tanto no podemos pensar la solución entregando nuestro destino a una ideología y a una institución que en gran parte es responsable del problema.


Los que protestaban en los años sesenta y setenta eran considerados agentes de potencias extranjeras. Sus reivindicaciones no fueron escuchadas, su dignidad fue rebajada y negada, su condición de personas fue pisoteada. La represión entonces fue feroz, no hay que olvidarlo. La violencia entró al país, con cadáveres mutilados abandonados en las calles, a la orilla de los caminos y carreteras. Las atrocidades eran exhibidas para escarmiento de la población. Hubo masacres antes de la guerra, no olvidemos esto. Las setenta y cinco mil víctimas denunciadas por la Comisión de los Derechos Humanos no fueron víctimas de la guerra, sino que de la represión. La Guardia Nacional, la Policía de Hacienda, la Policía Nacional, el Ejército y todas las patrullas y escuadrones de la muerte son los responsables de esas muertes, pero no fue durante combates de guerra, sino que en actos represivos.


La ideología del discurso de Munguía Payés y de Salinas Rivera es intolerable y puede conducirnos a la repetición de la misma tragedia. La responsabilidad de Funes está comprometida, pues asume con creces su papel de único decidor y de jefe militar.

15 febrero 2012

Los fines y los medios

“La impaciencia exige lo imposible. Pretende alcanzar el fin sin dotarse de los medios”. Estas frases del prefacio a La Fenomenología del Espíritu de Hegel me impactaron desde siempre por la justeza y su aplicabilidad universal. Por supuesto que no basta con tener en mente esta sentencia aforística para saber cómo actuar en cada caso. Pues el problema justamente reside en que para conocer los medios es necesario tener claros los fines. Eso es justamente lo que cuesta determinar de manera positiva. Por lo general, ignoramos lo que queremos alcanzar, lo que rechazamos se percibe de inmediato, es la realidad de hoy, esto que tenemos en frente.


Esta negación de lo que sufrimos, el rechazo de esta cruel realidad no basta para conocer exactamente lo que deseamos. Sin embargo es en esta realidad, en su conocimiento que podemos encontrar la pauta de lo que anhelamos. Es decir que la primera negación no puede ser un simple rechazo, sino que un conocimiento íntimo de esta realidad. Pues lo nuevo que podemos o no construir, depende en mucho de lo que tenemos ahora.


Cuando enumeramos los problemas que nos agobian y nos planteamos las posibilidades de solución que nos ofrece la realidad actual, nos damos cuenta que no se trata tanto de una imposibilidad material, sino de una falta de voluntad real de resolverlo. Pero al mismo tiempo no se trata de un problema psicológico, de una incapacidad inherente a los gobernantes e incluso a la “maldad” de nuestros oligarcas. Esto puede existir, puede ser cierto. No obstante hay algo más, algo mucho más importante, mucho más fundamental. Se trata de un impedimento de principio, pues resolver los problemas que enfrentamos implica suprimir lo que funda la sociedad actual.


El acaparamiento de las riquezas en pocas manos, la vida opulenta de unos cuantos, pero sobre todo el hecho de que este acaparamiento de riquezas produce en el otro extremo pobreza indigente y mucha desesperanza es el resultado del funcionamiento mismo de la sociedad, que se divide en clases que poseen los medios de producción y los que tienen únicamente su fuerza de trabajo para venderla. No se trata de buscar o instaurar un mejor reparto de las riquezas, sino que las riquezas producidas no puedan ser alienadas a sus productores para objetivos privados y en vista de la acumulación y el aumento sin límites de los capitales. Pues el objetivo del sistema capitalista no es la satisfacción de las necesidades sociales, sino que la reproducción y la ampliación de los capitales. Por consiguiente no importa ni lo que se produzca, ni cómo se produzca, lo que importa es la ganancia.


La lucha comienza cuando el patrón fija el salario


Esto significa que lo que rechazamos, en primer instancia, incluso ignorándolo, es el sistema económico. Pero aquí es necesario ir desmenuzando el concepto, pues he arrancado de los planteamientos abstractos, de lo más general. El hecho de que al capitalista no le importa ni qué, ni cómo se produzca tiene consecuencias incalculables en la vida cotidiana de la gente. Pues si lo que le interesa sobre todo es la ganancia, evidentemente las condiciones de trabajo de los obreros no constituyen su principal preocupación, ni tampoco si la retribución de la fuerza de trabajo es suficiente para que la familia de su empleado viva correctamente. Al contrario, las condiciones de trabajo adecuadas traen gastos y mejores salarios merman sus ganancias. Es por ello que la famosa “lucha de clases”, que algunos piensan que es un diabólico invento marxista, se inicia justamente en este punto. El que determina los gustos, la ropa que vamos a comprar o no vamos a comprar, lo que vamos a comer o no vamos a comer, si podremos o no satisfacer los pedidos de nuestros hijos, si nos vamos o no a la playa en las próximas vacaciones, etc., todos los gastos que podremos realizar o no, eso lo decide el mismo que determina nuestros salarios.


La lucha de clases comienza allí desde el momento en que te anuncian cuánto vas a ganar. Cuando un obrero pide aumento entra en lucha por su vida, por su familia. Pero si lo hace solo, individualmente pues puede que lo obtenga, pero la mayor de las veces, no sucede así, incluso antes de pedir aumento se desvela cavilando cómo lo va a hacer, le cuesta decidirse, pues puede simplemente oír: “si no te gusta el sueldo, allí está la puerta”. Es allí donde surge palmariamente la necesidad de unirse con los otros trabajadores. Pero para unirse con otros es menester que todos se reconozcan como pertenecientes a la misma clase, que tienen los mismos intereses y que tienen que reunirse para enfrentar al patrón.


Con una clase obrera organizada en sindicatos propios, en sindicatos dispuestos a llevar adelante las luchas reivindicativas para mejorar las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores, surge de repente con fuerza el carácter de clase del Estado. Se palpan todas las deficiencias del Código Laboral, la parcialidad de los jueces y si los trabajadores deciden llevar a la plaza pública sus demandas aparecen los ataques en la prensa patronal y siempre corren el riesgo que las fuerzas represivas policiales repriman con garrotes y bombas lacrimógenas.


La principal contradicción social


Estos enfrentamientos, como se ve, no son causados por una mano peluda venida de no sé sabe dónde, han surgido porque por lo general los salarios fijados por los patrones no corresponden en nada a las necesidades de los trabajadores. Los bajísimos salarios producen obligatoriamente mayores ganancias. Estamos precisamente ante la principal contradicción social en el mundo capitalista. Esta contradicción es permanente. Por supuesto que si su existencia es constante la lucha de los trabajadores no siempre está presente. La ausencia de esta lucha no implica ausencia de esta contradicción, lo que significa es que los patrones tienen la fuerza suficiente para impedir que los trabajadores se rebelen.


En El Salvador esta fuerza reside en la ausencia de verdaderos sindicatos de clase, reunidos en fuertes confederaciones y dispuestos a luchar para obtener satisfacción de las demandas laborales. Esta fuerza se manifiesta en el apoyo que recibe el patronato de parte de su prensa, de parte del Estado con sus leyes, sus jueces, su policía y su ejército. La fuerza de los patrones reside pues en la debilidad del movimiento obrero.


Aquí no he hablado de una sociedad futura, ni del camino que pudiera conducirnos hacia ella. Apenas he planteado que en estos momentos se ve claramente que no basta que un partido de “izquierda” acceda al poder ejecutivo para que la clase trabajadora obtenga satisfacción. Pues el Estado capitalista que sigue en pie, con todo su aparato legal y represivo, no puede intervenir realmente en favor de los trabajadores. Hasta ahora no hay cambio en las leyes laborales, las pocas que hay no son respetadas, los patrones mantienen en sus empresas un régimen casi feudal, adentro de las empresas no entra la civilización, los patrones ejercen un poder ilimitado, no solamente al fijar los salarios de miseria, sino que exigiendo mayor productividad, flexibilidad de horarios, incumplimiento de sus obligaciones.


¿Qué se ha hecho durante todo el período de después de la guerra para cambiar esto? Los trabajadores han perdido su combatividad y han ido perdiendo su conciencia de clase. Por consiguiente surge la imperiosa necesidad de una reorganización del campo político, de la visión política y de la actividad política. ¿Puede asumir esto el partido en el gobierno? Francamente, no. El FMLN está encastrado en los marcos politiqueros del electoralismo.


Mucho más substancial que la papeleta en la urna


Porque lo que he descrito arriba, no se va abolir con el vaso de leche, los uniformes y los zapatos a los estudiantes. Superar esta sociedad que siempre va a estar deshumanizando a los trabajadores, obligándolos a convertirse a diario en mercancías, a vender a precio miserable sus fuerzas físicas e intelectuales, a sufrir todo tipo de alienaciones. Esto puede cambiar si el pueblo, los trabajadores se dotan de nuevos instrumentos de lucha, de los medios necesarios para cambiar la correlación de fuerzas real en la sociedad.


Se trata pues de algo mucho más substancial que ir a meter una papeleta en una urna para aumentar el número de diputados que “bajan” al pueblo durante las campañas electorales a prometer cambios que no tocan el meollo de la sociedad capitalista. ¿Alguien ha visto a algún diputado venir al encuentro de los trabajadores a instarlos a que se organicen para resistir los ataques patronales? ¿Alguien ha visto a un dirigente venir a la puerta de una empresa a tratar de organizar a los trabajadores?


Al contrario hemos visto como dirigentes del FMLN le han repetido al patronato que pierdan sus prejuicios ante ellos, que ellos no tienen nada contra el gran capital. Medardo González, José Luis Merino y Sánchez Cerén en diversas ocasiones han insistido en esos términos. No se trata pues de algo subalterno, son dirigentes miembros de la Comisión Política. Pero más allá de esas declaraciones, está su silencio ante la política del gobierno Funes, silencio y falta de análisis del “Asocio” firmado con los Estados Unidos, silencio ante la militarización de la sociedad.


Los dirigentes del FMLN se han puesto a practicar una política a tientas, callando cuando temen que el presidente puede manifestar su descontento, pronunciando medias palabras de reprobación cuando ya no les queda otra. Pero ninguno de esos murmureos se plasma en una protesta real ante el servilismo presidencial hacia el imperialismo estadounidense. Pues la militarización de la seguridad corresponde a los deseos de los amos del Norte. Se trata de aplicar planes largamente elaborados por los servicios y oficinas de estrategia del Pentágono y del Departamento de Estado. Los cambios en el Ministerio y en la PNC han llegado inmediatamente después de la firma del “Asocio”. ¿Qué análisis tiene el FMLN sobre esto? Ninguno.


Ante este partido que ya no puede pretender a ser el partido de los trabajadores, que sigue gozando de la aureola de luchas pasadas, puede no obstante continuar confundiendo a mucha gente, puede ampliar su tarea de despolitización de la sociedad, pues por el momento ocupa casi todo el campo político de la izquierda. Pero se trata ahora de una usurpación, Por esto que cada vez más hay gente que se plantea seriamente la construcción de otra estructura política, que venga refundar el movimiento popular, a darle un viraje a la política en el país, a darle un contenido de clase e invadir todos los terrenos de lucha, que son vastos, pues los problemas nacionales son innombrables. La vida política no se puede limitar a las elecciones.

09 febrero 2012

El Estado y la sociedad

El estado visto como un instrumento de transformación social que ha merecido y ha suscitado discusiones y aplicaciones es lo que se ha conocido como "dictadura del proletariado". El término que no fue un logro, pues la palabra dictadura era la que se sentía como primera y fundamental e iba en contraposición a la dictadura de la burguesía. Pero esta última no se percibía, ni se percibe aún ahora como una dictadura.


Pero los que convierten el problema del Estado como central, cambiando su contenido, es decir llevándolo a ser el organismo de dominación de las clases trabajadoras sobre las clases explotadoras, hasta hoy no han logrado llegar realmente a la construcción de otro tipo de sociedad. Pero incluso es necesario saber que tanto el Estado nuevo, como dictadura del proletariado, no fue considerado por los teóricos como algo estático, como algo permanente. Tanto el estadio socialista de la sociedad, como la dictadura del proletariado, eran considerados como pasajeros, como transitorios hacia el comunismo.


La experiencia del « socialismo real » que en realidad se fue convirtiendo en capitalismo de Estado nos obliga a profundizar y revisar los planteamientos que dieron base a estas experiencias y observar detenidamente lo ocurrido en esos procesos. Esto es una urgencia. Incluso y aunque ahora esto nos aparezca como un simple entretenimiento teórico. Pero las consecuencias prácticas son enormes.


No solamente se trata de las consecuencias prácticas futuras, sino que las consecuencias son también pasadas y como sabemos han sido trágicas para las clases trabajadores y para sus luchas de liberación. Por consiguiente un planteamiento que persiste es seguir considerando al Estado nuevo (insisto en esta cualidad) como algo que está sobre la sociedad, como algo externo, como lo que determina. No obstante ese es un error, porque si aún ahora esta ilusión ideológica nos aparece como una realidad contundente, basta ver los fundamentos de la sociedad y su funcionamiento, para percatarnos que el Estado no es una excrecencia externa a la sociedad, sino que es la sociedad la que determina al Estado. Pues en el Estado y en sus instituciones se refleja, se plasma la dominación, las relaciones existentes en la sociedad, se trata de las relaciones de dominación de la burguesía sobre el resto de las clases sociales. Esta dominación no es sólo económica, sino que social y cultural. El Estado tiene como función mantener esta dominación, lo puede hacer con las modalidades “democráticas”, pero si es necesario recurrir a la fuerza, esta existe y está siempre lista a intervenir. Esto sucede incluso en los países cuyo funcionamiento se nos presenta como ejemplar desde el punto de vista democrático.


Entonces los que pretenden transformar la sociedad no pueden ver al Estado actual como su instrumento para transformar la sociedad, pues sus estructuras están hechas para mantener la dominación de la burguesía. Es por ello que los revolucionarios desde siempre han hablado de la destrucción del Estado burgués y la instauración de un nuevo Estado: la dictadura del proletariado.


Pero ya lo he dicho arriba, esto tuvo el inconveniente que todos conocemos, no fue el proletariado el que impuso su dictadura, sino que fue el grupo dirigente del Partido el que asumió el poder e impuso su dictadura. La esquematización de la teoría marxista llevó a transformar lo planteado por Marx en su Crítica al Programa de Gotha y otros textos sobre la situación que se dio en Francia, en sus luchas revolucionarias y de la Comuna de París.


En todo caso, el carácter transitorio del socialismo se transformó en una etapa más o menos permanente (por lo menos pensada como tal) y el Estado (la dictadura del proletariado) también como algo permanente y sin posible evolución. Y se le dio el mismo rol de determinar a la sociedad y se convirtió en el organismo que perenniza la dominación sobre la sociedad por la burocracia del partido y de los órganos del poder (los organismos de la represión social y política).


Pero hay un punto en el pensamiento de Marx, que casi nunca se menciona, que el estado debe extinguirse, que su poder debe diluirse en la sociedad, la administración de los hombres por parte del Estado debe desaparecer y tal vez mantener sólo la administración de las cosas. Lo que le restaría precisamente su papel de órgano de preservación de la dominación de un grupo sobre la sociedad entera.


Pero lo que es de mayor importancia, es tener siempre presente que el carácter del Estado no se determina en abstracto, sino que es el resultado de las relaciones al interior de la sociedad. Por consiguiente que para los revolucionarios el principal objetivo es superar las relaciones de dominación actualmente existentes en la sociedad burguesa. La dominación burguesa es toda una serie de alienaciones, las que resultan de las relaciones de producción capitalistas y que adquieren todo tipo de formas sociales y culturales.


Es decir, se trata de emprender un proceso de desalienación socioeconómico y cultural profundo y activo. Esto implica nuevas prácticas sociales. Aquí hemos incluso hablado de una de ellas es la reapropiación por las personas de la cosa política, empezando por la construcción de un nuevo partido, en que no se refleje el estado actual de la sociedad, en la que obligatoriamente tienen que haber dirigentes, encaramados, encastrados en el poder partidario. Se trata pues de un nuevo partido que haga desaparecer las relaciones jerárquicas en la definición de las políticas y posiciones del partido. Se trata no solamente de la dominación de una cúpula, sino que también de darle a todos la posibilidad de participar realmente en el pensamiento del partido, en las deliberaciones y decisiones partidarias. Esto es nuevo, no ha existido realmente hasta ahora, es necesario primero pensarlo profundamente y en detalle y luego proyectarnos en su funcionamiento. Esto implica una innovación radical, en primer lugar porque esto no puede venir de un grupo exclusivo de personas, sino que se debe construir con la gente, con su participación real y efectiva.

28 enero 2012

Falleció Aquiles Montoya


Hoy, 27 de enero, a eso de las once falleció Aquiles Montoya. Una crisis cardiorrespiratoria fue la causa de su muerte. Le manifiesto a Julia Evelin Martínez, su compañera, mi sentido pésame, como a toda su familia.

No voy a referirme al catedrático, ni al poeta que fue. Todos saben de sus compromisos académicos, como políticos.

Aquiles fue mi amigo. Fue un amigo en mi juventud, lo conocí en el aeropuerto de Cheremetievo, en Moscú. Había ido a recibir a los compatriotas que llegaban para hacer sus estudios en la Universidad “Patricio Lumumba”. Eso fue a finales de agosto de 1964.

Hoy tratando de imaginármelo tal cual era entonces, me vino a la memoria que conservo una foto de grupo en la que aparece, en las márgenes del Mar Negro. De esa época no tengo muchos fotos, algunas de mis hijas y dos o tres más. Pero de repente fluyó a mi memoria el recuerdo de unas fotos en las que ese mismo grupo de salvadoreños que llegaron aquel año a Moscú, fueron a remar en Xochimilco en México, D. F. Los veo jóvenes, a Ludmila, a América, a Mirian y a Aquiles. Hay en las fotos otros compañeros cuyos nombres se me escapan ahora.

Lo recuerdo ahora flaco, con el cuaderno en la mano, en el que escribía sus poemas. Los poetas jóvenes necesitan de auditorio, no importa que sea una sola persona. Así que pasamos tardes y noches enteras leyéndonos nuestros poemas de amor a secas y de amor patriótico.

César Vallejo fue uno de nuestros poetas preferidos, aprendíamos de memoria sus poemas, tan humanos. Miguel Hernández, Federico García Lorca, Antonio Machado, León Felipe y otros tantos poetas españoles que se fueron de España, exilados, se turnaban en nuestras vigilias.

Luego no recuerdo ahora las razones exactas, Aquiles se fue de Moscú sin terminar los estudios. Regresó al país. Todos saben que fue profesor de la UCA, que se dedicó a la economía solidaria y nunca renegó de sus convicciones marxistas, incluso fue uno de sus pocos propagadores en el país.

Pasaron muchos años sin que tuviera noticias suyas. Luego por esta maravilla de internet volvimos a encontrarnos. Solíamos saludarnos, nos teníamos al tanto de lo que íbamos escribiendo. Hoy al enterarme de su muerte sentí mucha tristeza.

27 enero 2012

Las elecciones: coartada para la “clase política”

La conquista del poder


En el precedente artículo señalaba que en la teoría política burguesa se le adjudicaba al partido político como objetivo primordial la conquista del poder. Al contrastar este objetivo con el que se propone un partido revolucionario, es decir la transformación de la realidad económica y social del país, algunos han entendido que excluyo la cuestión del poder de los objetivos revolucionarios. Voy a tratar de ser más explícito sobre este punto.


Advertía asimismo que el tema de « las formas y los contenidos de las actividades políticas de un partido revolucionario dentro del campo político burgués es una labor de reflexión que no se ha llevado a cabo en el país ». Ambos puntos están ligados íntimamente. Pues asumir que la toma del poder burgués es un objetivo para el partido revolucionario es darle un contenido propuesto y existente dentro del sistema de valores políticos de la sociedad burguesa. ¿Significa que la conquista del poder desaparece de los objetivos revolucionarios? No, de ninguna manera. No obstante no se trata del mismo poder, ni del mismo valor. En la concepción burguesa el partido político busca el poder del Estado para sus miembros, para el partido y sobre todo para la clase que representa. Este objetivo es un objetivo fundamental y primero dentro del campo político burgués. En cambio para el partido de la revolución el objetivo primero y fundamental no es el poder del Estado en sí, sino que transformar la sociedad. Por lo tanto el poder estatal se convierte en un medio para que sirva a alcanzar el objetivo fundamental. Para ello es necesario cambiar el contenido y el carácter del poder. Dicho de otra manera se trata de remplazar el Estado burgués actual por otro Estado, que defienda los intereses de las clases trabajadoras.



El “socialismo real” y nosotros



Pero hasta aquí he hablado sólo del objetivo fundamental, aún no he iniciado la reflexión sobre las formas y contenidos de la actividad política del nuevo partido, en las condiciones históricas en que vivimos. El nuevo partido no puede dejar de lado la experiencia que se ha ido acumulando dentro del movimiento revolucionario internacional y nacional. Esta experiencia no solamente se puede considerar como una serie de gloriosas victorias, al contrario nuestra experiencia está llena de derrotas y de abandonos ideológicos.


¿Cómo podemos incluir dentro de nuestra experiencia el derrumbe del “socialismo real”? No se trata solamente de declarar ahora que eso no era una sociedad socialista, sino que se trataba de un “capitalismo de Estado”. Lo que debemos analizar es cómo fue posible que la mayoría se diera cuenta del fracaso en la erección de la nueva sociedad, únicamente cuando ese sistema mostró toda su putrefacción en el momento de su derrumbe. O sea, la tarea es darnos cuenta, aclarar en nuestra conciencia cómo fue posible que nadie viera no tanto que esa sociedad estaba por desintegrarse, sino ¿cómo fue posible que una sociedad que se regía con métodos antagónicos a nuestras aspiraciones y a nuestras concepciones, pudiera ser considerada como un modelo a seguir y que durante tantos años se juzgara como una de las principales tareas del movimiento obrero internacional defender esas sociedades?


No se trata solamente de juzgar y condenar ahora el “socialismo real”, sino de saber ¿qué lo hizo posible, cuáles fueron las condiciones que lo engendraron? Eso por un lado, por el otro cómo explicar la miopía, o simplemente la ceguera de los revolucionarios de todo el mundo, ante esas sociedades. Tener claridad en esto es uno de los contenidos nuevos para un partido revolucionario. Pues en esto los ideólogos burgueses y sus órganos de propaganda ya le han inculcado a la mayoría de la gente, que ese sistema se contenía desde siempre en el pensamiento mismo de los fundadores del movimiento revolucionario internacional. Al abordar esto no me he alejado del tema, pues lo que hay que explicar es cómo de un poder popular se llegó a una dictadura anti-popular. Es menester explicarnos cómo fue que el poder pasó de las manos de los soviets a manos de un partido autocrático, con un dictador sanguinario. El asunto es también saber cómo un partido revolucionario se volvió en un aparato de dominación de la clase obrera.


Porque ahora nosotros en El Salvador repetimos respecto al FMLN que la “cúpula” es la única responsable y es ella la que ha conducido al partido a posiciones reformistas y electoreras. ¿Es realmente un asunto de personas? ¿Es efectivamente un asunto de un grupo? ¿Es posible que el resto del partido sea totalmente inocente en las orientaciones y en el estado en que se mantiene el partido hoy? Si esto fuera así, las cosas se presentarían de otra manera respecto al FMLN. Pero hay algo de similar en lo que sucedió en el PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) y en el FMLN. Dejo planteadas las preguntas, porque en esto es necesario oír otras voces, otros análisis.


Una distorsión ideológica


Uno los problemas teóricos y prácticos es justamente el que traza los objetivos intermedios a la llegada al poder. En primer lugar, se trata de la sociedad, los cambios se deben de dar en ella, pues es la que determina al Estado, no al revés. Pero antes de hablar del Estado y como la sociedad determina al Estado, veamos cómo se concibe hoy la participación de la gente en el ámbito político. La organización de la expresión política es el partido político. Es a través de él que los ciudadanos pueden intervenir personalmente. Cada partido tiene su propio modo de organizarse, de comunicarse con la sociedad y se fija sus propios objetivos tácticos y estratégicos. Todo partido tiene su ideología, algunos la declaran abiertamente otros la encubren con posiciones generales sobre la coyuntura y declaraciones convenidas. Son los partidos políticos que sirven de intermediarios entre la sociedad y el poder político, el Estado.


Como lo he dicho arriba la cuestión de la toma del poder, como objetivo primordial del partido político arrastra una confusión, pues el poder del que estamos hablando forma parte del Estado burgués. Pero el Estado es así considerado no como lo que es, un organismo determinado por la sociedad, sino que como algo externo a la sociedad, como un organismo que regula y ordena a la sociedad. Pero el Estado es sobre todo y esencialmente un organismo de dominación, en nuestro país el Estado le sirve a la oligarquía, es por eso que en anteriores ocasiones me he referido a él como oligárquico.


Pero a simple vista el Estado aparece como un organismo por encima de la sociedad, su relativa autonomía crea y reproduce esta distorsión ideológica. Pues este organismo, en su relativa autonomía, actúa al mismo tiempo como un ente mediador y administrador de las relaciones sociales, pero al mismo tiempo es el organismo que juega el papel de perpetuador de estas mismas relaciones sociales.


En vista de esto plantearse el acceso al poder estatal, sin considerar las relaciones sociales de dominación de una clase sobre el resto de la sociedad, no puede significar otra cosa que acceder a la administración del organismo garante de la dominación y de la perpetuación de estas mismas relaciones.


Es decir que la lucha no puede consistir simplemente en la famosa y consabida “toma del poder”. Se trata sobre todo de llevar una lucha en el seno de la sociedad, una lucha política, económica e ideológica. Reducir la actividad política en la sociedad salvadoreña, ahora, en estos momentos, a la “toma del poder” por la vía electoral es dejar de lado lo principal. La lucha económica la tienen que llevar adelante los sindicatos, pero estos no van a surgir en el país de manera espontánea, es urgente que el partido político tome la iniciativa de llevar al seno de la clase trabajadora, la organización que defienda y luche por sus propias reivindicaciones.


Pero se trata de sindicatos que tienen que ser realmente autónomos, autónomos respecto al patronato, al Estado y respecto a los partidos políticos. Los sindicatos no pueden acomodarse, no deben hacerlo, a los objetivos electoreros o electorales del partido político, no pueden seguir agendas políticas ajenas. Su misión es defender los intereses inmediatos de los trabajadores ante el patronato y el Estado que apoya a la clase opresora. Este punto también es parte de la lucha sindical, saber que sus reivindicaciones tienen al mismo tiempo un carácter limitado, lo tienen y lo conservan, mientras no se planteen que su situación de clase oprimida reposa en las relaciones económicas que rigen en la sociedad y que son impulsadas y entretenidas por el Estado burgués.


Otros campos de lucha


Pero la vida social no se limita a la producción de bienes materiales, la lucha no puede limitarse tampoco a los aspectos económicos. Existen otros campos que la lucha política debe de conquistar. Los trabajadores sufren un sinnúmero de alienaciones. ¿Acaso la publicidad no es una agresión a la integridad psíquica de la gente? ¿No es ella uno de los pilares de la dominación ideológica? Es ella la que convierte la felicidad en cosa, en cosa a poseer, en cosa a comprar. Es la publicidad la que nos va amoldando los gustos, los deseos, las aspiraciones. Al mismo tiempo la publicidad es una fuente poderosa de frustraciones, incluso puede introducir rencillas al interior de los hogares. Este es un campo de batalla que no podemos abandonar.


El capitalismo que cosifica la felicidad, que la vuelve mercancía desechable y pasajera, ha vuelto en su fundamento a los hombres en mercancías. Todo se vuelve venal. Incluso la educación de nuestros niños es vista como una mercancía, la escuela pública es deficiente, lo es así porque en nuestra sociedad la calidad de las cosas es juzgada por su coste monetario. Entonces si la educación nacional es gratuita no puede tener mayor valor. Tiene y debe tener calidad la educación si se vende, si cuesta dinero. Es necesario que esta distorsión sea también combatida. Para ello es necesario crear un movimiento social fuerte que exija una educación nacional digna de ese nombre, de calidad y que responda a las necesidades culturales del país. Este movimiento social tiene que apoyarse también en asociaciones de padres de familia que intervengan con derecho en la educación de sus hijos. Se trata de ser vigilantes en los contenidos, en los métodos, en la eficacidad de la enseñanza. Se trata de saber que los educadores tienen que obtener la formación adecuada y que ésta no es estática, que evoluciona, que se tiene que ir perfeccionando. Es por ello que la educación permanente de los profesores tiene que ser una exigencia conjunta de los padres de familia y de los enseñantes. En esto no puede haber ninguna rivalidad, ni oposiciones.


Por supuesto que no puedo ser, en este corto artículo, exhaustivo, ni en la enumeración de los problemas, ni en la manera de enunciarlos.


Las elecciones como coartada


Paso a otro tema pues quiero responder brevemente a algunas preguntas que me han hecho algunos lectores sobre la cuestión del voto, de las elecciones. El voto (la elección) en tanto que tal no puede ser negativo, pues se trata de un procedimiento resolutivo, es el que permite también manifestar un deseo, una voluntad y el que ayuda a definir una mayoría.


Pero en el caso del voto político concreto se trata de una transferencia de poder, de la soberanía, es decir que se supone que es el mecanismo por el cual se expresa el pueblo para designar a las personas que van a ejercer el poder político en su nombre. Es convenido pensar que el votante elige a sus representantes, elige al que va a gobernar en su nombre. Pero en la realidad esta transferencia de la soberanía se convierte en un despojo, en una alienación. Pues los “hombres políticos” no se consideran simples depositarios de la soberanía popular, empleados que tienen que rendir cuentas. No, en realidad estos “hombres políticos” se han constituido en una clase, en una casta, han hecho de esta actividad una profesión. Por lo tanto el famoso poder democrático se vuelve en una propiedad en manos de los políticos (Les propongo la relectura o lectura de artículos anteriores, bajo el título de “El Estado salvadoreño y la partidocracia” primero, segundo, tercero y cuarto).


Esto se puso de manifiesto en nuestro país, en la lucha que se llevó a cabo alrededor del tristemente famoso decreto 743. La clase política se vio atacada, se puso en movimiento, cada partido tratando de sacar su tajada electoral, pues es lo que estaba en juego. Vimos entonces los cambios de roles, las inversiones en las posiciones, incluso el partido en el poder movilizó a sus militantes para ir a ultrajar a los magistrados de la Sala de lo Constitucional. La “clase política” salvadoreña en su totalidad vio en el fallo de la Sala como un robo, como una usurpación, como si sus disposiciones atentaran contra su propiedad, su patrimonio.


El Estado personal


La transferencia de poder, elección se vuelve despojo y alienación. El alejamiento de la “clase política” de los ciudadanos es flagrante, ellos llevan su propia vida, tienen sus propios quehaceres, incluso su fingida oposición en la Asamblea se vuelve complicidad en lo privado y bajo la mesa, se troca a veces en negocios y favorcitos. Pero la usurpación mayor, el más descarado despojo de la soberanía popular no se da en la Asamblea, sino que en la presidencia. Esto se ha vuelto aún más visible ahora con Mauricio Funes. Los presidentes anteriores no necesitaban de los desplantes y arrebatos caprichosos del actual mandatario, ellos tenían la mayoría de su partido en la Asamblea y de manera profunda comulgaban con su partido. En el caso de Funes no es así, aquí hemos visto otra cosa, la adhesión al partido Funes la hizo como una condición obligada para poder presentar su candidatura. Sus divergencias se han ido manifestando a cada paso de su gobierno. El FMLN hace esfuerzos por ocultar estas divergencias y contradicciones, a pesar de que la meridiana luz de los hechos las delata. Funes gobierna solo. Bueno, en los hechos obedeciendo los intereses de la oligarquía y en total dependencia de los Estados Unidos, de los que se ha vuelto su seguro servidor y agente regional. Pero cuando he dicho que gobierna solo, me refiero a que la usurpación que le permite la “democracia representativa salvadoreña”, se erige en reyecito, en dictadorzuelo y en caricatura de niño caprichoso. Desde el inicio, su estribillo fue “el presidente soy yo”, luego varió a “el que decide soy yo” y luego ya en un carrera hacia abajo se ha otorgado el derecho de interpretar a su antojo las leyes del país.


Este “entrevistador de talento”, es como le llamaban, se proclama la encarnación del Estado, el detentor único y exclusivo de la soberanía nacional. Es él quien manda y manda en su nombre propio. ¿Dónde ha quedado el soberano pueblo en este circo democrático representativo?


O sea para que las elecciones sean realmente un ejercicio democrático son necesarios enormes cambios sociales. Por el momento las elecciones sirven apenas de coartada para que la “clase política” siga sintiéndose legítimamente la representante del pueblo en el poder del Estado.

22 enero 2012

La necesidad de un nuevo partido político

Son muchas las veces que he visto citada la frase de Schafik Handal sobre la entrada del FMLN al sistema político para transformarlo y no para que éste los transformara a ellos. Para muchos se ha convertido casi en una puesta en relieve de la personalidad del Handal. No olvidemos que esta advertencia no se acompañó de ningún acto, de ninguna reflexión que evitara los nefastos efectos de su propia advertencia. Handal llegó a convertir el cumplimiento de la Constitución —“de toda la Constitución”, repetía— en un argumento electoral de su propia campaña presidencial. Esto delataba ya que el sistema lo había absorbido por completo.


Pero en este planteamiento de Schafik Handal existe algo que merece ser profundizado. En primer lugar ¿es realmente ineluctable ser absorbido por el sistema o sí se puede transformarlo? La respuesta a esta disyuntiva conlleva consecuencias fundamentales para la práctica y la reflexión políticas. Cualquiera que sea la respuesta el planteamiento político frente a la realidad nacional se ve afectado. Si concluimos que es inexorable ser dominados por el sistema, el accionar de una fuerza política se coloca al margen, afuera del campo político establecido. Esto puede adquirir varias formas cuya eficacidad es casi nula, pues incluso en la negación total uno está obligado a referirse, a tener relación con lo existente. Pretender colocarse al margen del campo político es suponer una existencia externa a la sociedad.


Pero esta pequeña reflexión nos devuelve de inmediato a la frase de Handal. ¿Realmente el FMLN entraba al campo político con su legalización? No, su actividad política había sido clandestina, ilegal, prohibida, pero estaba a pesar de todo en el interior del campo político nacional y por consiguiente dentro de la sociedad. O sea, el FMLN abandonaba una forma de hacer política por otra. No tanto en que ahora su actividad se volvía legal, sino que abrazaba las formas del quehacer político del sistema. Volverse un partido político legal no implica abrazar esas formas para su actividad. Abrazar las formas implica también forzosamente aceptar el contenido. Y en esto reside justamente el quid del viraje electoralista del FMLN.


No se trata pues ni de ponerse al margen, ni de dejar de hacer política dentro de la sociedad y dentro del campo político. Pero una organización que pretende transformar la sociedad, no puede adoptar ni las formas, ni los contenidos de la sociedad que pretende superar.


Lo importante es el objetivo


Uno de los pilares del pensamiento político burgués es que toda la actividad de los partidos políticos es acceder al poder. Por consiguiente todo partido que entra al campo político tiene como principal objetivo la toma del poder. El objetivo de la guerra revolucionaria no era la simple toma del poder, sino que su derrota para instaurar otro poder, un poder popular. Creo que resalta la diferencia entre ambos objetivos. Uno se vuelve en el objetivo en sí y el otro es un medio transitorio para otra cosa. Lo importante, lo fundamental en esta última situación es esa “otra cosa”.


Advierto de entrada que la situación política actual excluye del todo el uso de las armas. No estoy proponiendo pues la lucha armada. Esta es simplemente un momento que se vuelve real cuando todos los recursos políticos legales se han agotado o cuando es imposible ejercerlos de ninguna manera. No es pues el caso en estos momentos en El Salvador.


Surge pues una serie de interrogantes: ¿Se puede entrar en el campo político sin someterse a sus reglas? ¿Qué formas y qué contenidos pueden tener las actividades políticas de un partido revolucionario dentro del campo político burgués? ¿Qué significa entonces hacer política para una organización revolucionaria dentro de este marco?


El problema que se plantea en la primera interrogante no incumbe tanto a la organización política en sí, sino que a las reglas mismas del sistema. El sistema se dice democrático, que permite la libertad de pensamiento, que permite la libre expresión de ideas. No obstante el sistema pretende preservarse no por el juego democrático y lucha de ideas, sino que poniendo límites y trabas a lo que se puede pensar y proponer. De alguna manera la sociedad burguesa erige un Estado que la protege y que vuelve en fundamento de la sociedad la propiedad privada y la apropiación privada de los bienes producidos por los trabajadores. Todo lo que se opone a estos postulados es considerado subversivo. Por consiguiente el problema es el siguiente: ¿la sociedad burguesa está dispuesta a luchar siempre pacíficamente, sin represión, sin privación de la libertad por su continuidad? ¿Aceptará siempre ser cuestionada en sus fundamentos y concepciones? Estas no son simples preguntas retóricas. La experiencia histórica reciente nos impone formularlas con toda seriedad.


Por el momento el poder no teme por su estabilidad, el partido en el poder, el FMLN, con su primer presidente, no cuestiona en nada ni los fundamentos, ni el sistema, ni el Estado oligárquico. Por consiguiente el poder tolera y finge impasibilidad en estos momentos. ¿Sería lo mismo frente a una organización realmente revolucionaria? La respuesta no está escrita y formularla ahora pareciera incluso inútil, pues no existe aún tal organización que ponga en peligro la dominación oligárquica.


Entonces pues el problema de las reglas incumbe más al régimen que a la organización revolucionaria. Sobre las formas y los contenidos de las actividades políticas de un partido revolucionario dentro del campo político burgués es una labor de reflexión que no se ha llevado a cabo en el país.


La urgencia de suplantar el sistema actual


No obstante antes de iniciar esta reflexión importantísima, es necesario demostrar la necesidad de crear este nuevo partido político. La insatisfacción respecto al FMLN no basta, es una condición, pero la necesidad de la fundación de un partido revolucionario surge más de la urgencia de superar y suplantar el sistema económico y social actual. Esta urgencia no debe constreñirnos a un accionar precipitado e irresponsable. La vida individual y colectiva dentro del país se vuelve cada vez más difícil; el bajísimo nivel de vida de millares de hogares salvadoreños no puede ser abolido por medidas “sociales” impulsadas por el FMI y la Banca Mundial, en un afán de evitar los estampidos de revueltas populares y dócilmente implementadas por el gobierno. Estos parches sociales ayudan más a perdurar el sistema que a combatirlo. No significa que no alivien la situación de miseria de muchas personas, pero este alivio es simplemente un paliativo al verdadero remedio.


El capitalismo salvadoreño, subdesarrollado y dependiente, ha sido y es incapaz de ofrecer soluciones reales y verdaderas a los problemas que han sido creados por su mismo funcionamiento. La vida precaria de millares de familias no es un fenómeno nuevo —la pobreza flagela a 36,5 por ciento de los seis millones de salvadoreños y salvadoreñas, 11,2 por ciento de los cuales son indigentes, según cifras de 2011 del Ministerio de Economía— el bajo nivel de los salarios, la ausencia de prestaciones sociales, el bajo nivel educacional de los salvadoreños, una vida cultural pobre y con poca producción y medios de expresión son males endémicos de nuestra sociedad.


La situación actual implica la perpetuación de este sistema, la política del gobierno de Funes, a pesar de los parches sociales, es la aplicación de las mismas recetas de antes, una crecida sumisión a los dictados de los Estados Unidos y del FMI y de la Banca Mundial. Y esto no puede cambiar, pues el FMLN no propone otra cosa, sino tener paciencia y esperar que sus diputados sean mayoría en la Asamblea y que pasen cinco o seis legislaturas para comenzar a prever algunos cambios estructurales. Ya he escrito antes sobre el FMLN y su carácter reformista socialdemócrata.


La necesidad política de organizar las luchas de la clase obrera bajo otra óptica salta a la vista. No obstante el llamado a crear otro partido político recibe una acogida muy circunspecta. ¿Para qué otro partido si todos llevan a lo mismo? Todos quieren el poder y gozar de él. Claro, ya lo vimos arriba, dentro de la concepción burguesa de la política el poder es el principal objetivo de los partidos políticos. ¿Pero es necesario que un nuevo partido sea de la misma naturaleza que los ya existentes? Se trata de crear otro partido que se proponga como objetivo fundamental no la toma del poder burgués, sino que la transformación de la sociedad. Creo profundamente que en este cambio de objetivo, de mantener en mente que el objetivo no es el poder de Estado actual, sino que consiste en transformar la sociedad e imponer un nuevo poder popular.


El cambio de objetivo, o mejor dicho, el retorno a los fundamentos revolucionarios del accionar político impone a la organización nuevas formas y nuevos contenidos. La situación política en el país es inédita para los revolucionarios. Se trata de una situación en la que es necesario iniciar su accionar, fundando un partido, asunto muy difícil, pero al mismo tiempo imprescindible. Ahora la situación exige mayores esfuerzos de imaginación, exige innovar tanto en la teoría como en la práctica.


La tarea es de tal importancia que no admite precipitaciones de ninguna índole. La urgencia de la situación social nos impone al mismo tiempo mucha prudencia e ir midiendo cada paso. No se puede pensar en términos de un precipitado cortoplacismo.