Esta
vez voy a abordar un tema cuyo carácter acucioso y de aguda
dificultad nos impone prudencia y dejar de lado los arrebatos. Se
trata de analizar cuál tiene que ser nuestra actitud ante las
consecuencias inmediatas del triunfo de la corriente bukeleana en las
próximas elecciones legislativas. La acuciosidad del tema es casi
evidente, pues tenemos un gobierno que más parece “un
puño de ladrones
asaltando en pleno día la sangre de los pobres”, como dice el
poema de Oswlado Escobar Velado, que un equipo cooperando para el
bien del país. El capo de la pandilla tiene como costumbre insultar
a sus adversarios, acusarlos de cualquier delito, por supuesto sin
aportar nunca prueba alguna, exigir en cuanto la oportunidad se le
presenta más y más dinero. En pocos meses el país se ha endeudado
batiendo récords a repetición como un Bubka o un Usain Bolt.
Al
proclamar la consigna “devuelvan lo robado” el candidato exhibía
una pretendida pulcritud y honestidad sin límites. Los ladrones eran
los otros y esos otros temían su espada justiciera cuando llegara al
poder. Hasta el momento no se ha visto nada de eso, sino todo lo
contrario: negociaciones con las maras, condenas y multas recibidas
por abusos en su gestión municipal, nombramiento de familiares,
amigotes en los puestos claves de su administración superando
también en esto a sus predecesores. La lista de las fechorías y de
sospechas de delitos las conocemos todos, no vale la pena enunciar el
recuento.
La
gran mayoría de los políticos mienten, pero el presidente
salvadoreño adolece de una manía de mentir incomparable y no se
trata de que mienta como lo hacen los otros, él miente tanto para
engañar, es decir adrede, pero también miente como efecto de un
desarreglo mental, es decir sin necesidad alguna, porque ese mundo de
mentiras es el suyo. Pero esta manía se acompaña con otra de igual
tamaño, un embelesamiento de su propia persona, que lo lleva a una
autoestima enfermiza y a un engreimiento repleto de soberbia. Es por
eso que no consulta con nadie, que exige obediencia y pleitesía, es
la razón por la que hizo que los jefes militares en la toma del
poder le juramentaran fidelidad y entrega a él y no a la
Constitución. Esto no habla muy bien de los que le obedecieron. Pues
ya tenemos tantas pruebas que los jefes militares y policiales están
dispuestos a seguirlo en sus desmanes dictatoriales, ya lo hicieron
el nueve de febrero y en los días anteriores cuando intimidaron a
los diputados. Pero aquel día el inquilino de CAPRES nos compartió
una noticia completamente delirante, tiene conexión directa con Dios
y en esa oportunidad el Supremo lo apaciguó y lo calmó para que su
santa furia de presidente desobedecido no fuera más lejos.
El
covid-19 sirve para todo
Lo
ocurrido recientemente en la Corte de Cuentas, cuando cerraron las
oficinas que fiscalizaban los gastos de 500
millones de dólares usados en la pandemia. El pretexto fue el no
respeto de las medidas sanitarias con el covid-19. El pretexto es
para echarse a reír, pero el hecho en sí es totalmente indignante.
Han sido repetidos los rechazos de ministros y del mismo presidente
de rendir cuentas ante la Asamblea y ante la nación de los gastos
realizados, algunos de ellos claramente sospechosos de corrupción.
Este cierre y los motivos alegados es una rotunda tomadora de pelo,
pero francamente no se trata solamente de eso, de que nos tomen el
pelo y que nos supongan idiotas, sino que de algo aún más grave, la
implementación de una dictadura está en marcha con el mayor descaro
y a la faz de la nación entera. Hay en las redes sociales un atajo
de canallas que se atreven a defender esta perfidia y desfachatez
gubernamental. Los llamo canallas pues su fanatismo es extremo y
defienden una zancada hacia atrás en nuestra pobre historia de
reprobables hechos arbitrarios y criminales. Lo hacen de manera
agresiva e inmeditada. Por lo general esta irreflexión es constante
en los hinchas del presidente y son ellos los que propician el
advenimiento de una nueva dictadura. Creo que en esta amenaza reside
la acuciosidad del tema que abordo.
El
país corre el peligro de encontrarse con un presidente controlando
por entero todos los engranajes del Estado, sin ninguna vigilancia,
sin ningún límite, en beneficio propio y de sus allegados. El país
ya fue arruinado en este primer año y pico de gobierno, un gobierno
sin plan conocido, sin proyectos de construcción de una nueva
sociedad que es lo que anhela el pueblo que desalojó a “los mismos
de siempre” de su dominio total del Estado. Las dos grandes fuerzas
políticas fueron derribadas de sus pedestales y se han
resquebrajado. Aunque la derrota no la sufren de la misma manera. Es
cierto que la derecha arenera prefiere tener el sartén por el mango,
pero el gobierno actual en el fondo no contradice sus opciones
liberales y de dominio integral de la sociedad por el gran capital
nacional e internacional. Son muchos los exareneros que han pasado a
la nueva mayoría política sin muchos cuestionamientos, ni muchos
escrúpulos. Es cierto asimismo que algunos exefemelenistas han
emigrado hacia Nuevas Ideas y encuentran allí satisfacción a sus
ambiciones personales.
Digamoslo
sin tapujos en qué consiste la aguda dificultad, pues se trata de
cómo podemos evitar que Bukele tenga a partir del 28 de febrero 2021
no sólo el sartén por el mango, sino también las ollas, las
cacerolas y el comal entre sus manos y parta y reparta a como mejor
le parezca y en beneficio exclusivo de su clica. ¿Cómo evitarlo?
Dictadura
o seguir con el proceso democratizador
Aquí
nos enfrentamos ante un campo político salvadoreño que ha sido
desquiciado por el electorado. Los electores se han hecho cada vez
menos presentes en los escrutinios, ha aparecido también una
tendencia a anular el voto adrede para protestar, este movimiento de
una elección a la otra creció, aunque sigue siendo marginal, pero
no obstante ha dado que hablar más que la mera abstención. El
desplome de los partidos “tradicionales” y la victoria de GANA
(aunque en realidad no es el partido político el vencedor, sino que
el candidato) constituyen tal vez el hecho más importante y
significativo después de la firma de los Tratados de Paz. El otro
hecho de gran importancia y tal vez el mayor es la democratización
de nuestra vida política. Este proceso ha ido venciendo décadas de
autoritarismo y mañas antidemocráticas, los fraudes y elecciones
amañadas han desaparecido, la libertad de expresión se ha venido
ejerciendo con dificultad, pero ha entrado en nuestro panorama
político y ha permitido y propiciado justamente que el sistema de
partidos entre en crisis. Sí bien el Ejército no desapareció por
completo de la vida política y social no era el principal actor como
lo fue durante décadas. La represión política se volvió más o
menos marginal, aunque la vimos reaparecer con Flores y Saca,
especialmente contra los ambientalistas. El poder judicial con la
Sala de lo Constitucional y algunos tribunales comenzaron a actuar
con cierta independencia y sus fallos fueron acatados, a veces a
regañadientes. La Asamblea sin llegar a ser un lugar de entera
deliberación y proposición, pudo discutir y a veces enmendar las
leyes, proponer sus propias leyes y enmiendas. Las luchas sociales,
es cierto decayeron, pero esto se debe más a una política de
partido que por problemas institucionales. Es decir el proceso
democratizador iba dando sus pininos, venciendo obstáculos,
frustrando muchas trampas. Este proceso democratizador fue el
resultado y la prolongación de la guerra, de una situación política
exacerbada, en la que las posiciones eran obligatoriamente
irreconciliables y polarmente opuestas.
Esta
polaridad no se dio solamente en el campo político, sino que también
en lo que ahora se llama sociedad civil. Esta polaridad se volvió
detestable para muchos y blanco de ataques. Muchos la culpaban de ser
el principal obstáculo para nuestra democratización y creadora de
trabas para el buen funcionamiento institucional. En verdad, fue un
obstáculo de la democratización, pero no tanto en las contiendas y
disputas parlamentarias, pues eso se produce en muchos otros
parlamentos sin que nadie se queje, ni eso haga perder el rumbo de la
democracia representativa. El terreno en que esa polaridad tuvo
nefastas consecuencias es lo que sucedía en la sociedad civil, entre
los partidarios de uno o de otro campo, que entraron en una especie
de esclerosis mental que se manifiesta en un dogmatismo y fanatismo
completamente ciegos y sordos. Dos bandos a la par, pero separados
abisalmente por rencores y frustraciones y por una historia de
conflictos de toda índole que fueron perdiendo lo ideológico, para
ahondarse en un pantano de emociones y pulsiones incontrolables. Debo
señalar aquí que el proceso democratizador no se acompañó en lo
económico y social por grandes avances, la situación que nos llevó
a la guerra en estos dos respectos, el económico y el social, sigue
sin mayores mutaciones, mejor dicho continúa estancada.
La
democracia representativa no es una panacea universal, la vemos
fallar en muchos lugares reputados “muy democráticos”. No
obstante nosotros los salvadoreños no podemos pretender superar esta
democracia con sistemas más avanzados (aunque percibamos su urgencia
y necesidad), si apenas estamos aprendiendo a manejarnos con este
sistema representativo, sin que aún hayamos gozado plenamente sus
frutos. Digo esto porque en las próximas elecciones legislativas
vamos a tener que optar entre continuar este proceso democratizador o
simplemente entrar de nuevo en un ciclo de dictaduras.
Nadie
en su sano juicio
Esta
alternativa encierra cierto dramatismo, pues hace surgir tensiones
sociales inexplicables, ya que a primera vista nadie en su sano
juicio puede optar por volver al círculo infernal de las dictaduras.
Sin embargo lo que está planteado en la escena nacional es
justamente eso. Si Nuevas Ideas logra un triunfo arrasador, el
presidente Bukele podrá ejercer el poder de manera aún más
despótica y de manera aún más autártica de lo que ha venido
haciéndolo desde su entronización como mandatario. Nuestro drama es
que los que lo eligieron estaban hondamente convencidos de que con el
nuevo presidente íbamos a tener un sistema democrático horizontal,
de que el verticalismo autócrata reinante en el país, desde las
empresas hasta la totalidad del Estado, iba a desaparecer, de que el
nuevo partido iba a ser un modelo de democracia. La realidad es otra,
hay una sola persona que manda en todo de manera inconsulta y nombra
y despide con la misma facilidad y holgura con que se cambia los
calcetines. Y sobre todo que no acepta críticas y ha llegado a
atacar frontalmente a los periodistas y a otras personas que han
expresado posiciones inconformes con su desgobierno. Estos ataques
han puesto en peligro la libertad de expresión y de la prensa de tal
suerte que organismos internacionales han manifestado su preocupación
y de la misma manera la actitud del presidente respecto a los órganos
del Estado legislativo y judicial ha sido de enfrentamiento y de
desacato. En esto también internacionalmente hemos leído y oído
críticas, protestas y advertencias. El presidente hace caso omiso de
todo esto, como si le importara un comino perder prestigio y apoyo
internacionalmente.
¿Qué
opciones nos quedan?
¿Qué
podemos hacer de aquí hasta el día de las elecciones? ¿Se puede
crear un nuevo partido? ¿Que opciones tenemos? La primera pregunta
no tiene una respuesta realmente muy difícil, los que estamos
conscientes del peligro existente no nos queda otra cosa que alertar
a la población, seguir denunciando los desmanes y las prácticas
dictatoriales que se vienen introduciendo en el país. Seguir atentos
y ser críticos ante la ausencia de planes de gobierno, de proyectos
de acciones sociales y económicos en beneficio del país y de las
clases más necesitadas. El cierre de las actividades económicas por
el covid-19 han producido mayor desempleo y ahondado la pobreza
endémica en nuestro país. Esto no se combate con paquetes
alimenticios, ni regalitos preelectorales, sino que con medidas que
cambien las estructuras que dan origen a estos males. Lograr esto es
parte de una lucha que tiene que ser permanente. Se trata pues de una
actividad que se mantiene y que debe profundizarse.
Respecto
a la creación de un nuevo partido que pueda tener incidencia en las
próximas elecciones es más que utópico, incluso legalmente ya es
demasiado tarde. Los partidos (de izquierda) afuera del FMLN son por
el momento muy marginales, algunos incluso desconocidos de la mayoría
de salvadoreños. Y con esto estoy respondiendo a la pregunta “¿Qué
opciones tenemos?”.
Los
dirigentes (la famosa “cúpula”) del FMLN, ni el partido en
general fueron capaces de realizar un análisis de sus propias
actividades políticas y gubernamentales, que explicaran su
descalabro electoral, su derrota política. Después de la derrota
prometieron este análisis y no cumplieron con la promesa, hay
algunas declaraciones que señalan tal o tal punto en particular,
pero que no abarca toda la estrategia que fracasó o la ausencia de
estrategia socio-política que los llevara a ser los actores del
deseado cambio en el país. Las renuncias de algunos cupuleros no es
un cambio estructural, ni tampoco las elecciones internas por muy
“limpias” o “democráticas” que pudieron ser. Estas
elecciones se organizaron de manera precipitada, se llevaron a cabo
sin que el análisis de la derrota tuviera lugar en ninguna parte.
Tuvimos candidaturas proclamadas individualmente, sin que estos
candidatos presentaran ni un esbozo de la autocrítica necesaria y
urgente, sin que presentaran las propuestas de programas, se
realizaron siguiendo los modelos de los partidos burgueses. Lo que
significa que no aprovecharon la lección que les dio la historia y
sus propios electores, simplemente no escarmentaron.
Hay
algunos temas que tal vez haya que abordarlos respecto a los
diputados y jefes del partido, pero que se refieren a rumores, a
suposiciones, sospechas y prejuicios, como que todos son
ladrones, pero esto no se ha probado. El cambio en su nivel de vida
es evidente, pero esto no es obligatoriamente resultado de un robo,
sino que la gran mayoría de los diputados del FMLN no eran ricos,
sino que gente pobre. Los salarios y los beneficios materiales del
mismo hecho de ser diputados, les ha permitido llevar un ritmo de
vida muy alejado al de antes y del que llevan sus electores. Los
diputados del Partido Comunista Chileno le entregan al partido lo que
perciben y este les devuelve el equivalente de un salario medio, lo
mismo pasa en el Partido Comunista Francés, portugués y otros. Esto
lo pudieron implantar en el FMLN. Lo que devengaban y las prebendas
les ha permitido a algunos acumular ahorros substanciales. Pero este
tema tal vez valga la pena abordarlo, pero es necesario dejar de lado
todo lo que no se ha probado y es fruto de la imaginación y en
algunos casos simplemente calumnias. Lo que interesa aquí es lo
político y lo que se puede con toda seguridad aseverar de los
dirigentes del FMLN. Hay una excepción y es el grupo que dirigió y
dirige ALBA-Petróleos, cuya gestión ha sido oscura y el hecho
comprobado de la existencia de cuentas ocultas en Panamá, lo que
constituye un delito de evasión fiscal y de exportación ilícita de
capitales: Merino y sus aliados son un caso aparte, aunque tal vez
esto haya comprometido a otros más. Están presentes también
algunas acusaciones periodísticas de El Faro.
Vuelvo
al tema: estamos ante una seria amenaza de la reintroducción de un
régimen dictatorial y estamos en búsqueda de un medio de cómo
evitarlo. Las opciones que tenemos no son muchas, en realidad es una
sola y esta no es óptima. Lo que voy a proponer está sujeto a
discusión, a intercambios y a cuestionamientos. Muchos de los
bemoles los tenemos todos presentes. Es a pesar de ellos que propongo
una especie de “voto útil” o un voto que nos salve de la
dictadura. Es por eso que propongo votar por los candidatos del FMLN,
aunque en algunos casos también se pueda votar por otros candidatos
independientes o no.
Pero
este voto no se puede dar a ciegas, tiene que ser un voto meditado,
no se trata de un voto sin consecuencias, es necesario que el voto se
acompañe de una nueva actitud de parte de los votantes. No se puede
seguir votando por “representantes”, sino que por delegados con
misiones particulares y precisas. No se puede concebir el voto como
un visto bueno, como un vale, en esto con toda la experiencia que a
pesar de todo se ha acumulado, debemos saber que el voto es un acto
puntual, que para que sea eficaz tiene que ser seguido de un control
de las actividades parlamentarias de los diputados electos y
exigirles que rindan cuenta de su actividad ante los electores. Esta
es mi primera colaboración y espero que se entable un diálogo al
respecto.