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14 julio 2021

La reflexión sigue abierta

No niego la necesidad de abordar los temas que se nos imponen día a día por la actualidad, abordar los diarios ataques a la democracia y contra la gente de parte del gobierno, pero estas respuestas nos ocupan ya varias décadas ante los sucesivos gobiernos y es así que la situación global se ha venido empeorando, tanto en la brutalidad de los ataques, como la indigencia general del nivel de consciencia de la población que sigue obnubilada ahora por la verborrea presidencial. Luego de las derrotas electorales del FMLN, surgieron debates en torno al tema de la “refundación” de la izquierda. Estos debates se dieron dentro y fuera del FMLN. La mayor parte de la reflexión se centró en la actividad y los errores del FMLN y muchos llegaron a la conclusión de que era urgente crear una nueva organización “revolucionaria”.


Supongo que esta reflexión no se ha dado por concluida. Los temas abundan, lo que nos obliga a desmochar y elegir tal vez lo que aparenta ser lo menos urgente. Durante las discusiones ha prevalecido a mi parecer el cortoplacismo, se tiene en mira casi siempre el próximo proceso electoral, como si el único objetivo fuera ganar las elecciones y acceder al “poder”.


Imponer desde arriba


En realidad tenemos urgencias prácticas que no podemos asumir porque aunque parezca una paradoja, no sabemos cuáles son. Poco a poco las diferentes izquierdas “revolucionarias” fueron confundiendo las prioridades y los objetivos. Me acabo de referir a una de estas confusiones, entrar a participar en el “juego democrático burgués” y considerar que aceptar este “juego” y sus leyes nos permitiría por sí mismo acceder al “poder”. Eso es posible y hasta real y concreto, se llega al poder y se gobierna. No obstante no nos damos cuenta de que el sistema sigue intacto y que gobernar dentro de este cuadro es administrar la cosa pública según los intereses de las clases dominantes. El famoso “poder” es la fuerza represiva del Estado y la capacidad de imponer desde arriba resoluciones y decisiones a toda la sociedad.


Los famosos “programas de gobierno”, aunque los llamáramos “programas revolucionarios” y al mismo gobierno también “revolucionario”, los programas eran aplicables dentro del sistema, sin tocar nada esencial en el funcionamiento alienante de la sociedad. Se hablaba en esos programas de mejorar los salarios mínimos (sorpresivamente Bukele decreta un aumento de este salario mínimo, después de que sus diputados habían archivado el tema). Hasta un tiranillo de pacotilla como el nuestro puede subir grandemente el salario mínimo sin correr el riesgo de volverse revolucionario. Esos programas consideraban mejorar la educación en todos los niveles de la enseñanza, eran un catálogo de todas las medidas que los gobiernos anteriores no tomaron nunca. Pero que perfectamente podrían haberlas tomado sin perjuicio mayor para sistema de explotación burgués. Por otro lado estos mismos programas eran en cierto sentido previsiones, proyectos, que nunca fueron realmente cifrados, ni calculadas las reales posibilidades económicas de realizarlos.


Me atrevo a recordar esto y a señalar los límites de esos programas por los que miles de compatriotas dieron sus vidas, por los que luchamos y que considerábamos como las aspiraciones más sentidas de los obreros y campesinos. Es cierto, y esto hay que también decirlo, fueron esos programas que durante los dos gobiernos del FMLN ni siquiera se plantearon, ni se intentó implementarlos. El argumento, en gran medida válido, que no se tenía la mayoría necesaria y que los aliados parlamentarios nunca hubieran apoyado esos programas, repito, la verdad es que no se intentó, no se movilizó a los trabajadores para exigirlos, para nuevamente luchar por ellos. Nunca se intentó establecer una correlación de fuerzas en las calles. También hay que decirlo que muchos de los que no estaban contentos con esta actitud del FMLN y se fueron a votar por Nuevas Ideas, están ufanos hoy con el gobierno actual que tampoco pretende mejorar la condiciones de vida de los trabajadores. Como ven, no todos sentimos, ni vemos los acontecimientos de la misma manera.


Vivimos en una realidad compleja


Ahora estamos enfrentados a problemas múltiples, no sólo se trata de combatir la política absurda del gobierno de Bukele, sino que de ir pensando cómo nos organizamos para emancipar el país de todos los dominios de la oligarquía y de los distintos imperialismos. Este es realmente el objetivo de una organización revolucionaria. Me refiero a la emancipación del país. Nosotros somos herederos de todos los esquemas y dogmas que surgieron en el siglo XX, nos empapamos de ellos y aún ahora luego de todas las derrotas sufridas no somos capaces de cuestionar esos esquemas y tampoco abandonar los dogmas. Aclaro que las derrotas a las que me refiero no son únicamente las nuestras, en nuestro país, sino que en todo el mundo.


Estas derrotas, aunque para nosotros fueron cataclismos y nos sorprendieron y estremecieron, no se trataba de una enésima plaga enviada desde el cielo por el todopoderoso. Las derrotas resultaron, fueron la consecuencia ineluctable, los efectos de causas, vienen del funcionamiento de un motor interno que conducía y determinaba nuestras acciones. Para no volver a lo pasado o seguir en lo mismo, cometiendo los mismos errores, estamos obligados a conocer el funcionamiento de ese motor, buscar las causas. No podemos conformarnos con criticar aceradamente los efectos.


La complejidad de la situación, aunque es mejor decir la complejidad de la realidad nos debe obligar a abandonar nuestros viejos modos de pensar, debemos de tener en cuenta siempre las interferencias, las relaciones múltiples que se tejen entre los diferentes componentes de esta realidad. Doy un ejemplo, muchos hemos criticado el verticalismo en el funcionamiento de los partidos. Este verticalismo no solo se refiere a las estructuras de la organización, sino que también al contenido y a sus formas. Pero al mismo tiempo tenemos que pensar en los sustentadores de esas estructuras, es decir los militantes, los individuos que dentro de esas estructuras dejan de tomar decisiones, que no tienen la posibilidad de manifestar su individualidad, su personalidad, que se vuelven apenas en ejecutantes (no siempre) de decisiones tomadas por otros, los dirigentes, miembros (casi nunca realmente elegidos, ni renovados) del buró político o de la comisión política. Estos militantes se tienen que persuadir de la justeza de las decisiones tomadas por otros y que ellos mismos no han tenido el derecho de deliberar. Y al privarse de la deliberación también se privan de la compresión del problema. El militante se enfrenta a la sociedad, a los problemas sociales sin tener los instrumentos para actuar de manera autónoma y plenamente armado para combatir lo que se ha llamado siempre la ideología dominante. Hay que entender que este funcionamiento vertical reproduce de alguna manera la pirámide de la sociedad misma en la que vivimos. De la misma manera que la sociedad capitalista es alienante, compuesta por los que están abajo y los que están arriba, estos partidos “revolucionarios” lo fueron también, pues el militante no adquirió los elementos suficientes para analizar por su propia cuenta la realidad en la que vive y lucha, sufrió además un terrible empobrecimiento cognitivo. Recordemos asimismo que uno de nuestros objetivos y tal vez el más alto es el desenvolvimiento pleno y total de la personalidad individual.


Actuar con los ojos abiertos


Agreguemos que tampoco los dirigentes estaban preparados para pensar correctamente la realidad, pues también ellos (sobre todo ellos) eran los herederos de los esquemas dogmáticos del pasado. Porque si esto no hubiese sido así, sus decisiones hubieran sido diferentes, correctas.


Con esta enumeración no se agotan todos los temas que se mezclan al verticalismo. Porque entran otro tipo de correlaciones e intrincaciones pues aún no hemos abordado el tema del autoritarismo y sectarismo que va ligado a este verticalismo, pues las decisiones se imponen, todos tienen que someterse a la autoridad del líder, a su modo de pensar, a su dogmatismo. Esto puede instalar un ambiente de sospechas y suspicacias, la instauración de corrillos, de capillas, la subordinación, etc. Con esto muere la camaradería, aunque la costumbre de llamar camarada o compañero a los demás miembros del partido persista. El verticalismo instaura y modela una jerarquía en la que se tiene que escalar para llegar a la cercanía de la cúspide o a la cúspide misma, el oportunismo surge como corolario y el intriguismo va produciendo sus víctimas, con esto se pierde la integridad moral del militante.


Lo que apenas enumero aquí no ha llegado de afuera, aunque lo de afuera tiene igualmente que ver con esto, pues nuestras actitudes particulares, individuales no dejan de ser sociales, con lo que significo que nos conducimos como lo haría cualquier otro individuo de nuestro país, somos dogmáticos con la violencia salvadoreña, somos sectarios como lo puede ser cualquier otro salvadoreño, etc. El funcionamiento de la sociedad nos impone a luchar cotidianamente por nuestra sobrevivencia y en este afán lo hacemos todos contra todos, con un sálvese el que pueda, impregnados de egoísmo. Este ambiente no deja de influenciar nuestro modo de ser, pues nos penetra y nos forma hasta los últimos huesos de nuestra intimidad.


¿Podemos seguir acarreando estas taras o debemos desecharlas? En todo caso es urgente que asumamos nuestra responsabilidad para abandonar los viejos esquemas y las viejas estructuras. Pero debemos hacerlo con los ojos abiertos y conociendo perfectamente lo que nos condujo a las derrotas.


 

08 febrero 2021

Pensar libremente y debatir

 

No tenemos una cultura del debate” es una queja que se expresa con mucha frecuencia. En realidad es lo que pasamos haciendo, si entendemos que debatir es exponer opiniones distintas sobre un asunto. Es más o menos así como los lexicólogos definen este vocablo. Y en política por lo general no solamente nos oponemos opiniones distintas, sino que muy a menudo las posiciones expresadas resultan ser antagónicas. Lo que significa que es muy escueto o inexistente el terreno común para un acuerdo.

No obstante la queja se expresa al interior de un mismo bando, de un mismo partido, dentro de un grupo, lo que significa que existe un terreno común amplio de intereses y finalidades que pueden facilitar la llegada a un acuerdo, a la concordia.

Tenemos aquí un problema que encierra varios temas. Para debatir es necesario tener una opinión formada sobre el asunto a tratar, pero no siempre se tiene una idea clara, ni lo que se piensa ha sido completamente conformado personalmente, sino que se ha hecho bajo una tutela, bajo el influjo de una autoridad (moral, intelectual, etc.). Para formarse una opinión propia no basta con tener el deseo, la voluntad de tenerla, se necesita asimismo tener la capacidad de hacerlo, se trata de una costumbre de raciocinio, de la busca de datos, de saber analizarlos, sopesarlos. Y luego es necesario que exista un cuadro para poder expresar su opinión, sin temores de una subestimación y la seguridad de ser realmente escuchado con la misma atención que le resto de participantes.

El filósofo alemán Immanuel Kant en su obra “Respuesta a la pregunta ¿Qué es la Ilustración?” nos llama a pensar por nosotros mismos, pero inmediatamente agrega que esto no basta, que urge llevar nuestros pensamientos al público. Es cierto que Kant no piensa en ese momento en todas las personas, aunque su llamado sea universal, sino que Kant piensa en el letrado que se dirige a un público de letrados. Nosotros que ya estamos en otra época, que nos enfrentamos con aparatos ideológicos del Estado y de las clases dominantes sabemos que nuestro discurso tiene que llegar a un público ampliado, a todas las clases explotadas. No obstante como dije la queja de que no sabemos debatir aparece incluso al interior de grupos y partidos con un mismo ideal. Esto es consecuencia del modo de funcionar de los mismos grupos y partidos. El militante se ha acostumbrado a pensar bajo la tutela de los dirigentes, que en definitiva son los únicos que realmente piensan y sobre todo son los únicos que emiten su opinión.

Esto se agrava pues en nuestro país las manifestaciones de violencia impregnan toda la sociedad y políticamente los debates son concebidos como enfrentamientos. De ahí procede que un partido político tiene que presentarse sólidamente unido, incluso se consagró la expresión “nuestra unidad es monolítica” o “debe de ser monolítica”. Esta circunstancia no ha sido propicia ni para el pensamiento autónomo, ni para el debate. Y esta búsqueda de unidad intachable fue imponiendo tradiciones y costumbres, el militante recibía y adoptaba la "línea" del partido. Aquí simplemente el famoso “partido” no era el conjunto total de sus miembros, sino que la dirección. Y a veces el partido eran instancias intermedias que transmitían las instrucciones a veces hasta mal entendidas. El militante en vez de ser una persona consciente de sus propios intereses y de su propio pensamiento, era alienado completamente de su derecho. Si alguien divergía y lo expresaba se le consideraba como un miembro que estaba zapando la unidad y la “ideología” del partido. El debate se cortaba antes de haberse iniciado. Nadie argumentaba, nadie trataba de persuadir y usaba sobre todo apelativos denigrantes con su interlocutor recalcitrante, los famosos argumentos de autoridad y ad hominem proliferaban. Esta situación se sigue dando.

En su “Crítica del juicio” Kant indica tres principios o máximas de la inteligencia común, 1°, pensar por sí mismo; 2°, pensar en sí, colocándose en el puesto de otro; 3°, pensar de manera que se esté siempre de acuerdo consigo mismo. “La primera, nos dice Kant, es la máxima de un espíritu libre; la segunda, la de un espíritu extensivo; la tercera, la de un espíritu consecuente”.

Aquí ser libre en el pensamiento es adquirir autonomía, dejar de lado cualquier tutela. Esto no significa que uno debe entrar en una especie de autarcía rechazando el juicio de los otros, ya que el segundo principio nos incita a ponernos en el puesto del otro. Y esto implica escucharlo, tomar en cuenta lo que nos pueda decir, también sus intereses, sus problemas, su historia. Esto nos puede obligar a cambiar de opinión, de modo de pensar, pero esto no entra para nada en contradicción con el pensar libremente, pues la tercera máxima nos obliga a pensar siempre de acuerdo consigo mismo y si los argumentos y razones del otro nos convencen, pues lo convertimos en nuestro pensamiento. En este proceso nosotros estamos mostrando una actividad, nuestra conducta no es pasiva, al contrario nos mostramos activos.

Ya mencioné arriba el pedido de Kant de ir al público, de hacer público nuestro pensamiento, de compartirlo. En un partido político deben haber instancias abiertas para que todos los miembros puedan deliberar la política del partido, sus orientaciones. Lugares que sirvan para analizar las coyunturas, el estado general de la sociedad y como podemos influir en sus dinámicas. Es en este tipo de instancias donde se aprende también a pensar libremente, a formarse un juicio libre y responsable. Es en estos organismos partidarios donde fluyen las ideas. Los miembros del partido están obligados a convertir estas ideas en fuerza material. Pierre Vilar, un historiar francés, afirma “Sólo la objetivación de lo subjetivo por la estadística, por imperfecta que sea aún su interpretación, funda la posibilidad de una historia materialista, y que sea la de las masas, entendamos a la vez hechos masivos, infraestructurales, y de estas “masas” humanas que la teoría, para volverse fuerza, debe penetrar". Esta frase la enuncia el historiador francés discutiendo sobre los distintos tipos de historias, una de ellas contra la que está hablando es la de los “sucesos”. De esos hechos que al ocurrir uno piensa que van a cambiar el rumbo de la historia.

El 9F de 2020 fue un suceso, un “hecho histórico” y por supuesto que ha contado en nuestra historia, no obstante lo que debemos apreciar es como se inserta en la serie. Ha habido otros hechos de idéntica calaña, como el reciente 31 de enero, pero su significado real va a ser el que a la larga le dé la gente masivamente, cómo se va a pensar o en realidad lo que nos toca es convencer a cada uno de los salvadoreños que ese tipo de “hechos históricos” no cambien el curso de nuestra historia, sino que al contrario debemos de crear un hecho realmente masivo con fuerza material que limite la posibilidad de su repetición. Esto se logra persuadiendo, señalando los peligros y sobre todo lo que se puede hacer con otro tipo de gobierno.

Para poder ser persuasivos no se puede dejar como concluida la autocrítica al afirmar que reconocemos que nos equivocamos, que cometimos errores. Y es aquí donde se debe pensar libremente. Porque los errores no fueron fortuitos, ni tampoco fueron pocos, el rechazo al FMLN se convirtió justamente en una fuerza que provocó el descalabro electoral de este partido. Ahora toca no solamente analizar el pasado reciente, sino que construir proposiciones que tomen en cuenta a la gente, que es lo que la gente está dispuesta a emprender y hasta dónde. Elaborar proposiciones que no sean simples repeticiones de lo ya hecho y dándole al marco actual un carácter inamovible, sino que debemos incluir qué es lo que tiene que cambiar para que la participación de la gente sea efectiva, como efectiva la participación de los militantes en la elaboración de las políticas del partido.


26 enero 2021

Sapere aude

 

Abordaré dos temas muy distintos uno del otro, aunque en el fondo, si uno se fija bien están relacionados de manera íntima. El primero es una profunda incredulidad de muchas personas en la capacidad de cambio al interior del FMLN y el otro la necesidad de lograr ser autónomos en nuestros juicios, seguir aquella divisa kantiana: “piensa por ti mismo”.

El desprestigio alcanzado por el FMLN durante la década de sus dos gobiernos es profundo y duradero y toca a la mayoría de ciudadanos, mucho más allá de los que están bajo la influencia del presidente. Incluso llega hasta las personas que fueron simpatizantes y a algunos que se pudieron considerar como pertenecientes al famoso “voto duro”. Lo curioso de este fenómeno es que no se puede considerar estrictamente político, quiero decir que la gente sigue teniendo las mismas ideas, los mismos sentimientos, las mismas aspiraciones. Simplemente hay un sentimiento que el FMLN ya no representa, ni puede representar esas mismas aspiraciones, esos mismos sentimientos. No se trata pues de un descalabro en las posiciones ideológicas de una buena parte de la población, no se trata de un tránsito hacia el otro bando, hacia la derecha. Se puede afirmar que los que votaron por Bukele y ahora pertenecen a Nuevas Ideas, por lo menos muchos de ellos, lo hicieron pensando que el presidente iba a plasmar en la realidad lo que el FMLN traicionó.

Los años de luchas, tanto en las calles como en el campo y montañas, fueron sembrando esperanza. La esperanza creció y echó raíces profundas, aunque también se impregnó de mucha ilusión. En la posguerra hubo algunas luchas, algunas marchas, pero nunca cobraron la intensidad, ni el vigor de los años setenta. El FMLN se centró en obtener la gestión municipal en muchas localidades y lo fue obteniendo hasta cubrir buena parte del territorio. También fue creciendo el número de curules en la Asamblea Nacional. El discurso siguió siendo “revolucionario”. Pero la realidad de las gestiones municipales no mostraron nunca algo substancialmente distinto a la gestión del resto de alcaldes de los otros partidos.

En la Asamblea los diputados se enfrascaron en una oposición necesaria, pero totalmente estéril. Usaron hasta gastarlos todos los recursos a procedimientos de freno, de estorbo, de atraso de algunas medidas, que finalmente se imponían por las mayorías de la derecha de ARENA y sus aliados. Esto no podía cundir ningún efecto positivo, esta actitud fue presentada por la derecha y su prensa como actitudes politiqueras y la gente las percibía como formando parte del circo político. No hubo en ningún momento algún intento para movilizar a los trabajadores en apoyo al trabajo legislativo. Apenas recuerdo las tribunas de Schafik Handal en el parque Cuzcatlán que eran una especie de explicación de la actividad semanal de los diputados y arengas políticas sin reales propuestas de acción. Poco a poco el distanciamiento de los dirigentes y diputados del FMLN con sus propios electores se fue haciendo patente, esto se hizo más visible en el modo y nivel de vida. El acercamiento sucedía en tiempos de las campañas electorales.

Ahora resulta impensable constatar que el personaje ambicioso y oportunista que entró al FMLN declarando que su adhesión al partido coincidía con su anhelo de ser candidato a la presidencia, ha sido el principal artesano del mayor desprestigio del mismo partido. Durante años se dedicó a criticar ante los militantes y ante la ciudadanía en general a los dirigentes de “su” partido, acusándolos de haber abandonado los antiguos ideales que profesaron durante la guerra y que él estaba dispuesto a retomar para plasmarlos. Estas palabras las repitió hasta el hartazgo y a veces en compañía de algún cupulero.

Resulta aberrante saber que si este personaje no hubiera sido expulsado del FMLN hubiera seguido aspirando a ser candidato por el FMLN. El asunto es que sus críticas fueron subiendo de tono hasta el punto que indispuso sorpresivamente a algunos miembros de la dirección. Pero entonces no se tomó ninguna medida disciplinaria en su contra. Es más desde la tribuna misma que la dirección del FMLN le ofreció persistió en sus críticas a punto de convertirse en insultantes. La prensa de derecha le sirvió de caja de resonancia a todos sus desplantes y los multiplicaba. Esto lo fue convirtiendo en héroe y a los cupuleros en los bandidos de la película. La mayor campaña de desgaste y de descalificación se llevó a cabo desde el interior del FMLN. No obstante no se puede negar que esta campaña tuvo su efecto porque se apoyaba en hechos reales y en el sentimiento de frustración que embargaba a los militantes y votantes del partido. Y esta es la base que mueve a pensar a muchos en la incapacidad del FMLN a reformarse, a transformarse.

El hecho de que hasta el momento no aparece una autocrítica interna que sea circunstanciada y pueda considerarse como sincera agrava mayormente esta convicción del imposible arreglo político del FMLN. Por supuesto que hay otros elementos que se pueden tomar en consideración, pero ya con estos basta.

No obstante hay indicios que pueden dar pábulo a esperar una transformación. Lo he comentado ya anteriormente. Las declaraciones de Lourdes Argueta y de otros jóvenes y nuevos dirigentes son alentadoras. También la larga e interesante entrevista que acaba de publicar El Faro con Daniela Genovez, candidata a diputada en San Salvador.

Los escépticos griegos desarrollaron una conducta de pensamiento que ellos llamaron 'epoje' o 'epoché' que consiste en suspender el juicio, es decir un estado de la conciencia en el cual ni se niega ni se afirma nada respecto a una realidad. Creo que la duda del posible cambio en el FMLN es inmensa y tal vez razonable. Pero si adoptamos el “epoje” griego y suspendemos nuestro juicio y nos ponemos a analizar qué es lo que en definitiva nos ha llevado a esta tan tremenda duda. Se trata de un colectivo de personas a las que les estamos dando un modo de ser, pensar y sentir, a todos los miembros de ese colectivo, idéntico al de los exdirigentes del frente. Porque en gran parte las elecciones internas dieron resultados nuevos, han aparecido personas que realmente no conocemos nada de ellos. ¿Tenemos derecho a juzgarlos de la misma manera y sobre todo tenemos derecho a dejarnos guiar en este juicio por la propaganda gubernamental y del partido del presidente? ¿Acaso el presidente y su gobierno no se ha manifestado como oscuro, chanchullero y sobre todo con tantos señalamientos de corrupción? ¿Dónde están los antiguos ideales que Bukele prometió tanto que iba a plasmar? ¿Dónde está el plan de gobierno? ¿Existe realmente? Lo que parece existir en un plan de enriquecimiento de una familia y toda la cohorte de compadres y cherada. Pero la actuación del presidente ha sido autoritaria, se conduce como un payaso caprichoso que no admite ninguna crítica y que nos quiere someter a su falsedad y falta de pensamiento.

Mi invitación a suspender el juicio tampoco significa que debemos entrar en una nueva polarización política, en un nuevo encasillamiento cerrado y obtuso. No se trata de optar por el FMLN en contra del gobierno y sus ambiciones totalitarias. No se trata para nada de eso. Es ponernos a pensar por nosotros mismos, ver que es lo que está ocurriendo en el país. Dejar de lado todos los prejuicios. Observar y escuchar lo que nos dicen estos jóvenes que no podemos acusar de corruptos, ni de cómplices de la corrupción, ni tampoco totalmente responsables del funcionamiento verticalista de su partido. Este tipo de funcionamiento no es nuevo y es una vieja herencia, de la cual ellos han sido víctimas. Daniela Genovez cuestiona este funcionamiento y propone prácticas horizontales que abarquen también a la población y que sus propuestas no se queden sin respuesta.

En el discurso de los analistas la imposibilidad de una restructuración del FMLN se ha vuelto casi un postulado, un punto de partida inamovible, inalterable, casi un dogma. En realidad se trata de un punto muerto del pensamiento. Lourdes Argueta nos ha propuesto pensar desde afuera, desde nosotros qué es lo que tiene que cambiar en el FMLN y sobre todo que tiene que cambiar en su política. ¿Por qué rechazar esta invitación?



18 enero 2021

Nueva manera de hablar

Entre las frases de Lourdes Argueta que pronunció durante la entrevista, una me impactó más que otras, refiriéndose a la dirección y a sus prácticas de rueda de caballitos: “se comió casi a una generación”. Es posible que hayan sido más de una generación las que no tuvieron ninguna oportunidad de acceder a los puestos de mando del FMLN. El sistema autocrático de gobierno interno de casi todos los partidos consiste en poner en marcha esa rueda de caballitos en la que pasan de un puesto a otro y siempre los mismos. Esa conducta es consustancial al tipo de organización verticalista que se le dio por llamar “centralismo democrático”.


En el partido de Vladímir Ilich Lenin no existió el cargo de “secretario general”, las instancias dirigentes se elegían y se renovaban en los congresos del partido. Como dije anteriormente el “centro” era el congreso. Las instancias dirigentes no funcionaban como un gobierno del partido, sino que como coordinadores de la actividad partidaria.


Con la aparición del tipo estalinista de organización surgieron también las prácticas autocráticas. ¿En cuántos partidos un mismo líder ocupó durante décadas el puesto de secretario general? Estos secretarios generales tenían la última palabra en cualquier discusión, eran expertos en economía, en ciencia política, en sociología y podían dirimir en las discusiones filosóficas. A veces era más patente su crasa ignorancia que su sabiduría. Para progresar en la jerarquía del partido era necesario pertenecer a uno de los corrillos cercanos al secretario general. El Secretariado tenía el control de las posibles candidaturas y la coaptación se volvió en el camino más seguro y único hacia la cúpula partidaria. Subían los que se adaptaban, los que habían mostrado su capacidad de entender las normas sociales y éticas de los dirigentes. Una enfermedad fue el intriguismo.


Este aspecto de la autocracia es tal vez el más visible, en el que más se repara. No obstante el más dañino para el funcionamiento adecuado de un partido es el esclerosamiento del pensamiento creativo, del análisis, de la aprehensión de los cambios en la realidad social. El lenguaje se estereotipa, deja de significar por una especie de erosión conceptual y lo que antes servía para comunicarse con la gente se vuelve una barrera, una muralla. Los conceptos se vuelven perversos apodos de la realidad que antes señalaban, analizaban y lo peor es que pasan a constituir un argot, una jerga sectaria.


Es justo señalar que la manera de expresarse de Lourdes Argueta ha dejado de lado gran parte de esa jerigonza “marxista-leninista”. Tomar en cuenta la forma del discurso no significa abandonar el contenido de lo que se piensa con los conceptos que nos ofrece la teoría. Ahora bien tampoco hay que imaginarse que es necesario un giro total en la manera de comunicarse con la gente, cambiando todo el discurso y dentro de ese cambio adoptar un vocabulario ajeno y un pensamiento asimismo ajeno. La tarea que se presenta es volver o iniciar algo que se abandonó inmediatamente después de la guerra: la batalla ideológica. Estos días nos han ofrecido una preciosa oportunidad. El presidente de la república creyó que todo el país estaba totalmente subyugado por su fastidiosa verborrea y se fue a profanar la memoria de las víctimas de la guerra y en particular a las víctimas de la mayor masacre cometida por las fuerzas armadas, en El Mazote. Y allí decretó mera farsa la lucha de emancipación que se sostuvo en el país y farsa también se le ocurrió llamar a los Tratados de Paz. El pueblo y las organizaciones, los partidos ganaron esta batalla por la verdad histórica. Sin la guerra nunca se hubiera tenido un proceso democratizador en nuestro país. En este año y medio este proceso ha sufrido un frenazo desde el ejecutivo. No obstante la masiva y fervorosa conmemoración y celebración de los Tratados de Paz constituye una victoria popular contra la mentira institucionalizada desde la presidencia.


La última chiquilinada aflictiva del presidente ha sido su decreto número tres con el que quiere vengarse de la historia y demagógicamente propone cambiar el nombre de El Día de la Paz por Día de las víctimas del conflicto armado.


No obstante este episodio nos debe llamar la atención hacia algo cuya importancia es absoluta: el FMLN abandonó a la derecha, a su prensa e ideólogos la narración, la interpretación de la guerra popular. No me refiero a lo que se pudo o no afirmar internamente dentro de las filas efemelenistas, sino lo que no se dijo hacia afuera, pues el FMLN no tiene ni siquiera un órgano de prensa para difundir sus ideas. Esta carencia la critiqué ya hace muchos años. La cuestión del lenguaje es importante, pero lo que importa en primera instancia es llevar adelante una batalla de ideas no sólo contra el gobierno, sino contra las que difunden en la sociedad salvadoreña los voceros de la oligarquía.

13 enero 2021

¿Posible renovación del FMLN?

 

He tenido la oportunidad de ver varios vídeos en los que se ha expresado la secretaria de organización del FMLN, Lourdes Argueta. La escuché con mucha atención. Al parecer sus declaraciones causaron cierto resquemor entre algunos dirigentes o exdirigentes del partido y mucho entusiasmo en otros; uno de los entrevistadores le insistió si ella se expresaba en su nombre propio o si era una posición de alguna corriente o de la dirección. Ella fue clara sobre esto, lo que afirma resulta de las resoluciones de la última Convención Nacional. En uno de los vídeos participa con otro miembro de la Comisión Política, Mario Monge, ambos tuvieron el mismo discurso.


No voy a resumir sus intervenciones, pero sí las voy a comentar. Uno de los términos que se repetían era “reestructuración del partido”, otro “aprendamos a debatir”, “no tenemos cultura del debate”, estos últimos se acompañaban de una invitación a los miembros del FMLN a continuar el debate y abordar otros nuevos temas, además de invitar a la gente de izquierda que no pertenece al FMLN a incluirse en el debate, a aportar sus pensamientos, sus críticas. Se trata de llevar adelante una política de apertura y de reconquista de la gente, de devolverle el “instrumento” al pueblo.


En esta ocasión voy a referirme principalmente a dos asuntos que me parecieron importantes en tanto que revelaciones y críticas a la conducta pasada de la antigua dirección. En uno de mis viejos artículos me refería a la supuesta estructura organizativa leninista que se ha dado por llamar “centralismo democrático”. En ese artículo señalaba que ese tipo de organización no tenía nada que ver con Lenin, sino que fue una forma puesta en práctica durante el dominio estalinista del movimiento comunista. En ese tipo de organización el verticalismo y el centralismo se convirtieron en el modo de funcionar, el adjetivo democrático estaba de adorno. Entonces recordaba que para Lenin el centro no era ni el “buró político”, ni el “Comité Central”, ni ninguna otra instancia de dirección. Para Lenin el centro era el Congreso del partido. Cuando escribí ese artículo criticaba al partido “revolucionario, leninista” (FMLN) de no haber hasta la fecha celebrado ningún congreso y recordaba que hubo años en que el partido de Lenin organizó varios congresos. Años después tuvo lugar el Primer Congreso. Critiqué su organización, las viejas formas estalinistas de organizar el debate. Documentos “prefabricados” que se pueden enmendar, pero no rechazar o proponer otros. Pero el asunto principal fue que esos documentos que fueron aprobados nunca se le presentaron a la gente, ni a todos los militantes. Lourdes Argueta en una de las entrevistas dijo que las resoluciones del Congreso fueron engavetadas. Hasta el día de hoy todas mis búsquedas de los documentos del Primer Congreso han resultado vanas. Lourdes Argueta prometió que iba a tratar de poner a la disposición de la gente esos documentos y los de la última Convención Nacional.


Lourdes Argueta insistió en la importancia de esos textos y de plasmarlos en la realidad del funcionamiento mismo del partido. En realidad no creo que los textos del Congreso sigan teniendo en estos momentos validez. Los cambios políticos ocurridos en los últimos cinco años son substanciales y la correlación de fuerzas ya no es la misma y los objetivos del FMLN ya no pueden ser los mismos que hace cinco años. Ignoro cuál es el contenido de las resoluciones de la Convención Nacional.


En todo caso lo que deseo recalcar es que me ha sorprendido el tono y el contenido del discurso de Argueta. El tono es libre, abierto, decidido y franco. El contenido se puede resumir en la necesidad de devolverle el “partido al pueblo”, “que el partido viene del pueblo” y que es un “instrumento de lucha del pueblo”. Demostrarle al pueblo que “hemos escuchado sus quejas y que las hemos tomado en cuenta”. Afirmó con énfasis que no basta “reconocer los errores y pedir perdón”, sino que hacer todo lo posible por reconquistar las posiciones perdidas en el seno del pueblo y cambiar de actitudes y formas de conducta.


Al parecer algunos criticaron a Lourdes Argueta por el momento en que ha decidido tomar la palabra, en estos momentos de elecciones. Esta crítica me parece adolecer de la vieja enfermedad electorera y oportunista. Priorizar las elecciones a enunciar de manera tajante en qué realmente consiste el carácter revolucionario del partido y cuales son sus objetivos primeros es continuar con ese viejo oportunismo que incluso prefirió “engañar” a la gente sobre las “alianzas” y los “beneficios electorales” de dichas “alianzas”. Lourdes Argueta ha criticado justamente esa “política de alianzas” en la que no se definieron claramente en qué consistían, ni se determinó nunca los fines de las mismas.


Esta manera franca y abierta de hablar es nueva y sobre todo no se trata de darse golpes de pecho, sino que de manera consciente abordar los problemas internos de funcionamiento, de formación, de comunicación y de definición de las políticas. No se trata tampoco de rechazar el pasado, sino que también de rescatarlo, ver todo lo positivo realizado, volver con entusiasmo a los principios que movieron a tanta juventud a arriesgar y dar sus vidas.


Dejo hasta aquí este escrito, voy a volver, pero quería dejar públicamente mi apoyo a esta nueva actitud dentro del FMLN y dejar claro que deseo participar desde este blog al debate por una renovación y reestructuración del FMLN.

11 noviembre 2020

La hora es grave

Esta vez voy a abordar un tema cuyo carácter acucioso y de aguda dificultad nos impone prudencia y dejar de lado los arrebatos. Se trata de analizar cuál tiene que ser nuestra actitud ante las consecuencias inmediatas del triunfo de la corriente bukeleana en las próximas elecciones legislativas. La acuciosidad del tema es casi evidente, pues tenemos un gobierno que más parece “un puño de ladrones asaltando en pleno día la sangre de los pobres”, como dice el poema de Oswlado Escobar Velado, que un equipo cooperando para el bien del país. El capo de la pandilla tiene como costumbre insultar a sus adversarios, acusarlos de cualquier delito, por supuesto sin aportar nunca prueba alguna, exigir en cuanto la oportunidad se le presenta más y más dinero. En pocos meses el país se ha endeudado batiendo récords a repetición como un Bubka o un Usain Bolt.


Al proclamar la consigna “devuelvan lo robado” el candidato exhibía una pretendida pulcritud y honestidad sin límites. Los ladrones eran los otros y esos otros temían su espada justiciera cuando llegara al poder. Hasta el momento no se ha visto nada de eso, sino todo lo contrario: negociaciones con las maras, condenas y multas recibidas por abusos en su gestión municipal, nombramiento de familiares, amigotes en los puestos claves de su administración superando también en esto a sus predecesores. La lista de las fechorías y de sospechas de delitos las conocemos todos, no vale la pena enunciar el recuento.


La gran mayoría de los políticos mienten, pero el presidente salvadoreño adolece de una manía de mentir incomparable y no se trata de que mienta como lo hacen los otros, él miente tanto para engañar, es decir adrede, pero también miente como efecto de un desarreglo mental, es decir sin necesidad alguna, porque ese mundo de mentiras es el suyo. Pero esta manía se acompaña con otra de igual tamaño, un embelesamiento de su propia persona, que lo lleva a una autoestima enfermiza y a un engreimiento repleto de soberbia. Es por eso que no consulta con nadie, que exige obediencia y pleitesía, es la razón por la que hizo que los jefes militares en la toma del poder le juramentaran fidelidad y entrega a él y no a la Constitución. Esto no habla muy bien de los que le obedecieron. Pues ya tenemos tantas pruebas que los jefes militares y policiales están dispuestos a seguirlo en sus desmanes dictatoriales, ya lo hicieron el nueve de febrero y en los días anteriores cuando intimidaron a los diputados. Pero aquel día el inquilino de CAPRES nos compartió una noticia completamente delirante, tiene conexión directa con Dios y en esa oportunidad el Supremo lo apaciguó y lo calmó para que su santa furia de presidente desobedecido no fuera más lejos.


El covid-19 sirve para todo


Lo ocurrido recientemente en la Corte de Cuentas, cuando cerraron las oficinas que fiscalizaban los gastos de 500 millones de dólares usados en la pandemia. El pretexto fue el no respeto de las medidas sanitarias con el covid-19. El pretexto es para echarse a reír, pero el hecho en sí es totalmente indignante. Han sido repetidos los rechazos de ministros y del mismo presidente de rendir cuentas ante la Asamblea y ante la nación de los gastos realizados, algunos de ellos claramente sospechosos de corrupción. Este cierre y los motivos alegados es una rotunda tomadora de pelo, pero francamente no se trata solamente de eso, de que nos tomen el pelo y que nos supongan idiotas, sino que de algo aún más grave, la implementación de una dictadura está en marcha con el mayor descaro y a la faz de la nación entera. Hay en las redes sociales un atajo de canallas que se atreven a defender esta perfidia y desfachatez gubernamental. Los llamo canallas pues su fanatismo es extremo y defienden una zancada hacia atrás en nuestra pobre historia de reprobables hechos arbitrarios y criminales. Lo hacen de manera agresiva e inmeditada. Por lo general esta irreflexión es constante en los hinchas del presidente y son ellos los que propician el advenimiento de una nueva dictadura. Creo que en esta amenaza reside la acuciosidad del tema que abordo.


El país corre el peligro de encontrarse con un presidente controlando por entero todos los engranajes del Estado, sin ninguna vigilancia, sin ningún límite, en beneficio propio y de sus allegados. El país ya fue arruinado en este primer año y pico de gobierno, un gobierno sin plan conocido, sin proyectos de construcción de una nueva sociedad que es lo que anhela el pueblo que desalojó a “los mismos de siempre” de su dominio total del Estado. Las dos grandes fuerzas políticas fueron derribadas de sus pedestales y se han resquebrajado. Aunque la derrota no la sufren de la misma manera. Es cierto que la derecha arenera prefiere tener el sartén por el mango, pero el gobierno actual en el fondo no contradice sus opciones liberales y de dominio integral de la sociedad por el gran capital nacional e internacional. Son muchos los exareneros que han pasado a la nueva mayoría política sin muchos cuestionamientos, ni muchos escrúpulos. Es cierto asimismo que algunos exefemelenistas han emigrado hacia Nuevas Ideas y encuentran allí satisfacción a sus ambiciones personales.


Digamoslo sin tapujos en qué consiste la aguda dificultad, pues se trata de cómo podemos evitar que Bukele tenga a partir del 28 de febrero 2021 no sólo el sartén por el mango, sino también las ollas, las cacerolas y el comal entre sus manos y parta y reparta a como mejor le parezca y en beneficio exclusivo de su clica. ¿Cómo evitarlo?


Dictadura o seguir con el proceso democratizador


Aquí nos enfrentamos ante un campo político salvadoreño que ha sido desquiciado por el electorado. Los electores se han hecho cada vez menos presentes en los escrutinios, ha aparecido también una tendencia a anular el voto adrede para protestar, este movimiento de una elección a la otra creció, aunque sigue siendo marginal, pero no obstante ha dado que hablar más que la mera abstención. El desplome de los partidos “tradicionales” y la victoria de GANA (aunque en realidad no es el partido político el vencedor, sino que el candidato) constituyen tal vez el hecho más importante y significativo después de la firma de los Tratados de Paz. El otro hecho de gran importancia y tal vez el mayor es la democratización de nuestra vida política. Este proceso ha ido venciendo décadas de autoritarismo y mañas antidemocráticas, los fraudes y elecciones amañadas han desaparecido, la libertad de expresión se ha venido ejerciendo con dificultad, pero ha entrado en nuestro panorama político y ha permitido y propiciado justamente que el sistema de partidos entre en crisis. Sí bien el Ejército no desapareció por completo de la vida política y social no era el principal actor como lo fue durante décadas. La represión política se volvió más o menos marginal, aunque la vimos reaparecer con Flores y Saca, especialmente contra los ambientalistas. El poder judicial con la Sala de lo Constitucional y algunos tribunales comenzaron a actuar con cierta independencia y sus fallos fueron acatados, a veces a regañadientes. La Asamblea sin llegar a ser un lugar de entera deliberación y proposición, pudo discutir y a veces enmendar las leyes, proponer sus propias leyes y enmiendas. Las luchas sociales, es cierto decayeron, pero esto se debe más a una política de partido que por problemas institucionales. Es decir el proceso democratizador iba dando sus pininos, venciendo obstáculos, frustrando muchas trampas. Este proceso democratizador fue el resultado y la prolongación de la guerra, de una situación política exacerbada, en la que las posiciones eran obligatoriamente irreconciliables y polarmente opuestas.


Esta polaridad no se dio solamente en el campo político, sino que también en lo que ahora se llama sociedad civil. Esta polaridad se volvió detestable para muchos y blanco de ataques. Muchos la culpaban de ser el principal obstáculo para nuestra democratización y creadora de trabas para el buen funcionamiento institucional. En verdad, fue un obstáculo de la democratización, pero no tanto en las contiendas y disputas parlamentarias, pues eso se produce en muchos otros parlamentos sin que nadie se queje, ni eso haga perder el rumbo de la democracia representativa. El terreno en que esa polaridad tuvo nefastas consecuencias es lo que sucedía en la sociedad civil, entre los partidarios de uno o de otro campo, que entraron en una especie de esclerosis mental que se manifiesta en un dogmatismo y fanatismo completamente ciegos y sordos. Dos bandos a la par, pero separados abisalmente por rencores y frustraciones y por una historia de conflictos de toda índole que fueron perdiendo lo ideológico, para ahondarse en un pantano de emociones y pulsiones incontrolables. Debo señalar aquí que el proceso democratizador no se acompañó en lo económico y social por grandes avances, la situación que nos llevó a la guerra en estos dos respectos, el económico y el social, sigue sin mayores mutaciones, mejor dicho continúa estancada.


La democracia representativa no es una panacea universal, la vemos fallar en muchos lugares reputados “muy democráticos”. No obstante nosotros los salvadoreños no podemos pretender superar esta democracia con sistemas más avanzados (aunque percibamos su urgencia y necesidad), si apenas estamos aprendiendo a manejarnos con este sistema representativo, sin que aún hayamos gozado plenamente sus frutos. Digo esto porque en las próximas elecciones legislativas vamos a tener que optar entre continuar este proceso democratizador o simplemente entrar de nuevo en un ciclo de dictaduras.


Nadie en su sano juicio


Esta alternativa encierra cierto dramatismo, pues hace surgir tensiones sociales inexplicables, ya que a primera vista nadie en su sano juicio puede optar por volver al círculo infernal de las dictaduras. Sin embargo lo que está planteado en la escena nacional es justamente eso. Si Nuevas Ideas logra un triunfo arrasador, el presidente Bukele podrá ejercer el poder de manera aún más despótica y de manera aún más autártica de lo que ha venido haciéndolo desde su entronización como mandatario. Nuestro drama es que los que lo eligieron estaban hondamente convencidos de que con el nuevo presidente íbamos a tener un sistema democrático horizontal, de que el verticalismo autócrata reinante en el país, desde las empresas hasta la totalidad del Estado, iba a desaparecer, de que el nuevo partido iba a ser un modelo de democracia. La realidad es otra, hay una sola persona que manda en todo de manera inconsulta y nombra y despide con la misma facilidad y holgura con que se cambia los calcetines. Y sobre todo que no acepta críticas y ha llegado a atacar frontalmente a los periodistas y a otras personas que han expresado posiciones inconformes con su desgobierno. Estos ataques han puesto en peligro la libertad de expresión y de la prensa de tal suerte que organismos internacionales han manifestado su preocupación y de la misma manera la actitud del presidente respecto a los órganos del Estado legislativo y judicial ha sido de enfrentamiento y de desacato. En esto también internacionalmente hemos leído y oído críticas, protestas y advertencias. El presidente hace caso omiso de todo esto, como si le importara un comino perder prestigio y apoyo internacionalmente.


¿Qué opciones nos quedan?


¿Qué podemos hacer de aquí hasta el día de las elecciones? ¿Se puede crear un nuevo partido? ¿Que opciones tenemos? La primera pregunta no tiene una respuesta realmente muy difícil, los que estamos conscientes del peligro existente no nos queda otra cosa que alertar a la población, seguir denunciando los desmanes y las prácticas dictatoriales que se vienen introduciendo en el país. Seguir atentos y ser críticos ante la ausencia de planes de gobierno, de proyectos de acciones sociales y económicos en beneficio del país y de las clases más necesitadas. El cierre de las actividades económicas por el covid-19 han producido mayor desempleo y ahondado la pobreza endémica en nuestro país. Esto no se combate con paquetes alimenticios, ni regalitos preelectorales, sino que con medidas que cambien las estructuras que dan origen a estos males. Lograr esto es parte de una lucha que tiene que ser permanente. Se trata pues de una actividad que se mantiene y que debe profundizarse.


Respecto a la creación de un nuevo partido que pueda tener incidencia en las próximas elecciones es más que utópico, incluso legalmente ya es demasiado tarde. Los partidos (de izquierda) afuera del FMLN son por el momento muy marginales, algunos incluso desconocidos de la mayoría de salvadoreños. Y con esto estoy respondiendo a la pregunta “¿Qué opciones tenemos?”.


Los dirigentes (la famosa “cúpula”) del FMLN, ni el partido en general fueron capaces de realizar un análisis de sus propias actividades políticas y gubernamentales, que explicaran su descalabro electoral, su derrota política. Después de la derrota prometieron este análisis y no cumplieron con la promesa, hay algunas declaraciones que señalan tal o tal punto en particular, pero que no abarca toda la estrategia que fracasó o la ausencia de estrategia socio-política que los llevara a ser los actores del deseado cambio en el país. Las renuncias de algunos cupuleros no es un cambio estructural, ni tampoco las elecciones internas por muy “limpias” o “democráticas” que pudieron ser. Estas elecciones se organizaron de manera precipitada, se llevaron a cabo sin que el análisis de la derrota tuviera lugar en ninguna parte. Tuvimos candidaturas proclamadas individualmente, sin que estos candidatos presentaran ni un esbozo de la autocrítica necesaria y urgente, sin que presentaran las propuestas de programas, se realizaron siguiendo los modelos de los partidos burgueses. Lo que significa que no aprovecharon la lección que les dio la historia y sus propios electores, simplemente no escarmentaron.


Hay algunos temas que tal vez haya que abordarlos respecto a los diputados y jefes del partido, pero que se refieren a rumores, a suposiciones, sospechas y prejuicios, como que todos son ladrones, pero esto no se ha probado. El cambio en su nivel de vida es evidente, pero esto no es obligatoriamente resultado de un robo, sino que la gran mayoría de los diputados del FMLN no eran ricos, sino que gente pobre. Los salarios y los beneficios materiales del mismo hecho de ser diputados, les ha permitido llevar un ritmo de vida muy alejado al de antes y del que llevan sus electores. Los diputados del Partido Comunista Chileno le entregan al partido lo que perciben y este les devuelve el equivalente de un salario medio, lo mismo pasa en el Partido Comunista Francés, portugués y otros. Esto lo pudieron implantar en el FMLN. Lo que devengaban y las prebendas les ha permitido a algunos acumular ahorros substanciales. Pero este tema tal vez valga la pena abordarlo, pero es necesario dejar de lado todo lo que no se ha probado y es fruto de la imaginación y en algunos casos simplemente calumnias. Lo que interesa aquí es lo político y lo que se puede con toda seguridad aseverar de los dirigentes del FMLN. Hay una excepción y es el grupo que dirigió y dirige ALBA-Petróleos, cuya gestión ha sido oscura y el hecho comprobado de la existencia de cuentas ocultas en Panamá, lo que constituye un delito de evasión fiscal y de exportación ilícita de capitales: Merino y sus aliados son un caso aparte, aunque tal vez esto haya comprometido a otros más. Están presentes también algunas acusaciones periodísticas de El Faro.


Vuelvo al tema: estamos ante una seria amenaza de la reintroducción de un régimen dictatorial y estamos en búsqueda de un medio de cómo evitarlo. Las opciones que tenemos no son muchas, en realidad es una sola y esta no es óptima. Lo que voy a proponer está sujeto a discusión, a intercambios y a cuestionamientos. Muchos de los bemoles los tenemos todos presentes. Es a pesar de ellos que propongo una especie de “voto útil” o un voto que nos salve de la dictadura. Es por eso que propongo votar por los candidatos del FMLN, aunque en algunos casos también se pueda votar por otros candidatos independientes o no.


Pero este voto no se puede dar a ciegas, tiene que ser un voto meditado, no se trata de un voto sin consecuencias, es necesario que el voto se acompañe de una nueva actitud de parte de los votantes. No se puede seguir votando por “representantes”, sino que por delegados con misiones particulares y precisas. No se puede concebir el voto como un visto bueno, como un vale, en esto con toda la experiencia que a pesar de todo se ha acumulado, debemos saber que el voto es un acto puntual, que para que sea eficaz tiene que ser seguido de un control de las actividades parlamentarias de los diputados electos y exigirles que rindan cuenta de su actividad ante los electores. Esta es mi primera colaboración y espero que se entable un diálogo al respecto.





 

17 septiembre 2020

Tener presente el punto de mira

 

En nuestras reflexiones solemos olvidar cosas esenciales, perdemos de vista nuestro punto de mira, a lo que le apuntamos. Durante décadas partidos políticos y movimientos se plantearon como su principal meta política la toma del poder. Esta toma del poder fue considerada como el resultado de batallas de una guerra llevada a cabo por una vanguardia revolucionaria contra la clase dominante y su aparato estatal. Parecía lógico que se trataba de una etapa inevitable, imprescindible en el proceso revolucionario, sin el poder era vano proponerse las reformas estructurales necesarias. Más adelante me voy a referir a las formas y contenidos de esta guerra por el poder. Por el momento deseo llevar adelante una reflexión sobre esta cuestión de la toma del poder como objetivo principal.


Esta toma del poder implica inevitablemente conservar el Estado, aunque sea reformado y cambiando la dirección de la fuerza represiva hacia las clases dominantes y ya no contra los trabajadores que se suponen están en el poder. No obstante si nos detenemos un instante en la historia del siglo XX observamos que el “socialismo real” dejó de lado por completo un momento crucial pensado por Marx, se trata de la desaparición misma del Estado en sus funciones de aparato represivo. Al contrario los partidos que llegaron al poder volvieron su objetivo inicial de llegar al poder en otro semejante, mantenerse en el poder y para ello conservaron intactas o perfeccionaron las estructuras policiales de represión. Marx planteaba en la fase de transición hacia el comunismo la dictadura del proletariado que iba dirigida primordialmente contra la burguesía y sus aliados. La realidad fue otra, los Estados del “socialismo real” se volvieron represivos contra sus propios ciudadanos y algunos merecieron el título de Estados policiales.


Dos opciones


No obstante estamos ya en otros tiempos, no solo han quedado atrás las experiencias de otros países, sino que también nuestra larga historia de luchas con algunos logros y rotundas derrotas. Se debe de aprender de ambas. Nos estamos acercando poco a poco a cumplir un siglo de la insurrección de 1932, a medida que ha ido pasando el tiempo se ha ido calificando diferentemente este suceso. Se ha llegado a negar el carácter social y clasista reduciéndolo a una pelea étnica. Todo el contexto de la crisis general del capitalismo que se inició en 1928 y sus repercusiones en nuestro país desaparecen. Urgimos nuevos análisis y reconstruir nuestra historia de luchas, de lo contrario nos será imposible entender ciertos procesos históricos que se mantienen durando largos períodos. Por supuesto aquí no puedo entrar a analizar al por menudo nuestra historia, ni tengo realmente la debida competencia.


En las últimas tres décadas del siglo pasado hubo un viraje y una aceleración en nuestra historia. Después de un largo período de recuperación y de tanteos, discusiones teóricas supervisadas por extranjeros, por especialistas y consejeros de la URSS y del PCUS, sobre los objetivos inmediatos y a medio plazo y por consiguiente las formas de estas luchas. Hubo dos grandes objetivos, uno de ellos que durante muchos años predominó fue lograr una participación política pública y legal, en otras palabras llegar a una “democratización” de la sociedad salvadoreña. Hay que tener en mente que la actividad política y sindical estaban simplemente prohibidas y que se ejercía una represión brutal y constante. Esto limitaba enormemente alcanzar una influencia de las ideas de transformación social y revolucionarias dentro de la sociedad. Incluso era casi imposible obtener esto al interior de las organizaciones, pues las escuelas clandestinas para preparar los cuadros del partido y de los sindicatos no poseían los medios necesarios en documentos didácticos y libros de estudio. Tener en sus manos en los años cincuenta el manual de Politzer, “Principios elementales de filosofía” ya era extraordinario, algunos lo tuvieron en sus manos durante algunos cortos días y su lectura era apresurada y muy fervorosa. De esa manera poco se podía avanzar en la edificación de un partido de vanguardia sólidamente preparado para enfrentar las batallas ideológicas. Los grupos que abogaban por este objetivo pensaron siempre que la libertad de pensamiento y de expresión, de reunión iban a producir sus efectos de manera fulgurante. Por supuesto que se trataba de una de las primeras etapas y metas que alcanzar. Luego seguirían otras que iban a profundizar los cambios estructurales.


Para dar un ejemplo concreto dentro de nuestra historia, se trata de tres cortos meses de gran efervescencia ciudadana, los tres meses que duró la Junta de Gobierno (26 de octubre de 1960 a 21 de enero de 1961). Durante estos tres meses la gente se pudo reunir, crear sindicatos, nuevos partidos o tener actividad pública y sin estorbos. El Partido Revolucionario Abril y Mayo (PRAM), fachada abierta del PCS, tuvo un crecimiento fulgurante, se realizaban mítines, reuniones y marchas públicas en las principales ciudades del país. Circularon libremente libros que hasta entonces eran totalmente prohibidos de hecho, las famosas ideas “subversivas” pudieron ser más o menos expuestas en las “escuelas” del PRAM. Este partido abrió locales en muchos lugares del país, la gente acudía para informarse, para recoger volantes y distribuirlos entre los vecinos, etc. No obstante esto duró apenas tres meses y este partido entró en la clandestinidad nuevamente y todo el panorama cambió.


El triunfo de la revolución cubana vino a darle un riendazo acelerador a la otra posición, cuyo objetivo era también llegar al poder pero sirviéndose de las armas, lo que se nombró “la vía armada” en contraposición con la anterior que se le llamó “la vía pacífica”. En realidad, el golpe de Estado que derrocó a la Junta de Gobierno en alguna medida desacreditó la primera opción y puso de manera acuciante la segunda posición sobre el tapete.


Hubo en toda América Latina movimientos guerrilleros, alzamientos de civiles en armas. La mayoría fueron derrotados en los combates iniciales. En El Salvador tardó en imponerse esta visión y la anterior nunca desapareció del todo, incluso tenía una posición muy ambigua, pues no negaba la necesidad en algún momento de recurrir a las armas en las etapas finales, etc. Hubo cisma en el Partido Comunista y además de las FPL que fundó el exsecretario general del PC, Salvador Cayetano Carpio, surgieron otras organizaciones guerrilleras. El PCS se incorporó con cierto retraso pero sin renunciar por completo a su visión electoralista y a veces complotista (participación en golpes de Estado).


Ambas posiciones tenían como principal objetivo la toma del poder. No se trata en absoluto de nada particular en nuestro caso, pues la mayoría de movimientos y partidos políticos siempre se han propuesto este desafío. Pero son muy pocos los que al mismo tiempo desarrollaron una reflexión profunda sobre el Estado. El partido bolchevique si lo hizo, la social-democracia alemana de inicios del siglo XX también. El resto no se plantearon nunca este problema que por supuesto incluye pensar la desaparición del Estado. Pues el objetivo revolucionario realmente no era la simple toma del poder, sino que la transformación de la sociedad de clases en una sin clases, pasar al comunismo.


Dentro del campo político con nuestra política


Algunos estarán pensando que en política todos los partidos tienen que plantearse la toma del poder, que este objetivo es la misma esencia de la actividad política. Esto suena exacto, verdadero, no obstante cuando discurrimos no podemos hablar de política en general, sino que nuestra participación siempre se produce dentro de un cuadro determinado social e histórico. ¿Un partido revolucionario puede adoptar sin más, sin interrogaciones, los métodos y maneras que impone el campo político impuesto por la clase dominante? En ese caso se podría sin mayores cuestionamientos éticos aplicar el cinismo y la perfidia recomendada por Nicolás Machiavelo al Príncipe para apoderarse del poder y mantenerse en él. El partido revolucionario no puede por principio comportarse como cualquier otro partido, sus objetivos le imponen conductas diferentes, no se trata de “enamorar” a un electorado como dijera hace algunos años un dirigente del FMLN, sino que de convencer de lo bien fundado de la necesidad de cambiar de sociedad. Se trata de persuadir a la gente que el capitalismo es incapaz de resolver los problemas individuales y colectivos de los miembros de la sociedad. Esto impone que los miembros del partido revolucionario no sólo estén convencidos de la justeza de este planteamiento, sino que asimismo sean capaces de convencer, de persuadir a otros. En esto vemos que el resto de partidos que luchan por el poder no pueden complicarse la vida con semejantes precauciones, ellos no se plantean transformar ni el Estado, mucho menos el funcionamiento clasista de la sociedad. Esto significa que el tiempo político del resto de partidos está enmarcado por el ritmo electoral, por la vida institucional que le impone reglas y lógicas muy precisas.


El pensamiento revolucionario no se guía exclusivamente por consideraciones tácticas, aun menos por lógicas electoreras, lo fundamental para este tipo de partido son los planteamientos estratégicos, no se piensa viendo el horizonte de las próximas elecciones, sino que se piensa en el largo plazo. Por supuesto que el partido revolucionario no existe fuera de la sociedad, ni fuera del tiempo corriente. Es precisamente una de las mayores dificultades en la política revolucionaria, saber combinar las posiciones coyunturales con la mira final de transformación social.


Es cierto que el análisis de las cuestiones sociales, económicas y políticas imponen una exterioridad, mirar a la sociedad globalmente, abarcando todos los problemas sociales y societales, aportar proposiciones concretas del momento que contengan ya las respuestas a los problemas en su integralidad.


No puede desatender la vida cotidiana


El partido revolucionario no puede desatender la vida cotidiana de la gente y esta vida concreta contiene también su desenvolvimiento dentro de las coyunturas políticas, económicas y sociales. Las coyunturas son cambiantes, fluctuantes, oscilantes, en ellas se pone en juego los problemas del momento, las correlaciones de fuerzas someten a prueba cada vez las posiciones de principio y las del momento que a veces a simple vista pueden parecer entrar en contradicción. El asunto se puede resumir en que las coyunturas le sirven al partido revolucionario para acumular experiencias y al mismo tiempo medir sus fuerzas, su influencia en la sociedad.


Es evidente que la cuestión de la toma del poder es central y hay que pasar por ella, aunque hasta ahora la reflexión gira en torno del sujeto de esta tarea. Se piensa siempre en la vanguardia, en el partido de la vanguardia. De por sí este término es militar con todos sus sentidos y todas sus connotaciones. Se trata de un destacamento, de un grupo que encabeza y que dirige al resto. ¿Quién es el resto? Al responder a esta pregunta nos damos cuenta que a la clase proletaria, la verdaderamente revolucionaria, se le adjudica un papel secundario, de segundo orden. El sujeto histórico se vuelve en una clase incapaz de asumir por si misma su emancipación y aún menos conducir las tareas transformacionales de la sociedad. El papel fundamental en el proceso lo desempeña el partido, siempre se ha pensado en que es él el dirigente, el que educa, el que planifica, el que analiza, el que está por encima del “resto”. De alguna manera el famoso “intelectual colectivo” que elabora las tácticas y la estrategia, cuyo papel es educar a la clase asalariada. Este intelectual no es el de Gramsci, no es el que plantea el italiano, sino que el que usurpa las capacidades de todos los intelectuales orgánicos de la sociedad. Este término se puso de moda, me refiero a “intelectual”, en nuestra lengua y en su uso se confundió con las personas que producían alguna obra de arte, con escritores, con poetas, con ensayistas, con pensadores, con filósofos, con periodistas, etc. Otra figura que estuvo de moda fue la de “intelectual comprometido” que se acuñó después de la Segunda Guerra Mundial y en torno a figuras como Jean-Paul Sartre, poco a poco el término abarcó a todas las personas que ejercen un oficio en el que es necesario aplicar lo aprendido en estudios especializados, como los ingenieros, los médicos, físicos, biólogos, etc. Con esta última extensión surgió su opuesto, “el trabajador manual”.


Al “trabajador manual” se le reconoce que también piensa, que en su práctica despliega cierto pensamiento y cierto conocimiento, cierta habilidad. No obstante se sobrentiende que para elevarse más allá de la simple práctica laboral urge la asistencia de los intelectuales o del partido y sus dirigentes. Espero que no se entienda que estoy produciendo un discurso anti-intelectual y que me estoy sumergiendo en las empantanadas aguas del obrerismo. La realidad de hoy ciertamente nos ofrece esa división sociológica, en la que existen los intelectuales y los trabajadores manuales, los técnicos y los ejecutantes. Muchos partidos que se supusieron revolucionarios simplemente reprodujeron en su seno este mismo esquema de la sociedad capitalista, los que dirigen y los que ejecutan, los que producen ideas y los que las pueden asimilar. Este esquema sostiene el funcionamiento vertical de la inmensa mayoría de partidos y organizaciones populares y también el sistema autocrático de la reproducción de las direcciones de los partidos.


El partido no suplanta a la clase


Tanto en la fase de conquista del poder, como en la fase de inicio de la transformación de la sociedad no se puede, no se debe suplantar a la clase por el partido. Por supuesto que el papel del partido se vuelve mucho más complicado, pues su funcionamiento tiene que dejar de ser vertical, no puede seguir rigiéndose por las viejas y obsoletas estructuras que reproducían los esquemas y funcionamiento de la sociedad de clases, en donde existe una pirámide con su cima y su base. En el mito de la democracia partidaria, con ese pretendido centralismo democrático, en el que se suponía que la información subía de la base hacia la cúspide, hacia la dirección y que esa “materia bruta” era tratada, estudiada y elaborada por las instancias dirigentes para luego bajar a la base. La realidad presentó otra cara. La dirección decidía de todo y elaboraba todo, incluso la recolecta de la información. La base recibía pasivamente lo que le proponían como programa del partido, como táctica del momento y la estrategia era algo muy oscuro que algunos llegaron a pensar que consistía en la adición de las diferentes tácticas. Cambiar este funcionamiento no es una tarea fácil, pues hay que inventarlo todo, desde las estructuras nuevas hasta el papel de cada miembro del partido. Y sobre todo qué relación con la sociedad, con la clase trabajadora y su papel respecto a ésta.


De la misma manera que el partido se pone frente a la sociedad, sin dejar de estar dentro de ella, el partido también se ubica afuera y dentro de la clase trabajadora, el partido es parte de la clase, que sin erigirse en guía, debe de tener la capacidad de sintetizar el pensar y el sentir de los trabajadores. La actividad primordial del partido es llevar a cada trabajador a tomar consciencia de su condición de explotado, de entenderla sabiendo a ciencia cierta en que consiste. Esta consciencia también consiste en entender que es miembro de una clase, de la clase que puede y debe asumir la tarea de emancipar a toda la sociedad. Pero como la vida misma nos pone individualmente, uno a uno, frente a la clase dominante, el partido asume la tarea de organizar las luchas comunes de la clase trabajadora. Pero siempre sin perder el punto de mira: superar la sociedad de clases y desarrollar la sociedad futura.

21 febrero 2020

9 de febrero de 2020

Desde hace unas semanas tengo deseos de reanudar mis diálogos con mis lectores. No lo hago ahora por lo ocurrido el nueve de febrero. Mucho se ha dicho desde el punto de vista jurídico de esta tentativa de golpe de Estado. Pero analizar este putsch desde el punto de vista político la cosa se vuelve más complicada, pues aún no son muy visibles las consecuencias dentro de la sociedad salvadoreña. Es cierto que el rechazo ha sido fuerte abarcando instituciones sociales y económicas, asociaciones de toda índole y representativas del conjunto de la sociedad y tal vez solo los miembros del núcleo más fanatizado de sus seguidores han aplaudido; las consecuencias internacionales sí son más patentes, el presidente más cool ha dejado de serlo, no hay institución internacional que no haya reprobado, la gran mayoría de gobiernos emitieron protestas y manifestaron su indignación y su preocupación.

Tal vez lo más visible sea que la imagen presidencial ha quedado muy desteñida. Para el personaje que se ha esmerado en primer lugar de crearse un semblante de víctima, de alguien acosado por los cuatro costados, que no pasa un día sin que contraataque (el tono que adopta en sus ataques es siempre de queja, como respondiendo a un ataque). Llegar a la Asamblea en son de guerra, usurpar el sillón de la presidencia legislativa haciéndose acompañar por un fuerte contingente del ejército y gran cantidad de policías, lo pone como un agresor, un transgresor y un hombre violento. Muy lejos queda su victimización y las plañideras posturas. Sinceramente creo que no va a tardar en retomar su acostumbrada postura de víctima. Otro punto que salta a la vista es que sus consejeros políticos y jurídicos son incompetentes. Pues ha quedado manifiesto el rompimiento del orden constitucional y su rebelión y rebeldía aunque frustradas no dejan de ser patentes. La Sala de lo Constitucional no ha dado todavía un fallo, pero las medidas cautelares nos dan más que indicios hacia donde apuntan los magistrados.

Su oración-plática con Dios ha dejado a muchos simplemente perplejos además de indignar a la mayoría. Ignoro si esta dramática escena la tenía ya preparada o si fue una improvisación de último minuto. En todo caso su confesión —ante las cinco mil personas que acudieron a su llamado— que acababa de oír a Dios aconsejarle tener paciencia, linda con o es una dolencia psíquica. Con esto se llegó a un doble paroxismo, invocar al cielo como último argumento para dictar un ultimato a la Asamblea y recibir en respuesta una rotunda negación de sus seguidores que pugnaban enaltecidos y exaltados por acabar con todo inmediatamente. Esto no sé por qué me evoca el verso del “Payador Perseguido” de Atahualpa Yupanqui: “Dios por aquí no pasó”.

Me he referido a la inepcia de sus consejeros, existe la posibilidad de que no aconsejen, sino que busquen las justificaciones a lo ya decidido por el presidente. Los que me leen en Facebook saben que suelo comparar a Bukele con el Duce Mussolini, por sus gestos, su significativa comicidad, sus desplantes y ese populismo peligroso que tiende al fascismo. Su persona hay que identificarla al pueblo y el pueblo tiene que identificarse con el caudillo. En la toma de poder, durante su discurso, los concurrentes siguiendo su dictado le juraron fidelidad al duce Bukele. Desde el comienzo de su mandato sus órdenes son personales y directas (por tuits) y los ministros responden “a sus órdenes”. Los ministros e incluso los militares del cuartel de San Miguel obedecieron sin que les llegara una notificación por la vía oficial. Desde su toma de poder se mantiene en una permanente actividad contra los partidos políticos y especialmente contra el FMLN. Para combatir a los mismos de siempre y su supuesto nepotismo mandó despedir a empleados de segundo orden; mientras instalaba en su gobierno y agencias del Estado a su parentela y cherada. Ha recortado las prestaciones sociales, cerrado Secretarias del gobierno, etc. Esto era aplaudido por muchos, les parecía que esta purga era necesaria para purificar al país. Su popularidad se mantenía intacta o incluso quizás aumentaba. Por lo menos era lo que mostraban las encuestas que se difundían. Hasta una encuesta de la UCA que no resultó tan ventajosa, aunque sí mostraba un apoyo mayoritario al presidente en particular y a su gobierno.

La pregunta que surge ahora es ¿Qué necesidad tenía Bukele de intentar el golpe de Estado contra la Asamblea? No era por el préstamo, no. Son muchos los millones que ya recibió (mil doscientos millones en menos de seis meses), en el presupuesto de la nación tiene más de 700 millones que aún no han sido utilizados. Me parece imposible que haya atentado contra el orden constitucional simplemente por complacer a su amigo israelí Yaniv Zangilievitch. Me cuesta creerlo.

No obstante uno no puede dejar de lado incluso esta posibilidad, pues esta amistad se mezcla con negocios y contratos millonarios y viajes y tal vez cuentas secretas en paraísos fiscales, las amistades fuertes se nutren de correspondencias.

Sin dejar de lado esta posibilidad hay que atender con seriedad lo que algunos analistas han sugerido permaneciendo en el estricto terreno de lo político y de las metas políticas. ¿De qué se trata? De un intento precipitado de acaparar de una vez por todas el aparato estatal, integralmente, para esto la disolución de la Asamblea era necesaria, pues luego se convocaría a una Constituyente para que redactara una nueva Constitución a su medida.

Se trata de una ambición totalitaria, llevando al extremo el carácter despótico del estado salvadoreño. Los comentaristas observan que desde el principio el presidente ha mostrado una inclinación hacia la militarización de la sociedad, aportándole a las fuerzas armadas mayor presupuesto y confiándole misiones extra-constitucionales. El presidente ha mostrado el impetuoso deseo de dominarlo todo, una tendencia a no aceptar críticas, ni comentarios desfavorables. Exige una prensa sumisa, ha creado también toda una red de sitios productores de falsas noticias y sobre todo distribuye la publicidad o la retira según el criterio de aceptación o rechazo de su política. Algunos señalan que ha empezado a utilizar los servicios de inteligencia del estado para vigilar a sus oponentes o sospechosos políticos. Se trata de instalar un régimen totalitario con tintes fascistas. Las condiciones para ello es el caudillismo exacerbado, que se viene señalando desde algún tiempo, el caudillo encarna las aspiraciones del pueblo, sus deseos son los ansias populares, sus amigos son los amigos del pueblo y sus enemigos son los enemigos del pueblo. Por muy primitivo que esto parezca, pero se ha venido plasmando en sus propios discursos, como en los comentarios de sus partidarios y del ejército de troles que se comportan como verdaderos acosadores en las redes sociales. Estos troles son realmente las camisas pardas virtuales del presidente.

Estamos frente a ese peligro que no se puede desdeñar o minimizar. Y la tentativa del golpe asumiendo el papel de rebelde contra el orden constitucional, alzado en armas, llevando al ejército a asumir funciones contrarias a las que le han sido asignadas en la Constitución volviéndolo en infractor de este bien jurídico de la nación. El peligro persiste, lo muestra su discurso incluso estas semanas posteriores, en el que persiste en su derecho a ponerse por encima de la Constitución y desacreditando a los dos poderes la Asamblea y la Sala de lo Constitucional. Si la Fiscalía se muestra condescendiente o timorata y en gran negligencia no emprende la persecución del delito cometido, podemos asistir a una recidiva criminal e inaugurando un régimen personal de corte fascista.