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29 enero 2007

Exposición en homenaje a Cortázar

Esta tarde estuve en una exposición de fotos en homenaje a Julio Cortázar. La exposición estará abierta hasta mediados de marzo. Se ve en las fotos al escritor argentino desde chico (tiernito) hasta la edad madura, con su compañera, en compañía de otros escritores, se le ve trabajando, paseando por París, de viaje en las carreteras francesas. Hay también algunas cartas (escritas a máquina) enviadas por Cortázar a amigos y al editor de Rayuela. En una de estas se ve de la mano de Cortazar el dibujo de una rayuela, la misma que salió en la portada de la famosa novela.

Mientras veía las fotos los recuerdos acudían a mi cabeza. El primero que acudió fue el de una tarde, en la que como de costumbre un grupo de amigos —entre ellos recuerdo a “Corto de pellejo”, a “Tuftuf”, a “Cacique”, a Osvaldo— íbamos a beber un cafecito al salir del restaurante universitario de la calle Mabillon. Era el café “Atrium”, sobre el bulevar Saint-Germain, ahora ya no existe. Al sentarnos en la terraza uno de nosotros reconoció a Cortázar. Estaba almorzando con una muchacha, tal vez una periodista, tal vez una estudiante que escribía alguna tesis sobre alguna de sus obras, tal vez simplemente una amiga. Nosotros echábamos de vez en cuando una mirada en su dirección. Comentamos que de seguro era desagradable saberse observado, que lo mejor era no mirar más en su dirección. Pero entraban otros latinoamericanos y como un fuerte imán las miradas lo señalaban.

En un momento dado bajé al subsuelo en donde quedaban los retretes. Recostado en la barandilla un mozo del Atrium observaba a Cortazar. Cuando pasé a su lado, me detuvo y me preguntó que quién era ese señor que todo el mundo observaba.

—Es Julio Cortázar...

—¡...!

—Es un escritor argentino.

—Pero come como todo el mundo...

Por supuesto. No sé por qué esa evidencia me sonó entonces como una verdad simple, no obstante encerrando otra. Nadie se escapa de ciertas necesidades, de ciertas tareas que nos permiten existir entre los otros. Saber esto no me alza, ni disminuye a nadie.

El otro recuerdo me lleva a otra época. Entonces la guerra en El Salvador se había vuelto noticia en Francia. Pequeñas y esporádicas notas en los periódicos. De vez en cuando, algunas imágenes de San Salvador en las pantallas de televisión. En París había ya una representación del FMLN y del FDR. Roberto Armijo supo que Julio Cortázar iba a estar presente en un debate sobre la situación en América Latina. El grupo de salvadoreños que cooperábamos casi a diario con la representación estábamos preparando una declaración de intelectuales en apoyo a la lucha del pueblo salvadoreño, por el reconocimiento del Frente como fuerza beligerante. Roberto tenía un compromiso en la universidad en donde trabajaba y ningún otro salvadoreño aparecía ese día por la representación, así que se vio obligado a pedirme que fuera a la Maison de la Chimie (Casa de la Química) y le pidiera en nombre del Frente al escritor argentino su firma al pie de la declaración.

Asistí esa tarde al debate, lo seguí con poca atención, pues a pesar de que ya sabía que Cortázar comía, bebía y hacía otro montón de cosas como todo el mundo, mi timidez me ponía una montaña entre él y yo. Durante los debates pensaba en las palabras que tenía que decirle, cómo iba a llamar su atención y si me iba a creer de que en realidad, en ese momento, le hablaba en nombre del Frente, a Armijo se le olvidó darme algo que me acreditara. Era evidente que nadie le iba a pedir su firma en nombre del Frente por puro gusto y le bastaba con un solo telefonazo averiguar lo verídico de mis afirmaciones. Aunque ahora no sabría decir si Cortázar contaba realmente con esa posibilidad. Al terminar el debate había con coctel. La gente se arremolinaba en torno del bufet, me precipité yo también y tomé un vaso de “güisquil” y me lo bebí de un jalón. Cumplido el rito, me sentí envalentonado. Pero la dificultad ahora residía en cómo acercarme a Cortázar. Lo rodeaba mucha gente. Gente con aire importante, hablando de cosas importantes con el famoso escritor que los escuchaba con atención intencionada. El tiempo pasaba y se veía por los pequeños pasos de Cortázar hacia el vestuario que pronto se iría. Ejecutaba sus pasos discretamente, acostumbrado a esa manera de abrirse el camino hacia la puerta. La misión no era tan complicada y me estaba viendo fracasar. De repente no sé qué milagro me empujó y me vi plantado enfrente del escritor. Ignoro como de un solo tajo y con una seguridad insólita le dije:

—Me permite decirle algunas palabras, en nombre del FMLN.

Cortázar me tendió la mano y luego me tomó del brazo y me arrastró hacia el bufet. Repetí con otro vaso de la bebida escocesa. El tomó vino y comió bocadillos. Luego se volvió y me preguntó:

—¿De qué se trata?

Le explique lo de la declaración, le resumí el contenido y le aseguré que le haríamos llegar el texto definitivo, pero que necesitábamos saber si él estaba dispuesto a firmar un texto con ese contenido.

—¡Por supuesto! Ustedes los salvadoreños pueden contar siempre con mi apoyo. Si mi nombre puede ayudarles, yo estoy dispuesto a firmar cuantas declaraciones sean necesarias.

—Muchas gracias.

Le tendí mi mano y me fui. Al llegar a la representación encontré a Roberto y le dije que Cortázar había dado su acuerdo. Le repetí sus palabras. Roberto exclamó:

—¡Que lindo es! ¿No es cierto?

—Sí pues. Y qué grandote.

El otro recuerdo es el de una llovizna interminable, fina, gris, agotadora, muy parisina. El día de su entierro llovió. Me hubiera gustado que una corona, un ramillete de flores fuera en nombre del FMLN, para agradecerle su indefectible apoyo. Pues Cortázar no sólo firmó peticiones, sino que dio conferencias, argumentó en favor de nuestra causa. Estuve en el cementerio de Montparnasse, en su entierro.

Nota: La exposición es en la Maison de l'Amérique latine, en el bulevar Saint Germain, metros Solferino o Rue du Bac.

24 enero 2007

Funerales Civiles

He recibido este texto de un amigo santaneco:

Mario Francisco Mena Méndez

No solamente existen los funerales físicos a los que uno acude vestido de negro a un cementerio, con la cara más o menos seria para no desentonar con los deudos más cercanos del difunto. Existen también los funerales civiles, en estos la tonalidad del vestuario es indiferente porque participamos sin aviso previo y la velación del cuerpo físico es en la enorme plaza virtual donde circulan los mensajes de los medios masivos de comunicación. El funeral civil es la contemplación del cadáver simbólico de un ser querido, que por designio de los propietarios de los medios masivos de comunicación, le convierten de un día a otro en peligroso delincuente al que hay que descuartizar en la plaza virtual para diversión y ejemplo de la clientela. La muerte civil presenta estos síntomas: el occiso no tiene amigos que den fe de su conducta familiar y profesional, queda inhabilitado de ejercer un empleo público ad perpetuam y su credibilidad construida con sacrificios por tantos años, se esfuma.
En esta ocasión el fallecido civil es nuestro amigo Juan Antonio López. Los autores materiales de su fallecimiento son los agentes de la División del Crimen Organizado de la PNC, DECO que en un allanamiento en su casa el jueves 18 de enero recién pasado con saña le implantaron un croquis para incriminarlo en la desaparición de un vecino de 12 años del cantón resbaladero, hecho ocurrido en 2004. En la audiencia inicial celebrada en el Juzgado de Paz de Coatepeque la mañana de este 23 de enero se habló entre otras pruebas de cargo del testimonio de un testigo criteriado que no relaciona con el hecho a Juan Antonio López.
La enfermedad de Juan - según se pudiera hacer constar en su asiento de defunción como causa de la muerte - es estar identificado ante su comunidad como el rojo del cantón resbaladero de Coatepeque, los jefes de la PNC concluyen, ¿si los secuestradores pidieron como rescate a los padres del hasta ahora desaparecido la entrega de lotes de tierra a pobladores del cantón, esta no es una idea de algún rojo, en este caso el occiso civil Juan Antonio López? Este argumento además cuenta con el “respaldo” de que el sospechoso es docente universitario, fue líder religioso del cantón y además fue candidato a alcalde por la izquierda en las pasadas elecciones.
El estado de derecho languidece y sangra de muerte cuando la PNC captura a Juan con base en estas primitivas premisas y cuando la Jueza las avala al decretarle su detención provisional, en el penal de Apanteos donde hace menos de un mes fallecieron asesinados 22 detenidos.
Amigos abogados que trabajan en el sistema penal, que el caso de Juan Antonio López nos ayude a reflexionar a cuantas personas se condena a la muerte civil todos los días en el paredón de fusilamiento de los medios de comunicación, muerte que es sellada con las brillantes investigaciones de la PNC, la siniestra complicidad de la Fiscalía y la pasividad de los Jueces.
A los que son miembros de los gremios de abogados por favor hagan sentir su voz por medio de su asociación para dejar constancia que los abogados no seremos cómplices, a los estudiosos de la ley penal denuncien los vicios de la legislación y publiquen su pensamiento por todos los medios, boletines institucionales, internet, etc. Finalmente a los que trabajan dentro del sistema penal el Derecho Internacional de los Derechos Humanos les ofrece requisimos recursos para evitar los atropellos a la dignidad humana, en su función de interpretar la legislación penal.
Decimos con Shakespeare: ¡algo huele mal en este país!

Ahora es Juan Antonio López, mañana será cualquiera de nosotros.

23 enero 2007

Las negociaciones fueron un objetivo

No creo que sea cuestión de carácter, pero de lo que no dudo es que mi manera de expresarme abraza ceñidamente mi modo de pensar. Me esfuerzo por llamar pan al pan y vino al vino. Voy al grano: los festejos y conmemoraciones del decimoquinto aniversario del Acuerdo de Chapultepec han suscitado múltiples comentarios en los que se aborda de manera falaz la historia de las negociaciones y sus resultados.

Algunos se obstinan en presentar las negociaciones como si se hubieran dado por la buena voluntad de ambas partes beligerantes y cuya iniciativa hubiera surgido afuera del conflicto armado que se desarrollaba en el país. Desgraciadamente estamos dejando que se imponga, por negligencia y por falta de historiadores, la versión de la guerra y de su fin que más le conviene a los genocidas y a sus cómplices.

Voy a dar un ejemplo, cuando se habla de las víctimas de la guerra, se incluyen sin remilgos, las víctimas de la represión, se incluyen las masacres y las exacciones, se cuentan todas las violaciones a los derechos humanos. A través de una frase que en apariencia es anodina: “las 70 mil víctimas de la guerra”, se está ocultando que la inmensa mayoría de esa gente asesinada, torturada, desfigurada, lo fue, no en actos de guerra, no en los combates, sino que en actos que violaban las reglas mismas de la guerra, es por eso que son “crímenes de guerra”. Es lo mismo que sucede cuando se dice que la gente ansiaba el fin de la guerra. En realidad, la guerra causó estragos y daños. Muchos desplazamientos de población se produjeron efectivamente porque se huía de los combates, pero la gente temía más los actos de represalias, las exacciones, las masacres que cometían los “escuadrones de la muerte” y todo tipo de organizaciones paramilitares, incluso simplemente batallones del ejército de la dictadura. Esta amalgama es posible porque nos hemos acostumbrado a que se vaya imponiendo un discurso lenitivo, que reclama “neutralidad” y “objetividad”.

"Discutiremos con el dueño del circo"

Muchos caen en esa trampa. De ahí que algunos repartan en igual medida la responsabilidad de la situación de hoy a los dos partidos mayoritarios, a Alianza Republicana y al Frente Farabundo Martí. Absurdo este reparto, pues desde hace quince años los únicos, repito, los únicos que han estado en el poder son miembros de ARENA. Admito que se le puede criticar, incluso que es necesario criticar al Frente por su manera de llevar el combate contra los sucesivos gobiernos areneros, no obstante es simplismo equiparar su responsabilidad con los herederos de los masacradores y asesinos. Incluso algunos han olvidado que el Frente todavía batallaba para ser reconocido como partido político, cuando fue votada por toda la derecha la amnistía de los crímenes cometidos durante la guerra (1993). Algunos parecen que tienen oídos sordos al no percatarse que el Frente ha exigido en repetidas ocasiones derogar la ley de amnistía.

Uno de los representantes de la dictadura en las negociaciones, escribió no hace mucho un editorial en La Prensa Gráfica, en el que nos expone su análisis del proceso. Su relación omite que los militares y los gobiernos de la dictadura, no importa quien asumía la presidencia, fueron reacios a cualquier forma de negociación. Nos pinta el proceso como si su inicio hubiera caído del cielo. En realidad, el primer llamado a negociar lo lanzó el Frente en 1981. Y ante la estupefacción de las organizaciones solidarias de cómo se podía sentarse en la misma mesa con los genocidas y torturadores o sus representantes, reiteradamente el presidente del FDR, Guillermo Manuel Ungo declaró que se iba a negociar “con el dueño del circo”, lo que significaba directa y exclusivamente con los Estados Unidos. Esta posición cambió por ilusoria y porque era normal que fueran las partes directamente beligerantes quienes se sentaran a negociar.

David Escobar Galindo —el editorialista de quien hablo— olvida señalar el encuentro en La Palma (1984) y el de la Nunciatura (1987) y toda la serie declaraciones y manifestaciones nacionales e internacionales que fueron obligando al gobierno de los Estados Unidos a instar u obligar a sus protegidos en El Salvador a sentarse a la mesa de negociaciones para que pudiera surgir lo que muy bonitamente Escobar Galindo llama “los entendimientos pacificadores”. También omite que las masacres seguían a la orden del día de la realidad salvadoreña de entonces. Al contrario sí que se refiere a la ofensiva “Hasta el tope”, como lo que confirmó la imposibilidad de una solución armada.

Los sueños y las esperanzas

Las matanzas, los allanamientos, los encarcelamientos, las torturas, las exacciones precedieron a los combates de la guerra. Los fraudes y las prohibiciones políticas, los exilios también precedieron a los combates de la guerra. Tanto la guerra, como las negociaciones se impulsaron para que este panorama nacional cambiara. La paz a que se anhelaba no era un rechazo de la guerra de liberación nacional, sino la esperanza de encauzar a nuestro país por derroteros democráticos. Tanto la guerra como las negociaciones se emprendieron con el sueño de ver nuestro país liberado de injerencias extranjeras, sobre todo de la injerencia estadounidense. Eso era lo que deseaba la gente, eso era lo que ansiaban los combatientes del FMLN. ¿Se puede decir lo mismo de los militares y los miembros de las fuerzas paramilitares? ¿Se puede afirmar lo mismo de los miembros de ARENA? Por un lado hubo una voluntad constante de negociar y por el otro sumisión a los mandatos del gobierno estadounidense. ¿Se trata de un análisis superficial esto que estoy diciendo? Realmente no se trata de un análisis, sino de un mero recordatorio.

El editorialista de La Prensa Gráfica tiene una frase, al enumerar los múltiples factores nacionales e internacionales que propiciaron las negociaciones, en la que se gasta un lenguaje capado. Lo cito: “El evidente desinterés estadounidense en seguir dándole financiamiento a un conflicto que ya no tenía el valor estratégico que le otorgaba la Guerra Fría,...”. Vamos, la injerencia estadounidense se convierte en un simple interés de financiar un conflicto. ¿Pero en qué consiste este financiamiento? Son armas de toda especie, aviones y helicópteros de guerra, son instructores que introdujeron prácticas criminales que los Estados Unidos aplicaron en Vietnam: masacres, torturas y el sistemático uso de la “tierra quemada”. Es posible que yo sea demasiado grosero en traer a la memoria esto que la burguesía desea que olvidemos.

David Escobar Galindo maneja este lenguaje con maestría en casi todos sus editoriales en los que habla de asuntos políticos. Es de los que piden concordia, que seamos comedidos, que evitemos los excesos, de los que afirman que necesitamos la paz social. Esta última limitada a la humillante sumisión del pueblo a la voluntad de los patrones.

Este término se está usando de manera abusiva. La paz social a la que se refiere el presidente Saca es la situación en la que no se hace huelga, lo dijo en uno de sus discursos “conmemorativos”, para otros se trata de obtener la seguridad ciudadana que sufre de la violencia delincuencial y a la cual el gobierno actual ha sido incapaz de aportar ninguna solución, por el contrario, al oponerse ferozmente a una ley que regule el uso de las armas y su importación, la mantiene y la agrava.

Las contradicciones en el seno del FMLN


Nuestro editorialista trae a colación dos veces en su relación los conflictos internos que existían entonces en el seno del Frente. En la misma oración que acabo de citar prosigue: ”...y el hecho de que la alianza también estratégica que hizo posible la integración de las 4 fuerzas guerrilleras y el PCS en un Frente estaba dando de sí, como se vio inmediatamente después de lograda la solución política, son factores que han sido muy poco analizados...”. Creo que en esto no le falta razón, aunque también creo que se queda corto. Esta alianza no fue muy estratégica, surgió de un compromiso táctico en el que no se pusieron en claro las posiciones comunes, mucho menos las divergencias. La aparente concordia estorbaba más que poner en claro y en público las divergencias.

He hablado del primer llamado a la negociación en 1981. Se sabe que este llamado se dio como consecuencia del análisis que algunas organizaciones hicieron de los resultados de la primera ofensiva del Frente, en enero de ese año. La misma manera de considerar la ofensiva fue diversa en el seno del Frente. Algunas fuerzas la declararon “ofensiva final” y la desataron con la esperanza casi mística de que el pueblo salvadoreño se levantaría en una invencible insurrección y que el ejército con todas sus organizaciones paramilitares se iba a echar en desbandada. Creyeron ilusoriamente que iba a suceder como en Nicaragua en julio de 1979. Pero eso no sucedió. Los mismos “estrategas” creyeron que a pesar de los significativos logros militares obtenidos, el fracaso insurreccional condenaba la vía militar en el país.

Desde este momento hubo un cambio substancial en todo el manejo militar y en el manejo político de la guerra. Primero, desde entonces los “estrategas” del ERP principalmente interiorizaron la imposibilidad de un triunfo militar y la guerra de liberación nacional se convirtió en un medio de presión para forzar las negociaciones. Nadie puede seguir hablando de este período como si las divergencias entre las FPL y las otras organizaciones no hubieran existido. El insurrecionalismo del ERP y en cierta medida de la RN (Resistencia Nacional) se topaba con la estrategia de la “guerra popular prolongada” de las FPL. Creo que esta oposición marcó toda la guerra y la solución de este conflicto ideológico en favor de una de las partes determinó en mucho las negociaciones y desgraciadamente sus resultados.

Creo que el análisis que ha publicado recientemente en Co-latino Antonio Martínez Uribe aporta elementos importantes para entender los resultados de las negociaciones y su aspecto estrictamente militares.

Las negociaciones implicaban, desde que fueron planteadas, que el Frente renunciaba a la toma del poder por las armas y eso le cambiaba el carácter mismo a la guerra. Ya no se trataba más de una guerra de liberación nacional, sino que de un instrumento de presión política para alcanzar las negociaciones. Las negociaciones debían acortar la guerra. Los objetivos de transformación social y política pasaban a segundo plano. Los negociadores del Frente ni siquiera plantearon la posibilidad de un Tribunal que juzgara a los ejecutores de crímenes de guerra, ni el reconocimiento inmediato del Frente como institución política.

16 enero 2007

Fragmentos de "Odas para cantar la historia"

I

Hoy que los pasos se callan en las calles
de mi hermosa Ciguateguacán
y que los vientos vienen como vestigio
lujurioso e inalterable del tiempo
cómo poner mis venas al abrigo
cómo no sentir la distancia un alacrán
inmenso en las entrañas
cómo poner mi silencio desbordante
sin sus pequeñas comas sin yodo en una plaza

Hoy que los niños
los cipotes de siempre corren sin piscuchas
con sus manos regando las semillas
de todas las preguntas
desgajando uno a uno los calcinados racimos
de la lágrima y que es un diente oscuro
el que le llena de susto en cada esquina
Esa bayoneta clavada en las garras
del soldado que abre las puertas dejando
yertas las miradas de las madres

Decime de qué sirve entonces saber
que el ansia nos asesina el momento oportuno
y nos deja sin huella los latidos

NO

Yo quiero un grito
una palabra que pueda cerrar para siempre
este mundo de ríos atascados
Pero los cipotes han cerrado los puños
y de sus bocas sin dientes se escapan
pájaros azules con la pujanza de un toro
y hay un cielo de estrellas
en sus pantalones remendados
y la luna
se acomoda en sus bolsillos con hambre
Y cuando los matan
la vida sigue siendo un mar

II

Yo sé que la sed no pone su savia
en los troncos del miedo
y que cada vez que el sol baja tras los cerros
las pequeñas gotas del rocío
se preparan al estelar acoplamiento de la noche
Es imposible ignorar que la campana
es un puñal
que abre profundas venas en el tiempo
La sombra es a veces un refugio
donde las amapolas fingen el olvido de la sangre
El sudor no mitiga las noches de horrenda
pesadilla y son los pasos sin eco
sin sombra de los hombres
que en la montaña con manos alertas
preparan con las luces del crepúsculo
una pequeña mañana con todas las puertas abiertas

IV

Había un país cuyo nombre
navegaba en los mares de los mapas
y sus montañas levantaban los brazos
retando a un sol sin desmayo posible
Era un país que se ataba a las nubes
con las copas de sus ceibas
Abajo sobre la tierra la luz dejaba
sus huellas en la lid de todos los colores

VI

La soberbia hora del estallido luminoso
cruzaba lenta la mitad de un viernes
Las manos se pegaban a las tazas de café
y las camisas descubrían los pechos mojados
por lentos arroyos de sal y fatiga
Las reverberaciones se quedaban solitarias
y el paso tardo marcaba un compás
de pequeñas vidas y largas e intactas esperas

El mundo es remoto

El mundo se cerraba como quien sabe
que a esa hora de un viernes todas
las cortinas metálicas ocultan las vitrinas
Y los cadáveres de la noche
erguían sus llagas venciendo al sol
y al pesado silencio del inexacto equilibrio

San Salvador es un desierto a la fausta
hora del sucinto equilibrio del tiempo
y los chacales duermen atados a su miedo
La luz es la mortaja de los héroes



Paris, Otoño de 1979

03 enero 2007

Me hubiera gustado conocer nuestra historia hasta el final

Primera parte

Eramos tres o cuatro, no recuerdo ahora. Conversábamos sorprendidos de que poseíamos mucho en común, acabábamos de conocernos y veníamos de países distintos del continente, de nuestra América. Estábamos en uno de los largos corredores de Kabelnaya. Era así como le llamábamos al edificio que abrigaba las facultades de humanidades de la Universidad Patricio Lumumba. Quedaba en la calle Kabelnaya, la misma en la que se erigía una de las fábricas más grandes de cables de la Unión Soviética. Eramos tres o cuatro y conversábamos animadamente, con entusiasmo. Desde el fondo del largo corredor vimos venir una muchacha japonesa cargada de dos enormes maletas. ¿Quién sabe si fue por simple galantería santaneca o tal vez pensé que no aceptaría mi propuesta? En todo caso, de los tres o cuatro fui el único que se avanzó hacia la japonesita y con gestos le ofrecí mi ayuda. La muchacha con una sonrisa de agradecimiento me entregó la maleta más grande. Felizmente estaba vacía. Aunque fingí ante mis contertulios que pesaba sus veinte kilos... Ellos sonrieron burlonamente. La muchacha llevaba sus maletas a un depósito que quedaba en los subsuelos del gran edificio.

Quiero aclarar que ni en el instante de mi ofrecimiento de ayuda, ni durante la larga travesía por los corredores tuve la más mínima intención de cortejarla. Mi única lengua era el castellano. Además no nos dirigimos ni una sola palabra. Su sonrisa y mi sonrisa fueron los únicos mensajes que nos transmitimos. Ya en el depósito se subió en una escalera y yo le trasmití las maletas. Vi también sus pantorrillas y me forcé por no ver más retirando púdicamente mi mirada. Cuando bajó, me disponía a irme sin más. Ella me llamó en inglés. Creo que fue en inglés, oí su voz y volví sobre mis pasos. Y le dí a entender que no hablaba inglés, ni ruso, ni nada. Solamente castellano. Usó los gestos de Jane en las películas de Tarzán y me dijo su nombre, yo le dije el mío. Luego buscó en su bolsillo un trozo de papel y con un bolígrafo marcó: "tomorow 4:30 p.m. room 406, drink tea". Mi memoria es exacta, nunca he olvidado ese mensaje. Ignoro hasta el día de hoy si contiene o no errores. Pero entendí perfectamente que significaba. Junto al papelito me regaló un abanico japonés, que guardé durante muchos años como una reliquia. Nos separamos y volví al tercer piso en busca de mis contertulios que habían desaparecido.
Aclaro que hasta ese día no la había visto antes o tal vez no había reparado en ella. Lo más probable es que simplemente no la había visto, pues nuestros horarios y aulas no correspondían, a pesar de que ambos teníamos tres o cuatro días de estudiar el ruso en la facultad preparatoria.
Al día siguiente fui a clases, almorcé a eso de la una y luego volví a la última clase de dos a tres de la tarde. Una vez terminadas las clases solíamos reunirnos los centroamericanos a platicar entre nosotros, dándonos cuenta —poco a poco— de que nos parecíamos mucho, pero que no éramos del todo iguales, aunque con muchas ganas de tener un solo país para todos nosotros. El papelito de la japonesita estaba en mi bolsillo y no necesitaba sacarlo para recordarme su contenido. A eso de las cuatro salí al parque de la facultad. Me alejé del grupo para no tener que darles explicaciones de que esta vez no me iría con ellos a la residencia de Starozhevaya ulitsa. Estaba además un poco aturdido, pues no sabía como debía conducirme con una muchacha que me había dado cita en su habitación para beber té. En realidad era la primera vez que una muchacha me daba cita. Durante todo el día la busqué con la mirada en los corredores durante los recreos (las clases se interrumpían a cada hora o dos, según el día y las materias). También la busqué en el comedor, pero no la vi por ningún lado. Recuerdo mi ansiedad al temer no poder reconocerla. Nuestro encuentro fue tan fugaz y cuando para recordar su rostro cerraba los ojos, aparecía en mi mente la chinita Sánchez. La chinita Sánchez ha sido mi amor platónico más tenaz y el más durable. Pero ella se había quedado en Santa Ana, ya lejos y para siempre imposible.
Han pasado cuarenta y cuatro años desde entonces y es la primera vez que refiero públicamente este episodio de mi vida, en privado ya lo he narrado y las personas que han escuchado esta historia, se darán cuenta que no estoy cambiando nada, tal vez dando más detalles. Pienso y dudo si dar el nombre verdadero de la muchacha japonesa, el tiempo se ha encargado de alejar el pudor y lo que yo cuento me pertenece únicamente a mí. Quiero decir que ella tal vez tenga otra versión, tal vez sus sentimientos ahora no le parezcan valer la pena ser recordados, tal vez nunca tuvieron alguna significación duradera, tal vez yo no haya vuelto a aparecer en sus recuerdos. Daré su nombre, porque de lo contrario me parecerá impersonal y que en algo traiciono mi propia historia. Nadie va identificarla y quienes la conocieron, saben de nosotros.
Cuando empecé a subir las gradas para llegar hasta el cuarto piso, mi corazón se aceleraba y a veces me parecía que se ausentaba. En realidad no tenía ningún motivo para ponerme en ese estado, cualquier otro muchacho de mi edad —acababa de cumplir diecinueve años— tal vez no hubiera sido tan puntual y hubiese sabido exactamente a qué atenerse, pero mi inexperiencia era abismal. Toqué a su puerta, pero los nudillos de mis dedos me parecieron de algodón y apenas se oyó ruido alguno. La puerta se abrió y la muchacha me recibió vestida en un elegantísimo kimono blanco y con paisajes orientales, estaba peinada con bucles y adornos y un gorro triangular sujetaba sus cabellos en la parte trasera de su cabeza. He dicho triangular, era más bien un rombo, en los mismos tonos que su kimono. En el centro del cuarto había una mesa redonda, con un servicio de té ya puesto. Me invitó a sentarme y servicial me acomodó la silla. Ella acompañaba sus gestos con una sonrisa amable y distinguida, no sé con que mueca le devolvía su gentileza. Al mismo tiempo comprendí que lo que oscuramente pude esperar como una cita amorosa no tenía cabida con todo ese ceremonial. Mi única preocupación fue entonces no manchar con mis rústicas maneras tanta elegancia y tan refinados tratos.
No obstante al verla así ataviada, sus rasgos finamente puestos en valor por un maquillaje eficaz y discreto, todas las doncellas de mis sueños juveniles se reunieron en ella y sucumbí al sortilegio. Aparentemente existen fuertes pasiones de segunda mirada. Era la primera vez que veía a una muchacha vestida con tanta elegancia y en trajes orientales. La miraba embobado. Cada gesto suyo era el centro de mi atención y me arrobaba.
Preparó el té y me lo sirvió en una taza que me pareció anacarada. Nunca antes había bebido té. Adivinó tal vez y se sentó enfrente de mí y me mostró como conducirme. Traté de imitarla. En realidad tuve que forzarme a beber el brebaje, su sabor me resultó desagradable, pero lo bebí sin pispilear. Pero no íbamos a pasar toda la tarde mirándonos, sin decirnos aunque fuera una palabra en algún idioma. Felizmente ella sabía tomar iniciativas y me preguntó en su modesto español de qué país venía. Nunca había oído mentarlo. Me lo dijo llanamente y me sentí muy exótico. Pero su español era muy modesto y rápidamente se terminaron las municiones. No me daba cuenta pero le hablaba con mis ojos. Ella me sonreía. No sé cuanto tiempo estuvimos frente a frente sin hablarnos.
Se levantó de la mesa y me invitó a levantarme. Puso en mis mejillas sus manos y me dio un beso, suave, sus labios apenas rozaron los míos y luego me tomó de la mano y nos sentamos al borde de la cama. La habitación era muy escueta, la ocupaban dos muchachas. Cada una tenía arreglado su rincón. La otra muchacha con quien compartía la habitación también era del Japón. Estuvimos sentados uno al lado del otro y de vez en cuando nuestras manos se rozaban. Al cabo de unos minutos me dijo que su compañera de cuarto pronto regresaría y que tenía que irme. Me entregó un papelito en el que había escrito en esmeradas letras latinas, la hora y la dirección de nuestra cita para el día siguiente. Me levanté y de nuevo repitió su caricia en mi cara y me besó.
Al salir iba como en un limbo, sin buscar un instante solo comprender qué me había sucedido, ni tampoco si mi conducta había sido la más adecuada a las circunstancias, si me había comportado a la altura. Iba alegre repitiendo en mi mente su nombre que me sonaba angelical: Jarumi.
No les contaré el día a día mis relaciones con Jarumi. No se trata de eso. Pronto entenderán la razón de este relato. Tengo que señalar que si bien he dicho que acababa de cumplir diecinueve años, mi apariencia era la de un muchacho de catorce o quince. Algunas personas al enterarse de que estudiaba en la universidad suponían que yo era un fenómeno, uno de esos genios prematuros. Este mi aspecto de adolescente marcó duramente mi vida. Es posible —me lo sugirieron luego otras mujeres— que la actitud de Jarumi, me refiero a sus iniciativas, fuera guiada por mi aspecto. También me dijeron que ella nunca creyó que le hubiera dicho mi verdadera edad. En todo caso ella tenía veintiún año. La aparente diferencia de edades llamó la atención y pasadas algunas semanas, en el cerrado mundo del casi internado estudiantil de la Lumumba, se fue convirtiendo en un escándalo y nuestra relación se volvió en el tema de todos.
Pero esto lo supe mucho después, entretanto viví meses felices. Las primeras semanas nos vimos fuera de la universidad, salíamos a pasear y fuimos conociendo Moscú y ayudándonos mutuamente a aprender el ruso. Ella ya había estudiado el ruso antes de venir a Moscú, pero su práctica oral era todavía deficiente. Pero cuando el frío empezó a arreciar salimos menos y a las tres de la tarde, cuando las clases se terminaban, Jarumi venía a buscarme para que comiéramos juntos o para que preparáramos las tareas. Nos encerrábamos en las aulas y nos sentábamos a hacer los deberes y hacíamos pausas en las que tratábamos de conocernos, de saber quienes éramos. Los otros alumnos que buscaban donde estudiar, al abrir la puerta la cerraban para no ser aguafiestas de nuestro idilio. Muchos nos sorprendieron entrelazados y en largos besos.
Los reglamentos de la residencia estudiantil nos imponía llegar todas las noches antes de las diez. Nos era imposible dormir juntos. Esto fue causa de burlas y palabras hirientes de algunos compañeros que insinuaban que durante el día Jarumi se paseaba conmigo y durante las noches se iba con otros. Nunca entendí por qué deseaban sembrar la ponzoña en mi corazón, dudas en mi ánimo. Pero en el fondo nunca creí que fuera cierto, nunca la duda manchó mi pasión. Jarumi empezó a buscarme durante los recreos, siempre que podíamos estar juntos lo hacíamos. Jarumi sabía mis preferencias culinarias y se iba a hacer la cola temprano en la cafetería para llevarme la bandeja a la mesa en que acostumbraba sentarme, durante los almuerzos también en el comedor se adelantaba para evitarme perder el tiempo en esperas. A veces no nos veíamos los domingos a causa de las reuniones de nuestras respectivas comunidades. Jarumi también asistía a las reuniones de la sección de su partido, su padre era dirigente del partido socialista de Japón.
Una vez Jarumi me pidió que la acompañara al edificio central de la universidad en donde tenía una reunión. Cuando descendimos del tranvía me di cuenta que lo habíamos hecho una estación antes del destino inicial. Ahí nos esperaba un muchacho japonés. Jarumi le habló en japones y apenas reconocí mi nombre, el muchacho me dijo en ruso que era el hermano de Jarumi. Me extrañó esa imprevista presentación, pero sobre todo la sonrisa casi irónica del hermano. Este episodio tiene su explicación. La daré en su momento.
También yo tenía reuniones con mis compatriotas. En una de ellas, uno de los puntos a tratar era mi caso. Se trataba justamente que la misión que nos había confiado el Partido no era venir a conquistar japonesas y a ofrecernos en espectáculo de amoríos en los corredores y aulas de la universidad, sino que a estudiar, aprender, nuestra misión nos prohibía tener relaciones con extranjeras, porque debíamos regresar a la patria. Así que el Partido me recomendaba fraternalmente que rompiera con la japonesa. El Partido éramos los siete muchachos y una muchacha que conformábamos la delegación salvadoreña. Ignoro realmente que fue lo que los movió a exigirme semejante absurdidad. Sabían perfectamente que me iba a negar, que no les iba a hacer caso. Les expliqué con mis palabras de entonces que la vida privada no tenía nada que ver con el Partido, que mis sentimientos amorosos no le pertenecían a ninguna causa. Y que si nosotros estábamos obligados a tener relaciones solo con salvadoreñas, pues que Genoveva, una salvadoreña que encontramos ya en Moscú y que estudiaba en la Universidad, pues que ella ya andaba con su maliano y que Victoria que estaba presente en la reunión, pues que ella no podía meterse con todos nosotros, había pues claramente un problema de logística. Mis camaradas volvieron a la carga en otras reuniones, mi respuesta no varió ni una jota.
Lo extraño es que, además de la campaña de insinuaciones de las repetidas traiciones de Jarumi que se intensificó, algunas muchachas de la facultad me aseguraban que Jarumi no me convenía, que era mucho mayor que yo, que se aprovechaba de mi ingenuidad, de mi corta edad. Algunas me preguntaban con descaro que si ya habíamos hecho el amor, que dónde e incluso cuántas veces. A todas esas preguntas respondía con mi nueva sonrisa japonesa...
Aclaro, es necesario, que muchos casi con cierto regocijo aprobaban nuestras relaciones, las festejaban y algunos llegaron incluso a aconsejarme como debía conducirme. Yo era un muchacho alegre, bromista y francamente muy ingenuo. Y para todos Jarumi era una muchacha misteriosa, pues les pareció que ella estaba enteramente entregada a mi educación sentimental. En realidad éramos la primera pareja que se formaba entre los alumnos de ese año de preparatoria. Lo que más intrigaba era que —nadie lo ignoraba— en las primeras semanas no podíamos hablar mucho, nos hablábamos por señas, por medio de dos diccionarios. Poco a poco fuimos creando nuestro propio lenguaje, en el que mezclábamos español, ruso y japonés. También una casi nada de inglés. Luego dominó el ruso en nuestro trato. Mis poemas los escribía en castellano, fueron mis primeros poemas. Algunos fueron a parar en el periódico mural de la facultad, los traducían un amigo ruso Sacha Tsaitsef y una muchacha de largas trenzas, originaria de una de las repúblicas autónomas del Asia Central, no recuerdo su nombre, ella hablaba un español muy correcto. Un amigo venezolano me corregía mis horrores ortográficos, felizmente.

Segunda parte

Algunos amigos centroamericanos estaban celosos de Jarumi, pues abandoné por completo nuestras tertulias y nuestras salidas por el barrio, incluso falté a dos o tres entrenamientos de fut. Creo que Jarumi entendió rápidamente este problema y me sugirió que nos viéramos solamente después de cena. Por esa época llegaron del Instituto de Lenguas Extranjeras unas estudiantes que voluntariamente venían a ayudarnos a aprender el ruso, para facilitarnos la práctica oral. Originalmente se trataba de un intercambio, ellas nos ayudarían en ruso y nosotros en castellano. Otros, los africanos por ejemplo, les ayudaban en inglés o en francés. De estas prácticas salieron algunas parejas. También participé a estas prácticas, pero en mi caso las alumnas del Instituto se iban alternando. Este intercambio me ayudó mucho en el aprendizaje del ruso. Al contacto con estas muchachas fui conociendo una gama sutil de conductas femeninas. El caso era que todas sabían de mis amores con Jarumi. ¿Cómo se enteraron? Nunca lo supe, pues ellas eran externas a la facultad. Algunas abiertamente buscaron hacerme caer en la traición, todas me interrogaban insistentemente sobre mi verdadera edad y sobre mi virginidad. Tal vez mi indiferencia provocaba su curiosidad y en algunas cierta osadía. Lo que pude constatar desde esos primeros meses fue que había muchachas muy atrevidas y otras sumamente púdicas. Este extremo siempre me llamó la atención y podía manifestarse en la misma persona, en períodos diferentes del año, durante los meses de verano, en los campamentos de vacaciones estivales, reinaba la total libertad de costumbres.
Mi historia amorosa con Jarumi avanzaba al ritmo que le imponía nuestra circunstancia. Era grande el contento e inmensa la alegría que provocaba en mí el simple hecho de estar a su lado. Ella no parecía desear otra cosa que mi compañía. Por mi parte me comportaba con Jarumi sin sugerirle, aun menos exigirle, que consumáramos nuestros pugnantes deseos. Era evidente que nuestros cuerpos no se conformaban con las caricias que nos prodigábamos. Pero Moscú, en esa época, no nos ofrecía realmente un lugar donde amarnos como lo deseábamos. En su habitación, su amiga se mostró totalmente incompresible. Mi residencia era exclusivamente masculina y no admitían alumnas de la universidad. Las visitas eran recibidas en un salón de recepción. Ir a un hotel era imposible, pues el sistema hotelero no admitía a extranjeros que no hubieran llegado con Inturist, la agencia soviética de turismo. Estuvimos a punto de conformarnos con los inconfortables escritorios de las aulas, pero eso era correr el riesgo de que nuestra amorosa intimidad fuera descubierta y mancillada por la indiscreción mal intencionada que sabíamos nos perseguía. Pero nuestros cuerpos bullían y urgíamos cumplir con nuestro amor.
Una vez Jarumi me sugirió que nos arriesgáramos en mi residencia, durante alguna tarde, cuando la mayoría de estudiantes todavía permanecía en Kabelnaya. Podíamos perfectamente burlar la vigilancia del portero. Lo he repetido, mi ingenuidad —o tal vez esto tenga otro nombre— era insondable, Jarumi una vez que ya nos habíamos decidido por el fabuloso día, me susurró al oído:
—Yo no quiero baby.
Entendí que se estaba retractando, es decir, al principio no entendí nada. Mis ojos simplemente se desorbitaron extrañados. Concretamente nunca había ligado el acto de amor con ningún baby, de manera confusa había llegado a suponer que para procrear se necesitaba la voluntad, que engendrar necesitaba del mutuo deseo durante el acto amoroso. Pero Jarumi simplemente me estaba insinuando que debería procurarme en alguna farmacia los necesarios preservativos. Es evidente que no entendí. Al ver mi expresión Jarumi tal vez pensó que yo urgía imperativa y muy prematuramente tener descendencia.
—No, yo no quiero baby, tal vez después, pero ahora no.
Sus palabras me consolaron y la besé con un beso que hasta entonces nunca le había dado. Pero me quedé sin entender la conveniencia de los preservativos. Cuando fijamos la fecha en que íbamos a intentar burlar la vigilancia del portero de la residencia, le exigí a Valodia y a Jorge, el ruso y el dominicano que compartían conmigo el apartamento en la residencia universitaria, que no volvieran hasta entrada la noche. Valodia me tranquilizó y me dijo que iba a volver a eso de las diez de la noche y Jorge me preguntó que si necesitaba preservativos... Me dijo que siempre tenía en la gabeta de su mesa de noche y que dispusiera si me daba la gana. Entonces entendí lo que me quiso decir Jarumi.
En realidad no nos costó mucho engañar al portero, pues desde que nos vio venir, se hundió ostensiblemente en las páginas de la Vichorka, el vespertino moscovita, así que no tuvimos ni siquiera que fingir, ni arriesgar nada. Cuando salíamos de la residencia el portero nos llamó y nos dijo que para la próxima vez era mejor que le avisáramos de antemano, así podía meterse directamente en la cocina y nadie sospecharía que era nuestro cómplice.
No se pueden imaginar nuestra dicha por ese generoso ofrecimiento. De repente el mundo se nos volvía hermoso y sin inútiles estorbos. Tal vez a los más jóvenes que lean mi historia les parecerá muy extrañas nuestras maneras, nuestras precauciones, nuestros reparos. Por un lado nosotros andábamos juntos todo el tiempo y para mí su cercanía, su compañía eran suficientes para colmar festivamente mi existencia. Jarumi nunca me exigió nada y se portaba tan servicial, tan amable, tan presta a mis deseos que parecía que también se sentía colmada por mi dócil predisposición. Por aquella época sonaba por la radio salvadoreña un bolero que repetía un verso: "cuando estás cerca de mí y estás contenta, no quisiera que de nadie te acordaras, siento celos hasta del pensamiento que pueda recordarte una ilusión amada". Juntos yo no sentía celos de nadie y cuando nos separábamos me sentía lleno de ella. Por otro lado habíamos interiorizado un temor de trasgresión, de comportarnos al margen, de mantener relaciones ilícitas. La campaña de mis compatriotas estaba cundiendo. Ellos además de insistir, durante las reuniones, en sus conversaciones conmigo, en que no me convenía andar con esa muchacha, que lo mejor era obedecerle al partido, etc. Esa insistencia me indispuso por completo y un día en un arranque de cólera les dije lo que nunca debí decirles:
—¡Ustedes envidia me tienen!
En todo caso creo que desde entonces empezaron a contactar a los japoneses, a los del partido comunista japonés y a pedirles que intervinieran para que Jarumi me "dejara tranquilo". Fue por eso que Jarumi me presentó a su hermano, para demostrarle que no era ningún depravado que ponía en peligro su honra. Y al ver al muchacho de apariencia de adolescente, pues no le quedó de otra que sonreír. Creo que el hermano de Jarumi pensó tal vez que ella simplemente se andaba divirtiendo y que era mero capricho, que no existían asideros para sentimientos profundos. En los inicios de los años sesenta en El Salvador los noviazgos duraban años y la meta de todo noviazgo era fundar un hogar. Esa era la ideología —que sin que me la inculcaran de manera preceptiva— que me servía de referencia. La desaprobación de nuestras relaciones, bueno, por algunos japoneses, me indica que también entre ellos Jarumi al meterse conmigo, al pasearse conmigo, no se conducía de manera conveniente. Por cierto ninguna otra japonesa tuvo aquel año de preparatoria relaciones con un extranjero. Muchachos japoneses sí tenían relaciones con extranjeras, el mismo hermano de Jarumi tenía una novia mexicana, con quien se casaría luego.
Aquel día cuando entramos en mi apartamento, no recuerdo que sentimiento me dominaba. Había aprehensión, no cabe duda, expectativa, cierto nerviosismo. Pues no voy a contarme cuentos, ni tampoco les voy a mentir, presentándome como si fuera un perito en amores. Además después de todo lo que les vengo contando. Mi experiencia se resumía a noviazgos vertiginosos y a amores platónicos.
Fue Jarumi quien cerró con llave la puerta y para distender la atmósfera se fue para la cocina y preparó un café y descubrió que en un armario había un paquete de galletas. Lo más probable es que fuera de Valodia, Jorge y yo, al principio, no comprábamos nada en los almacenes, aún no sabíamos como hacer las compras en ruso, además nos bastaba con lo que comíamos en el comedor.
Es evidente que no voy a contar detalles. Solamente les diré que por espantosa iniciativa de Jarumi hicimos el amor sin preservativos. Ella me dijo que prefería que la primera vez, aunque no quería baby, no recurriéramos a los preservativos.
Volvimos a mi apartamento a veces tres veces por semana. El portero nos dejaba pasar sin irse a la cocina. No cambiamos de costumbres, ella venía siempre a buscarme, almorzábamos y cenábamos juntos, hacíamos los deberes juntos. Hasta un día lunes en que Jarumi no vino a buscarme, no almorzamos juntos. Después del almuerzo fui a buscarla a su habitación. Me estaba esperando. La vi muy seria, no me sonrió, ni mostró alegría al verme.
—No nos veremos más. No quiero que me busques más, ya no nos veremos más.
Me estupefacción fue total. No entendía nada de lo que me estaba diciendo, nunca oí nada que me haya parecido tan insólito. Pero era claro, sus palabras manifestaban una rotunda determinación y su rostro tenía una espantosa serenidad.
—¿Por qué? Jarumi, ¿por qué?
—Tú sabes por qué.
—No, Jarumi, yo no sé nada.
—Sí, tú sabes perfectamente por qué. Vete, no me busques más.
Di la vuelta y me fui. Nunca más volvimos a hablar, nunca más volvimos a mirarnos. Nunca la busqué y nunca me buscó.
Takashi Kimura, un compañero japonés, me aclaró un día todo lo que había pasado. Mis compañeros salvadoreños, no sé exactamente quienes fueron, para ese entonces ya había roto por completo con ellos, se reunieron varias veces con camaradas japoneses para que intervinieran ante Jarumi, porque yo tenía que volver obligatoriamente a El Salvador. Nuestras relaciones estaban entrando en una situación muy peligrosa. Y que el Partido se había comprometido con mi familia a que yo retornara soltero. Takashi Kimura me contó esto una noche de largas confidencias. El estaba muy curioso de saber si era cierto mi compromiso de volver soltero a El Salvador. En realidad los japoneses del Partido Comunista de Japón no hablaron con Jarumi, ni se dirigieron de nuevo al hermano de Jarumi. Takashi no sabía por qué medios lo hicieron, pero contactaron al padre de Jarumi y este le ordenó a su hijo de velar por el honor de Jarumi. Me contó que nuestros amores fueron muy comentados entre los japoneses y que fuimos un tema que los dividió por completo. Takashi me habló del horrible sufrimiento de Jarumi y que al romper conmigo ella se mutiló de una parte de ella misma. Pero que era imposible que una muchacha de su clase rompiera con su familia. De seguro de no haber intervenido su padre, ella hubiera llevado hasta el final nuestra historia.
Supongo que los camaradas salvadoreños no recuerdan siquiera este episodio, tal vez lo hayan olvidado por completo. Pues es para ellos apenas un acoso más. Su siguiente ataque fue tratar de que me expulsaran de la Universidad. Les seguiré contando mis historias rusas.

23 diciembre 2006

Blog cerrado por vacaciones

En estos días de fiesta me alejo del mundo, me voy con mi familia por unos días a las montañas alpinas. Según cuentan la altura ayuda a la multiplicación de los glóbulos rojos y este fenómeno aumenta la capacidad física, mayor resistencia al esfuerzo, etc.

Algunos deportistas para ocultar de alguna manera los productos químicos (dopaje) se van a pasar, antes de las competiciones, unos cuantos días a alguna altura. Los futbolistas de la selección francesa lo hacen cada vez que tienen un campeonato en miras... Lo que pasa es que la aumentación de los glóbulos rojos a causa de una estadía en la montaña, no tiene efectos secundarios, como por ejemplo, irritación excesiva, un cabezazo o limpiarse los botines en la espalda de un contrincante... ¿Por qué me he puesto a hablar de esto? Tal vez sea por despecho. Mi fasisto perdió en la final. Y por supuesto eso fue por culpa del árbitro o de la adversidad. Porque el FAS nunca pierde frente un equipo adverso. El árbitro y la adversidad son siempre los culpables y que quede dicho.

Bueno, antes de que se me olvide, Feliz Navidad a todos y que el 2007 sea un año que nos ayude a ser buenos. No estaría mal que fuéramos buenos, ¿no es cierto?

Tal vez vuelva a abrir la tienda la próxima semana, ya veremos.

21 diciembre 2006

Víctima de una agresión

Hoy he sufrido una agresión internética. Esta tarde estaba leyendo, en mi computadora, un documento sobre la sociología en Centroamérica, cuando de repente aparece un anuncio de un programa que me informa que ha detectado no sé cuántos desperfectos en la configuración de mi computadora. El programa se presenta como ErrorSafe. Y a pesar de que deseo salir de esa página, no lo logro fácilmente. Luego me doy cuenta que en mi “oficina” se ha instalado un icono del programa. Al tratar de saber de qué se trata, el icono activa un programa de instalación. El programa se instala y mi antivirus detecta dos “gusanos” en ese programa y me invita a ponerlos en cuarentena. El programa pirata inicia un “análisis” de mi ordenador y al finalizar me afirma que ha detectado más de mil desperfectos y que me conviene rectificarlos so pena de un sinfín de calamidades informáticas en mi computadora. No obstante para poder reparar lo que me ha señalado, debo “subscribirme” y se abre una página de mi navegador. El sitio del programa me propone que les pague más de treinta euros. Esto tiene un nombre: venta forzada o violación.

Procedo a suprimir el programa, no es cosa fácil. De nuevo las amenazas de no sé qué calamidades informáticas: lentitud de ejecución de mis programas, lentitud del arranque de mi computadora, paro súbito del sistema, etc. Finalmente he logrado suprimir el programa.

No les solicité nunca su visita, su manera violenta de imponerse la sufrí como una tremenda agresión. El programa se presenta como un “protector” del sistema de mi computadora.

Como no soy perito, como soy realmente apenas un aficionado, todas esa amenazas han hecho mella en mi ánimo. No conozco a qué sociedad pertenece ese programa. En todo caso su método comercial me ha parecido muy deshonesto.

Toda esta aventura retrasó mi lectura del artículo sobre la sociología centroamericana. Pues tuve que cerrar todo y volver a arrancar mi aparato.


P. S.:
Creo que se nota que he escrito movido por la cólera y el desaliento. En realidad no sé por qué les he contado esto. Espero que me comprendan

15 diciembre 2006

Mis conversaciones con Cervantes

He estado ausente en estos días y he dejado en abandono este espacio. Vuelvo y espero que no tomen a mal lo que les voy a contar. No es el efecto de las altas fiebres que me han sofocado y casi me obligan a delirar. No es delirio lo que les voy a contar, es un simple sueño recurrente. Me visita desde el verano de 1976 cuando por primera vez atravesé la frontera franco-española por Irún. Iba con destino a Madrid, pasando por San Sebastián, pues tuve un contratiempo con la compañía de ferrocarriles.

Permítanme antes de referir mi sueño que les cuente algo que me sucedió en Irún. Desde 1962 que me fui de El Salvador nunca había vuelto a estar en un ámbito castellano, es decir siempre estuve rodeado de lenguas ajenas, primero el ruso, luego el francés y por último el hebreo, para rodearme de nuevo el francés. Nunca dejé de hablar nuestra lengua, aunque una vez por allá por 1964 sentí de repente que estaba perdiendo mi lengua paterna. Esta horrible sensación la sufrí leyendo un texto de Lope, las palabras no me tocaban, las conocía, pero ahora me parecía que apenas adivinaba su sentido, como cuando uno se encuentra con alguien que ha conocido hace años y tarda en reconocerlo, en ponerle un nombre y situarlo en el tiempo. En ese momento tuve el miedo más íntimo de mi vida. Corrí a una librería a comprarme apresuradamente un diccionario castellano, el más grueso, el que tuviera más palabras y me puse a escudriñarlo y a reconocer a mis antiguas amigas... Pero no me bastó este remedio, me impuse prácticas de conversación en castellano, en salvadoreño. Viajaba por lo menos una vez a la semana a Leninski Prospekt en donde se encontraban los nuevos edificios de la Universidad Patricio Lumumba y en donde me era más fácil rodearme de amigos que conversaran en castellano. Y no dejé pasar una semana sin leer algunas páginas en castellano.

Pero el mundo lingüístico que me rodeaba era ruso. Quiero decir los diarios, la radio, la televisión, los rótulos en las calles, todo en ruso. En los autobuses, en el metro, en los tranvías, por todos lados el ruso. Me aconteció lo mismo con el francés y con el hebreo.

Pero una vez pasada la frontera por Irún, en la estación de trenes me dirigí al tablero de horarios y me puse a buscar el andén de donde iba a salir el tren que me llevaría a San Sebastián. En eso estaba, cuando de repente oí la voz de una muchacha por los altoparlantes de la estación que me decía:

—El tren 217 con destino a San Sebastián sale a las seis y siete minutos en el andén tres.

Era la primera vez que en una estación de trenes me hablaban a mí, en castellano, pues fue eso lo que pensé, lo que sentí, esa muchacha se estaba dirigiendo a mí, personalmente, lo que me intrigó mucho fue cómo supo lo que andaba buscando....

No les cuento el feliz encuentro, en San Sebastián, con un grupo de jóvenes que festejaban el final de su primer año de derecho. Lo referiré en otra oportunidad.

Ya en Madrid, luego de haber visto a las personas con las que había venido a entrevistarme, me dediqué al oficio de turista. Fui al Prado y me pasé horas frente al Jardín de la Delicias, entonces el tríptico de El Bosco estaba en las plantas bajas, en una sala demasiado pequeña para deleitarse a las anchas. Luego subí a las salas de la pintura española y me pasé el resto del tiempo contemplando las obras de Velázquez. Y entonces pensé que el pincel que debería habernos dejado el rostro de don Miguel de Cervantes Saavedra era precisamente ese. Mucho se entiende cuando uno ha visto a Luis de Góngora y Argote por Velázquez.

Salí del museo y me puse a caminar por las veredas del parque. Cosa sorprendente, pensé mucho en Cervantes, en su vida y sobre todo en lo tan cercano que me pareció entonces, casi como a alguien que hubiera podido cruzar en una de las calles de Madrid.. Algunos meses después, ya en París, en donde vivía por aquellos años setenta, tuve el sueño que quiero referirles y que se me ha repetido varias veces con variantes, por supuesto.

Me veo saliendo del Prado en compañía de un hombre flaco, más alto que yo, vestido en chaleco y jubones apretados, cuello blanco como el que le pintó Velázquez a don Francisco Pacheco. Es verano, la luz crepuscular y tenue. Nuestro paso es lento. Guardamos silencio y siento que no puedo desaprovechar esa oportunidad que tengo de ir al lado de don Miguel de Cervantes. En mi sueño ese encuentro no tiene nada de insólito. Lo interrogo con hondo respeto y con miedo de ofenderlo. Le pregunto por los comentarios que ha hecho de su novela, el nivolista vasco y tocayo suyo Miguel de Unamuno. Cervantes sonríe y me habla quedo y pausadamente. En el sueño cada palabra suya me la como, la bebo sediento. Y me sorprendo que a pesar de una sintaxis que siento anticuada, de un tono extraño, todo lo que me dice lo entiendo sin esfuerzo.

Al despertar tengo la sensación de haber perdido una oportunidad crucial en mi vida. Y me siento culpable pues por mucho esfuerzo que haga no recuerdo su charla. Apenas su respuesta a mi tonta pregunta, ¿Cómo es que le entiendo si nos separan tantos siglos? Su respuesta es sencilla.

— Hablamos la misma lengua, el tiempo no ha hecho mella en nuestro entendimiento. Algunas palabras han cambiado, alguna que otra oración ha envejecido, eso es todo.

He vuelto a soñar con don Miguel, en las mismas circunstancias y le he preguntado sobre los comentarios escritos por Ortega y Gasset. Pero es la misma pérdida de memoria al despertar. La tercera vez le recité algunos poemas de León Felipe. Sonreía y los aprobaba.

Estoy esperando la cuarta visita de don Miguel, pero sé que no necesito prepararme y sé también que me voy a olvidar de su respuesta, pero aquí adentro de mi cabeza me ha quedado muy fijo el sonido de su voz, su timbre. Y si despierto oyera su voz, lo reconocería.

06 diciembre 2006

Mi claustro

Pueden darse cuenta por esta foto las dimensiones del lugar en donde paso los días, en contacto con los libros, un contacto visual, olfativo y táctil. Muy poca lectura. La gente cree que el oficio del bibliotecario es leer libros.

Este corredor lleva hacia la sección infantil que está en el fondo. En los estantes que se ven a la derecha están los tomos que van desde las generalidades sobre el mundo hasta el deporte, pasando por la psicología, la filosofía, las religiones, la sociología, la economía, la filología, las matemáticas, la física, la biología, etc. La lista de estos asuntos es grande. Usamos la clasificación Dewey.

Detrás de esa estantería hay una gran sala en donde por orden alfabético se encuentra la literatura universal, sin hacer resaltar ninguna literatura nacional en particular, incluso la francesa. Hay una rica colección de poesía, rica relativamente al volumen general de la biblioteca y en relación a su tamaño y a la importancia del presupuesto. Se trata de una biblioteca de un suburbio parisino, Sarcelles. En la biblioteca últimamente han entrado textos de Castellanos Moya y de Rafael Menjívar. Antes de mi llegada había un solo librito de Roque Dalton.

La principal deficiencia de la biblioteca es la falta de espacio para exponer todo el fondo. Gran parte del fondo se encuentra en almacenes y otra aún no ha sido tratada. Esto último también les indica otra deficiencia, la falta de personal. En los últimos años el volumen de trabajo no ha decaído, sin embargo el personal se ha reducido casi del 40%.

Hay dos sectores que he olvidado, tratan de la historia y de la geografía. La división aquí es por continentes y por países. Hay algunos libros sobre El Salvador. Buena parte trata sobre la guerra y hay dos biografías de Monseñor Romero.

Todos los libros están en francés. Hay algunos bilingües. Los lectores son un tesoro, en realidad son ellos la biblioteca y es por eso que para atenderlos como se debe sufrimos mucho de la falta de personal. Pero si comparo con la Biblioteca Nacional de El Salvador, aquí trabajamos holgadamente, no tenemos los mismos problemas.
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25 noviembre 2006

El hombre de la calle y el lenguaje

Allá por los años cincuenta, en los diarios y las radios, se acostumbraba a nombrar “hombre de la calle” a lo que hoy se le llama “opinión pública”. Y se le adjudicaba a este “hombre de la calle” toda clase de opiniones, gustos, sentimientos, etc. Por aquellos años también solía pararse en la esquina del pasaje Nicaragua, en la colonia El Palmar de Santa Ana, un señor de bigotitos negros y sombrero blanco. No era vecino del barrio, por lo menos, pienso, no era el padre de ninguno de los vagos que nos pasábamos las tardes jugando al fut en el redondel o en el baldío que quedaba enfrente del pasaje Costa Rica. Poco a poco este misterioso señor pasó a ser en mi imaginación el famoso “hombre de la calle”.

Y cuando en los noticieros oía que el “hombre de la calle” pensaba qué sé yo qué sobre no sé qué problema en Corea, entonces este señor de la esquina fue cobrando mucha importancia en mi juicio. Me parecía que este hombre tenía una opinión firme y muy bien definida sobre todo lo que acontecía en el mundo.

Pero para eso está ahí el papá de uno. Y un día le pregunté a mi venerable padre que cómo diablos hacían los periodistas para enterarse de lo que pensaba ese señor de la esquina del pasaje. Imagínense la tamaña perplejidad de mi padre. Le cuento que el “hombre de la calle” del que hablaban en la radio venía todos los días a pararse en la esquina.

Mi padre me sacó de la confusión, pero me sumió a su vez en una tremenda duda metafísica, ya que el” hombre de la calle” no era pues un ente de carne y hueso, no solía venir al barrio, no se paseaba por el parque Menéndez, no iba a las cocinas del Mercado Central. Era pues un ente totalmente imaginario, ficticio y de ficción. Nunca más creí en él y el señor de la esquina del pasaje Nicaragua perdió todo mi respeto. Pero este “hombre de la calle” me ha acompañado toda la vida. Ha constituido una parte considerable de mi reflexión.

Eso me condujo muy temprano a desconfiar de ciertas afirmaciones en las que de repente surge un ente fantasmagórico. No me estoy refiriendo a los seres de las creencias religiosas, que eso concierne a la fe y a la intimidad de cada uno. Aludo a esos raciocinios en los que se dice algo así como: “La existencia del lenguaje en la edad clásica es a la vez soberana y discreta. Soberana puesto que las palabras han recibido la tarea y el poder de “representar al pensamiento”. Pero representar no quiere decir aquí traducir, dar una versión visible, fabricar un doble material que pueda, en la vertiente exterior del cuerpo, reproducir el pensamiento en su exactitud”. Muchos se han acostumbrado a leer este tipo de proposiciones y las encuentran muy profundas.

Metáfora o falsa abstracción

Hay en estas enjundiosas palabras la profundidad del vacío. Hagámonos algunas preguntas, ¿el lenguaje existe independientemente de los hombres? ¿Quién les dio a las palabras semejante responsabilidad de representar al pensamiento? ¿El pensamiento existe también sin un ser pensante? Por supuesto que algunos me dirán que me he puesto muy prosaico y que me niego a admitir el uso metafórico de las palabras. No obstante con mucha tranquilidad puedo afirmar que no se trata de ninguna figura, que este modo de pensar y de expresarse se considera filosofar y son muchos los que practican este tipo de filosofía. Porque espero que nadie me niegue el derecho de exigir respuestas a mis preguntas y que si en el curso del libro no me dan las respuestas, hay estafa.

En las palabras que acabo de citar no cabe duda que el pensador francés Michel Foucault nos afirma que el pensamiento y el lenguaje existen paralelamente y de manera separada. Por mi parte admito que puede existir un modo de pensar que se realice sin la intervención de alguna lengua. Existen psicólogos que sostienen la existencia de un pensamiento en imágenes y que el pensamiento matemático se sostiene a través de signos no lingüísticos. Esto se puede admitir. No obstante todos admiten que no existe ningún otro medio que nos permita conocer el pensamiento de los hombres que el lenguaje, más exactamente una lengua histórica dada.

Hay otra confusión clara, que algunos pueden creer que se trata de una metonimia —la parte por el todo—, en el funcionamiento del lenguaje las palabras, lo que comúnmente llamamos palabras, no adquieren un significado concreto afuera de las oraciones. El contenido de las palabras, su función se manifiesta en el habla. Las definiciones del diccionario son meras aproximaciones. Cuando la definición es lograda, apenas se trata de la parte más general de todos los significados concretos, se trata de un significado cristalizado, se trata de un común denominador.

El “hombre de la calle” tiene la misma existencia fantasmal que el lenguaje reducido a palabras, que recibe de no se sabe quién la misteriosa tarea y el insólito poder de representar. ¿Cómo podemos saber si las palabras aceptaron semejantes extravagancias? Quien tenga una idea que me avise.

(1) Michel Faucault, "Les mots et les choses", Gallimard, Paris 1966, p. 92.

20 noviembre 2006

La risa de las niñas

La mañana golpeó gris en mi ventana, sus mil dedos húmedos repiquetearon frágiles en los cristales. La corneja, arriba, en lo alto del pino remedaba siniestros presagios. La luz venía de las copas amarillas, el viento lúbrico arrancaba las hojas fabricando tapices en los charcos. Acudí sediento al ventanal cuando hasta mi piso sonaron como un cristalino chorro las juveniles voces de unas colegialas. La vida es repentina en las mañanas de otoño, un grito infantil, un gorrión audaz enfrentando al frío, un pregón a lo lejos, convertido ya en su propio eco. Entonces el día que se anunciaba prolongación nocturna cobra matices atenuados que clavan la esperanza como un tenaz recuerdo. Las colegialas iban repartiendo su alegría y su mocedad triunfaba impertinente, casi vengativa de la oscuridad, de la monótona y gélida llovizna. De repente, ante el tierno reír de unas muchachas, la desvanecida pujanza de mis años olvidó su ritmo, la meta alcanzada y volví a verme en mis charcos, en mis vendavales, en mis corrillos, en mis escapadas y el prodigio se produjo. Sentí que esa vida que iba al colegio no era por gusto que también entraba en mi aposento, era para recordarme que mientras mis ojos distingan la luz que en tonos bajos toca a mi ventana y que mis oídos identifiquen en la uniforme lluvia el arrullo del torcazo, aún mis ánimos pueden cobrar la energía de la ilusión.

Me he alimentado de sueños, de ilusiones, ahora también de recuerdos. Los recuerdos son ilusiones vividas. He aprendido a acomodar los colores para que me pinten mi vida vivible. Aunque siempre temí mi propia desnudez en la página escrita, no obstante, ahora, suelo poner en blanco algunos acaecimientos que mi sino me empujó a cruzar. Esta travesía me costó algunas veces. La ilusión se deshilachó cuando lo soñado se topó con la bruta realidad. Mi descalabro entonces me dejaba sin ánimos, casi desesperanzado. Digo casi, porque como en esta mañana gris, siempre algo repentino y sorpresivo, como la risa juvenil me la ha devuelto, la esperanza. Antes era mi propia risa, la de mis amigos, la de la amada. La alegría me impregnaba, mi entusiasmo parecía envuelto en sordas pasiones. Es cierto, he vivido tercamente, prendido de mi esperanza, empujado por pasiones, enceguecido por los sueños. Me ha tocado que luchar para darle cabida a la razón. Pero ha sido la razón la que no ha permitido que pierda mis ilusiones y que obedezca a mis sueños.

Muy gris puede ser la mañana, muy lúgubre el canto de la corneja, muy monótonas las implacables gotas de la lluvia, todo eso se desvanece ante la risa juguetona de un grupo de muchachas. La vida me penetra entonces y pienso apasionadamente en otras mañanas, más dulces, más alegres, más conformes con la alegre vida de la juventud. Entonces rabiosamente me he ido a mi país a través de mis sueños. Lo he visto encarcelando sin piedad a sus niños. Han editado leyes que vuelven añicos al juicio. Nada se hace que les devuelva la esperanza, que los conduzca a la risa alegre y despreocupada. He pensado en mi país, luminoso, rebalsado de colores y lleno de trinos jubilosos. Me vuelven de nuevo las pasiones y acuden a mí los sueños que tanto he razonado, que tanto pábulo le dieron a mis desveladas noches para agotar tomos de ardua lectura.

11 noviembre 2006

Declaración de Judíos Europeos por una Paz Justa

En los últimos meses, las acciones del ejército israelí culminaron en un insostenible nivel de represión y persecución a la población palestina en Gaza.. Las operaciones, cínicamente denominadas en los meses de verano "Operación lluvia de verano", y ahora con el nombre "Operación nubes de otoño", trajo la muerte de cientos de palestinos, sin mencionar el número de heridos ó mutilados de por vida. Solamente en esta mañana, 19 palestinos masacrados por el ejército israelí en el norte de la Franja de Gaza donde mujeres y niños fueron la mayoría de las víctimas de estas atroces acciones.

¿Se lleva a cabo todo esto en nombre de la seguridad? Las incursiones sobre Gaza de las fuerzas armadas de Israel no pueden ser justificadas con la excusa del lanzamiento de los cohetes Qassam o por haber tomado como rehén al soldado Gilad Shalit. Más aún, la arbitraria e incon mensurable violencia del ejército israelí probablemente pone aún más en peligro su vida. El uso de las nuevas, letales e ilegales armas denominadas DIME (en inglés denso metal inerte explosivo) no se justifican en absoluto.

Es obvio que los constates ataques, tanto físicos como psicológicos, no tienen otra razón que sembrar el miedo, demostración de fuerza y destinadas a quebrar la voluntad del pueblo palestino en su legítima resistencia a la ocupación. Hamas no llamó a realizar acciones de
venganza, pero sí pidió intervención internacional. ¿Cuántos más palestinos deberán morir antes que la comunidad internacional asuma sus responsabilidades?

De acuerdo a los estatutos de las Naciones Unidas, Israel, como cualquier otro miembro de la comunidad Internacional, debe ser juzgado, ser responsabilizado e impedido de imponer guerras no declaradas, de la matanza de civiles, de devastación de la naturaleza y de la destrucción
de la industria y la infraestructura de sus vecinos.

Como ciudadanos europeos no es nuestra voluntad permanecer en silencio sobre los crímenes cometidos contra una población cautiva, un pueblo ocupado, que son víctimas de los acontecimientos de la historia europea.

Como judíos, no cometeremos el mismo error del que hemos culpado a otros, el silencio sobre los crímenes contra la humanidad. En la tarde del 9 de noviembre, el monstruoso pogrom de 1938, declaramos fuerte y claramente que el estado de Israel, con estos actos, desacredita el nombre y la reputación de los judíos en todas partes.

Es esencial que estas fuertes, decisivas e imparciales medidas deben finalmente ser tomadas por la Unión Europea a fin de obligar a Israel a adherir a las leyes internacionales. Esta es una larga y obvia deuda que los países de Europa tienen con Israel y debería romper los vínculos amistosos y las relaciones comerciales mientras Israel no adhiera a los tratados básicos de los derechos humanos y continúe con sus crímenes de guerra.

Nosotros demandamos que la Unión Europea se disocie de la política de los Estados Unidos de Norteamérica en el medio Oriente y lleve a cabo una política independiente de paz de acuerdo a la Convención Europea sobre los Derechos Humanos.

Nosotros reclamamos un debate sobre este tópico en el Parlamento de la Unión Europea como así también en los parlamentos de los países miembros.

Demandamos que la Unión Europea transmita claramente al Gobierno de israel que la Unión no financiará ni respaldará a Israel mientras no llegue a un acuerdo justo de paz con el pueblo palestino, que sea provechoso para los participantes y para la paz en el mundo.

Demandamos protección para el pueblo palestino en el sentido de emplazamientos de guardianes de la paz en Gaza y Cisjordania.

Noviembre 8 2006

JUDIOS EUROPEOS POR UNA PAZ JUSTA
Comité Ejecutivo:
Paola Canarutto Italia, Dror Feiler (Presidente) Suecia, Liliana Córdova Kaczerginski Francia, Dan Judelson (Secretario) Gran Bretaña, Fanny-Michaela Reisin Alemania, Paula Abrams-Hourani Austria
Traducción de Julia Majlin

10 noviembre 2006

Insulto a la clase obrera soviética

Hace unos días, cuando comentaba la conferencia de Siniavski, les hice la vaga promesa de contar algunas anécdotas moscovitas con mis camaradas salvadoreños. Les entrego una, la primera. Teníamos unos diez días en Moscú. Eramos ocho salvadoreños, formábamos el primer contingente enviado por el Partido a formarnos en la Unión Soviética. Llegamos algunos días antes del inicio de los cursos. Era un otoño particular, lo que los rusos llaman babie leto, en Francia le llamaban antes, l’été de la Saint-Martin, ahora dicen l’été indien. Se trata de un período de calorcito en pleno otoño. Nosotros nos movíamos en grupo, muy borregamente. Aquel día fuimos a almorzar todos al restaurante universitario de Donskaya. Nos pusimos en la fila, delante de nosotros había un grupo de obreros que habían estado reparando las losas del jardincito de la Universidad, que quedaba justamente frente al restaurante. Los obreros se habían quitado las camisas y estaban en camisetas. De repente uno de ellos levantó su brazo, tal vez para secarse el sudor de la frente, quizá para arreglarse la rubia mecha de sus cabellos desordenados. En fin, el zopilotazo que se desprendió de su sobaco fue brutal.

—¡Qué apesta este hijueputa! exclamé con enfática espontaneidad.

Santaneco soy, pues. No se me quita, no se me ha quitado. Y seguí campante en la cola vigiando los movimientos del tipo. Ya en el restaurante la cola se dividía en dos, había dos amplias salas con mostradores de autoservicio. Resulta que los obreros se fueron por un lado y nosotros por el otro. Ahí me topé con un uruguayo que ya nos había servido de guía y traductor en el aeropuerto. Y me puse a comprobar con él mis pequeños avances en mi aprendizaje del ruso (tal vez les cuente alguna vez como fue que aprendí mis primeras palabras rusas). Al buscar con mi azafate lleno de viandas, a mis compatriotas para sentarme a almorzar con ellos, vi que se habían ostensiblemente alejado de mí. Me fui con el uruguayo. Era de origen ruso.

Al salir del restaurante, mis camaradas me esperaban para convocarme a una reunión esa misma tarde. Me sorprendí pues el día anterior habíamos tenido ya una en la que no encontramos tema que abordar. Hablamos de nuestra obligación de ser irreprochables en nuestra misión de representar a nuestro país y a nuestro partido. Cada uno dijo su babosada y nos quedamos muy contentos. La próxima reunión debíamos tenerla dentro de una semana, tal cual habíamos quedado desde El Salvador.

Cuando entré al cuarto ya estaban todos ahí y vi las miradas de chucho sediento que me echaron encima. Nuestro jefe provisorio (aún no teníamos secretario de célula) abrió la reunión y de entrada anunció el único punto que se tocaría: “la autocrítica del camarada Carlos”. Me quedé pasmado. Todos guardaban silencio esperando que iniciara mi autocrítica. Pasaron algunos instantes y como no dejaban de mirarme les pregunté de qué se trataba la vaina.

—¡Pues, dendioy no insultaste a la clase obrera soviética!

— (....)

—Sí pues, en la cola.

—¿En la cola?

—Sí, en la cola del comedor.

—¡Ah! Ya caigo. No lo insulté.

—Sí y tenés que hacerte la autocrítica.

—No jodan, muchá. Si el fulano apestaba.

—¿Así que no te hacés la autocrítica?

—Pero que quieren que me critique, si el que apestaba era él. No, mano, ustedes la están cantiando, la autocrítica es un asunto serio, no un jueguito.

Me levanté y me fui a dar una vuelta, hasta el Parque Gorki. Este acto de rebeldía les quedó grabado en su memoria y se lo guardaron hasta la llegada del que muchos años después había de ser el comandante Marcial.

04 noviembre 2006

El espejo del amor propio

En los años sesenta, cuando vivía en Moscú, en el céntrico callejón Luchnikof, a unos cuantos pasos del Comité Central del PCUS, pero aún más cerca del célebre KGB, solía visitarme un muchacho con el que discutía mucho de literatura —su padre era un crítico conocido y reconocido— y escuchaba música, él era un apasionado admirador de Chaikovski. A veces le expresaba mi desacuerdo por su desinterés por el marxismo. Quiero decir que se lo echaba en cara. Pero su respuesta siempre fue la misma: “el marxismo lo he mamado en el pecho de mi madre”. Como este amigo reaccionaban muchos jóvenes soviéticos, que en realidad estaban hartos de los estereotipos que les habían prodigado desde la escuela. Una actitud semejante la he encontrado en otros, aunque quizá peor, por lo pretensiosa y vana. Algunos se consideran marxistas desde sus más tiernos años, por prematuras lecturas de algunos folletos de propaganda o por la lectura de algunos textos de Marx o de Engels. He oído decir a algunos de estos personajes que a los trece años o quince —para el caso es lo mismo— había recorrido el Anti-Dühring u otro libro de la misma especie. Y desde entonces no han vuelto a tomar de nuevo el libro y se creen que esa lectura infantil los ha convertido en versados marxistas. Por lo general se trata de hijos o nietos de dirigentes de algún partido “revolucionario”. Y lo que les ha realmente servido de educación ideológica son las interminables conversaciones que los desvelaban durante las primorosas noches de su infancia. Largas conversaciones de sus padres con amigos y compañeros de clandestinidad, que generalmente eran sobremesas regadas con buenas botellas de whisky.

No se piense que esto ocurre solamente en nuestro medio salvadoreño, sucede también entre los europeos, ya lo dije de los ex-soviéticos, pero me he topado con este fenómeno también entre franceses, italianos, españoles, etc. Este tipo de gente me hace pensar en otro muy cercano, que a veces simplemente se entremezcla con él o tal vez se trata del mismo personaje. Existe un tipo de persona que no solamente está de vuelta, cuando todos apenas estamos preparando las maletas para el viaje, sino que ya están para partir de nuevo hacia paraderos que son inaccesibles al común de los mortales. Miran estos personajes al resto de la humanidad con condescendencia, a veces cuando recuerdan que ellos también han sido humanos, con cierta piedad pringada de irrefrenable lástima.

Este tipo también deambula por nuestras calles salvadoreñas, fuma cigarrillos soplando fuerte su humo hacia el cielo, se planta en alguna esquina con majestuosa prepotencia que nadie se atreve a preguntarles si andan perdidos, aunque sea el caso. A veces se dignan a opinar parcamente sobre algún asunto candente, pero no se exceden porque no ignoran que de nada sirve insistir, pues no serán comprendidos. Por lo poco que dicen uno debe saber que tienen razón y que no vale la pena insistir. Tienen también la costumbre de presentarse como víctimas del medio, de nuestro miserable medio que no los valora a su justo precio. Se lamentan que solo ellos han podido salir adelante, que más les hubiera valido seguir siendo ignorantes como el resto de guanacos, pues así no se darían cuenta en que fango les ha tocado crecer. Y ellos han crecido como augustas ceibas. Puedo hablar de ellos con toda tranquilidad, ninguno se va a reconocer en este retrato. No es por humildad, va de suyo, sino porque ellos se miran en el espejo del amor propio.

02 noviembre 2006

Historias humanas

Las cartas y la basura
Durante muchos años el correo dejó de llegarles regularmente a los vecinos de un barrio. No era que sus lejanos corresponsales hubieran dejado de escribirles. Simplemente el cartero un día en que andaba muy mal, que se sentía agobiado por la monotonía de la vida, se llevó el paquete de cartas a su casa. Luego cada vez que se sentía mal raptaba el correo de los vecinos. Nadie se dio cuenta durante años. En realidad el cartero fue varias veces cambiado de recurrido y sus depresiones no eran cotidianas y tampoco duraban mucho tiempo. No obstante las reclamaciones de algunos vecinos se fueron acumulando en el escritorio del jefe de la oficina. Y un día decidió ocuparse realmente del problema. No tardó en dar con el culpable.
Los agentes de la policía que tomaron en manos la investigación se presentaron a su domicilio para arrestarlo e interrogarlo para saber cuál era el paradero de las cartas.
Al leer en el diario esta noticia me imaginé que el cartero dedicaba interminables noches a la lectura del correo robado, una especie de voyeurisme epistolar. Pensé en un hombre que había terminado por familiarizarse con los corresponsales y que quizás alguna vez tuvo el deseo de responder, o quién sabe, de conocer a los autores de las cartas. No obstante cuando los policías pudieron penetrar en su apartamento, se dieron cuenta que ninguna carta había sido violada. Las había ido ordenando por direcciones y fechas. El orden era impecable.
Pero a esta triste historia de una vana manía se le vino a juntar otra, mucho más triste y terriblemente trágica. Los policías al buscar al cartero se equivocaron de apartamento y entraron en la casa de una pareja de ancianos que vivía enfrente del cartero. Los ancianos tenían años de no sacar la basura y la venían amontonando en una pieza de su apartamento hasta llenarla por completo y luego fueron depositándola en el cuarto contiguo. Cuando los policías entraron los cuartos estaban cerrados y se sorprendieron al ver que en un rincón del salón se abultaban unas bolsas sospechosas. En ese momento pensaron que ahí se encontraban las cartas. Su sorpresa fue indescriptible cuando se dieron cuenta que se trataba de bolsas de basura. El olor era espantoso. Cuando abrieron las piezas su descubrimiento los dejó atónitos.
Ni el cartero, ni la pareja de ancianos pudieron explicar su conducta. Lo que se pudo constatar a ciencia cierta fue que durante todos esos años nunca recibieron la visita de nadie.