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29 noviembre 2014

Las raíces profundas del oportunismo en El Salvador




Hace algunos años, amigos y conocidos me sugerían que simulara mis convicciones profundas políticas y filosóficas, es decir mis convicciones comunistas. Su argumento era que si deseaba tener audiencia era preferible dirigirme a mis compatriotas sin referirme al pensamiento de Marx, el estado de consciencia había retrocedido enormemente y que desde la caída del Muro de Berlín ya ni siquiera los que se llamaban revolucionarios recurrían al vocabulario marxista. Los objetivos ya no podían ser los mismos y sobre todo que el anticomunismo en vez de retroceder había avanzado.

Desobedecí estas recomendaciones, desde el principio de mis intervenciones políticas preferí de inmediato dar a conocer mis convicciones. Mi análisis era totalmente diferente, si la conciencia de clase de los trabajadores había menguado entre mis compatriotas, lo mejor era emprender una batalla ideológica abierta contra la reacción salvadoreña y contra los que preferían colaborar con la oligarquía. Desde ese tiempo hasta ahora la audiencia de mis escritos no ha sido muy grande, pero los miles que han visitado mis “Cosas tan pasajeras” algunos de entre ellos se tomaron el trabajo de distribuir mis artículos entre sus amigos, creando un relevo muy importante. Las referencias a las ideas revolucionarias de Marx han ido reconquistando su pasada audiencia y ahora de nuevo con orgullo y abiertamente hay organizaciones y personas que se refieren al pensamiento de Marx sin ambages, ni preámbulos. En esto ha contribuido mayormente la crisis generalizada del sistema capitalista de la primera década del siglo.

No obstante en nuestro país las ideas marxianas han sido divulgadas en versiones rencas, limitadas y dogmáticas. Además las ideas de Marx así presentadas llegaron al país cuando la represión era feroz y sangrienta. Destierro, prisión y torturas era el lote que se reservaba a los opositores; los materiales circulaban clandestinamente (me estoy refiriendo a los años cincuenta, cuando el PCS pudo reactivarse realmente, después del Martinato) y en esas condiciones era imposible tener discusiones y debates amplios. Hubo algunos camaradas que pudieron asistir a las escuelas clandestinas del PCS, aunque es necesario reconocer que los mismos instructores no estaban debidamente preparados para trasmitir un pensamiento sumamente complejo. Algunos apenas habían asimilado el manual de Politzer “Principios Elementales de Filosofía” con todas las limitaciones que este manual tenía que no pueden ser imputadas a Politzer mismo, pues fue redactado por uno de los oyentes en la “Universidad Popular” de París, a partir de sus notas tomadas durante los cursos y además el folleto fue publicado después del asesinato de Politzer por los nazis. También llegaban folletos soviéticos de propaganda y algunos textos cortos o compendiados de Karl Marx y de Friedrich Engels. Esta escasez inicial en los documentos, en traducciones con cavilaciones terminológicas imputables a las condiciones mismas del retraso en los estudios marxistas en nuestra lengua, en las condiciones que acabamos de señalar, difícilmente podían producir un pensamiento propiamente marxista.

Debemos agregar que el tipo de organización (no solamente debida a la clandestinidad), sino a la tradición misma surgida de la Tercera Internacional, que reposaba en el centralismo democrático y que se había convertido en centralismo autocrático durante el estalinismo, propiciaba que los dirigentes se convirtieran en autoridades infalibles y dotadas de una inteligencia que los volvía eminentes economistas, acabados filósofos y grandes especialistas en otras ciencias. Un dirigente entonces no podía mostrar ninguna duda, estaba obligado a guiar, a mostrar el camino y el modo de pensar exacto, sus análisis de la situación eran indiscutibles. Muchos de estos dirigentes apenas habían leído un texto integral de Marx o de Engels y cuando digo “leído” me refiero a eso simplemente, no habían tenido el tiempo suficiente para poder estudiarlo y releerlo hasta asimilar profundamente su contenido.

Dos o tres miembros de la dirección del PCS de entonces pudieron asistir a los cursos que prodigaba a los dirigentes de los partidos “hermanos” de los países subdesarrollados el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Estos cursos eran variados, el nivel superior duraba entre tres hasta seis meses en el seno de la Escuela Central del PCUS. Allí se dispensaba el dogmatismo estaliniano, toda la riqueza del pensamiento de Marx y Engels reducida a unas cuantas “leyes de la historia y de la dialéctica”. Es esto pues lo que nos fue sirviendo de base para desarrollar “nuestro marxismo”.

Necesidad de refundar el movimiento revolucionario

Esta descripción les parecerá a algunos un tanto caricaturesca, no obstante hasta el día de hoy algunos jóvenes salvadoreños siguen sosteniendo como la suma ciencia de la dialéctica marxista los tres o cuatro principios a lo que redujo Stalin la inmensa riqueza del pensamiento dialéctico de Marx. He mencionado arriba a algunas organizaciones que se declaran marxistas-leninistas, algunas se declaran afiliadas a la IV Internacional (trotskista), otros ponen en el mismo plano de sus páginas a Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao. Todo esto parece mera amalgama de principios sin ninguna crítica. Se trata de una simple declaración de pertenencia y una evidente dispersión de fuerzas. Hay algo en esto que es importante señalar, esta declaración de pertenencia a corrientes heterodoxas y en cierto sentido hasta eclécticas demuestra que no se ha analizado profundamente ni el contenido ideológico de esas tendencias, ni tampoco la situación política nacional. Muchas de estas conductas me resultan reacciones epidérmicas, que han surgido de la decepción de la política revisionista y oportunista que conduce desde hace años el FMLN.

La necesidad de suplir al FMLN, que en estos momentos se encuentra gobernando al país y que no escatima esfuerzos por presentar su política como la única posible y que prodiga su más ingenioso denuedo por demostrar que en un país como el nuestro y en nuestra situación es imposible iniciar la transformación de la sociedad. No obstante la necesidad real y urgente de refundar un movimiento revolucionario en el país nos obliga a que no nos equivoquemos al analizar las posiciones actuales de los dirigentes y de la mayoría de militantes del FMLN, algunas personas suponen que el oportunismo actual es el resultado de su participación en el sistema electoral y sobre todo de disponer ahora del gobierno. Pero si nos detenemos un instante para analizar lo que ha causado este resultado, veremos que no se trata solamente de la participación dentro del sistema, sino que se trata de causas internas, inherentes al proceso político nacional de más medio siglo.

Desde hace más de medio siglo, los enfrentamientos con el enemigo de clase han tenido formas y contenidos muy variados, pero al mismo tiempo desde entonces hubo al interior mismo del movimiento enfrentamientos internos precisamente sobre esas formas y contenidos de la lucha por los intereses de los trabajadores. Hubo dos tendencias que dominaron los debates, pero es necesario señalar que los debates no tuvieron lugar entre todos los miembros del PCS, sino dentro del círculo reducido de los dirigentes y a los militantes les llegaban ecos amortiguados por la siempre urgente unidad del partido, que constantemente se presentó como un objetivo primordial. La escasa o nula preparación ideológica tanto de la dirección como de los militantes, agreguemos a esto las condiciones de represión brutal y asedio que llevaban los diferentes gobiernos son hechos que hay que tener siempre presente. Era imposible materialmente llevar adelante un debate de ideas o la simple preparación ideológica.

Todas las células del PCS hacían esfuerzos por cumplir con la obligación estatutaria de una reunión semanal, pero a veces uno se conformaba a una reunión de vez en cuando, por falta de locales, por falta de quórum, por falta de tiempo. Cuando las condiciones de seguridad  medio se lograban y el secretario de célula había recibido el “informe” del Comité Central (CC), mecanografiado en un fino papel, entonces se llevaba a cabo la reunión. Esta consistía la mayoría de veces en escuchar al secretario de célula leer el “informe”  del CC y una vez acabada la lectura procedía a quemar el papelito que dejaba una escasa ceniza en el suelo, que luego se recogía cuidadosamente para botarla en la basura. Los militantes se veían obligados a prestar infinita atención a esa lectura y tratar de memorizar y entender lo leído. El secretario a veces preguntaba si alguien quería opinar o si necesitaba un complemento de información. Si había preguntas la reunión podía alargarse un poco, los puntos restantes en la agenda eran las finanzas (reclamar las cotizaciones no pagadas por el militante) y otro que misteriosamente se llama “organización”. En este punto se hablaba de todo, de las medidas que había que tomar para que los posibles “orejas” no pudieran sospechar que había alguna reunión, escasamente en los años cincuenta y sesenta se organizaba las pintas o el reparto (siempre nocturno) de volantes debajo de las puertas de las casas. Rara vez se hablaba de reclutar nuevos miembros, pues antes de eso había que llevar a cabo una investigación para evitar infiltraciones. Se hablaba pues sobre todo de las medidas de seguridad para protegerse del enemigo. De vez en cuando en las reuniones aparecía un folleto de propaganda sobre la vida cotidiana en el “País de los Soviets”. Las células estudiantiles de la Universidad o con presencia de estudiantes o algunos intelectuales se entablaban conversaciones de mayor contenido ideológico.

Las injerencias externas

He descrito estas reuniones y lo que en ellas se trataba para mostrar la precariedad impuestas por las circunstancias. Pero los intercambios más nutridos eran afuera de las reuniones de las células, durante encuentros informales entre amigos que se conocían y que se sabían miembros del “partido”. La división del partido en dos tendencias no nos aparecía entonces con gran evidencia, pues de manera general todos los dirigentes altos e intermediarios estaban de acuerdo que la “toma del poder” se iba a realizar usando la fuerza, por la lucha armada. Este acuerdo declarado se fue resquebrajando poco a poco, en cierta medida por influencia extrajera: los cubanos ejercían presión para que en el continente se iniciaran luchas armadas. Fue entonces que surgió claramente la teoría del “foco revolucionario” que en realidad constituía una interpretación abusiva de la experiencia guerrillera en Cuba. En todo caso, alrededor de este tema y en general de la posibilidad de llevar a la práctica la estrategia de la toma del poder por la lucha armada fueron apareciendo dos posiciones opuestas. Una que fue minoritaria pregonaba la necesidad de prepararse inmediatamente para llevar a cabo la lucha armada, preparar escuelas de instrucción en el manejo de armas y de la estrategia militar y la otra que señalaba la imposibilidad de organizar una lucha de guerrilla en un territorio tan pequeño como el nuestro y sin montañas tan altas como la Sierra Maestra en Cuba.

Es en estas discusiones que se van a ir perfilando ambas tendencias, pero estas discusiones no se dan realmente en el seno del PCS, quiero decir en las instancias deliberativas, en reuniones de direcciones departamentales o nacionales, sino que en conversaciones informales entre miembros y en alguna ocasión en que algún dirigente acudía una reunión “ampliada” de direcciones departamentales que solían organizarse. Es en ellas que se tenía la oportunidad de escuchar las dos posiciones opuestas, pero no en la misma reunión, sino cuando dirigentes que pensaban distinto aparecían por separado en las reuniones. Nunca hubo tendencias organizadas realmente, ni proselitismo.

Dos tendencias opuestas

Las divergencias entre algunos dirigentes fueron apareciendo en la superficie con el correr de los años sesenta. Hubo unidad respecto a las insistencias e inmiscuiciones de los dirigentes cubanos que se rechazaron. En el fondo de las divergencias surgía también un análisis diferente de la coyuntura nacional y sobre todo en el análisis de la composición clasista de la sociedad salvadoreña. La sociedad capitalista salvadoreña no era reconocida como tal por la ausencia de instalaciones industriales y por el carácter de exportadora agrícola de nuestra economía y sobre todo su carácter monocultivadora. Se había optado por llamar a nuestra sociedad de “semifeudal”. En esta clasificación intervinieron economistas e ideólogos soviéticos que entonces eran la última instancia dirimente. Las clases dominantes se componían por estratos que giraban en torno de las familias oligárquicas. Las familias terratenientes eran también las que habían fundado bancos y poseían la incipiente industria. Aquí había un déficit teórico. Las relaciones feudales ya habían desaparecido, no quedaban ni resabios de la sociedad colonial económicamente hablando. Algunos para justificar el apelativo de “semifeudal” ponían como ejemplo la tienda de las haciendas que endeudaban a los campesinos y las fichas que formaban parte del salario que obligaban a los campesinos a adquirir mercancías en las tiendas de la hacienda. Esto fijaba a los campesinos en las haciendas sin poder tener libre circulación en el país, pues las deudas eran como las “cadenas feudales”.

Este modo de ver nuestra sociedad olvidaba o hacía caso omiso que la dominación mundial del capitalismo (imperialismo) ya era una incontestable realidad, la economía capitalista ya estaba mundializada. No obstante lo que en realidad reinaba como fundamento en el país eran las relaciones capitalistas, los trabajadores ya no tenían los medios de producción, para vivir o sobrevivir estaban obligados a vender su fuerza de trabajo y el origen de las riquezas de la burguesía era la plusvalía obtenida por el impago de un tiempo determinado de las jornadas. Esto es lo que pasa en las relaciones capitalistas, esto era lo que pasaba en las cosechas de café, de la caña, del algodón y es lo que pasa en el capitalismo actual. El hecho de que la realización de las ganancias se operara en la venta internacional no le resta en nada a la esencia capitalista de nuestra economía de entonces, de ahora. Luego apareció el neologismo “capitalistoide” que en esencia no divergía mucho del “semifeudal”, aunque ya el énfasis era el capitalismo.

En realidad los que sostenían que no teníamos montañas lo suficientemente altas agregaron asimismo el argumento de que las condiciones no estaban dadas, pues era imposible pasar de la situación “semifeudal” al socialismo, además no existía en el país la clase proletaria que dirigiera la revolución. Pero si se podía luchar por acceder al poder para acelerar la instauración del capitalismo que al mismo tiempo iba a crear a su sepulturero, la clase obrera. Simultáneamente se descubrió que entre los oligarcas y algunos miembros de la burguesía había contradicciones y que los revolucionarios estaban obligados a aprovecharlas. Fue a través de esto también que apareció el argumento de que existían militares progresistas y que también en el seno de las Fuerzas Armadas había contradicciones. Todas estas contradicciones eran “aprovechables”, se empezó a usar los términos “contradicción principal” y “contradicción secundaria”. Estos términos fueron tomados del folleto de Mao Tse-tung “Sobre la contradicción” (agosto 1937) y no creo que al introducirlos en su vocabulario se preocuparan mucho de asimilarlos, ni mucho menos procedieron a una crítica del aporte del líder chino. Más adelante voy a volver en detalle sobre este tema.

Las “contradicciones” en el seno de la burguesía

Esta interpretación de la realidad servía de base teórica para considerar la acción política del partido. Si existían contradicciones en el seno de las clases dominantes era necesario aprovecharlas y tratar de profundizarlas. Una parte de las clases dominantes eran conservadoras y las otras “progresistas” que intentaban “modernizar” la economía del país para sacarlo del semifeudalismo que lo dominaba. Este era uno de los “objetivos” del partido, modernizar el país, ponerlo en el camino del progreso y sacarlo del atraso casi feudal. O sea que buscar alianzas con la “burguesía nacional” contra la oligarquía y el imperialismo —que eran los principales obstáculos para el progreso del país— se convertía en objetivo. Para justificar este tipo de alianza sin pasar a la colaboración de clases, se alegaba que la burguesía había entrado en una contradicción secundaria con la oligarquía, que de la misma manera que Mao Tse-tung había señalado la existencia de “contradicciones en el seno del pueblo”, contradicciones no-antagónicas, en nuestra sociedad existía en el seno de las clases dominantes contradicciones no antagónicas, pero que adquirían las formas de una contradicción antagónica, sobre todo si ese sector burgués se aliaba a las fuerzas progresistas del país bajo la conducción de los revolucionarios del PCS. Esto de alguna manera se consideraba como una estrategia a mediano plazo.

Este oportunismo se trataba de fundamentar en la teoría marxista. Nuestra sociedad debía atravesar todas las etapas de desarrollo económico, salir realmente del feudalismo hacia el capitalismo para que surja una clase proletaria digna de ese nombre. Sólo la clase obrera puede liberar la sociedad y disolver las clases sociales, claro que es necesario aliarse a los campesinos y como en la gran Revolución de Octubre también con los soldados. Y es aquí también que nuestros oportunistas descubrieron entre los oficiales una “fracción progresista” que había entrado en una contradicción secundaria con el Alto Mando. Contradicción no antagónica, pero como lo había indicado el líder chino Mao Tse-tung, una contradicción puede también tomar las formas de su contrario y en este caso volverse antagónica. Este tipo se sofisma les sirvió de base teórica a los oportunistas de los años sesenta, setenta y ochenta. Esto los sustentaba para participar activamente en los golpes de Estado, en los que las clases trabajadoras estaban totalmente ausentes, pero representadas por los dirigentes del PCS. En esa época no se citaba ya a Mao, pues había entrado en contradicción irreconciliable con los líderes moscovitas y entre las ortodoxias existentes los dirigentes del PCS siempre se sometieron al gran centro del movimiento comunista internacional: Moscú.
  
Como ven el oportunismo no ha surgido hoy, no se ha solidificado en estos años de participación en las instituciones del Estado democrático burgués. El oportunismo fue el que llevó al PCS a atacar a las FPL con igual ahínco con que lo hacía la prensa nacional durante casi toda la década de los setenta. Los mismos epítetos, criminales, bandoleros, terroristas, etc. Ellos seguían preparando golpes de Estado “progresistas”. No me voy a extender sobre las condiciones en que el PCS puso el pie en el último estribo del tren de la lucha armada. Sobre lo que ocurrió entonces lo ha abordado ya en mis artículos de “Cosas tan pasajeras” sobre todo el objetivo de salir lo más pronto de la guerra e iniciar las negociaciones.

Como pienso haber demostrado que la ausencia de un conocimiento profundo del pensamiento de Marx y sus desarrollos posteriores tuvo mucho que ver en la deriva oportunista del PSC desde los años cincuenta y que ha culminado con su política gubernamental y su funcionamiento interno. Por supuesto que en estas cortas páginas han quedado afuera los detalles, apenas se trata de las pinceladas mayores en el esbozo de toda esta historia. Me queda por cumplir con una promesa hecha arriba: volver sobre el tema de la contradicción. Para poder extenderme lo necesario en este tema que es uno de los que fundamentan la dialéctica en general y la materialista en particular, les pido que me perdonen y acepten que lo haga en otro momento, en una segunda parte que escribiré luego.  



  
   

19 noviembre 2014

Comunicado de Junts, Associació Catalana de Jueus i Palestins



Junts, Associació Catalana de Jueus i Palestins, a través de éste comunicado manifiesta su solidaridad con el Profesor Shlomo Sand, a quién se le prohibió, sin explicación alguna, dar una conferencia en la UNIA (Universidad de Niza, Francia), el 19 de noviembre pasado, cuyo título era “Actualidad del Conflicto entre Israel y Palestina”. 

En un correo electrónico, Roger Guedj, profesor emérito de la Universidad de Niza Antipolis advertía a las “instancias” de la UNIA contra el hecho de invitar a un “historiador contestable y contestado sobre un tema particularmente sensible ligado al conflicto entre Israel y Palestina” y que “cuestiona la creación de la Estado de Israel”, y eso fue suficiente para que se cancelara dicha conferencia. 

Shlomo Sand, que fue invitado en marzo del año pasado por JUNTS a Barcelona y que en esta ocasión dio una conferencia en la Universidad de Barcelona titulada “¿Que es una nación? Judaísmo y Sionismo”, es profesor e investigador de Historia por la Universidad de Tel Aviv y bien conocido por sus obras, principalmente por “¿Quién inventó el Pueblo Judío?” y “El invento de la tierra de Israel. De la Tierra Santa a la Madre Patria” –traducidas al castellano- en las que cuestiona la narrativa sionista oficial sobre la historia del pueblo judío, a través de un estudio riguroso y muy documentado de la historia judía de la Antigüedad hasta la época contemporánea. En ninguna de sus obras cuestiona la creación o existencia del Estado de Israel –del que es ciudadano- más bien pretende según sus palabras “desconstruir” mitos, como el del exilio o destierro del pueblo hebreo por el Imperio romano, la ausencia de proselitismo de la religión judía, o documentar la realidad del reino Kazhar en Crimea, lugar probable de origen de parte de los judíos del este de Europa, todo ello en un intento de encontrar la verdad histórica, aún a costa de la narrativa oficial sionista del retorno a Sion después de 2000 años de exilio del pueblo judío. 

Además, queremos expresar nuestra preocupación e indignación por el claro atropello a la libertad de pensamiento, de expresión y sobre todo a la libertad de cuestionar las narrativas y versiones oficiales de la historia o de la realidad contemporánea, avaladas por los poderes y en este caso particular por la “intelligentsia” sionista francesa, que una vez más pretende identificar y descalificar cualquier crítica u oposición a la política israelí de ocupación, apartheid y opresión del pueblo palestino tachándola de antisemitismo. 

Una vez más, JUNTS e IJAN (Red Internacional Judia Antisionista) denuncian éste enfoque pernicioso y peligroso. Esta connivencia entre intelectuales, académicos y políticos es particularmente grave en Francia y en la UE, en un momento en el que, después de la masacre de Gaza, la crisis humanitaria hace temer por la existencia física del pueblo palestino, llevando a parlamentarios europeos, en su afán de encontrar una salida a este drama humano, a solicitar un reconocimiento de un Estado palestino, sobre la base de un plan de retirada efectiva de los territorios conquistados en 1967. 

Condenamos pues enérgicamente los atropellos contra la libertad de pensamiento y expresión, y junto a muchas voces de los medios universitarios y asociativos de Francia pedimos a la UNIA que rectifique y autorice dicha conferencia, y apelamos a los gobiernos de la UE para que tomen las medidas necesarias de presión sobre Israel hasta el pleno reconocimiento de los derechos del Pueblo Palestino, en acorde con la legalidad internacional.

14 octubre 2014

¿Hacia dónde nos lleva el FMLN?



Sin ánimo de entablar una polémica con Roberto Herrera, que ha publicado un importante artículo en Contrapunto, tengo que afirmar mi desacuerdo con una idea que expresa desde el inicio. El autor sostiene que “Si el conflicto armado salvadoreño fue una guerra popular prolongada o una guerra de liberación nacional o una guerra de guerrillas o una guerra revolucionaria o una guerra justa, es para el ciudadano común del mundo un hecho histórico irrelevante”, más allá que la lista es muy heterogénea y que el término “guerra de liberación nacional” puede tener las formas de “guerra popular prolongada”, “guerra de guerrillas” o “guerra revolucionaria”, no es esto con lo que voy a expresar mi mayor desacuerdo. Aunque voy a volver sobre esto más adelante.

Me parece que la importancia del nombre en sí tal vez no sea lo de mayor importancia, aunque si nos ponemos de acuerdo que el nombre de la organización que llevó a cabo las operaciones bélicas se llamaba “Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional”, es más que evidente que desde el punto de vista de los fundadores del Frente, la guerra de guerrillas que tuvo lugar en el país tenía como objetivo la liberación nacional. Este objetivo no se logró. Los Acuerdos de Paz pusieron fin al “conflicto” o “a la guerra civil” sin que la situación global de país cambiara substancialmente, me refiero a la situación que sirvió de base para desatar la guerra. ¿Qué significa esto? Que la vida del común de los mortales tampoco cambió, que la base socio-económica que determinó el inicio de la guerra sigue igual y sigue siendo actual, sigue pues determinándonos.

O sea que no es tan irrelevante para los salvadoreños que los “Acuerdos de Paz” pusieran fin a la guerra de liberación nacional sin obtener la victoria, pues esto significa que hubo simplemente fracaso, una derrota. Es esta derrota la que se encubre por todos los medios. Se habla de empate, de retorno a la vida civil, a la paz, etc. Incluso al valorar los resultados se considera como un éxito la legalización u oficialización, en tanto que partido, del FMLN y su incorporación a la vida política nacional. Si este hecho se puede considerar como un gran triunfo, hay que ponerlo en relación con la historia pasada, con la situación anterior a la guerra para que realmente pueda adquirir en nuestra apreciación relevancia. La ausencia total de libertades cívicas que duraba desde el martinato hasta los Acuerdos de Paz es necesario tenerla siempre en mente, pues de lo contrario no se puede valorar a su justo precio la situación política de hoy.

El aprendizaje efemelenista

Esta situación política actual es nueva en nuestra historia, el fin de la guerra no significa el retorno a la vida civil, el retorno a la política. Antes de la guerra las organizaciones políticas, tanto partidos, como sindicatos no tenían vida política pública: las reales opciones opositoras a las dictaduras eran reprimidas brutalmente y operaban desde la clandestinidad. Las fuerzas que operaban en la clandestinidad tenían en la nueva situación que aprender a funcionar dentro de un nuevo cuadro, dentro de la legalidad y el parlamentarismo. Este aprendizaje dentro de una correlación de fuerzas internacional también totalmente nueva, ha tenido un impacto, una influencia en el carácter mismo de lo que se aprendía.

La liberación nacional que se pretendía con la guerra presuponía un cambio estructural de la sociedad. No es gratuito recordar que el “socialismo” se consideraba como planteado dentro del proceso mismo de desarrollo de nuestra sociedad salvadoreña, que la salida  a la solución de nuestros problemas sociales y económicos se abriría con la construcción de una nueva sociedad. No voy a referirme —pues esto tal vez sea tema para otros artículos— a la concepción de socialismo que se tenía entonces.

Uno de los aprendizajes a la vida política pública fue adaptar el discurso y las actividades a la nueva situación. Es cierto que en lo que concierne al lenguaje hubo fluctuaciones y se llegó incluso a rupturas y cismas. Algunas disidencias optaron por continuar al interior del FMLN. Pero este aprendizaje no se hizo en aulas, sino en una contienda que esta vez prolongaba la guerra, la política era la continuación de la guerra. ARENA y sus partidos satélites, los media, las fundaciones y otros organismos del patronato oligárquico no rindieron las armas ideológicas, la “guerra fría” tal vez menguaba su fuerza en otras latitudes, pero en El Salvador seguía a todo dar. Es decir que la adaptación a la nueva situación fue conflictiva adentro y afuera del FMLN. La parte externa consagró el término de polarización, en el interior fueron dos los términos que se consagraron: ortodoxos y reformadores.

El discurso guerrerista de nuestros políticos

El discurso político salvadoreño, incluso ahora mismo, no se ha adaptado completamente a tiempos de paz, sigue siendo violento, sigue en la misma pendiente guerrerista. Las acusaciones de querer instaurar una dictadura roja, sin libertades y confiscadora de todos los bienes, sigue siendo una idea recurrente de la propaganda de ARENA, la acusación de “comunistas” vuelve de tiempo en tiempo. Durante la presidencia del venezolano Chávez, se inventaron combinaciones como “comuno-chavistas”, “castro-chavistas”, etc. La prensa escrita, radial y televisiva mantuvo en permanencia esta presión sobre los efemelenistas, la sigue manteniendo. El discurso del FMLN en este terreno no fue de contra-ataque, sino que estrictamente defensivo. A pesar de que para el interior, dentro de las luchas intestinas entre “ortodoxos” y “reformadores” el discurso giraba en torno de los viejos temas “socialistas revolucionarios” y el discurso del pragmatismo ideológico.

Las acciones políticas poco a poco se fueron limitando al parlamentarismo, las luchas reivindicativas fueron abandonadas, las organizaciones de masas se desintegraron casi por completo, quedando algunas estructuras sindicales —que obedientes a la línea del FMLN— se volvieron discretas, se convirtieron en simples correas de transmisión del “partido”. Hubo también purgas y reformas de estatutos, prácticamente desaparecieron los congresos, el famoso centralismo democrático dejó incluso de ser referencia, ya no digamos que se practicara. Todos sabemos el funcionamiento autocrático del FMLN. Todo esto conlleva el abandono de los objetivos de liberación nacional, el tema del socialismo se vuelve fumoso, los últimos estertores del tema fueron la adhesión circense del FMLN a la Quinta Internacional Socialista propuesta por Chávez. Nadie volvió a hablar de esa Internacional y esa adhesión que iba a ser tema y aprobación de una Convención Nacional nunca más reapareció en boca de Medardo González.

De enemigos a socios

Me parece pues relevante constatar que los que iniciaron la guerra en el país la consideraran de liberación nacional. Cabe preguntarse ahora, después de tanta reculada ideológica ¿de quién se pretendía liberarse en los años setenta e inicios de los ochenta? Siempre en esos años se señalaron dos enemigos: al imperialismo y a la oligarquía. Ahora al imperialismo estadounidense se le considera como el principal aliado, como un aliado, dicen los efemelenistas, estratégico y la oligarquía es ahora considerada como un socio para el desarrollo del país. Los empresarios son considerados “el alma, el corazón y el motor del crecimiento económico del país”, estas son palabras del actual presidente Salvador Sánchez Cerén en una reunión con empresarios salvadoreños en una hacienda de Sonsonate, durante la campaña electoral.

La importancia no reside tanto en la combinación de estas palabras, liberación nacional, sino en medir a través de ellas la distancia que separan los objetivos iniciales y la práctica actual del partido que conserva en sus siglas el objetivo que abandonó. De los otros nombres que ha barajeado Roberto Herrera al inicio de su artículo hay uno que se destaca, pues contiene implícita una estrategia de lucha, me refiero a “guerra popular prolongada”. La “guerra de guerrillas” es una posible modalidad de la guerra popular prolongada, es una parte táctica, un momento que puede durar mucho tiempo, hasta la posibilidad de llegar a constituir un “ejército de liberación”. Pero esta era sólo una parte de esa estrategia. Salvador Cayetano Carpio insistía siempre en los dos aspectos de la guerra popular prolongada, el militar y el político, dándole prioridad a este último. La parte armada era un sostén, lo importante residía en lo político y para expresarme en términos que solía usar Carpio, la política era lo fundamental y lo militar podía convertirse en lo decisivo. Ambos eran pilares del proceso, pero la política no se limitaba a la posible participación electoral, sino a la actividad de concientización de las masas. Carpio consideraba necesario para poder llevar hasta el final su estrategia organizar al pueblo, darle los útiles ideológicos para combatir la dominación cultural del imperialismo y de la burguesía. Las organizaciones que constituían el movimiento de masas eran importantes para sostener a la organización principal que era el partido. No era solamente el aspecto militar el prolongado, sino también el momento político de la lucha, pues también aquí era necesaria la acumulación, el crecimiento tanto cuantitativo, como cualitativo.

Es menester recordar que Salvador Cayetano Carpio separaba claramente la guerrilla del partido político y de las organizaciones de masas. En una fina dialéctica el sostén armado necesitaba a su vez del sólido sostén político, ambos tenían que combinarse, ambos era partes inseparables de la guerra popular prolongada. La separación era teórica, pues lo que se perseguía en primer lugar era la adhesión ideológica del pueblo para alcanzar el objetivo estratégico: la liberación nacional. En ese sentido tanto las organizaciones de masas, como el propio partido se convertían en el sostén, en la base que alimentaba a la guerrilla.

Esta estrategia fue la que prevaleció en las FPL hasta que su dirección inició las conversaciones para lograr la unidad de las fuerzas “revolucionarias” en lucha entonces en el país. Aquí dejó de funcionar esa estrategia, pues era difícil que los militaristas (ERP) adoptaran una estrategia en la que la política fuera lo fundamental. El grave error de Carpio fue caer en la aceptación de la veracidad de un proverbio: “la unión hace la fuerza”. La sabiduría popular que esto expresa es engañosa, pues en política no siempre tiene sentido, no siempre es cierto, pues las alianzas no implican las mismas convicciones, los mismos modos de ver la realidad, ni los mismos objetivos. Y de la misma manera que se repite que todas las alianzas exigen concesiones, tampoco es cierto para todos, a veces resulta que sólo una parte las hace, porque considera que por ser más fuerte debe de conducirse con mayores anhelos unitarios.

Pero hay un hecho que tuvo aún mayor peso: fue la entrada del Partido Comunista en la guerra. Durante décadas la dirección comunista conducida por Schafik Handal reconocía de los labios hacia afuera la necesidad de la lucha armada, pero en la práctica siempre se opuso, aún más cuando surgieron las FPL. Desde ese momento la dirección comunista inició una campaña de denigración de los que habían iniciado la lucha armada. Los comunistas entraron sin mayores convicciones y con el objetivo oculto de acabar con la guerra lo más pronto posible.

Recuerden que desde el primer fracaso, desde la famosa “ofensiva final” de enero de 1981 por insistencia de Schafik unos meses después se propuso por primera vez las negociaciones. Poco a poco el objetivo de obtener las negociaciones se convirtió en el principal. Después de la desaparición de Mélida Anaya Montes y de Salvador Cayetano Carpio se iniciaron y llevaron a cabo toda una serie de operaciones para obligar al gobierno a negociar. Fue desde entonces que ya no existía el objetivo de liberación nacional y el socialismo empezó a tener los visos de una peregrina ilusión para nuestro país. La guerra dejó de ser una guerra popular prolongada, la estrategia fracasó no ante los enemigos, sino ante los aliados, sobre todo frente a los que eran más duchos en intrigas y complotes.

Saber la historia, discutir y aclarar algunos puntos del proceso que nos condujo hasta este presente sin perspectivas, en el que todos ignoramos hacia donde nos quieren dirigir los efemelenistas, puede resultar útil y sano. Sabemos que el FMLN se acomodó al parlamentarismo, que considera al imperialismo como su aliado estratégico y al patronato como el motor de la producción nacional. La lucha de clases, el famoso motor de la historia, es  para ellos una broma de un alemán arcaico del siglo decimonono.