29 agosto 2010
Una masacre más en el sucio mundo
21 agosto 2010
Muchas gracias, camarada Lorenzana.
18 agosto 2010
La "cachiporristas" y el problema femenino
12 agosto 2010
Un partido sin voz, ni pensamiento
Tan poca democracia debe existir en los partidos políticos salvadoreños que la licenciada Norma Guevara de Ramirios, en su crónica semanal, se ufana describiendo en detalle el proceso de elecciones internas del FMLN y termina preguntando: “¿qué entidad social hace tal ejercicio de democracia?” Por supuesto que quedan en suspenso muchas explicaciones, por ejemplo, ¿cómo y quién propone las candidaturas? Hay otras que conciernen los criterios políticos que han conducido al partido “revolucionario” a distinguir entre militantes y adherentes. La principal diferencia que he podido detectar realmente, es el pago de la cotización y participar en una organización de base. Pero entonces ¿el resto de miembros no paga, no se reúne, en suma, no milita? Y al parecer se trata de la mayoría. Para un partido que se proclama “revolucionario” esto es una carencia extrema. Uno puede pensar que este distingo, sirve más para diferenciar dos categorías, los militantes seguros y los otros. Los seguros que se muestran obedientes a la dirección, que acatan los dictados de la dirección y que no se van a descarrilar en preguntas capciosas, en exigencias de aclaraciones, en posibles divergencias.
Pero lo que acabo de apuntar se puede considerar como palabras mal intencionadas, como palabras resentidas, que se quedan en la superficie y que se acoplan con las palabras proferidas por los “enemigos de clase”, por los que se unen al “concierto de la derecha”. No obstante el problema de todos modos sigue de pie. Aquí se ha mencionado solamente el protocolo de las elecciones en el seno del FMLN. Es lo que nos ha descrito Norma Guevara de Ramirios. Se trata pues solamente del aspecto formal de las elecciones y de la preparación de la Convención Nacional.
Al parecer la Convención Nacional tiene como principal objetivo la elección del Consejo Nacional. Tampoco se nos dice como y quien propone a los candidatos, aunque algunos ya van de oficio. Pero lo que queda claro es que esa Convención Nacional que elige la dirección, al Coordinador General, a la Comisión Política no es un Congreso. La dirección se elige sin que se le dé un mandato político preciso y definido, sin que los militantes hayan discutido, sin que hayan participado en la determinación de la estrategia del partido “revolucionario”. ¿Se trata realmente de un partido revolucionario? Mucho podrán decir que el partido es “marxista-leninista”, aunque últimamente no lo repiten tanto los actuales dirigentes. En todo caso el principal instrumento del centralismo democrático leninista no existe. Tenemos un partido que no tiene voz. Si, no tiene voz, ni pensamiento.
Los partidos revolucionarios tienen proyectos elaborados en común, tienen reuniones preparatorias en las que se analiza, critica y se evalúa la actividad política precedente y se procede a las enmiendas necesarias. Los partidos revolucionarios proceden al análisis de la situación política, económica y social del país en que les toca actuar, esto se hace en común por los militantes y las direcciones salientes. Es durante este proceso de preparación cuando los militantes siembran los pilares del proyecto estratégico del partido. El Congreso, según la teoría leninista, es el centro del partido. Es el partido en Congreso el que determina la política partidaria y a la que tiene que plegarse la dirección. Es a partir de lo determinado por el Congreso que la dirección va a ser juzgada. ¿Pero si no hay Congreso? Si no hay un proceso de elaboración por los militantes de la estrategia y principios del partido, pues es un partido sin pensamiento y sin voz.
Un partido que funciona de esta manera, no puede tener realmente militantes concientes, que sean ellos mismos capaces de concientizar al pueblo. Estos militantes pueden solamente definirse como personas “fieles al partido”, que en realidad es “fieles a la dirección”. Esta situación no es nueva. Es por ello que el FMLN navega sin timonel, sin saber a que santo acudir.
Por eso no se puede uno sorprender que este partido “revolucionario” le confiara el principal puesto del Estado a un extraño, a alguien que no se había definido realmente, que le impuso condiciones, él, una sola persona, un particular a todo un partido. Todo esto a escondidas, en secreto, en las oscuranas de la ignorancia, pues los militantes no podían opinar realmente, no podían analizar, nunca tuvieron en mano todas las cartas, ni siquiera vieron el color de la baraja. La dirección optó por Funes y los militantes aprobaron fielmente, con disciplina “revolucionaria”.
Es por eso mismo que sin ni siquiera consultar con la Comisión Política, el Coordinador General adhiere a una “Internacional por el Socialismo del Siglo XXI”. Esta adhesión irreflexiva y precipitada ha resultado un cohete mojado, pues la famosa Internacional se quedó en pañales y el único partido político que dio su acuerdo inmediato fue el FMLN. Pero esto era simplemente una maniobra para calmar a los militantes que comenzaban a inquietarse por la deriva derechista del gobierno y la actitud pasiva y complaciente de la dirección del Frente. Podrán alegarme que existía el proyecto de formación y programático y comisiones internacionales que debían definir y organizar la Internacional. El FMLN se comprometió a participar, pero también en esto se nota el carácter escasamente democrático de este partido, pues las delegaciones nombradas por la dirección iban sin que el partido, en algún Congreso, determinara, definiera su concepción socialista, ni la estrategia que puede conducir a nuestro país hacia esa nueva sociedad. El FMLN no tiene al respecto ninguna estrategia y ninguna visión clara de la futura sociedad. No la tiene, ni pretende discutirla dentro del partido, mucho menos en la sociedad salvadoreña. Pues esto la conduciría a entablar un abierto combate ideológico ante los partidos de derecha y con el presidente mismo. Es esta lucha ideológica que el FMLN no se ha atrevido a llevar a cabo durante tantos años. En estos años de post-guerra el FMLN se ha ido adaptando al sistema, al sistema político y al sistema económico.
La dirección se acomoda perfectamente a esta situación indefinida. Con toda comodidad puede cambiar de posición y caracterizar la situación en que nos encontramos. Incluso no responden con energía a la derecha que ha atacado a la diputada Sosa, cuando define al gobierno actual de “transición”. Los jefes callan. Pero esa es la explicación que le dan a los militantes. Pero defender esta caracterización del gobierno Funes/FMLN implica definir el “hacia qué” es transitorio este gobierno. Es esto que elude sistemáticamente la cúpula efemelenista. Prefieren también en este caso persistir siendo un partido sin voz y sin pensamiento.
07 agosto 2010
Filosofar nuestra realidad III
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02 julio 2010
La violencia en nuestra sociedad
La indignación y la condena han sido unánimes y categóricas. Todos los salvadoreños nos hemos sentido agredidos. Nunca pensamos que actos de esta índole pudieran verse cometidos en nuestro territorio. Todos pensamos que las masacres eran asunto del pasado y que eran el patrimonio de las fuerzas represivas antipopulares. Esta vez el terror nos llega de parte de civiles, de miembros de nuestra sociedad. Claro que esta pertenencia a la colectividad nacional nos cuesta reconocerla y de manera inconciente colocamos a los asesinos afuera de la sociedad. No obstante lo primero que debe penetrar en nuestras conciencias es que esos grupos criminales son también el fruto de nuestra sociedad. Es cierto que podemos bemolizar nuestro juicio y argüir que las “maras” tienen su origen en los Estados Unidos y que el gobierno de ese país con absoluta irresponsabilidad y con total desprecio hacia nosotros, desde la firma de los Acuerdos de Chapultepec, inició la expulsión hacia nuestro país de criminales y miembros de esas organizaciones sin advertir convenientemente a las autoridades salvadoreñas. Esto es lo que siempre se ha alegado.
Sin embargo este hecho por sí solo no explica el desarrollo que ha tenido este fenómeno en nuestro país. Ese tipo de criminalidad ha encontrado en nuestra sociedad, en el tipo de sociedad que padecemos, el terreno propicio para su expansión. No podemos declararnos sorprendidos por la escalada criminal que se ha ido operando ante nuestros ojos. La violencia no es un fenómeno marginal en nuestra sociedad.
Violencia contra la violencia
Ahora mismo, la mayoría de reacciones de políticos, comentaristas, editorialistas, etc. lo primero que han preconizado, es continuar en la escalada de violencia represiva, llegando algunos a proponer la restauración de la pena de muerte. El gobierno en su política continuista propone una variante “mejorada” de las leyes “mano dura” y “superdura” de los gobiernos areneros. El aumento de los años de cárcel ha sido permanente desde hace diez. No hace mucho un criminal fue condenado a 120 años de reclusión. Lo ridículo de esta pena tiene el mismo nivel que la falta de discernimiento de los legisladores. No es la pena la que va a parar el crimen. Toda la sociedad se ha dado cuenta que las leyes represivas no han dado efectos benéficos en la lucha contra la criminalidad. Estas leyes incluso se han considerado como contraproducentes. No obstante la sociedad entera sigue enfrascada en este tipo de “soluciones”. Este empecinamiento de nuestra sociedad implica una ceguera ante la falta de resultados y manifiesta la incapacidad nacional de buscar soluciones que no impliquen la ley de Talión, que no encierren el repugnante rostro de la venganza, soluciones en las que no aparezca la violencia como principal rasgo.
En los primeros meses del gobierno de Mauricio Funes, en un artículo sobre la violencia y la prevención, invité a las autoridades a tener el coraje de reconocer y de anunciarle a la población que era ilusorio esperar resultados prontos e inminentes en la lucha contra la criminalidad. El grado de organización, la intensidad y frecuencia de los crímenes, la ausencia de útiles investigativos, de una PCN con suficientes efectivos y debidamente preparados, volvía imposible obtener la disminución inmediata del número de crímenes, al contrario lo que debíamos esperar, era un recrudecimiento de la criminalidad. Porque era necesario una política que rompiera con la que se había aplicado hasta entonces. Una política que priorizara la prevención, sin olvidar el mejoramiento del combate contra el crimen con la necesaria reestructuración y limpieza de la PCN. La restructuración implicaba, va de suyo, mejor preparación técnica de la investigación y el aumento de los efectivos. Todo esto requiere tiempo y medios.
Pero las autoridades actuales, en vez de hablar claramente con la población, de establecer un diálogo franco con ella, prefirió ceder a las distintas presiones y tomó medidas inmediatistas y demagógicas. El gobierno sacó al Ejército de los cuarteles y le encomendó tareas a las que no está preparado, lo puso de coadjutor policial. En vez de enfrentar con razones el miedo irracional y pasional de la población, atizado éste por la prensa amarillista nacional y los partidos de derecha, que acababan de mostrar su propia incompetencia en la lucha contra la delincuencia, el gobierno ha iniciado una militarización de la función policial, incorporando al Ejército en las cárceles y en las fronteras. De hecho la derecha ya había en gran medida militarizado a la propia policía. Ahora el gobierno de Funes/FMLN para completar el carácter eminentemente represivo de los antimotines ha recurrido a adiestradores franceses de los nefastos CRS (que tienen merecida fama antidemocrática en su propio país). El alegato del ministro de Gobernación efemelenista es digno de un Poniatowski o de un Bonnet, ex ministros franceses del Interior de la peor derecha francesa.
Para que la lucha contra la delincuencia y la criminalidad sea eficaz es también urgente que la Fiscalía asuma sus responsabilidades. Hasta ahora la ineficacia de la Fiscalía es patente y tal vez su dejadez es parte de una estrategia de la peor política de la derecha, que detrás de sus declaraciones indignadas y proposiciones rancias, aspira a poner sobre todo trabas y estorbos al gobierno actual. La derecha tiene como prioridad la reconquista del Ejecutivo, para ello ha puesto varios tizones en el fogón.
Asumir que la violencia surge de la sociedad
Pero una cosa que debemos asumir todos es que la violencia de las pandillas, de los otros delincuentes y traficantes son manifestaciones extremas de una violencia social que envenena nuestras relaciones sociales y que recorre a toda la sociedad salvadoreña. Esta violencia es antigua, profundamente arraigada. Las manifestaciones de esta violencia cotidiana y común son múltiples, van desde el lenguaje coloquial lleno de vulgaridades hasta el maltrato que se le inflinge a los niños y a las mujeres. Este maltrato se ha vuelto invisible, transparente. Los castigos corporales contra los niños, su rango en las relaciones familiares, su desconsideración generalizada, la explotación ultrajante en las calles y algunos talleres son fenómenos permanentes y que casi no llaman la reprobación social. Me estoy refiriendo a la sociedad y no a alguna que otra organización o asociación. Lo mismo podemos afirmar respecto a las mujeres. Las mujeres son el blanco de todos los abusos, ya sean verbales, como atropellos laborales, manoseos incluso en la vía pública. Si me refiero a los niños y mujeres en primer lugar, es porque también esto es lo más visible.
Esta violencia social toma el rostro del autoritarismo que recorre todo el tejido social salvadoreño. No es la primera vez que aludo a este autoritarismo. Se trata de un autoritarismo que hemos heredado desde la Colonia, pero que hemos ido cultivando en nuestra historia con todos los regímenes dictatoriales que se han multiplicado en el país. Estos regímenes han sido violentos, extremadamente violentos. La sociedad misma ante la sistemática violación de sus derechos civiles, libertad de expresión, libertad a secas, pues hubo encarcelamientos arbitrarios, expulsiones del país, torturas, asesinatos, masacres, la sociedad ante todo esto tuvo que recurrir también a la violencia. Se trataba de un derecho, pero era también un recurso extremo, pues la guerra insurreccional trajo indudablemente nuevos niveles de violencia. La guerra de tierra quemada que adoptaron los sucesivos gobiernos bajo el amparo y guía del imperialismo estadounidense dejó como saldo millares de muertos y muchos lisiados. La guerra dejó una ancha herida abierta. Esta herida no se sana con espectáculos presidenciales. La impunidad con que gozan los criminales de guerra es el criadero de la impunidad que gozan y reclaman los criminales de hoy.
La post guerra
La post guerra ha sido una larga mascarada que legalizó el crimen pasado y fue tolerando los crímenes que se cometían en los barrios. Pero ahora agobiados por tanto derramamiento de sangre, por los altos niveles de salvajismo en la ejecución de los asesinatos, la frialdad, la indiferencia de los delincuentes sentimos todos que esto ha llegado a límites intolerables. Pero, ¡cuidado! También podemos acostumbrarnos al horror criminal.
Nos hemos acostumbrado a la violencia institucional de la pobreza y en muchos casos de la miseria. Esta pobreza es criminal. ¿Cuántos niños han muerto por desnutrición en nuestro país? ¿Cuántos por enfermedades crónicas y curables? Hablo de los niños, pero esto se puede extender a las madres, que mueren en partos difíciles por falta de asistencia médica y por desnutrición. Esta pobreza no es una plaga o un fenómeno atmosférico. Esta pobreza es una consecuencia del sistema económico que padecemos. En el que sólo ha contado el interés del capital en detrimento de los hombres y mujeres de nuestro país. ¿Durante cuántas décadas las largas jornadas laborales eran sementeras de muertes prematuras? Los salarios de miseria producían una permanente hambruna. Este panorama no cambia, no ha cambiado. Los gobiernos con toda su fuerza bruta represiva, con toda su violencia, siempre han defendido y servido los intereses de las clases dominantes, de las clases que se han aliado siempre a los capitales extranjeros, sobre todo de los Estados Unidos. Estas clases dominantes, la oligarquía y la burguesía siempre han amenazado con dejar al país sin medios, si el gobierno se atreve a tomar medidas en contra de sus intereses, han amenazado abierta o asolapadamente de implementar un golpe de Estado.
Los intereses de la oligarquía requieren obligatoriamente bajos salarios. Ahora sus grandes pensadores tratan de imponer la desaparición del salario mínimo, de alargar las horas laborales. El pacto fiscal que proponen es la reducción de los gastos del Estado.
Nuestro país no puede permitirse disminuir los gastos en la salud pública, pues no da abasto a la penuria en que se encuentra, se urge de un aumento. Nuestro país no puede darse el “lujo” de disminuir el gasto de la educación y de la cultura, lo que urgimos es una profunda reforma y un gigantesco esfuerzo presupuestario para mejorar el sistema de enseñanza pública y de divulgación cultural. Nuestro país no puede reducir los gastos en la seguridad pública, todos vemos que al contrario se urge de un sensible aumento en ese rubro. Incluso estos no son realmente gastos, sino que verdaderas inversiones en el desarrollo nacional. Pero el país no puede seguir endeudándose.
Los pensamientos que salen del “tanque” de pensadores del patronato suenan huecos. Se han atrevido a proponer que se imponga a los vendedores ambulantes la TVA. La perversidad de esta gente es ingeniosa. Quieren agravar con un peso adicional la precariedad del subempleo y el raquítico poder adquisitivo de la población. La exigencia de disminuir el tren de vida del Estado no es otra cosa que la bulimia desenfrenada del patronato para recibir subvenciones y “ayudas” a la inversión. Esta actitud también es violenta, pues sustenta y justifica un estado de cosas que mantiene a nuestro país sumido en el subdesarrollo. Toda la actitud económica de la oligarquía ha sido parasitaria. Toda la producción de riquezas no ha servido para desarrollar al país, sino para mantener a una casta, que siempre ha vivido en la opulencia. Toda la acumulación de riquezas no sirvió para diversificar y modernizar la agricultura, ni mucho menos para crear las bases de una industrialización nacional.
Combatir y prevenir
No puedo dirigirme a los gobernantes de hoy, pues han optado por la militarización del país, por confiarle al Ejército un papel social que no le corresponde. El uso del Ejército para estos fines es la continuación de la aplicación de doctrinas de la “seguridad nacional”, pensadas por organismos ideológicos extranjeros y patrocinados por organizaciones ligadas a la CIA. El gobierno ha optado por continuar la labor iniciada por la derecha: el Ejército en las calles es un tramo mayor en la política agresiva del Estado oligárquico. El fracaso mexicano es patente en el uso del Ejército para fines de política interior. Pero la obediencia a los amos vuelve ciegos a los sirvientes.
No puedo dirigirme a los gobernantes de hoy, pues sus opciones no responden en nada a los intereses populares. La política de parches sociales no responde a las urgencias nacionales. Existen medidas que pueden ser el inicio de una política real de seguridad de la población, por ejemplo, el desarme total de la sociedad. Pero esta medida veja intereses privados de los mercaderes de la muerte. El aumento significativo de los efectivos policiales vendría a volver innecesarios las compañías privadas de seguridad. La subsistencia de estas agencias responde también a intereses privados. Se ha creado una comisión o un seminario para que medite sobre la ley de portación de armas, pero ¿por qué tantos remilgos para emitir una ley que puede ser de carácter profiláctico contra el crimen? La proporción de asesinatos cometidos por armas de fuego es enorme.
La restructuración de la policía implica devolverle o darle el carácter civil que los Acuerdos de Paz quisieron imponerle. Esta restructuración implica asimismo que la PCN se vuelva realmente garante de la seguridad y que obtenga la confianza de la población. La presencia policial ahora no es ninguna garantía de seguridad, pues su actitud es siempre prepotente, agresiva y violenta. Esta actitud corresponde a la ideología nacional de las relaciones sociales. El agente policial usa y puede abusar del poder que se le ha delegado. Este uso y abuso de la autoridad conferida es parte de nuestro funcionamiento social. Los maestros en las clases, los directores en las escuelas, el empleado público detrás de su escritorio, etc. practican esta “costumbre” nacional.
Una política preventiva, que por supuesto contiene una amplia franja educativa, no puede estar dirigida exclusivamente a la niñez y a la adolescencia. La violencia, el abuso de la autoridad es común en todas las edades y en todos los medios sociales. Es en el mundo adulto que tenemos que inculcar el respeto por los niños y por nuestras mujeres, el respeto y la aplicación de conductas civilizadas en el trato con los demás.
Es la sociedad que puede imponer las soluciones adecuadas para resolver este problema que tanto nos agobia. Pero para ello es necesario que renunciemos a recurrir exclusivamente a medidas violentas y represivas. Aclaro que el castigo del crimen es una parte de la política de combate contra la inseguridad, pero es necesario que entendamos algo tan sencillo, que el castigo viene siempre después del delito. Lo que nos importa es prevenir, crear las condiciones para su disminución radical y si fuera posible su desaparición. El castigo que viene después de cualquier falta debe contener su lado educativo. El castigo, todo castigo tiene que contener su aspecto preventivo. Es por eso que las cárceles tal cual están actualmente concebidas son sobre todo criaderos del crimen. El simple confinamiento, que se acompaña de un hacinamiento inhumano, debe proscribirse y ser remplazado por confinamientos con prácticas reeducativas.
Pero la medida fundamental es el cambio de estructuras económicas que contribuya a hacer desaparecer la pobreza, la miseria social. La vida precaria a la que están obligados tantos salvadoreños es fuente de incultura, de violencia sufrida y aplicada, de múltiples y profundos sufrimientos. En este mundo que predica a través de la publicidad que la realización personal consiste en el consumo de mercancías, de cualquier mercancía, útil o superflua, la pobreza es la negación de esa falsa realización personal, pero también privación de la real y verdadera realización personal a través de prácticas culturales y civilizadoras. Para ello es necesario cambiar el principio fundamental de la sociedad, el objetivo primordial de nuestras instituciones: mantener, propiciar y aumentar las ganancias privadas.