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17 agosto 2009

¿De quién es vocero el arzobispo de San Salvador?

El arzobispo de San Salvador, Mons. José Luis Escobar, como sus predecesores, acostumbra a dar declaraciones dominicales sobre asuntos políticos, de sociedad, económicos, etc. Lo hace aprovechando la autoridad que le confiere su grado eclesiástico. Opina no como un simple ciudadano salvadoreño, sino como representante de la Iglesia. A veces lo dice claramente como este domingo: «Como Iglesia hemos perdonado, pero si las autoridades consideran pertinente que se lleguen a esclarecer las cosas, nosotros estaremos encantados de conocer la verdad, pero también nos preocupa la situación nacional» dijo el prelado a los periodistas luego de la misa dominical (Univisión).


Observo que el arzobispo confunde a la Iglesia con la Conferencia episcopal. Aunque sobre esto no me corresponde opinar. Sobre el resto de sus declaraciones si que tengo derecho a hacerlo, pues la teología no viene en esto al caso y se trata de un asunto que se refiere a nuestra historia y a nuestro presente en tanto que nación. Y personalmente tengo reparos que hacer.


El arzobispo nos habla de pertinencia, pero la única pertinencia ante las instituciones de justicia que puede existir, para que se abra un juicio, es que haya habido un crimen, un delito. Como estos crímenes se han establecido, es necesario forzosamente investigarlos. Sobre todo que los crímenes que se perpetraron durante la guerra no son simples crímenes, han sido reconocidos como «crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra».


Conocer esta verdad para el pueblo salvadoreño no es un asunto de mero placer o para dejar «encantado» al señor arzobispo, se trata de justicia y de reparación. Se trata de reparar a las víctimas de las masacres, de las torturas, de los raptos, de los asesinatos, etc.


Pero en la argumentación arzobispal hay un elemento que repite o retoma de la derecha y de sus medios nacionales de intoxicación. Se trata de la « situación nacional». Esta situación la declaran difícil sin más, para amenazar con el resurgimiento de la violencia. Ha dicho que le preocupa «la situación nacional, pues quizá no se sanen las heridas, sino que se abran y volvamos a una situación violenta».


Creo que a este raciocinio le falta algo. Faltan elementos y los que se traen a cuenta, lo menos que podemos decir sobre ellos, es que son inexactos. La justicia no se imparte con intenciones medicinales de sanar heridas, no se trata de una terapia moral o psiconalítica. Las heridas siguen abiertas para muchos y tal vez seguirán abiertas después de los juicios. El sufrimiento puede persistir incluso perdonando. No se trata pues de eso. Repito, se trata de reparación, de esclarecimiento, de encontrar a los responsables y de castigo. El perdón, las víctimas o los parientes de las víctimas tienen todo el derecho a no otorgarlo. El perdón lo otorga la víctima, el verdugo, el criminal no puede exigirlo, ni ninguna otra persona en su nombre.


Pero la amenaza arzobispal del retorno a violencia no queda clara. ¿En qué se basa para tal afirmación? ¿Nos sugiere que los criminales tienen hoy todavía más fuerza que el Estado? ¿Nos quiere prevenir que los criminales pueden instigar nuevas matanzas o algún golpe de Estado? ¿En qué fuentes se basa para decir esto? ¿De quién es vocero el arzobispo de San Salvador?


El anunciado retorno a la violencia me parece irresponsable, pues suena como simple amenaza, porque con él nos quiere imponer silencio, se introduce como instancia resolutoria de cualquier crimen. Esta amenaza persigue infundir miedo, en cierto sentido es terrorista. Al mismo tiempo se le reconoce a la violencia legitimidad, capacidad de acallar el justo reclamo de los tribunales. Me parece que a esa amenaza le falta mucha ética. Cabe preguntarse ¿qué hacemos hoy con los crímenes de las maras? ¿Acaso los mareros no amenazan con represalias a las víctimas? Si a los que cometieron masacres en nuestro país debemos dejarlos tranquilos so pretexto que pueden también acudir a las represalias. ¿Qué hacer con los crímenes que se cometen hoy? ¿Por qué vamos a perdonar generosamente a los criminales de guerra, a los que violaron deliberadamente los derechos humanos y no a los asesinos de hoy? ¿También la Iglesia ya perdonó estos crímenes, a estos criminales?

14 agosto 2009

¿Dónde está Linda Ordoñez?

Comunicado de Otoniel Guevara:

Ayer (12 de Agosto) , a eso de las 4 de la tarde, por el chat de facebook mantuve comunicación con la compañera hondureña Linda Ordoñez, ella me escribía para denunciar el salvaje atropello que estaban sufriendo las personas que estaban en el interior de la Universidad Pedagógica de Honduras en Tegucigalpa, en donde las tropas de Micheletti irrumpieron, violando leyes, derechos humanos y cráneos.

Linda logró salir y meterse a un ciber café para escribirme, pero abruptamente la comunicación se cortó, por lo que sospecho que fue recapturada por el ejército golpista y no sé nada de ella, por lo que les invito a investigar e informarse de esta ola represiva en Honduras, puesto que hay centenares de perosnas en iguales circunstancias de captura-secuestro-desaparición, y mantenerse pendientes puesto que el ejército traidor ha tomado fotos y secuestrado documentos de miles de hondureños, entre los que hay decenas de artistas luchando por la institucionalidad y la dignidad en su tierra.

Transcribo la conversacion con Linda

Ayer
16:05Linda

hola, cuenta esto en tu pais:

nos sacaron a tiros de la universidad pedagogica
16:05Otoniel

hoy?
16:05Linda

habian señoras, estudiantes, ancianos y los militares llegaron a sacarnos

si hace como una hora y media

a algunos nos capturaron y nos golpearon
16:06Otoniel

Mandame un in forme peridoisico por favor a esta dirección, y si tenés fotos, mejor
16:06Linda

a mi me dejaron salir pero nis amigos y otra gente se quedo adentro y no se lo que les estan ahaciendo

no tengo ffotos los militares nos quitaron todo
16:07Otoniel

16:07Linda

ok
16:07Otoniel

consegui por algun lado, son importantesd

bueno, esperame
16:08Otoniel

vos tenes telefono?
16:09Linda

me lo quitaron

estoy en un cyber cafe

cerca de la u pero me tengo que ir rapido porque me tomaron fotos y me djieron que si me miraban en la calle me mataban

que me fuera y me callara
16:10Otoniel

consegui

uno
16:10Linda

los militares entrarion al centro comercial ya




(Ahí se interrumpió...)

Fabrizio de André BOCCA DI ROSA



Tal vez les guste. Te gustará, estoy seguro.

08 agosto 2009

Ustedes no viven en el socialismo (sexta parte)

De regreso en mi celda traté de poner orden en mi cabeza. Acabo de escribir esta primera frase y me ha sorprendido el posesivo que he usado : mi celda. No creo sinceramente que entonces consideré ese recinto como mío. No intenté en ningún momento dejar mi huella en él. En todo caso ya de vuelta, me puse a recapacitar lo que me acaba de ocurrir. Sopesé cada palabra, cada gesto, cada expresión de los rostros de mis interlocutores. Nuevamente pensé que había evitado lo peor. Quiero decirlo ahora, que realmente ignoro sin mi llamada al dominicano Jorge mi suerte hubiera sido otra. No lo sé, no tengo, ni tuve posibilidad de saberlo. Pero de nuevo en la celda, pude concluir que habían decidido expulsarme. La búsqueda de mi pasaporte y la frase sobre que “ya habían pensado en el pasaje abierto”, me lo corroboró. No obstante no estaba muy seguro de que mi arreglo con ellos sobre el destino de mi mujer y mis hijas iba a ser respetado.

Al mismo tiempo dijeron que podían perfectamente mantenerme preso el tiempo que quisieran. No me discutieron en ningún momento, no me contradijeron directamente cuando afirmé que estaban “obligados” a sacarme al tercer día. Esto me parecía muy extraño. Como sea decidí mantenerme en huelga de hambre, seguir insistiendo que me debían presentar ante un juez. Seguir interpretando mi papel de alguien seguro y determinado.

El tiempo, supongo, pasa más lentamente en las cárceles. Lo sentía como detenido. En la mañana oí los pasos de otros reos, cuando vinieron a buscarlos para ir el baño. Luego ya no volví a sentir su presencia. Tal vez por eso me puse a silbar y a cantar, pero nadie me respondió. Por la tarde nadie más vino a prohibirme que cantara. El carcelero que venía a verme por la ventanilla lo siguió haciendo hasta un momento en que la luz eléctrica bajó de intensidad.

Estaba cansado. Sorprendentemente desde mi regreso caminé a lo largo de la celda. Me detenía por momentos, me senté alguna vez. La noche anterior hasta que me quedé dormido oí el llanto de un niño. Ahora eran los ladridos cercanos de unos perros que entraban a mi celda por la ventanita que daba hacia el exterior. Por aquella época dormía muy poco, me recuperaba con cuatro o cinco horas al día, de vez en cuando prolongaba hasta las ocho horas, entonces me parecía que había dormido en exceso. Raras veces, muy contadas, fueron las ocasiones en que hice la siesta, tal vez sólo durante las vacaciones. Ahora, allí, en la celda de la calle Petrovska sentí de pronto la urgencia de dormir, pero los ladridos de los perros no me permitían conciliar el sueño. Felizmente entonces conservaba en mi memoria muchos poemas de Lorca, Machado, Hernández, Vallejo, Neruda y algunos de Pushkin, Lermantov y Alexandre Block. Me puse a recitarlos en silencio, no sé cuánto tiempo. En algún momento me quedé dormido sin sentirlo.

De repente, en las primeras horas de la mañana, sentí la mano tosca y brusca de un hombre que me sacudía el hombro. Me desperté sorprendido, petrificado. La luz era escasa. No distinguí su cara.

—¡Arriba, arriba!

Me senté en la cama. Traté de pensar, de medir la situación. El hombre me ordenó que me parara. Me dijo que los siguiera. En ese momento vi a otros dos hombres en civil que esperaban.

—Lo vamos a llevar a las duchas para que se bañé, lo han venido a buscar para llevárselo.

No se me ocurrió preguntar quién, adónde. En realidad quién sabe por qué supuse que estos tres personajes no estaban enterados de mi destino. Uno de ellos llevaba el uniforme de carcelero. Era el que iba abriendo las puertas y fue quien me entregó un toalla diminuta y un pedazo de jabón. Me mostraron una puerta y me dijeron que entrara, que cuando terminase, les avisara tocando por la puerta.

Entre a las duchas. El lugar era gris, los tubos tenían las regaderas, cada ducha las separaba un muro, no había puertas. Tal vez había un desnivelado hacia una evacuación central, pues debajo de las duchas no había desaguadero. Abrí una de las duchas. No salió agua. Me di cuenta entonces de que todo estaba seco, extraordinariamente seco. La ducha seguía sin agua. De repente sentí miedo, mucho miedo, irracional. Tres años antes había visto en la Casa de la Amistad unos documentales y trozos de películas que el Ejército Rojo había encontrado en algunos campos de exterminio nazis. Las duchas me recordaron las siniestras cámaras de gas. El agua tardaba en salir. Abrí otras duchas. El resultado fue el mismo, ni una sola gota. Este martirio me lo propiné solo. Tuve unos instantes la certitud que me encontraba en una de esas cámaras. En ningún momento se me ocurrió que eso era desproporcionado, que era más sencillo un tiro en la sien o otro proceder más expeditivo y menos caro. Pues para asfixiarme en ese local hubiese sido necesario una cantidad enorme de gas. Pero el local me pareció hermético. Lo recorrí buscando un intersticio. El tiempo se escurría y las duchas que había abierto tardaban en echar agua. Pensé que si me tiraba al suelo iba a prolongar mi existencia. No sé, me ordené con mucha violencia serenarme. Fue en ese instante que comenzó a salir un agua escasa de las duchas. Me precipité a humedecer la toalla, pensando que si luego venía el gas eso tal vez me ayudaría. El agua era gélida. El chorro creció poco a poco. Me desvestí y me metí bajo el agua. Tomé la ducha, pero no tenía ya con que secarme. Fui a la puerta y toqué. Abrieron de inmediato y cuando me vieron mojado, cubriendo mis partes íntimas con la toalla mojada se enfadaron.

—No tenemos mucho tiempo, qué hizo con la toalla, por qué está mojada.

—Se me cayó...

—A la gran puta... no tengo otra, hay solo una para cada reo.

—Busque otra, no tenemos tiempo para discutir— dijo uno de los que estaban en civil.

El carcelero se fue y volvió en unos instantes. Uno de los de civil tenía mis ropas, me las dio. Volvieron a cerrar la puerta y me vestí. En ese momento me puse a reír por mi absurda ocurrencia de la cámara de gas. Abrieron la puerta y me apresuraban. Uno de ellos me preguntó por qué había tardado tanto en la ducha. Le conté que el agua había tardado en salir y que estaba fría, fría. Les conté que la ducha en sí fue corta y que por apresurarme se me cayó la toalla.

Subimos por unas gradas estrechas, entramos por una puerta gruesa y caminamos por un corredor. Llegamos a la misma sala del día anterior en donde me esperaban una seis o siete personas. El jefe y los dos que me habían recepcionado. Había un tipo sentado en una mesita. Me devolvieron los objetos que me habían obligado a desembolsar. Nadie me decía mayor cosa, venga, acérquese, tome. Me sentía mejor con mis ropas. El que estaba sentado en la mesita era un médico. Todo el tiempo que estuve en la sala me observaba. Luego me llamó. Se presentó como médico.

—¿Cómo se siente de salud?

—Bien, muy bien.

—¿Ha contraído aquí alguna enfermedad?

—No, que yo sepa.

—Responda si o no.

—No, no creo.

—¿Ha sufrido alguna tortura?

—Sí, moral, me han detenido sin derecho.

—Me refiero a que si lo han torturado físicamente.

—Físicamente no, pero ponga allí en ese formulario que mi detención es ilegal.

—Bueno, ahora firme aquí.

—No, yo no firmo nada.

—Sí, tiene que firmar.

—Ya le dije que no voy a firmar.

En ese momento se acercó el jefe que había estado viendo la escena y dijo muy tranquilo:

—Deje, no importa su firma, ya le pondremos alguna.

Se me quedó viendo, me entregó mi pasaporte y el pasaje.

—Hay una maletica con algunas cosas suyas. Su mujer no tuvo tiempo para más. Estos dos agentes lo van a llevar al aeropuerto. Eran dos hombres que no había visto antes. El jefe me tendió la mano y me dijo:

—Que tenga suerte.

No le respondí. Los hombres que me iban a llevar al aeropuerto me hicieron señas para que los siguiera. Salimos a un patio. Había un coche con el chofer sentado que nos esperaba. Uno se sentó a su lado. El otro me hizo entrar y luego se sentó a mi costado. Me mostró una revolver o pistola. No sé distinguir esas cosas.

—No intente escaparse, no haga movimientos bruscos y todo irá bien. Yo estoy acostumbrado a matar, como lo oye, si hace algún intento de escapar, yo tengo orden de tirar. ¿Entiende lo que le digo?

—Sí, perfectamente. Pero no tenga cuidado, no voy a intentar nada.

El chofer puso en movimiento el auto. Salimos, no sé si íbamos escoltados por motos. Creo que sí pues al entrar a la pista vi dos motos que se detuvieron y nos dejaron pasar. En el camino, el policía me miraba intrigado, me observaba.

—No sé qué habrá hecho, pero así como se le ve, no parece capaz de cometer un delito.

Tampoco esta vez respondí. En realidad iba realizando que salía de la Unión Soviética como un delincuente. Recordé en ese momento mi llegada, mi alegría juvenil, mis ojos abiertos tratando de desentrañarlo todo.

El policía trató de animar el trayecto, me hizo mil preguntas, se las fui respondiendo con monosílabos al principio, ya luego vi que de todos modos daba igual satisfacer su curiosidad. La conversación me llevó a declararle que seguía siendo comunista, que no habían logrado volverme anticomunista. Esto lo sorprendió. Traté de explicarle en pocas palabras. No me entendió, no podía entenderme. Luego le pregunté si me podía hacer un favor. Le pedí que fuera a mi casa y le llevara a mi mujer los rublos que me habían devuelto. Le dije que en el extranjero la moneda soviética no tenía curso. Aceptó, me dijo que lo haría. Lo hizo. Luego ya cuando nos acercábamos al aeropuerto me preguntó de nuevo:

—¿No le gusta el socialismo?

—Lo que ustedes viven no es socialismo.

—¿Qué es entonces?

—No sé, pero socialismo no es.

—¿Y como tiene que ser el socialismo?

—Tampoco sé, pero obligatoriamente no es como el que ustedes viven.

El hombre se alzo de hombros. Entramos luego al aeropuerto, el coche me llevó hasta unos veinte metros de la escalinata del avión los otros pasajeros, esperaban en fila. Algunos soldados, aduaneros o agentes de la KGB estaban desperdigados en las cercanías del avión. Cuando subía las gradas sentí que las lágrimas acudían a mis ojos. Las retuve con fuerza. Una aeromoza sonriente tomó mi billete de avión y me acomodó en mi puesto. Luego comenzaron a entrar el resto de pasajeros. Me enteré luego por mi vecino que tuvieron que esperar y que el avión salía con retraso. Al rato rompí mi huelga de hambre. La comida me pareció suculenta y hasta muy sabrosa.

06 agosto 2009

Un premio de parte de un amigo

Mi buen amigo Alberto me ofrece un premio. No acostumbro aceptar premios. Esta vez no pude evitarlo, pues viene de una gran amigo.




Las bases del premio son:
Elegir blogs o sitios de Internet que por su calidad, su afinidad o cualquier razón hayan conseguido establecer un vínculo que desees reforzar y premiar con un “no-me-olvides” y enlazarlos en el post escrito.

Escribir un post mostrando el premio, citar el nombre del blog o web que te lo regala y notificar a tus elegidos con un comentario. Si es posible el origen del premio.

Exhibir el Premio en tu blog.


A mi vez le trasmito el premio a:

Nila Vigil (lo recomiendo encarecidamente su Instituto Lingüístico de Invierno).

Sandra Gutierrez Poizat (me ha parecido muy interesante su Urbanitas)

Yo NO SOY Cindy Crawford!! (Su blog cuenta sus Anécdotas)

05 agosto 2009

Intermedio musical

Me queda todavía una última entrega sobre este episodio de mi vida. Pero antes de seguir, deseo compartir con ustedes estas dos canciones que canta Bulat Okudzhava. Es un gran poeta y prosista. Muchas de sus canciones en aquel tiempo circularon clandestinamente.

Les comparto esto. Son canciones de mi época allá en Moscú. Quisiera también que no crean —que a pesar de que mis últimos días en la URSS fueron infaustos— que me la pasé todo el tiempo en sufrimientos y penares. Allí viví mi juventud. Vivi apasionadamente y Moscú me sigue apareciendo en sueños, sus largos atardeceres de verano, sus otoños dorados. Los largos inviernos fueron nidos de felices sentimientos y los blancos mantos me fueron preparando para sentir en mi cuerpo el despertar glorioso de toda la naturaleza, las abruptas y rotundas primaveras rusas. Hay que vivirlas para entender la perspicacia musical de Igor Stravinski en "La consagración de la primavera". Además conocí gente buena, muy buena y generosa.


03 agosto 2009

Negociando con la KGB (Quinta parte)

Cuando me desperté, tardé algún tiempo en ubicarme, vi una tenue luz por la ventanita de la celda. No supe qué horas eran. En todo caso reinaba un silencio sepulcral. Me puse a canturriar, como para no sentirme tan solo. Me resulta sorprendente, extraño, que me vinieran al recuerdo, en esos momentos, canciones de la República española, de la Guerra Civil. Lo recuerdo claramente, pues amanecí cantando “¡Ay, Carmela! No sé qué explicación darle a esto. No obstante recuerdo que en un momento de la mañana vino un guardia y me dijo que era prohibido cantar en la cárcel. Le contesté que estaba cantando canciones revolucionarias y que cantaría las veces que me diera la gana. Esto fue ya entrada la mañana. Antes me habían traído el desayuno y reiteré mi declaración de huelga de hambre. El carcelero no insistió y me recordó de nuevo que estaba prohibido. Vinieron a buscarme para ir al retrete. Me negué a salir, le dije que no necesitaba. El carcelero me aclaró que esa salida era la única del día, que luego nadie me vendría a buscar, que aprovechara. Me lo dijo condescendiente, en tono bastante amable. Le dije que no, que no iba a salir, que saldría únicamente para hablar con el director de la cárcel o libre.

—El director no viene hoy. Hoy hay un vice de turno.

Justamente fue este vicedirector que vino a mi celda. La puerta se abrió y vi aparecer a un oficial uniformado. Su apariencia era afable, me sonrió, me saludó y me tendió la mano.

—Me han dicho que no ha comido.

—Me he declarado en huelga de hambre.

—Sabe que no tiene derecho. Tiene que hacer una petición...

Me sonreí. Creo que también él se daba cuenta de lo absurdo de lo que acababa de decir, aunque se esforzó por no dar señal alguna.

—Quiero hablar con el director.

—No está hoy, yo lo remplazo.

—Entonces tiene que presentarme ante un juez o mostrarme la orden del juez para mi arresto.

—No soy yo el que se ocupa de su caso. Es el director y en realidad no conozco nada de su caso.

—¿Cuándo vuelve el director?

—El lunes.

—Pero usted sabe que voy a salir antes. Mañana.

—No creo, bueno, no sé. He venido por la comida. ¿No le ha gustado la comida?

—No, en efecto no me ha parecido que sea buena.

—Si quiere le traemos su comida de afuera.

—No, ya le dije que estoy de huelga de hambre.

Hizo un gesto de irritación y al mismo tiempo en nada agresivo. Más bien parecía fastidiado por mi caso, parecía que no estaba preparado para un caso semejante, parecía buscar una solución.

—Lo mejor sería que acepte mi proposición. Podemos organizar eso, traerle de comer de afuera. Lo hemos hecho con gente enferma que tiene dietas especiales. Nuestro objetivo no es maltratar a nadie.

—Pero a mí me tienen preso sin justificación y sin orden de juez.

—No sé, yo no me he encargado de su caso.

Guardó silencio unos instantes, miró alrededor como si descubriera por primera vez la celda, como si fuera la primera vez que penetraba a una. Su mirada me llamó la atención. Luego me miró fijo a los ojos.

—Mire, yo no sé quién es usted, no sé nada de su caso. Pero le tengo que advertir que si quiere seguir con la huelga de hambre tiene que hacer una petición.

—No, yo voy a seguir sin comer.

—Mire, cuando dentro de diez o doce días ya esté muy debilitado le pondremos suero, aunque sea a la fuerza.

Fue en este momento que me sentí un poco raro. El oficial daba por descontado que iba a permanecer en este local algunos días. Aceleradamente me dije que tenía que renovar con insistencia mi táctica, que no podía dejarle la más mínima impresión que aceptaba esa posibilidad.

—Usted sabe que voy a salir antes. Tienen dos días.

El hombre me miró, su mirada era escrutadora. Me medía, me analizaba, se interrogaba sobre mi persona. De todos modos, me percaté que constituía un problema para él, que ignoraba realmente como proceder. Pienso que este funcionario era un simple carcelario, ajeno a la policía política.

—Si cambia de opinión, bueno, para cambiar de opinión tiene hasta el mediodía, luego ya va a ser tarde.

Salió en silencio, sin despedirse. En esos momentos quise sentirme fuerte. Sabía que mi huelga de hambre era una preocupación para él, también para los carceleros que le habían informado. Su presencia en mi celda me lo confirmaba, como también su proposición de traerme de comer de afuera, se trataba para mí de una victoria. Hay algo que me ha intrigado siempre: no se trata tanto de que el aspecto del puré fuese negruzco y que la anchoa fuera muy aceitosa y que esto no me provocara apetito en absoluto y que por esto no tuve que forzarme para no comer. En realidad, en ningún momento, durante todo mi tiempo de detención, no sentí ni sed, ni hambre. Como si mi determinación de no comer comandara mis funciones digestivas.

De tiempo en tiempo se oía pasos en el corredor. A veces una ventanita se abría y veía los ojos del carcelero que inspeccionaba. No sé realmente el tiempo que pasaba entre una inspección y otra, pero cada vez que el carcelero abría me encontraba de pie, frente a la puerta. No muy cerca, me paraba a cierta distancia. Ahora no puedo determinar cuál era la motivación de mi actitud.

No sé exactamente la hora, había perdido la noción, pero fue ya después del mediodía, se abrió la puerta y aparecieron dos uniformados y me dijeron que me llevarían a un parlatorio, que tenía una visita, que alguien había venido a verme. Supuse que mi mujer había venido, que había tratado de saber dónde me detenían.

No obstante al entrar en el recinto me encontré con los dos policías en civil. Los mismos que me recepcionaron. Me invitaron a sentarme. Ellos estaban detrás de un escritorio. Intuí que ellos no formaban parte del personal de la cárcel.

—Hemos venido a que nos diga dónde ha escondido su pasaporte.

En ese instante supe que había ganado. Ignoro realmente cuales fueron las iniciales intenciones que tenían para mi caso. Supe pertinentemente que no hubo ninguna intervención de un juez. Lo deduje. Ahora habían optado expulsarme. Esto no me tranquilizó en absoluto. Pues no tenía realmente nada que me permitiera negociar desde una posición de fuerza o de igual a igual. Había dos cosas que negociar. La primera era la suerte de mi mujer y de mis dos hijas. ¿Les darían permiso de salir de la Unión Soviética? Este punto era el principal. El otro era que mi pasaje fuera abierto, que me permitiera bajarme en cualquier aeropuerto. Antes existían dos tipos de pasajes aéreos. Unos eran cerrados, uno viajaba sin interrupción desde el lugar de partida hasta el lugar de llegada, sin poder cambiar de destino. Los otros eran abiertos y uno podía hacer escalas y entrar en el país que uno quisiera. Por supuesto si los acuerdos internacionales lo permitían.

Me dijeron que habían ido a mi casa a buscar mi pasaporte y que no lo habían encontrado. Me sonreí. No lo hice ostensiblemente. Pero mi leve sonrisa, creo, los irritó mayormente.

—Usted sabe que podemos hacer lo que nos de la gana, mandarlo a cualquier parte sin pasaporte. Mantenerlo aquí si nos da la gana, todo el tiempo que queramos.

—Ustedes saben que no es cierto. Que voy a salir pronto, mañana que es el tercer día. Deberían llamar al teléfono del Comité Central o permitirme que hable con ellos para contarles que estoy aquí.

—Usted mismo no ha dicho en muchas ocasiones que somos nosotros los que gobernamos y mandamos y que no es el Partido. ¿Acaso no lo ha dicho?

—Sí, lo he dicho. Pero ustedes necesitan también del Partido.

—¿Para qué?

—Sin el Partido la dictadura salta más a la vista.

—¿Qué dictadura?

—La que les permite que me tengan aquí sin orden de juez, sin respetar las leyes, la que retardó mi casamiento, la que le prohibió a mi mujer de trabajar en Inturist como guía y luego como traductora. Son ustedes los que deciden de eso. ¿No es así?

Me di cuenta que al conducirme de esta manera me estaba alejando de una posible negociación. Era como si me hubiera persuadido a mí mismo que era cierto que algo iba a ocurrir si no me soltaban al tercer día.

—Nosotros no hemos venido a discutir política con usted.

—No fui yo quien empezó.

—De todos modos lo mejor es que arreglemos esto de la mejor manera.

No creo que mi mente haya sido tan veloz como entonces. En una fracción de segundo concluí que mi actitud me había servido de algo, que mi huelga de hambre también, pues toda su actitud era distinta, no era muy arrogante. Tal vez el vicedirector tuvo algo que ver en esto. No sé. En todo caso venían a arreglar “esto” y lo querían arreglar de la mejor manera. Vi que en el arreglo me incluían. Eso me abría una puerta para negociar. Ahora veo que lo que me sucedió, quiero decir, la manera en que me sucedió, es debido en gran parte a mi llamada telefónica al dominicano. También tuvo su efecto mi actitud en la cárcel, mi manifiesta certeza de que algo pudiera ocurrir les había desbaratado sus planes iniciales. Aunque siga hasta el día de hoy ignorando cuáles eran.

—Lo primero que hay que arreglar es el caso de mi familia.

—¿Su familia? ¿Qué hay que arreglar?

—Sí, mi familia. Tengo que estar seguro de que las van a dejar salir del país.

—El caso de su mujer no lo manejamos nosotros.

—Entonces no podemos arreglar nada.

—Eso lo podemos hablar, pero antes usted tiene que decirnos dónde está el pasaporte.

—Mire, hablemos en concreto. ¿Qué va a pasar con mi mujer?

—Pues nosotros no podemos prometerle nada.

—¿Quién decide entonces? Si no son ustedes los que deciden, que venga a hablar el que decide.

En esos momentos se miraron, se hablaron con los ojos. El que no había intervenido se puso de pie y me dijo.

—Espere un momento. Su mujer está en la otra sala, ahí al lado. Si quiere le dice a ella donde está el pasaporte.

—Lo que quiero es hablar con su jefe, con el que decide.

—No se preocupe, ya va a hablar con él.

No supe inmediatamente cuál era el objetivo de comunicarme que mi mujer estaba en la sala contigua. Tal vez trataban de presionarme, que también podían ponerla presa, no sé. Pero luego cuando me dijo que el responsable iba a venir a hablar conmigo de nuevo sentí un alegrón interno que reprimí para no manifestarlo. Pensé que mi caso se les había complicado. Claro, se les complicó desde el primer momento, cuando me negué seguir al primer policía que vino a arrestarme. Todo se jugó entonces.

Los dos salieron y volvieron unos momentos después con el que supuse era el jefe. En realidad lo era.

—Mire, yo no voy a seguir perdiendo el tiempo con usted. Vamos a hablar con su mujer, usted le dice a ella donde está el pasaporte. Le doy mi palabra de oficial que su mujer con las dos niñas van a tener tres meses para salir, para preparar el viaje, si no se van en tres meses, se quedan aquí para siempre. ¿Acepta?

Me lo arrojó así de repente como para sorprenderme. Logró su efecto. Guarde silencio un instante.

—¿Qué garantía voy a tener que me va a cumplir?

—¿Qué garantía? Mire, no le voy a dar mi palabra de comunista, ni una palabra de honor o qué sé que otra cosa. No podemos firmar nada.

—Es cierto que ustedes no son comunistas. Es más, ustedes no van a lograr nunca volverme anticomunista.

—Su ideología no me importa, me sale sobrando. Si quiere le doy también mi palabra de padre. Le parece que eso es mejor. ¿Ahora acepta?

El hombre me sonrió y me tendió la mano como cerrando un pacto. Le cerré la mano.

—Vamos a hablar con su mujer, vamos a hablar un poco con ella, ella tiene que apurarse a darnos su pasaporte.

—Entiendo que me van a expulsar.

—Sí. Pero no sabemos todavía cuándo.

—Usted sabe que tiene que ser pronto, mañana. Le quiero pedir que el pasaje sea abierto.

—Ya hemos pensado en eso. Por el momento, no le diga a su mujer de nuestro arreglo. Se lo vamos a decir nosotros a ella, oficialmente.

Se levantó y me invitó a seguirlo. Vi que efectivamente mi mujer estaba allí. Con ella ya había previsto esta situación, pero como siempre estas cosas se espera que nunca lleguen, uno puede prepararse psicológicamente, pero cuando se presentan, uno se da cuenta que no existe preparación alguna. Tuvimos una corta conversación. No le conté de lo que había arreglado. Le dije dónde estaba el pasaporte. Ella sabía, pero les aseguró que no, que no sabía. Ellos le creyeron. Ella había pensado que sin el pasaporte no podían expulsarme.

31 julio 2009

Mi primera noche en la cárcel (Cuarta parte)

El trayecto desde mi trabajo hasta la calle Petrovska me pareció corto. No recuerdo si durante el trayecto el policía me hablo o si le hablé. Tal vez guardamos silencio. Llegamos y el carro se paró enfrente de una puerta metálica, al lado me parece había un portón. Ahora que escribo y trato de que aparezcan en mi cabeza esos detalles no lo logro. Los años son muchos. Pero debo confesar que cuando bajé me concentré y con empeño me ordené guardar en la memoria todos los detalles. Recuerdo que detrás de la puerta había dos uniformados y con armas, que el policía en civil les presentó un papel del que arrancaron un pedazo. Recuerdo que salimos de inmediato a una suerte de patio, tal vez era un estacionamiento, atravesamos ese lugar, el policía, de seguro queriendo vengarse o recobrando su alma de torturador me dijo en voz muy queda y misteriosa:

—Estás entrando a un lugar del que no se regresa.

El estado de alerta en que me encontraba, el plan de conducta que me había trazado, me llevaron a responderle sin tardar lo que iba a ser en mí una respuesta recurrente:

—Sabe perfectamente que salgo dentro de tres días.

Vi como su cabeza se tornó casi de inmediato, sorprendido o irritado, no puedo decirlo, no vi su cara, el ambiente era oscuro. Atravesamos el patio y llegamos ante otra puerta, en la que también se encontraban dos militares armados. El policía también se identificó. Llegamos luego a un lugar muy indefinido, algo que no logro determinar, era como una recepción, una oficina o la mezcla de las dos cosas. El policía me ordenó que me detuviera. Al lado de un mostrador había dos hombres. Se les acercó y oí, a pesar de su susurro, lo que les dijo:

—Afuera saben que está aquí, llamó por teléfono....

Siguió hablando pero el resto ya no llegó a mis oídos claramente. Al rato uno de ellos se me acercó y me dijo que me sentara en un banco que estaba enfrente del mostrador. No sé cuando tiempo esperé antes de que volvieran. En ese lugar unos soldados o carceleros se paseaban, se miraban sin hablarse y de vez en cuando me echaban una ojeada. Los tres policías en civil habían desaparecido detrás de una puerta. Recuerdo vagamente que me persuadía que no debía de dar la impresión de sentir angustia alguna, ni que me impacientaba, deseaba que cualquiera que me mirara, supiera, se enterara que el tiempo era mío y que mi voluntad estaba intacta. Apartaba de mi mente el atisbo de que algo malo pudiese ocurrirme. No quería que pudieran verme ensombrecido.

Cuando volvieron, el que me capturó ya no volvió, uno de ellos me llamó al mostrador y allí llenaron un formulario. Lo hacían si dirigirme ninguna palabra, ni siquiera una mirada. Me dijeron que vaciara mis bolsillos. Me lo dijeron de repente. Tardé en hacerlo y pensé en las opciones que tenía, podía negarme, pero inmediatamente me pareció inútil, pero me dije que tal vez debería esperar que me repitieran la orden. Ellos no tardaron en repetirme la orden. Fue en ese momento que se me ocurrió algo, muy absurdo, pero que me daba una pauta que tampoco iba a abandonar durante mi estadía en la Petrovska. Tuve pues la arrogancia o la osadía de decirles que estaban faltando a la ley, pues me estaban privando de mi libertad sin que me presentaran ningún documento de orden de captura, firmado por algún juez, como es lo debido según la ley. Se sorprendieron y no supieron responder de inmediato. La sorpresa fue clara en sus miradas y en la expresión de sus caras. Pensé que me responderían que no necesitaban o que lo más probable se iban a poner a reír, pues mi invocación de la “legalidad socialista” —era la expresión consagrada— resultaba en ese lugar completamente disparatada. Uno de ellos al cabo de un momento, tal vez repuesto ya de la sorpresa, me dijo que la orden estaba en la oficina del director.

—Me gustaría verla, aunque sé que no tienen nada, que mi detención es ilegal.

—Mañana cuando vuelva el director se la mostraremos. Ahora lo mejor es que obedezca, pues no queremos usar la fuerza. Es mejor que obedezca.

—Pero ustedes reconocen que están violando la ley.

—No, no hemos reconocido nada. Le estamos pidiendo que obedezca, que nosotros hemos recibido la orden del director.

—Entonces quiero hablar con el director.

—No está, se ha ido.

La respuesta fue corta, además de irritada. Pero visiblemente estaban sorprendidos, mi conducta lindaba tal vez para ellos con alguna demencia muy particular. En todo caso, es lo que creo, se dieron cuenta que a pesar de estar en ese lugar, aislado e indefenso, me comportaba como si tuviera alguna carta importante de la baraja. Es posible que les volvió a la mente la llamada que hice desde la oficina del Redactor en jefe. Por lo demás, ese era mi objetivo, mantener esa escasa presión. Me estaba jugando con eso el todo por el todo. En realidad nada había hablado con el dominicano Jorge. El se sorprendió, no entendió nada, pensó al principio en una broma —esto lo supe después— luego se puso en contacto con mi mujer y le avisó que estaba preso. Precavidamente no se extendió en el mensaje y llamó de una cabina. Mi mujer no tardó en darle fuego a todos mis papeles que pudieran comprometerme, que pudieran servir para acusarme de algo, lo quemó todo, hasta mis pobres poemas de desterrado, tristes y pesimistas.

—Lo mejor es que obedezca, eso es lo mejor.

Realmente eso era lo mejor. Pero al mismo tiempo, en mi estrategia, absurda y desesperada, me había propuesto resistir a cada paso, no obedecer de inmediato, mostrar que tenía alguna fuerza moral, que les costaría menguar mi determinación. Saqué lo que tenía en los bolsillos. Uno de ellos hizo una lista. Me ordenó que firmara.

—Voy a firmar mañana cuando me vea con el director.

Ambos suspiraron. Sintieron tal vez el deseo de abofetearme. Finalmente uno de ellos dijo:

—Bueno, muy bien. De todos modos no hace falta su firma.

Con un gesto de la mano llamaron a dos carceleros. Ellos sin mayor miramiento, sin pronunciar nada, cada uno me tomó por un brazo y me condujeron a una estancia. Por supuesto que esta vez no intenté resistir. Además de inútil, sabía que tampoco debía correr ese riesgo de provocar algún mal trato. En ese lugar hacía frío, era ya un otoño de noches heladas.

No sé cuanto tiempo permanecí en ese lugar solo. Era una pieza vacía. El frío me hizo caminar de una lado hacia otro. Creo que el ambiente estaba húmedo. De repente se abrió la puerta y apareció un hombre, uno de los dos, y me ordenó:

—¡Desvistase!

Me sorprendió y obedecí de inmediato. Esa fue una derrota. Desnudo me sentí mayormente indefenso. En esas condiciones no valía la pena contrariar con preguntas al hombre. Trate en la medida de lo posible guardar compostura. El hombre salió con mi ropa. Tardaron de nuevo. Cuando entró un carcelero con la muda de prisionero, estaba a punto de temblar de frío. Me vestí. El carcelero me invitó a seguirle. En la puerta esperaba el otro. Me condujeron a un subsuelo. Recuerdo que vi en un reloj la hora, eran ya cerca de las ocho de la noche. Era un segundo subsuelo. Me entregaron una frazada y una almohada. Subimos de nuevo, por unas escaleras bastante angostas (es el recuerdo que tengo), conté tres pisos. Entramos a una especie de vestíbulo. Abrieron una puerta pesada y gruesa. Daba a un corredor con unas ocho celdas. Creo que me metieron en la cuarta. Cerraron la puerta. Descubrí una celda, larga, con dos camas sobrepuestas, una ventanita con barrotes a tres metros de alto. En un rincón había un balde con tapadera. Puse la frazada y la almohada en la cama de abajo. Me senté un instante. Traté de recapacitar, de sopesar cabalmente mi situación. Me supe perdido. No tenía con que defenderme, sabía la ferocidad de la maquinaria, su capacidad de destruir a las personas. Conocía la literatura que se publicó en el período de Jruchov, había estudiado a Solzhenitzin, Un día en la vida de Ivan Denisovich, había conversado largamente con un muchacho del barrio que había sido “reeducado” en un campo. No es necesario que enumere los detalles de lo que sabía entonces. Decidí jugármela. Seguir fingiendo que tenía un as de espadas en reserva.

De repente se abrió una ventanita giratoria en la puerta y vi aparecer un tarro de lata. Me acerqué y descubrí un puré negruzco y una tira de anchoa aceitosa. Sentí asco. No toqué nada. Al rato vino alguien a retirar y constató que todo estaba intacto.

—No ha comido.

—Estoy de huelga de hambre.

—¡¿Cómo?! ¿De huelga de hambre?

—Si, informe a su jefe que estoy de huelga de hambre.

El carcelero se quedó callado unos instantes. Luego volvió a meter el tarro y me dijo:

—Aquí está prohibido hacer huelga de hambre.

—Yo estoy de huelga de hambre.

El carcelero volvió a girar la puertecita y tomó el tarro de lata. Y agregó en todo indiferente:

—Como quiera. Ya hablaremos mañana.

Oí su pasos alejarse. Me puse a silbar una canción de la República Española, El Ejército del Ebro. Lo de la huelga de hambre no lo había pensado, se me ocurrió así de repente. Ponerme a silbar fue tal vez por instinto, pero ¿por qué esa canción? Empecé a sentir que el tiempo caminaba muy lento, lento por mi venas. En ese instante me puse a recapitular mi vida, pensé mucho en mi casa, en mi familia, en mi padre, mi madre, mi hermana menor, en mis hermanos, en mi otra hermana. Les hablaba, trataba de explicarles lo inexplicable. Pensé en mis amigos, en mi Santa Ana, en la gente que me enseñó a amar mi país, en el Partido que había forjado en mí ese sentimiento tan fuerte de pertenecer a una nación. Recordé el antiguo entusiasmo de cuando salí del país y me dirigía a la “Patria del Socialismo”. Ahora estaba en una cárcel “socialista” y aún ignoraba el “delito” que me inculpaban. En ese momento, supe que muchos tratarían a toda costa de encontrar en mí alguna culpa, algo que justificara mi detención. Sin embargo, al mismo tiempo, tal vez por mi afán de preservarme, de conservar mi estado de ánimo, me confesé mi profunda convicción que un mundo mejor es posible, que la humanidad entera está alcanzando un desarrollo jamás visto y que el interés común, el interés general se impondrá sobre el egoísmo, la rapacidad triunfante. Mi cabeza iba de una idea a otra. Hasta que percibí el llanto de un niño que entraba en mi celda por la ventanita. Ese llanto duró casi toda la noche. Me recosté y sin darme cuenta me quedé dormido.