Tengo ahora presente, en este mismo instante, que comienzo a escribir este artículo, la advertencia de un gran cineasta italiano, al mismo tiempo que novelista, poeta y ensayista, Pier Paolo Pasolini. En sus “Cartas luteranas”, Pasolini nos dice que antes de expresarse, no se debe nunca, en ningún caso, temer una instrumentalización por parte del poder y su cultura, que es necesario comportarse como si esta peligrosa eventualidad no existiera. Lo que cuenta, nos dice, es ante todo la sinceridad y la necesidad de lo que uno tiene que decir. No hay que traicionarlas de ninguna manera, aún menos guardar un silencio diplomático, por una toma de partido.
Lo que me propongo escribir va a sorprender tal vez a muchos, los va a incomodar, quizá algunos consideren que hasta es sacrílego hacerlo. Siempre he tenido presente otra recomendación, de otro pensador, Erasmo, que prefería a veces callar para no provocar el escándalo en el pueblo. Pero al mismo tiempo otro humanista nunca tuvo reparos y prefirió la hoguera inquisitorial que retractarse y dejar de sostener su pensamiento, afirmarlo y reafirmarlo, me refiero a Giordano Bruno.
Tampoco crean, luego de esta pequeña introducción, que me propongo trastornar por completo mis opiniones y consideraciones. En realidad el tema ha sido ampliamente abordado, muchos han opinado e incluso comparto con algunos sus puntos de vista. Se trata del tratamiento necesario del problema de la delincuencia juvenil en nuestro país, voy a hablar de las maras. El tema no se presta a grandes revelaciones, ni revoluciones. Sin embargo voy a abordarlo desde un ángulo, por lo menos voy a comenzar por ahí, que me parece goza de un consenso extraño. Voy al grano: daré mi opinión sobre la película de Christian Poveda, “La vida loca”. Su trágica muerte me impuso ir postergando expresarme. Resulta que en nuestro país existe una costumbre de idolatrización enfermiza de las personas muertas, es lo que aconteció con Roque Dalton, con Handal, con Armijo, etc. Esto está ocurriendo con Poveda, que se presenta como un mártir de la lucha anti-maras. Voy a comenzar primero por la película.
La película está compuesta por el entrelazamiento de varias secuencias que aparecen en ritmo sincopado, con interrupciones bien marcadas de cada uno de los retratos de los personajes. Cada historia es tratada aparte, cada secuencia tiene su propio universo. Lo que los une es su pertenencia al mismo medio, a la “Mara 18”. Este encerramiento del tema lleva a un tratamiento de la cámara que rehusa mostrar el ambiente general en donde ocurren las historias. Los planos son cerrados, hay abundancia de primeros planos con todo lo que esto implica hacia el espectador, a quien se le impone, a partir de ahí, una actitud de obligada simpatía hacia el personaje.
El espectador sigue los caprichos de la cámara, es ella la que —tanto en la filmación, como en el montaje— va descuartizando la realidad. La secuencia de la panadería es una, la secuencia en el juzgado con Eric es otra, la secuencia de la muchacha tuerta, a pesar de su pertenencia a la panadería, tiene su momento individual. Incluso la historia de la panadería y de la muchacha tuerta con su problema, con su hija, no se juntan, pareciera que ni una, ni la otra tienen nada que ver entre sí. Este descuartizamiento, el encierro, el aislamiento lleva a un tratamiento de la realidad de las maras bastante particular. En realidad la “Mara 18”, en la película de Poveda, se ve sometida a un exterminio por parte de un enemigo fantasmático. Se ve enfrentada a la incomprensión de una jueza que habla en su jerga legalista, sin entrar realmente a comprender al marero, cuyo delito, cuya falta nunca se llega a saber cuál ha sido. Los mareros se ven enfrentados a otro hostigamiento, que en la película se muestra casi como injustificado, la hostilidad gratuita de la policía, en concreto los arrestos en la panadería y en sus alrededores. La única versión de algo que sucede afuera de la filmación proviene de los mareros, la policía no tiene realmente voz en la película. Me refiero a una voz que explique sus arrestos. Porque el discurso de Ávila, como jefe de la policía, es tan pobre como toda la política gubernamental de ARENA.
« La 18 es amor »
En la película, “La Mara 18” no es una organización delictiva en sí, tiene sus propios ritos, sus ritos iniciáticos en el que el salvajismo se ve suavizado por el tratamiento musical que lo acompaña. En los funerales adquiere casi el estatuto de una secta religiosa, cuya piedad aunque extravagante, merece respeto y consideración. Aquí también el sonido le ayuda al espectador a no sentirse incómodo y sobre todo a compartir el dolor de los deudos apenados.
¿En qué sociedad existe esta mara? ¿Cuáles son sus relaciones con la sociedad en general? No, estos temas están ausentes de la película, no son evocados, la sociedad se ve apenas en algunos planos en donde aparecen familiares o testigos de los asesinatos, uno que otro pasante. Los familiares en la mayor parte de los casos son presentados como condescendientes, compasivos o fatalmente resignados.
La actividad delictiva de las maras en la sociedad no aparece en “La vida loca”. La sociedad está ausente. Incluso uno puede llegar a preguntarse, en realidad, ¿en qué reside el problema de las maras? La violencia marera es interna y la sociedad a través de sus instituciones, la policía y los tribunales se encargan solamente de hostigarlas o de impartir una justicia muy renca y tartamuda. Los mareros muertos que aparecen, luego de tres disparos que los anuncian y que contrastan con el tratamiento sonoro de la película, no tienen ninguna explicación, aparecen asesinados, pero ¿por quién, por qué razones? El documental guarda un extraño silencio sobre esto, no nos da testimonio. ¿Por qué? En la escena en que aparece un testigo visual y al que evidentemente se le ha cuestionado, da detalles únicamente de los gestos del asesino e incluso afirma que el asesino y los que lo acompañaban “no parecían pandilleros”.
Los crímenes, los sobornos, las extorsiones, las intimidaciones no son ni siquiera mencionadas en la película. Se me puede objetar que el método usado es una cámara objetiva, que no hay intervención periodística de entrevistas e interrogatorios, se muestra la realidad bruta. A este respecto tengo mis muy serios reparos. Ya hablé del tratamiento de los primeros planos y planos de cerca, la falta de imágenes del entorno. Pero la película tiene además un tratamiento de creación narrativa que impone la construcción de personajes, con todo lo que esto conlleva de simpatía y empatía hacia los “héroes” de la historia. Hay algunas escenas que evidentemente han sido motivadas, sugeridas, escenificadas. Esto es evidente en la panadería. Pero el colmo es la escena del cumpleaños, en donde el voyeurismo —permanente en casi todas las escenas mórbosas— llega a su clímax. ¿Qué nos aporta la escena del streep tease, regalo de cumpleaños? La naturalidad de todo el comportamiento de los personajes, el acompañamiento musical de ambiente, pues no se trata solamente del sonido proveniente de la fiesta, sino de la banda del sonido agregado en el montaje, todo ello contribuye a una aceptación pasiva del espectador, que se ha ido acostumbrando poco a poco a un mundo regido por sus propias leyes. El espectador se ve obligado a estar presente en la escena, a compartir con los personajes, sin tener ningún elemento interno a la película que le permita valorar éticamente el comportamiento de los personajes. Precisamente es en esta escena en donde el “Moreno” afirma: “la 18 es amor”. Es en esta escena en donde se hace una apología de la fraternidad de la pandilla, de su generosidad, de la solidaridad entre los mareros.
A contracorriente del lenguaje fascista
Podría continuar con el análisis de la película. Agrego simplemente que Christian Poveda era un gran fotógrafo reportero, esta era su segunda película documental, muchas de mis observaciones ya no se las puedo decir directamente. Me quedan rondando en la cabeza muchas interrogaciones, cuya respuesta no las recibiré pues su asesinato nos ha privado del diálogo con el autor. Pero la película está y es un producto acabado y que Christian Poveda puso en circulación. Sé que hay quien no comparte mi opinión. Pero quiero ahora pasar a otro tipo de consideraciones.
En “La vida loca” Poveda, de alguna manera, ha plasmado su visión de las maras, su simpatía por estos muchachos y muchachas que conoció, a quienes se acercó en varias ocasiones, a los que intentó y quiso comprender. Sabía que era necesario ayudarles. La secuencia de la panadería la encara justamente como una posible solución a la marginalización de los mareros, la presenta como una posible reinserción en la sociedad. Poveda se ha expresado también sobre este tema en otras ocasiones, en artículos y en entrevistas. Llegó incluso a proponerse como un posible mediador entre las nuevas autoridades y las maras.
Aunque esto es apenas mi conjetura: su película es en parte su respuesta a la actitud generalizada de rechazo total de estos jóvenes, de la actitud aceptada y asumida comúnmente de la necesidad absoluta de reprimirlas. “La vida loca” se presenta a contra-corriente del lenguaje casi fascista con que la prensa de derecha y que corrientemente mucha gente asume cuando habla sobre este fenómeno social. El lenguaje es cargado, se ha llegado a hablar hasta de exterminio. Esta palabra no es inocente, la prensa ha llegado a exacerbar los ánimos, acusando sistemáticamente a las maras como únicas responsables de todos los delitos letales cometidos en el país. La única solución asumida por los gobiernos de Arena fue la represión y la agravación de las penas. Muchos, por no decir, la mayoría ha aceptado como normal la estigmatización total de estos jóvenes. La represión condujo a la agravación del fenómeno. La prensa usa a las maras para seguir sembrando miedo en la población y se aprovecha del recrudecimiento de los hechos delictivos para volver al gobierno de Funes el principal responsable de este problema social. Lo acosa. Le exige soluciones inmediatas, urgentes.
El gobierno parece frente a este problema social como metido en un callejón sin salida y se muestra incapaz de dar respuestas contundentes. El gobierno sigue con el mismo tipo de comunicados que los gobiernos areneros que le precedieron, ofrece cifras, anuncia medidas, promete reformas. No obstante es necesario decirle claramente a la población que este problema heredado y alimentado por los gobiernos areneros no se puede resolver en unos cuantos meses, que es necesario un plan complejo de lucha contra la delincuencia, pero también un plan de prevención permanente a todos los niveles posibles, empezando desde las parvularias hasta las universidades, con una intensa actividad de animación social en los barrios de los principales centros urbanos.
El gobierno tiene que dejar claro su voluntad de ruptura con la política represiva de los gobiernos areneros, por consiguiente es necesario revisar nuevamente el rol que tiene que jugar la policía en el seno de la sociedad. El aumento de las plantillas es urgente y el paliativo anticonstitucional aplicado por Arena y recogido irresponsablemente por el gobierno de Funes, de sacar a patrullar a los soldados, no constituye en ningún caso una solución. El problema es grave. No se trata de tomar medidas para calmar la fingida cólera y angustia de algunos periodistas de derecha que atizan el miedo en la población.
Los gobiernos de Arena optaron claramente por convertir la Policía Nacional Civil en un ente militarizado de represión. Es urgente que la policía recobre la confianza de la población, confianza en que se trata de una entidad del Estado encargada de protegerla, de ampararla. Esto no se logra con discursos, ni promesas, se hace con reformas y la abrogación de las leyes que desviaron de lo civil hacia lo militar a la policía nacional.
En este mismo sentido, es necesario una ley que regule de manera estricta a las sociedades de seguridad y limite claramente su función y sus prerrogativas. Un imperativo que se ha postergado demasiado y que constituiría una señal fuerte de la voluntad gubernamental de combatir la delincuencia es una nueva ley que regule la portación de armas y que controle la importación y venta de armas en el país. El país tiene que ser desarmando. Basta pues de anuncios demagógicos y de medidas de revoque de fachadas.