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23 abril 2006

Un poema

Las trampas de mi historia
Los baches de la historia fueron
los que retardaron mis te quiero.
Tanto me costó decirlo
que hasta la máscara del grito
amordazó la mano en la caricia.

Qué oscuro me puse, qué tristes
fueron mis inquietos gestos,
qué culpa me inculcaron,
qué tenía que ver la historia
con las sombras de dos cuerpos
luchando en las paredes,
enlazados,
crucificados,
clavados,
disfrazados,
envueltos en el frío,
desnudos en estío.

Ahora que lo pienso,
la historia le puso tantas trampas a mi vida,
que hasta mis amigos se fueron yendo,
uno a uno,
bajo nuevas e inútiles banderas.

Inútiles banderas.
Cómo me cuesta decirlo.
Como si decirlo fuera repetir un ingrato te quiero,
un te quiero de hastío o de costumbre,
un te quiero arrebatado.

Mis amigos.
Cuánta fe se nos fue buscando apaciguar la loba,
la misma que hacía de nuestras vidas primaveras.
Me gustaría nombrarlos a todos,
a vos Óscar Turcios,
a vos Iván Cevallos,
al tico Soley.
¡Ay! Burol, por poco te olvido.
Fallitas, cómo olvidarme de tus fantasmas,
de tus penas nadando,
de tus puntos olvidados
y las comas que le faltaban a las citas
truncadas por el Pravda.

¡Cuántos baches tuvo nuestra historia!
¡Cuántos remiendos quisimos ponerle al mundo!
¡Cuántos te quiero dejamos sepultados!


Pero hubo veces que le pusimos
trampas a la historia
y quisimos a lindas muchachas
como si fueran la patria
y las bañamos de te quieros
hasta la victoria y siempre
fue el mismo dilema,
patria o el amor que nos robaban.

Cómo me cuesta decirlo.
Pero los años se arrastran en la memoria
como virtuosos lagartos enamorados,
como si cada uno fuera un remordimiento
de trecientos sesenta y cinco huevos.

Pero de nada me arrepiento.
O tal vez de muy poco.

Nosotros lo que queríamos
era peinar al despeinado mundo,
hacerle un trajecito,
restregarlo, lavarle las orejas,
limpiarle las uñas,
lustrarle los zapatos,
ponerlo tipería para la grandiosa boda
con la muchacha más bella y más morena
que soñamos: la Gloriosa Aurora.

Y la quisimos tanto.
La quisimos con ganas,
como si fuera la novia,
la madre
y la patria juntas.
La Gloriosa Aurora.
Ahora, en las tinieblas recordando,
aparece majestuoso el busto de Ilich,
el mismo que en Tuapcé
nos cubrió para que bajo su erguido amparo
de besos, de muchos te quiero,
de oscuras caricias,
de altas estrellas,
de pequeñísimas,
de muy pequeñísimas palabras
fuéramos construyendo
nuestros más eternos instantes.

No voy a nombrarlas.
Pero fueron, han sido.
Generosas y hospitalarias
me ayudaron a crecer.
Me enseñaron que desde las raíces
del árbol de la vida
germina la savia del famoso fruto.

Que no eran la otra inmerecida mitad,
ni el absurdo complemento de seres separados.
Que juntos diferentes iremos por el mundo,
que era una pena sin remedio separarnos
y en las inciertas encrucijadas del reencuentro
siempre serán apenas el recuerdo del encanto.

No obstante
las súplicas de que las sepultara en el olvido,
de que regara con tiempo mis heridas,
de que no las llorara:
otra te querrá como yo no te he querido,
al cabo de esta historia,
no obstante, lo repito,
tengo previsto no caer en la última trampa,
la del balance.

Haré mis cuentas, sí. Mis cuentas.
Con mi sombra y con la poca luz que me ha quedado.

14-15 de Diciembre de 2004, Sarcelles.

20 abril 2006

Manifiesto republicano

Manifiesto "Con orgullo, con modestia y con gratitud"
El 14 de abril de 1931, España tuvo una oportunidad. La proclamación de la II República Española encarnó el sueño de un país capaz de ser mejor que sí mismo, y reunió en un solo esfuerzo a todos los españoles que aspiraban a un porvenir de democracia y de modernidad, de libertad y de justicia, de educación y de progreso, de igualdad y de derechos universales para todos sus conciudadanos. Hoy, setenta y cinco años después, los firmantes de este manifiesto evocamos aquel espíritu con orgullo, con modestia y con gratitud, y reivindicamos como propios los valores del republicanismo español, que siguen vigentes como símbolos de un país mejor, más libre y más justo.
Frente al colosal impulso modernizador y democratizador que acometieron las instituciones republicanas -siempre con la desleal oposición de quienes creían, y siguen creyendo, que este país es de su exclusiva propiedad-, todavía se nos sigue intentando convencer de que la II República fue un bello propósito condenado al fracaso desde antes de nacer por sus propios errores y carencias. Los firmantes de este manifiesto rechazamos radicalmente esta interpretación, que sólo pretende absolver al general Franco de la responsabilidad del golpe de estado que interrumpió la legalidad constitucional y democrática de una república sostenida por la voluntad mayoritaria del pueblo español, con las trágicas consecuencias que todos conocemos. Y exigimos que las instituciones de la actual democracia española rompan de manera definitiva los lazos que la siguen uniendo -desde los callejeros de los municipios hasta los contenidos de los libros de texto- con un estado ilegítimo, que surgió de una agresión feroz contra sus propios ciudadanos y se sostuvo en el poder durante treinta y siete años mediante el abuso sistemático e indiscriminado de los siniestros recursos que caracterizan la pervivencia de los regímenes totalitarios. Después de treinta años de democracia, resulta vergonzoso tener que recordar aún donde estaba la ley y donde estuvo el delito. A estas alturas, es intolerable, y muy peligroso para la salud moral y política de nuestro país, que todavía se pretenda equiparar al gobierno legítimo de una nación democrática con la facción militar que se sublevó contra el estado al que, por su honor, había jurado defender, y cuya victoria sólo fue posible gracias a la ayuda de los regímenes fascista y nazi que preparaban una invasión de Europa que acabaría provocando una guerra mundial y, aún más decisivamente, gracias a la culpable indiferencia de las democracias occidentales, que, antes de convertirse en víctimas de las mismas potencias en cuyas manos habían abandonado a España, eligieron parapetarse tras el hipócrita simulacro de neutralidad que representó el comité de No Intervención de Londres.
El 14 de abril de 1931, España tuvo una oportunidad, y los españoles la aprovecharon. Pese a la brevedad de su vida, la II República desarrolló en múltiples campos de la vida pública una labor ingente, que asombró al mundo y situó a nuestro país en la vanguardia social y cultural. Entre sus logros, bastaría citar la reforma agraria, el sufragio femenino, los avances en materia legislativa de toda índole, la separación efectiva de poderes, las constantes y modernísimas iniciativas destinadas a difundir la cultura hasta en las comarcas más remotas, el decidido impulso de la investigación científica o el florecimiento ejemplar no sólo de la educación, sino también de la asistencia sanitaria pública, para demostrar que aquel bello propósito generó bellísimas realidades, que habrían sido capaces de cambiar la vida de un pueblo condenado a la pobreza, la sumisión y la ignorancia por los mismos poderes -los grandes propietarios, la facción más reaccionaria del Ejército y la jerarquía de la Iglesia Católica- que se apresuraron a mutilarlo de toda esperanza.
La República dotó a los sectores más débiles y desprotegidos de la sociedad de entonces, las mujeres y los niños, de un estatuto jurídico privilegiado en su época. El retroceso fue tan brutal, que el cambio de régimen supuso para ellas, para ellos, la pérdida de todo derecho y su consagración como subciudadanos dependientes de la buena voluntad de los cabezas de sus respectivas familias. La República apostó por la defensa de los espacios públicos como escenario fundamental de la vida española, asumiendo la necesidad de equiparar las condiciones de vida de las poblaciones rurales y urbanas, y desarrollando políticas de igualdad no sólo entre los individuos, sino también entre las regiones más y menos prósperas. El retroceso fue tan brutal, que el cambio de régimen consolidó las desigualdades históricas tanto individuales como colectivas, y abandonó la promoción de los servicios públicos para crear un déficit que en algunos sectores, como la educación primaria y secundaria, seguimos padeciendo todavía. La República fomentó el auge de la cultura española en todos los terrenos de la creación artística y de la investigación científica, el debate intelectual y la vida universitaria, hasta el punto de que su nombre y su destino estarán unidos para siempre a la memoria del máximo esplendor cultural del que ha gozado nuestro país en la era moderna. El retroceso fue tan brutal, que el cambio de régimen supuso la pérdida más trágica que, a su vez, ha soportado nunca la cultura española, el exilio masivo de los mejores, que dejaron las aulas y los laboratorios, los talleres y las redacciones, las editoriales y los museos, la autoridad y el prestigio intelectual de nuestro país, en manos de una improvisada cosecha de oportunistas y segundones, que redujeron la vida cultural española a una lamentable manifestación de mediocres oscuridades.
Hoy, setenta y cinco años después, los firmantes de este manifiesto no queremos seguir lamentando la triste brutalidad de aquel retroceso, sino celebrar la emocionante calidad de los logros que le precedieron, y agradecer la ambición, el coraje, el talento y la entrega de una generación de españoles que creyó en nosotros al creer en el futuro de su país. Reivindicar su memoria es creer en nuestro propio futuro, que será proporcionalmente mejor, más libre, más justo, más feliz, en la medida en que seamos capaces de estar a la altura de la tradición republicana que hemos heredado. Por una España verdaderamente moderna, laica, culta, igualitaria, por su definitiva normalización democrática, y por el progreso armónico del bienestar de todos sus ciudadanos, hoy, setenta y cinco años después, queremos celebrar el 14 de abril de 1931, y proponer que esta fecha se celebre en lo sucesivo como un reconocimiento oficial a todos los ciudadanos españoles que lucharon activamente por la libertad, la justicia y la igualdad, valores comunes que tienen que seguir orientando la construcción democrática de la sociedad española. Abril 2006

11 abril 2006

Recuerdos

Incipits I

Leve recuerdo, recuerdo en hilachas, no obstante persistente y que me ha acompañado toda la vida. Un atardecer en Santa Ana, en el atrio del Calvario, un grupo de muchachos, alumnos del Seminario, comentaban el primer capítulo de la última novela que acababa de leernos el profesor de castellano. No recuerdo ni siquiera aproximadamente la fecha, sé que mediaban los años cincuenta. Recuerdo que solíamos reunirnos en las gradas de la estatua del fray Felipe de Jesús Moraga. Hablábamos entre nosotros de todo, las más de las veces de asuntos profanos. Esa vez pronuncié palabras que sorprendieron a mis contertulios y que me sorprenden hasta ahora a mí mismo, no tanto por su contenido, sino por lo tajante de mi juicio de entonces y el exiguo material que lo sustentaba. ¿Quién sabe cuáles fueron los caminos que me llevaron a esa conclusión? Pero el hecho es que afirmé sin pispilear que esa novela no podía ser muy buena, pues la frase inicial era muy mala. Mis compañeros se sorprendieron por lo incisorio de mi abrupta frase. Se burlaron y se rieron. ¿Qué sabía de novelas buenas o malas, si yo no había escrito ninguna? ¡¿Una frase no lo determina todo?!

No me pregunten de qué novela se trataba, se me ha olvidado. Además nuestro profesor tuvo que cambiar de estrategia para interesarnos al estudio de la gramática castellana. En realidad se vio obligado a estudiarla para poder enseñárnosla... Así que nunca supimos si era buena o mala la novela... A mí me gustaban esas lecturas semanales. Muchos años después supe el nombre latino de la frase introductora de las novelas: íncipit.

Mucho me he entretenido leyendo, analizando los íncipits. Tal vez el más célebre sea el majestuoso inicio de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Tan célebre que ya nadie le presta atención y lo que más ha aguzado la perspicacia indagatoria, es el misterioso lugar de la Mancha, cuyo nombre no podemos conocer. No obstante ese íncipit —oído tantas veces antes de que abriera la novela de Miguel de Cervantes— tardó en revelarme su magia. Me ocurrió lo que le acontece a todo el mundo al cruzarse con alguien muy conocido, lo dejé pasar.

Fue con León Nikolaevich Tolstoi que comenzó realmente a afilarse mi atención: al leer la primera oración de Anna Karenina fue fulgurante la sensación de sentir que una mano tomaba la mía para entregarme un hilo que me guiaría en el laberíntico escudriño del alma humana. Al mismo tiempo me sentí atrapado. Nada, ni nadie pudo arrancarme de la novela. El íncipit marcó también el compás de mi lectura. No tuve que precipitarme con desembocada curiosidad buscando un desenlace que desahogara la tensión de los anhelos provocados. El ritmo de mi lectura fue lento, tal vez se entrelazaba con la prudente marcha que adoptó la pluma de Tolstoi. La apertura nos advierte en forma de adagio que vamos a ser testigos de un drama: "Las familias felices se parecen entre ellas, cada familia desdichada lo es a su manera". Esta verdad tan sencilla y tan sencillamente dicha me sobrecogió profundamente, pues la singularidad de la desdicha forzosamente nos hunde en la soledad y nos priva de la posible comunión con los otros. La desdicha nos aparta, nos condena.


19 marzo 2006

El Marxismo en El Salvador

El Marxismo y El Salvador

Por Carlos Abrego

En El Salvador el marxismo ha gozado entre algunos círculos muy restringidos de intelectuales de un prestigio indiscutible. No obstante difícilmente podemos afirmar que la filosofía marxista ha existido en el país. En la oposición entre el mundo capitalista y los países del “socialismo real”, nuestro país estuvo siempre alineado al anticomunismo, simple y llanamente. Los escasos textos marxistas que circularon, lo hicieron clandestinamente y de manera más que limitada. La mayoría de los que se llamaban marxistas tuvieron un acceso mínimo al corpus teórico de Marx. Estoy hablando de los que aspiraban a estudiarlo. Muchos militantes tuvieron en mano resúmenes, breviarios, compendios, iniciaciones, introducciones y sobre todo panfletos sin mucho que ver con el pensamiento de Carlos Marx y Federico Engels.

La filosofía para desarrollarse urge de la máxima libertad. En nuestro país nunca han existido las condiciones necesarias para un enfrentamiento teórico sereno y leal, entre las diferentes filosofías, entre el idealismo y el materialismo. Pero esta situación no es en nada original. La compartimos con casi todos los países. El marxismo —en tanto que filosofía— ha sido atacado sobre todo desde el punto de vista político y la mayoría de los que lo combaten lo hacen sin un estudio previo, sin haber profundizado en sus posiciones.

Retomar la iniciativa

En nuestro país se combatió al marxismo durante largas y sombrías décadas con el garrote, la tortura, la cárcel y el asesinato. El oscurantismo inquisitorio dirigió los debates en este terreno. En la actualidad tampoco existen las condiciones idóneas para una discusión serena. El marxismo es simplemente excluido, relegado al estatuto de cadáver histórico. Algunos de nuestros pensadores se adjudican fáciles victorias frente a un marxismo que conocen de oídas, sin poder citar ni un solo párrafo para sostener las “posiciones marxistas” que combaten. Lastimosamente esta condición la comparten también quienes siguen en secreto declarándose aún hoy marxistas.

Y desgraciadamente la situación política y social no les permite otra cosa, el debate ideológico es inexistente. Hoy en nuestro país es imposible declararse abiertamente marxista. Imposible porque la ideología hegemónica en El Salvador sigue siendo el anticomunismo más primario, más irreflexivo e irracional que exista.

No obstante no podemos esperar que lleguen esas condiciones propicias para la discusión, pues hay apremio en que el pensamiento progresista retome la iniciativa y proponga alternativas a la situación de opresión en la que está sumido nuestro pueblo. Para ello es necesario que sosegadamente, sin inútiles precipitaciones volvamos al origen, a los textos mismos, a su análisis y que desechemos la búsqueda de aplicaciones inmediatas y automáticas de una doctrina que en el marxismo es inexistente.

Precisamente uno de los postulados más repetidos y aceptados sin la más mínima postura crítica es el de la existencia de una doctrina marxista. De una doctrina resumible en una cantidad limitada de postulados, de un cuerpo cerrado de posiciones. No obstante una de las más grandes novedades del marxismo —en oposición a las filosofías que le precedieron— consiste justamente en su carácter intrínsecamente abierto e inconcluso. Inconcluso no porque que sus fundadores ya no existen y no terminaron su obra, sino porque la nervadura que la sustenta es la unión, la coadunación del materialismo y de la dialéctica.

Visión de mundo y método de estudio

La filosofía marxista es materialista y dialéctica. ¿Cuál es el nexo que se establece entre ellas? Desde el punto de vista lógico esta unión no es inevitable, puesto que el materialismo existió durante dos milenios sin dialéctica. Al mismo tiempo la dialéctica fue elaborada y desarrollada —desde Platón hasta Hegel— por el idealismo. Pero esta coadunación del materialismo con la dialéctica no es una simple casualidad histórica. Esta unión produce un cambio radical tanto en el materialismo como en la dialéctica. El materialismo al ligarse a la dialéctica introduce el movimiento, el cambio, la historia, el aspecto subjetivo, la actividad humana. La dialéctica al anudarse con el materialismo abandona las esferas de los puros conceptos y entra de lleno en la realidad existente, vuelve de las esferas especulativas a la actividad real de los hombres.

El materialismo dialéctico y la dialéctica materialista se convierten en visión de mundo y método de estudio. Visión del mundo en el sentido en que para el materialismo priman las condiciones materiales de existencia, pero ahora de manera dinámica, tomando en cuenta las relaciones en el desarrollo histórico, en el movimiento propio de la cosa, introduciendo la práctica humana.

Los conceptos del marxismo rehúsan las definiciones del entendimiento, que vienen a fijar esencialidades dándoles visos de eternidad. El entendimiento no puede escapar a la rígida dualidad de lo concreto y de lo abstracto. Para el conocimiento sensible las cosas permanecen inseparables de su singularidad y de su cambio contingentes, este concreto derrota al conocimiento. Para el entendimiento, al contrario, pensar las cosas implica llevarlas a la más simple abstracción que viene a formar el contenido fijo y separado del concepto. Con ello se ha superado, es cierto, lo particular y contingente, no obstante también se ha eliminado de la esencia las relaciones y los procesos.

El pensamiento materialista dialéctico sale de la simple abstracción de las cosas y aprehende las relaciones y los procesos esenciales, vuelve a encontrar su lógica concreta y le restituye a la realidad pensada la vida de la realidad misma. Los conceptos de la filosofía marxista —en su acepción y uso materialistas y dialécticos— no nos informan cómo son las cosas en general, sino como hay que proceder en general para estudiar lo que es la cosa concreta. El concepto del entendimiento proyecta un mundo fuera del mundo. Al contrario la dialéctica materialista nos introduce en el conocimiento de lo que es el mundo en sí mismo. El concepto metafísico pretende encerrar en sí la esencia de la cosa; al contrario el concepto dialéctico nos empuja hacia las cosas mismas. Se trata de un concepto herramienta, operatorio. En vez de ser el cabo, el cierre del pensamiento, el concepto materialista dialéctico ayuda a obrar con el pensamiento siempre de manera abierta.

Si definimos qué clase de cosa es universal y eternamente, por ejemplo, la democracia, toda investigación concreta ulterior resulta inútil, lo que significa simplemente que este tipo de definiciones resultan inútiles para cualquier investigación posterior. Pero si al contrario, en lugar de ofrecer una definición, indicamos únicamente a través de qué relaciones en el desarrollo histórico se produce la democracia, no prejuzgamos de la inagotable diversidad de formas concretas que pueden tomar o son susceptibles de tomar estas relaciones y esta historia. Se extrae únicamente su lógica.

Los conceptos en su acepción materialista dialéctica aparecen como mucho más abstractos, más formales, mucho más pobres que los conceptos del entendimiento. Pero justamente porque evitan o rehúsan substituir lo concreto de la cosa por la pobreza petrificada de una esencia abstracta, los conceptos de la dialéctica materialista pueden enriquecerse constantemente de nuevos contenidos. Se trata de objetos del pensamiento y relaciones con la realidad, de señales para el conocimiento. Ellos conducen hacia un conocimiento que hace estallar todo sistema, toda doctrina cerrada. Es en ellos, en los sistemas, en donde se produce el cierre más radical de los conceptos. El marxismo propone una síntesis en desarrollo incesante.

Polarización política, social y económica

Si en nuestro caso salvadoreño nos conformáramos con tomar una de las tantas definiciones que circulan de “democracia” y nos contentáramos en ver cuán lejos estamos de ese ideal, no nos serviría de nada. Pero concretamente estamos viviendo una coyuntura política en la que aún se sienten a diario las consecuencias de la guerra. Vivimos en un período determinado por el resultado de “empate” de esa guerra. Es una herencia de la guerra lo que muchos han decidido llamar “polarización” política. No obstante esa polarización hay que relacionarla con la polarización social y económica en que está sumida la nación. La actividad política dentro de las instituciones refleja plenamente esa situación social y económica que reina en el país. Se trata del mismo antagonismo que nos llevó a la guerra y si no le damos salida a los problemas políticos, sociales y económicos que nos sumergen en el caos actual, esos mismos problemas pueden conducirnos de nuevo a un enfrentamiento armado.

No podemos negar que el Acuerdo de Chapultepec ha traído a nuestro país toda una serie de instituciones, que aún en su estado incipiente y deficiente, favorecen la actividad política democrática. Es innegable que esta situación es mejor que cuando se torturaba y se asesinaba a los opositores. No por ello nos vamos a callar y no vamos a denunciar todos los constantes atropellos que se cometen en contra el ejercicio de los derechos democráticos de los ciudadanos. Por el momento vamos a omitir la larga enumeración de todas las violaciones que se cometen contra las leyes del país y la Constitución.

Concretamente en el país estamos en un momento histórico en el que para avanzar urgimos defender los exiguos derechos que hemos conquistado. No podemos seguir admitiendo que la Corte Suprema de Justicia sea enfeudada a un partido político, que el TSE funcione como agencia ocultadora del fraude. No podemos admitir que la función suprema del país sea rebajada al ejercicio propagandístico de un partido. No podemos continuar aceptando que el dinero del país se malgaste en propaganda personal y promocional del presidente. Pero estas protestas no le conciernen sólo a la oposición. El ejercicio público de nuestra libertad aún es posible en nuestro país, pero si no reaccionamos a tiempo, de pronto nos encontraremos con una dictadura que no consentirá ninguna protesta y volveremos a los antiguos tiempos del crimen.

02 febrero 2006

Desempolvando textos

El mismo encuentro contado de nuevo y de modo diferente
“Flash-back” o retrospectiva



No hay nada similar a los encuentros imprevistos. Carole era una muchacha que no se encasilla a través de esas palabras de bonita, atractiva o guapa, como dijo el mesero de La Canaille. Era mona como diría el gallego, pero todo eso no era referente a lo que su físico pudiera evocar. Si usted quiere, esas palabras dicen de más o no lo dicen todo. Era de esas muchachas que nadie, ningún hombre deja de voltearse al ver su cadencioso paso y no se priva de proferir algún comentario (aunque sea en secreto), pero tampoco para enunciar algo que sintetice, es decir, todo el mundo se refiere a... a un detalle. El elogio o el encomio no atañe al conjunto. Se habla del giro de su cabeza, de su ondulada manera de preservar el equilibrio de la cadencia, de sus zapatos que no ocultan la belleza de sus pies. Existen empeines que logran conjugarse con la sonrisa. En el andar, a veces, resulta superfluo como se colocan los pies, son los brazos que en su movimiento nos obligan a viajar hasta el ensueño.

Aquella tarde, Carole y Gustavo bajo la lluvia eran una luz espesa que teñía los torrentes de leyendas. Inexplicable fue esa frase que sonó en medio de esa lluvia que iba menguando desconcertada: “Serás mi Ciguanaba antes del castigo”. Sin buscar misterios un nuevo beso acompañó el último relámpago de la tarde.

Encuentro imprevisto. Carole no solía entrar en los cafés de su barrio, aún menos responder a los que la abordaban con intenciones segundas, con piropos que poco aludían a su belleza, sino a la expresión de su rostro, que engañaba, pues se presentaba como afable invitación, como un coqueteo permanente, como una acogida calurosa. Todos los hombres, salvo raras excepciones, se precipitaban a tomarla de la mano, al suponer su sonrisa amable entrega o la respuesta de una víctima que ha mordido el anzuelo donjuanesco de poca calaña. Pero las raras excepciones se fueron convirtiendo con el tiempo en meras amistades masculinas, en las que un dosificado coqueteo (real éste) impedía el surgimiento de relaciones de mutua entrega amorosa.

Por supuesto, Carole tuvo amores, aunque todos fugaces en sus años de estudios, en noches de preparación de exámenes (“amores de estudiante” como dice el tango). Carole había entrado al café simplemente porque Bernard prefería citarla fuera de su casa. La consideró siempre preciosa amistad. Bernard le temía a la intimidad que se respiraba en la sala del departamento de Carole —juego de colores, combinación de muebles, luces tenues, cojines evocadores—. Eso ponía en peligro su amistad... Aunque su amistad y sus palabras siempre permanecieron en el linde, al borde... Era una manera de arriesgar y de perpetuar.

Las repetidas miradas al reloj de aquella tarde procedían de la tardanza de Bernard, pero fueron cumpliendo bien el papel de banderillas en el cuerpo de Gustavo. La primera vez que Carole consultó su pulsera pensaba menos en el tiempo que en la posible llegada de Bernard que vendría a interrumpir su charla con Gustavo. Gustavo interpretó (decodificó según R. B.), apremio y aburrimiento. La semiótica del gesto. Lenguaje de los ojos. Es lo mismo que las células y los tejidos en plena conversación en código ADN (lenguaje intraducible más allá del descubrimiento físico-químico). Naturaleza que comunica: pereza mental, antropomorfismo absurdo, metáfora de antipoesía. Sin embargo Carole intuyó perfectamente que Gustavo sufría los latigazos del tiempo consultado. En tanto que narrador omnisciente, de pleno derecho, doy testimonio que la femenina intuición de Carole dio en el clavo.
La desnudez de Carole y de Gustavo no se reflejaba en el empañado espejo, las sales y aguas calientes de la tina dilataban poros, relajaban el ritmo de los latidos, precipitaban la luz en múltiples colores en la espuma, distendían el apuro de tendones. El vapor había evacuado al tiempo. Los movimientos se acoplaban en el húmedo espacio, frotándose espaldas, muslos, pechos, brazos. No había acecho en la esponja. Era un alga que recordaba su oficio, se deslizaba en los cuerpos descubriendo una hermandad que había ido más allá de su origen.

Reinaba en el ambiente una claridad íntima que la luna hubiera envidiado en los claros del bosque. Los cuerpos se vestían de caricias casi rituales y las sonrisas perseguían besos iniciales. Copla de murmullos, palabras entrecortadas que flotaban salpicando las venas ensanchadas.

Gustavo había vestido el kimono japonés ofrecido por Carole. En una bandeja de esmaltes orientales humeaban pequeñas tazas de té. De nuevo entre ellos se impuso un silencio rasguñado por ruidos callejeros cada vez más lejanos; la ciudad era un mar de mareas mordiendo arenas más profundas, desnudando el vientre de la tierra. Los sorbos propiciaban las miradas furtivas. No hubo premura en los gestos, ni en el paulatino e imperceptible acercamiento de los cuerpos, las renovadas caricias los obligaron a tenderse en la alfombra que albergaba además sutiles cojines y una evocadora silla de mimbre. La luz cada vez mas comedida subía al cielo raso encebrando las paredes desde una lámpara traída de Oriente en un viaje de verano. Los colores se fugaban al cerrar los ojos en prolongados besos, las manos despaciosas atrasaban al tiempo regocijándose en la fuente del renacido calor de las palpitaciones. La voluptuosidad se ausentaba de sus mentes, las proezas de brazos y piernas tenían la ingenuidad de un ciervo aplacando su sed en manantiales, eran signos novicios de un lenguaje de imperfectibles afirmaciones. Carole descifraba misterios en la piel de Gustavo. Gustavo asía cojines pretendiendo trasladar ahí el incendio de sus nervios. Los cuerpos enfrentados no buscaban otra proyección que su propia sombra, ser el vórtice de todas las alas que avizoran el abismo del placer. La sangre se alza buscando su complemento y la dual caída en la más placentera de las fatigas.

02 enero 2006

Los náufragos del silencio

Pre-Texto
Mi novela "Los náufragos del silencio" se quedó inédita. Cuando la terminé 1978 El Salvador era apenas noticia en Francia y las editoras españolas mostraban ya por esa época cierto fastidio por la literatura "sudaka". Los temas que aborda habían dejado de ser atractivos: las tribulaciones de un cipote en los años cincuenta en un país desconocido.

Enviar un manuscrito a El Salvador entonces era simplemente descabellado, sobre todo si en algunas páginas se tocaban ciertos problemas sociales y políticos que se agravaban cada vez más.
Ahora tal vez cobren estas páginas algún interés, hablar de aquella década es casi hacer historia, aunque se trate de una novela. Me permito ponerles aquí el primer capítulo. Espero sinceramente que alguna vez salga a luz y que llegue hasta los lectores salvadoreños, en los que pensé cuando le robaba horas a la noche.
Los náufragos del silencio
-1-

Es terrible. Esperar noches enteras apretando la almohada la llegada de aquel día en que el Peche Martínez me dijera que hoy, manito, esperame detrás del Instituto, en el camino del volcán, bajo el amate. Hoy te traigo el libro, a las nueve en punto.

¡Qué oscurana aquella, qué tinieblas! Y todavía le tenía miedo al cadejo; no lejos de ahí, próxima, patente oí la gloriosa carcajada de la Ciguanaba.

Bajo un amate lleno de misterios y fantasmas, árbol que florece sólo una vez al año, en plena medianoche. Su flor blanca surge en el centro del tronco. Fortuna al que pueda cortarla en ese instante, inmediata muerte si en su intento fracasa. Se queda ahí vuelto espíritu, poblando de suspiros las ramas, hasta que otro desafortunado venga a buscar la gran flor blanca del amate, en una noche sin luna. Oía suspiros y pasos lejanos que se alejaban. Temía las lechuzas que en alguna rama me observaban con sus ojos amarillos.

Sentía que el tiempo jugaba con sus segundos estirándolos, con sus manos tiesas, apretándolos con sus dientes de boca oscura.
No había sombras en aquellas tinieblas; el último farol del barrio San Miguelito, a lo lejos parecía un lucero, pispileaba entre las ramas bajas. No hay silencio más intenso que el de un corazón batiendo sus velas en la garganta. No sé por qué esperaba ver salir del cafetal al finado aquel que bajaba del cementerio Santa Isabel, con su eterna y monótona letanía: "dame mi nalga que aquí está tu guacal". Pero los únicos pasos los oía en el aire, en el amate, lejanos perdiéndose en las ramas.
Cuando la Carreta Bruja atraviesa Santa Ana baja del volcán. El cuerpo de la noche va tragando los chirridos, los cascos de los bueyes negros producen sólo el eco de sus pasos. Bajo las ramas pobladas de suspiros del amate esperaba al Peche Martínez, los latidos en mi garganta me parecían el lejano eco de los cascos, faltaban los chirridos para entregarme la certitud del rapto, de ese rapto tan temido y mil veces anunciado por la voz ronca de mi tía Tona.
En las bolsas vacías del pantalón buscaba la pata de gallo protectora, la semilla chacha de marañón, la piedra ojo de gato, la pita con los siete nudos. Mis manos recorrían insistentemente los bolsillos con la sed de un extraviado en el desierto, pero nada, ningún amuleto, mi miedo estaba desnudo.
El Peche Martínez había dejado sonar la torre del Calvario sus nueve funestas campanadas desparramando el tiempo en la noche callada. En mi ansiedad oía sus pasos ausentes, el Peche tardaba.
Sabía que pronto los lirios encantados llorarían, se quejarían de su amor secreto. La voz de mi tía me sonaba en la cabeza con todos sus cuentos. Esos primos de amores prohibidos, que en su fuga incierta encontraron obstáculo y prueba y que fueron alcanzados por el terrible venado pardo. Hechos flor por su hermosura y por la magia, condenados a gemir y a mecer sus tallos en busca de un imposible abrazo. Llorarían su pena, su eterno amor castigado.
La noche no es como el día, no declina, avanza con sus pasos oscuros. Lenta es la noche. La espera estira el tiempo como si fuese melcocha. El Peche Martínez no vino.
Sonó la media desde la torre, ese machete exacto que aplana las mechas de los segundos rezagados. Abandoné el amate poblado de suspiros, temí ser encantado por el llanto de los novios, caminé lentamente, de espaldas a la oscuridad, con los ojos clavados en el lejano farol. Iba triste, con miedo, las manos en los bolsillos. Volvía a la ciudad. Las otras parroquias siempre atrasadas salpicaban la noche con sus campanadas.
Llegué al barrio con los pies empolvados, zapateé en el pavimento. La luz de la tienda de don Encarnación aún estaba encendida. Los últimos clientes fumaban distraídos con los vasos vacíos sobre la mesa, escuchaban la última ranchera. Apenas iban a ser las diez.

18 diciembre 2005

Alegatos

La verdad del mito

(Fragmento inconcluso)

1. La única verdad que cuenta es la absoluta, aunque sea relativa. La que no vale la pena enunciar es la subjetiva. Quiero decir que si advierto que se trata de mi verdad y únicamente, pues no cabe argüir. Lo que causa placer y tiene aspiraciones estéticas es la argumentación. Toda verdad que se enuncia tiende hacia lo universal, este es el quid del pleito.

2. La evidencia carece de argumentos, no los necesita. Se impone.

3. No diré de la evidencia que es totalitaria. No soy postmoderno.

4. La verdad es una evidencia que se busca. A la evidencia se llega por la prueba o por la argumentación. Los hechos no hablan solos. La prueba y la argumentación necesitan de un lenguaje común, pero no basta. Alicia en su maravilloso país nos lo demuestra.

5. Emmanuel Kant reía muy poco o casi nunca. Cuentan que cierta vez se rió con ganas. ¿Cómo introducir esta historia en un argumento? Sobre todo para contrarrestar la aparatosa seriedad de algunos poetas. No puedo afirmar que sea un hecho establecido. El acuerdo sobre la existencia de los hechos es apenas o sobre todo una premisa de la argumentación.

6. En la ficción los hechos los constituye y garantiza el narrador. La verdad de la ficción es múltiple.

7. Si digo: “Desde San Agustín todos sabemos que...”, estoy valiéndome de la autoridad de un Doctor de la Iglesia y lo hago como un terrorista intelectual. Este “todos sabemos...” significa: “el que no sepa que se joda”. Es el peor argumento de autoridad. Es un argumento postmoderno.

Aunque el argumento de autoridad más blandido es: “Te lo digo yo”.

8. Un motivo notorio me veda anotar aquí los detalles del relato. Supongo que su verdad es conocida de todos. Muchos la pusieron en duda, pero nadie aportó una prueba irreductible. Atlacatl nació huérfano, en un país que necesitaba mitos. La mayoría dice simplemente historia. La que nos dieron era falsa. Una flecha atravesó el muslo de don Pedro de Alvarado. Hecho evidente y corroborado. Su testimonio nos basta. Pero el resto, el resto carece de carne. Al huérfano además de bautizarlo hay que dotarlo de padres, de hermanos e incluso de una princesa. Entonces esta era una vez un indio que lo imaginamos rey y lo quisimos fuerte. Tuvo padres nobles, de antiguo linaje. Antes del combate anunciado subió al alto templo. Calló largos instantes. El viento estremeció las copas de los árboles, los pájaros inquietos acrecentaron el silencio. Lejanos cascos vencían el sigilo y las armaduras calcinaban los robustos pechos. La princesa Ayacuán ocultó su rostro y sus lágrimas. Uno a uno subió los escalones hasta la cima y cumpliendo los designios le entregó a Atlacalt el arco y las flechas. Don Pedro de Alvarado nunca mentó a Ayacuán en sus cartas de relación. Nuestras mujeres siempre han estado allí, presentes en la vida y ausentes en la historia.

04 diciembre 2005

Un cuento de Anton Chejov


Yeguer

De Anton Pavlovich Chejov

Era un mediodía caluroso y sofocante. En el cielo no había ni una sola nube... La hierba quemada por el sol miraba lánguida y desesperadamente: aunque lloviera no reverdecería... El bosque se mantenía callado, inmóvil, como si con sus copas estuviera observando o esperando algo.

Por la orilla del descampado, perezosamente, balanceándose, se arrastra un hombre alto, de hombros angostos, vestido de una camisa roja, pantalones señoriales completamente remendados y botas altas. Va arrastrando sus pies por el camino. A la derecha verdea el descampado, a la izquierda, se extiende hasta el horizonte un amarillo mar de centeno llegado a punto. En su bella cabeza castaña lleva gallardo una gorra blanca con una visera de hockey, de seguro un regalo de algún señorito en generoso arranque. Atravesado sobre el pecho lleva un morral, con un gallo silvestre amontonado en su interior. El hombre sostiene en su mano una escopeta de dos cañones con el gatillo hacia arriba y aprieta los ojos para ver a su perro viejo y flaco, que corre adelante y que husmea los matorrales. Todo al derredor está en silencio, ni un solo ruido... Todo lo vivo se ha escondido del calor.

—¡Yeguer Vlasich! El cazador oye de repente una voz suave.

Se estremece, al darse vuelta, frunce las cejas. A su lado, como si hubiera brotado de la tierra, se encuentra una mujer de rostro pálido, de unos treinta años y con la hoz en la mano. Ella se esfuerza por verle la cara y se ríe de vergüenza.

—¡Ah! Eres tú, Pelagueya, dice el cazador deteniéndose y bajando lentamente la escopeta. —Jum, ¿cómo has venido a parar por aquí?

—Hay aquí mujeres de mi aldea que vienen a trabajar y me he venido con ellas... Como trabajadoras, Yegor Vlasich.

— Ajá...— muge Yegor Vlasich y lentamente sigue su camino.

Pelagueya lo sigue. Caminan callados unos veinte pasos.

—Ya hace mucho tiempo que no lo veo, Yegor Vlasich...— le dice Pelagueya, mirando con cariño los hombros y omóplatos en movimiento del cazador. —Desde la Pascua que pasó por la isba a tomar agua, desde entonces que no lo he vuelto a ver... y en qué estado, borracho... Me insultó, me golpeó y se fue... Y yo lo esperaba, lo esperaba... Con los ojos pasaba mirando, aguardándolo... ¡Ay, Yegor Vlasich, Yegor Vlasich! ¡Una vueltita por lo menos, se hubiera dado!

—¿No tengo nada que hacer en tu casa?
—Eso, de seguro, nada tiene que hacer, así nada más... De todos modos son sus bienes... Para ver esto y lo otro. Usted es el dueño... ¡Felicitaciones! ¡Qué gallo ha cazado! Yegor Vlasich, debería sentarse, a descansar...
Diciendo esto Pelagueya se ríe, como una tonta, mirando hacia arriba, a la cara de Yegor... Su cara respira felicidad...
—¿Sentarme? Quizás...— dice Yegor con tono indiferente y se pone a buscar un lugarcito entre dos pinos que han crecido. —¿Que haces ahí parada? Siéntate también.
Pelagueya se sienta un poco retirada, en pleno sol y, avergonzada de su alegría, se cubre con las manos sus labios sonrientes. Pasan dos minutos en silencio.
—¡Una vueltita por lo menos, se hubiera dado!, dice suavemente Pelagueya.
—¿Para qué? suspira Yegor quitándose la gorra y limpiándose su frente roja con la manga.—No hay ninguna necesidad. Ir por una hora es un puro fastidio, sólo te revuelves, pero ir a vivir en permanencia en el campo, el alma no lo soportaría... Tú misma lo sabes, soy un hombre consentido... Me basta que haya una cama, un buen té y pláticas delicadas... Tener todos los honores, pero en tu aldea solo pobreza, hollín... Yo ni un día sobrevivo. Si hubiera un decreto que, digamos, se promulgara para que obligatoriamente tuviera que ir a vivir contigo en tu casa, o incendiaba tu isba o levantaba mi mano contra mí mismo. Desde tiernito la mera travesura está dentro de mí, no hay nada que hacer.
—¿Y agora dónde vive?
—Donde el señor Dimitri Ivanovich, como cazador. Le llevo a su mesa aves salvajes, si no es más... por puro gusto que me mantiene.
—No es muy honorable su negocio, Yegor Vlasich... Para otros es una travesura, pero para usted eso es propiamente como una artesanía... una ocupación de verdad.
—No entiendes, tonta, dice Yegor mirando al cielo como en sueños. —Desde que naciste no entiendes y un siglo no te bastaría para entender qué clase de hombre soy... Según tú yo soy un loco perdido, pero el que entiende, para ese yo soy una de las mejores flechas del distrito. Los señores lo sienten e incluso han escrito sobre mí en el diario. Nadie puede compararse conmigo en este asunto de la caza. Yo le tengo asco a vuestras ocupaciones del campo, no es ni por travesura, ni por orgullo. Sino que desde la infancia, sabes, no he tenido ninguna otra ocupación, salvo las armas y los perros. Me quitan el arma, pues tomo el anzuelo, me quitan el anzuelo, pues con las manos me las ingenio. Bueno, también he sido marchante de caballos y en las ferias he trajinado, cuando había dinero, pero tú misma sabes que si un hombre se ha inscrito como cazador o como marchante de caballos, entonces le dice adiós al arado. Una vez que al hombre le ha entrado el aire de libertad, pues con nada se lo sacas. Lo mismo que un señor entra de actor o a otra de las artes, él no se puede meter a oficinista, ni a terrateniente. Eres mujer, no entiendes y esto hay que entenderlo.
—Entiendo, Yegor Vlasich.
—Quiere decir que no entiendes, ya que te dispones a llorar...
—Yo... yo no lloro..., dice Pelagueya dándose vuelta. —¡Es un pecado, Yegor Vlasich! Aunque fuera un día solito debería vivir conmigo, pobre de mí. Ya hace más de doce años que me casé, y... ¡y entre nosotros ni una sola vez ha habido amor! Y yo... no lloro...
—Amor..., balbucea Yegor frotándose las manos. —Ningún amor puede existir, ni es posible. Es solamente de nombre que nosotros somos marido y mujer. ¿Acaso no es cierto? Yo para ti soy un hombre salvaje y tú para mí eres una mujer simplona, que no entiende. ¿Acaso somos una pareja? Yo soy libre, consentido, vagabundo y tú eres trabajadora, chancletuda, vives en la mugre y el lomo ni se te dobla. Yo pienso de mí que soy el primero en el asunto de la caza y tú con lástima me miras... ¿Qué pareja hay aquí?
—¡Pero nos casamos, Yegor Vlasich!— se exalta Pelagueya.
—Sin quererlo nos casamos... ¿Acaso se te ha olvidado? Al Conde Serguey Pavlich dale las gracias... y a ti misma. El Conde de pura envidia de que yo tiro mejor que él, todo un mes con vino me estuvo emborrachando, y al borracho no sólo a casarse se le puede obligar, hasta cambiar de fe se le puede hacer. De pura venganza borracho me casó contigo... ¡Yegor a la porqueriza! Bien viste que yo estaba borracho, ¿para qué te casaste? No eres sierva, bien te pudiste oponer. Claro que para una porquera es pura felicidad casarse con un cazador profesional, pero es que hay que tener juicio. Y ahora tienes que sufrir, llorar. Para el Conde la risa y para ti el llanto... rájate la cabeza...
Se presenta un momento de silencio. Sobre el descampado vuelan tres patos salvajes. Yegor se les queda mirando y los acompaña con la mirada hasta que se vuelven tres puntos apenas visibles y descienden a lo lejos hacia el bosque.
—¿De qué vives?— le pregunta, pasando su mirada de los patos hacia Pelagueya.
—Agora voy al trabajo y en invierno tomo una cría de la casa de pupilos, le doy el biberón. Rublo y medio me pagan por mes.
—Ajá...
Callan de nuevo. De una apretada huerta llega una tierna canción, que se corta apenas comienza. Mucho calor para cantar...
—Cuentan que a la Akulina le puso una nueva isba— le dice Pelagueya.
Yegor calla.
—Significa que ella sí le llega al corazón...
—¡Esa es tu felicidad, tu destino! le dice el cazador, estirándose. —Ten paciencia, huerfanita. Bueno, ahora hay que despedirse, me he puesto a hablar demasiado... Tengo que llegar antes que anochezca a Boltovo...
Yegor se levanta, se estira y se cruza la escopeta en el pecho. Pelagueya se levanta.
—¿Cuándo va venir por la aldea? le pregunta suavemente.
—¡No hay para qué! Sobrio nunca voy a ir y borracho no tiene ningún interés para ti. Me pongo muy malo cuando estoy borracho... Adiós.
—Adiós, Yegor Vlasich...
Yegor se pone la gorra en la parte trasera de su cabeza y con un chasquido llama al perro y sigue su camino. Pelagueya sigue parada en el mismo lugar y lo sigue con la mirada... Ve sus omóplatos moviéndose, su gallarda cabeza, su lenta y desganada marcha, sus ojos se llenan de tristeza y de tierno cariño. Su mirada se pasea por la enjuta y alta figura de su marido y lo acaricia, lo mima... El, como si sintiera esa mirada, se detiene y se da vuelta para mirar... Calla, pero por su rostro, por sus encogidos hombros, Pelagueya ve claramente que quiere decirle algo... Se le acerca tímidamente y lo mira con sus ojos suplicantes.
—¡Ten! le dice dándose vuelta.
Le entrega un arrugado billete de un rublo y se retira rápidamente.
—¡Adiós, Yegor Vlasich!— le dice ella aceptando maquinalmente el billete.
El se va por un camino largo y recto como un cinturón estirado... Ella, pálida inmóvil como una estatua, está parada y pesca con la mirada cada paso suyo. Pero el color rojo de su camisa se mezcla con el color oscuro de sus pantalones, ya no se ven sus pasos, el perro se confunde con las botas. Se ve únicamente la gorra, pero... de repente Yegor bruscamente toma hacia la derecha, hacia el descampado y la gorra desaparece en lo verde.
—¡Adiós, Yegor Vlasich! murmura Pelagueya y se empina para ver aunque sea la gorra blanca.

Traducción de Carlos Abrego.

01 diciembre 2005

Babel (algunos datos)


Isaac Babel: un clásico de la literatura soviética

Por Carlos Abrego

Isaac Emmanuilovich Babel es mundialmente conocido como el autor de La Caballería Roja. Esta obra tuvo en Rusia desde 1926 —año de su aparición— hasta 1933, ocho ediciones consecutivas. Luego dejó de aparecer hasta la rehabilitación del escritor en 1954, aunque en realidad se volvió a publicar únicamente hasta 1957. A partir de esta fecha su obra ha vuelto poco a poco a ocupar el lugar que merece.

Isaac Babel nació en Odesa el 13 de julio de 1894 y no a finales de ese año como lo creyó Jorge Luis Borges. Tampoco fue hijo de un ropavejero ucraniano, sino que de un comerciante judío establecido, más exactamente agente comercial de una compañía marítima. Corrijo estos dos errores, sin ufanarme, por supuesto, ya que el escritor argentino publicó su corta reseña el 4 de febrero de 1938, entonces poco se sabía ya sobre el escritor ruso. Babel nació en el barrio llamado Moldavanka, luego su familia pasó a vivir a un lugar más céntrico. Odesa era entonces un centro económico y cultural muy importante del Imperio zarista. Para dar una idea de esa importancia les traigo estos ejemplos significativos, al principio del siglo veinte en Odesa había treinta tipografías que editaban 600 libros en primera edición, 79% eran libros rusos, 21% eran libros en otras lenguas, de los cuales 5% salían en hebreo.

Este puerto del Mar Negro era entonces un centro importante del asentamiento judío, a principios del siglo XX los creyentes podían rezar en una de las ocho sinagogas o en una de las veintiséis casas de oración. Odesa fue también un centro del Hasidismo, una corriente del judaísmo religioso. Esta corriente se opone a las otras corrientes por su aspecto emocional, digo esto resumiendo al extremo. Isaac Babel se queja en su “Autobiografía” de la severidad de su padre que lo obligó:”hasta los dieciséis años a estudiar la lengua hebrea, la Biblia, el Talmud. En casa me tocó que vivir duramente, puesto que desde la mañana hasta la noche me obligaban a estudiar una cantidad de ciencias. Descansaba en la escuela”.

Isaac Babel cursó en una importante escuela de comercio de Odesa, en la que se le daba particular atención a la enseñanza de las lenguas. Ahí se estudiaba francés, alemán e italiano. Además, por supuesto, se impartían las materias comerciales como derecho, contabilidad, gestión comercial, economía política, etc. En esa escuela Babel tuvo como profesor de francés a un señor bretón de apellido Vadon, de quien Babel habla con mucho respeto y cariño en su autobiografía. Fue quien lo inició a la lectura de los clásicos franceses (particularmente Flaubert y Maupassant) y quizá quien le inculcó el gusto por la escritura. Sus primeros intentos los hizo en francés. Aunque según él mismo cuenta “sólo los diálogos” le satisfacían. Al terminar la escuela de comercio pasó a estudiar al Instituto de Kiev en donde se graduó.

En 1915 llega a San Peterburgo a la edad de veintiún años. Babel no tenía derecho a vivir afuera del punto de asentamiento de su comunidad. Vivió pues clandestinamente hasta 1917. Recorrió con sus cuentos todas las salas de redacción sin ningún éxito hasta su encuentro con Máximo Gorki en la revista Lietopis (Anales). Babel publica en esa revista sus primeros cuentos. Durante esos años hasta su muerte, Gorki le brindará su amistad y su protección. Por los cuentos que publicó en Lietopis Babel fue acusado de “pornografía” y por “tentativa de subvertir el orden establecido”. El juicio iba a llevarse a cabo en marzo de 1917, “pero —nos dice en su Autobiografía— el pueblo intervino en mi favor y se levantó a finales de febrero, quemó el acto de acusación y el mismo edificio del Juzgado del Distrito”.

Desde sus primeros cuentos aparece un rasgo que va a caracterizarlo, para Babel no existe separación entre lo sublime y lo bajo. Según la conocida expresión de Victor Shklovski: Babel “con la misma voz habla de las estrellas como de la gonorrea”. Se refería a la igualdad de tratamiento de todos los fenómenos de la vida en la creación del escritor odesita: lo sublime como lo profano, lo espiritual como lo sensual y carnal, todo esto tiene su valor en la vida, todo esto merece tener un valor estético.

Shklovski nos cuenta como todos los jóvenes escritores y poetas que frecuentan las páginas de Lietopis esperan ansiosamente el triunfo revolucionario. Entre ellos se encuentra Isaac Babel. El joven escritor se entrega de lleno a la Revolución de Octubre. Desde los primeros meses entra a trabajar como traductor en la “Comisión extraordinaria por la lucha con la contrarevolución y el sabotaje”, la famosa Cheka. Este organismo duró desde 1917 hasta 1922, su primer presidente fue Félix Djerjinski, uno de los fundadores del partido. Babel participa también con su pluma en las páginas de revistas revolucionarias.

En 1920 entra al ejército y parte al frente polaco como periodista de la revista de la caballería “El jinete rojo”. Durante esos años Babel comparte la vida de los cosacos que forman el Primer ejército de Caballería, dirigido por el legendario general Budioni. Lleva un diario que luego le servirá para crear la obra que lo hará célebre “La caballería”, el título reza así, simplemente, el adjetivo “roja” no existe en el original. El primer relato de Caballería Roja aparece en la revista Lef. Luego aparecen en la prensa de Moscú y de Petrograd (Leningrad). La primera edición en un volumen apareció en mayo de 1926, publicada por Goslitizdat.. Esta obra es una de las más importantes de la literatura rusa de la primera mitad del siglo XX.

Babel es un viajador infatigable. Escribe reportajes y artículos en la prensa. También visitó el teatro, aunque sus obras Ocaso (Zakat) y María no obtuvieron el mismo éxito que sus relatos y sus reportajes.

Su otra obra cumbre es “Cuentos de Odesa” la escribió entre los años 21 y 23. Vuelven a aparecer en 1936, publicados por Goslitizdat.

Babel participó activamente en las actividades de propaganda revolucionaria, pero su origen judío lo hizo siempre sospechoso ante las autoridades. Babel escapó a las primeras purgas y juicios sumarios gracias a la permanente protección de Máximo Gorki.

La muerte de Gorki va a ser fatal no sólo para Babel, sino para una larga lista de intelectuales, poetas y escritores rusos y judíos. Babel manifestó en cartas a sus amigos la esperanza de que toda esa represión fuera un fenómeno temporario, que todo iba volver a lo normal. Pero el 15 de Mayo de 1939, a las cinco de la mañana vinieron a buscarlo a su domicilio. No lo encontraron allí. Pero los agentes confiscaron todos sus manuscritos y el resto de pertenencias personales. Arrestaron a su mujer A. N. Pirozhkova para que los condujera a la datcha donde se encontraba Isaac Babel. Desde ese día nunca más se le volvió a ver vivo. Durante años, hasta 1954 las autoridades policiales y ministeriales, siguieron afirmando que Isaac Babel “estaba vivo y preso en un campo”. En realidad fue ejecutado en el mismo año de su condenación, 1940. Esta fecha se supo únicamente en 1984, gracias a la publicación de un Calendario literario editado por la editorial Politizdat. Babel fue rehabilitado por el Consejo Supremo en 1954.


09 noviembre 2005

Prosa Rusa

La biblioteca pública

De Isaac Babel

Que se trata del reino del libro se siente en seguida. La gente que está al servicio de la biblioteca se rozó con el libro, con la vida reflejada y ella misma como si se hubiese vuelto apenas el reflejo de la gente viva, de verdad.

Incluso los empleados del vestuario guardan un silencio misterioso, repletos de una calma meditativa, ni morenos, ni rubios, algo intermedio.

En su casa, cuando el domingo se acerca, tal vez beban aguardiente barato y golpeen largamente a sus mujeres, pero en la biblioteca su carácter no es ruidoso, desapercibido y veladamente sombrío.

Hay también un empleado que dibuja. En su ojos se pinta una tierna tristeza. Dos veces por semana, al quitarle el abrigo a un hombre gordo de saco negro, suavemente le cuenta que “Nicolai Serguievich ha aprobado mis dibujos y Konstantin Vasileivich también los ha aprobado, al principio lo dejé pasar, pero luego además dónde esconderse, nadie sabe”.

El hombre gordo escucha. Es reportero, casado, glotón y se ha agotado trabajando. Dos veces por semana viene a la biblioteca a descansar: lee sobre los procesos penales, dibuja cuidadosamente en un papelito el plan del lugar donde ha ocurrido el crimen, está muy satisfecho y se olvida de que está casado y agotado de trabajar.

El reportero escucha al empleado con turbada incomprensión y piensa en cómo actuar con semejante persona. Darle una propina cuando se vaya, se puede ofender, es pintor, pero al mismo tiempo no darle también puede ofenderlo, es un empleado de todas maneras.

En las salas de lectura los empleados son de un rango más elevado: bibliotecarios. Algunos de ellos son “particulares” y tienen algún claro expresivo defecto físico: este tiene los dedos retorcidos, al otro se le deslizó de lado la cabeza y así le ha quedado. Están mal vestidos y son extremadamente delgados. Pareciera que fantásticamente han sido dominados por alguna idea, desconocida de todos. ¡Gogol los hubiera descrito muy bien!

A los bibliotecarios “no particulares” les comienza una tierna calvicie, visten limpios trajes grises, tienen corrección en sus miradas y una abrumada lentitud en sus movimientos. Permanentemente están rumiando algo y mueven las mandíbulas, aunque no tienen nada en la boca, hablan con acostumbrados susurros, bueno, están arruinados por los libros, que ni siquiera se puede bostezar jugosamente.

El público en estos tiempos de guerra ha cambiado. Hay menos estudiantes. Del todo muy pocos estudiantes. A cada muerte de obispo se mira a un estudiante, muriéndose indoloramente en algún rincón. Se trata de algún “exonerado”. Tiene gafas o cojea delicadamente. Por otra parte están todavía los becados del gobierno. El becado del gobierno es un gordo reblandecido, con bigotes enrollados, cansado de la vida y un gran contemplativo: lee algo un rato, piensa en algo, observa los dibujos de las lámparas y se inclina hacia el libro. Necesita terminar la universidad, tiene que ir al ejército y de todos modos ¿para qué apurarse? Todo a su tiempo.

Un antiguo estudiante volvió a la biblioteca en la figura de un oficial herido, con una venda negra. Su herida está cicatrizando. Es joven y de mejillas rosadas. Almorzó, se paseó por el Nievski*. En el Nievski ya se encendieron las luces. La Bolsa Vespertina realiza su cortejo triunfal. Donde Eliseev ya están exhibiendo la uva en cajas. Todavía es temprano para ir de visita. El oficial por un antiguo recuerdo se dirige hacia la biblioteca pública, extiende sus largas piernas debajo de la mesa a la que se ha sentado y se ha puesto a leer “Apolón”. Puro aburrimiento. Enfrente está sentada una estudiante. Estudia anatomía y está dibujando el estómago en un cuadernito. Es originaria aproximadamente de Kalush, de cara ancha, huesuda, rosada, concienzuda y resistente. Si tiene novio, se trata de la mejor solución al problema — es un sólido material para el amor.

A su lado hay un tableau* artístico: —una invariable pertenencia de cada Biblioteca Pública del Imperio Ruso— un judío durmiendo. Está demacrado. Sus cabellos son ardientemente negros. Tiene las mejillas caídas. La frente con chichones, su boca a medio abrir. Ronca. De dónde es, nadie sabe. Tiene derecho a residencia*, nadie sabe. Lee todos los días. Duerme también todos los días. En su rostro se ve una horrible e indestructible fatiga y casi una demencia. Es un mártir del libro, especial, hebreo, inextinguible mártir.

Cerca del mostrador de los bibliotecarios, una mujer grande, vestida de blusa gris y de busto prominente, lee con extraordinario interés. Es de esas personas que en las bibliotecas, de repente hablan fuerte, que francamente y con entusiasmo se admiran de las palabrejas de los libros y llena de admiración se pone a hablar con los vecinos. Lee porque está buscando, quién sabe por qué, la manera casera de fabricar jabón. Tiene aproximadamente 45 años. ¿Es normal? Muchos se plantean esta pregunta.

Hay otro visitante permanente, un oficial flaquito en una holgada túnica, con pantalones anchos y con unos botines perfectamente limpios. Tiene pies pequeños. Los bigotes de color ceniza de cigarro. Se los unta con un fijador, con lo que resulta una gama de colores gris oscuro. En otros tiempos fue alguien sin talento que no consiguió terminar el servicio con el grado de teniente, para poder salir jubilado con el título de general-mayor. Ya jubilado hastió lo suficiente al jardinero, a los criados y al nieto. A los 73 años de edad se compenetró de la idea de escribir la historia de su regimiento.

Escribe. Esta rodeado por tres quintales de materiales. Es querido de los bibliotecarios. Los saluda con distinguida amabilidad. Ya no harta a los domésticos. El criado con agrado le saca brillo a los botines hasta el extremo.

Muchos otros tipos de gente vienen a la biblioteca pública. Imposible pintarlos a todos. A un individuo un tanto marchitado le corresponde únicamente escribir una monografía suntuosa sobre el ballet. Su fisionomía, la edición trágica de Hauptmann*, el cuerpo insignificante.

Por supuesto hay burócratas que enarbolan en le pecho “Inválido ruso” y “Noticiero del gobierno” También hay jóvenes provinciales que arden al momento de leer.

De noche. La sala está en semi tinieblas. En los escritorios inmóviles figuras: una reunión de fatiga, de curiosidad y de honorabilidad...

Tras las amplias ventanas cae una nieve suave. No muy lejos, en el Nievski, bulle la vida. Lejos, en los Cárpatos, se derrama sangre.

C’est la vie*.

Traducción del ruso de Carlos Abrego
Notas:
*Nievski prospekt es una avenida de San Peterburgo.
* En Rusia zarista los judíos para residir en las ciudades necesitaban de un permiso especial.
Tableau y C’est la vie vienen en francés en el original ruso. Tableau: cuadro. C’est la vie: Así es la vida.

01 noviembre 2005

Pensar con Marx hoy II

Este segundo texto de Lucien Sève es la continuación de sus comentarios sobre el libro de Luc Ferry y Jean-Didier Vincent, ¿Qué es el hombre? He omitido en esta traducción todos los envíos a las páginas de las obras citadas. Las citas de los Grundrisse he tenido que traducirlas a partir del texto de Sève, por no tener a mi alcance una publicación al castellano de esta obra. Al final del texto vienen las notas que he señalado con asteriscos (*) y que pertenecen a Lucien Sève.

¿No existe la libertad según los materialistas?

Por Lucien Sève

Ya que existe una concepción materialista, más específicamente materialista-histórica de "la libertad", es absolutamente escandaloso ocultarla censurando la obra de Marx como también la de Espinoza*. Marx y Engels resumieron en "La ideología alemana" las dos posiciones filosóficas que desde hace tiempo están en presencia: "Hasta ahora la libertad ha sido definida por los filósofos bajo un doble aspecto: de un lado —por todos los materialistas— como una potencia, como un dominio de las situaciones y de las relaciones en donde vive un individuo; del otro —por todos los idealistas, en particular los alemanes— como autodeterminación, un despego del mundo real, como libertad puramente imaginaria del Espíritu". No, afirma un materialista, ningún acto humano escapa a la causalidad** tanto sociohistórica como neuropsíquica; en este sentido "la libertad", ficción sobrenatural postulada por las filosofías espiritualistas, simplemente no existe, por consiguiente hay que concebir de nuevo, de manera radical, todo lo que éstas supuestamente fundan en materia moral, jurídica o política. Y no obstante, la palabra libertad tiene en el pensamiento marxiano un contenido totalmente real y capital. Pero para hacerlo oir a quien, autorizándose a no saber nada, se cree sin embargo permitido a dar por imposible un concepto materialista-histórico de libertad, necesito aquí esbozar también lo que tendría que decir, sobre este tema, una exposición para grandes principiantes.

Si Luc Ferry se imagina plantear aceptablemente la cuestión formulando el dilema: o ustedes admiten el desligamiento del "determinismo", o ustedes excluyen la existencia de "la libertad", significa que tiene una concepción de las más reductoras, ya que no dialéctica, de la necesidad y al mismo tiempo de la libertad. La necesidad no es de ninguna manera un unívoco factum, abarca siempre por el contrario una pluralidad de posibles contradictorios. La misma ley de la gravitación mantiene de pie o derrumba un edificio según las circunstancias, entre las cuales se encuentra la manera en que ha sido construido; y si nosotros tenemos la libertad de construirlo de tal suerte que permanezca de pie, no es "arrancándonos" de la gravedad, sino que al contrario respectándola de lo más cerca —esto es una trivialidad desde Bacón. Hacer de tal suerte que se actualice tal posible más bien que tal otro no ha implicado nunca que se derogue el encadenamiento de las causas, ni la determinación por las leyes; si quisiéramos derogarlas tendríamos obligatoriamente la experiencia de la no-libertad. Comentando en el Anti-Dühring la frase de Hegel "La libertad es ciega solamente en la medida en que no es comprendida", Engels escribe: "La libertad no está en la soñada independencia respecto a las leyes de la naturaleza, sino que en el conocimiento de estas leyes y en la posibilidad dada por ello de ponerlas en marcha metódicamente para fines determinados. [...] La libertad de la voluntad no significa por consiguiente otra cosa que la capacidad de decidir en conocimiento de causa. Por consecuencia, más el juicio de un hombre es libre sobre una cuestión determinada, más grande es la necesidad que determina el tenor de este juicio...".

Toda la cuestión consiste así en la aptitud de intervenir en la actualización de los posibles. Y esta aptitud no tiene ciertamente nada de una "facultad" sobrenaturalmente dada al "hombre"; al contrario es una capacidad conquistada, en el curso de biografías personales y de la historia colectiva, de modo siempre inconcluso y desigual***: "La libertad" no es otra cosa que la suma de liberaciones concretas. Nuestra vida individual como también social no comienza en la libertad, sino que en la dependencia, la ignorancia, la impotencia; y se aleja únicamente a través de una larga marcha emancipadora llena de obstáculos hacia la autonomía práctica, el saber crítico, la acción transformadora, el momento-clave de cada nueva conquista de libertad es la toma de consciencia en la que se afirma un dominio ampliado del mundo y de nosotros mismos. Esta toma de consciencia ocupa un lugar central en la concepción materialista-histórica del pensar y del actuar libres. En los Grundrisse, Marx escribe por ejemplo que para el asalariado explotado, "reconocer los productos [de su trabajo] como suyos propios y juzgar el estado de cosas en el cual es separado de sus condiciones de realización, como algo inaceptablemente impuesto por la fuerza, es una consciencia inmensa, ella misma producida por el modo de producción fundado en el capital, del que esta consciencia está anunciando el fin, como cuando el esclavo tomó consciencia de que no podía ser la propiedad de un tercero, cuando tomó consciencia de ser una persona, a partir de ahí la esclavitud vegetó artificialmente, incapaz de perdurar como base de la producción". La opción voluntaria de quien está perfectamente determinado a actuar sobre la base de una toma de consciencia no deroga de esta suerte ni la casualidad psíquica interna, ni tampoco la casualidad natural o social externa, pero al proponerse actualizar tales o cuales de sus posibles antes que otros, les sobre-impone una determinación por los fines: actuar libremente es actuar mucho menos a causa de que en vista de... Es lo que apuntaba ya Espinoza al definir al hombre libre como el que vive "según el mandamiento solo de la Razón".

Pensar así la libertad no como una supuesta facultad abstracta de escapar al "determinismo", sino como una potencia real de intervenir concientemente tiene una consecuencia mayor, comenzando por esto: la palabra libertad no remite a una simple estructura del sujeto, sino a todo un conjunto de relaciones sociales en el seno de las cuales puede formarse y manifestarse tal potencia, objetiva al mismo tiempo que subjetiva. El mundo humano concretamente dado realiza absolutamente otra cosa que ofrecer situaciones en el cuadro neutro de las cuales se ejercería una libertad subjetiva llave maestra, incluso oponerle obstáculos a los que desde afuera ésta se confrontaría siempre a lo idéntico; él define lógicas concretas, tanto internas como externas, del pensar y del actuar libres en un tiempo y en un lugar definidos de su evolución histórica. Por ejemplo, muestra luminosamente Marx a partir de La Ideología alemana, el pasaje de la sociedad medieval al mundo burgués, en el que son abolidos los antiguos lazos de dependencia personal, permitió masivamente acceder a los individuos a "la contingencia de sus condiciones de existencia" y este "derecho de poder gozar en toda tranquilidad de la contingencia" es la base misma de lo que se exalta bajo el nombre de "libertad personal". Pero, al mismo tiempo, con la generalización de las relaciones mercantiles, se opera la "solidificación" [Konsolidation] de nuestro propio producto en una potencia objetiva que nos domina, escapando de nuestro control, contrarrestando nuestras esperas, reduciendo en añicos nuestros cálculos" (tenemos en mente, por ejemplo, en el mundo de hoy, esas catástrofes en las que son entrampados tantos asalariados, desde el despido bursátil a la pérdida del capital-jubilación pasando por la deslocalización de empresas y muchas otras pretendidas "fatalidades económicas", nombre mistificador de la alienación por el capital). De este modo, puede concluir con Marx, "en la representación, los individuos son más libres bajo la dominación de la burguesía que antes, porque sus condiciones de existencia les son contingentes; en la realidad, ellos son naturalmente menos libres, porque están mucho más subordinados a la potencia de las cosas". Toda su obra ulterior retoma y profundiza esta visión crucial sobre las estructuras histórico-biográficas de la libertad —como el análisis de los Grundrisse revelando "la inepcia que consiste en considerar la libre concurrencia como el último desarrollo de la libertad humana", mientras que nosotros tenemos aquí "a la vez la libertad y el total anonadamiento de la individualidad bajo el yugo de condiciones sociales que toman la forma de potencias factuales, incluso de cosas todopoderosas —de cosas independientes de los individuos y de las relaciones que mantienen entre ellos". Se aprecia mejor todavía ahora toda la ventaja que existe en decretar que en el materialismo histórico no hay y no podría haber en él lugar para una concepción de la libertad: autorizándose al mismo tiempo a escamotear integralmente estas tan desagradables consideraciones sobre nuestro mundo real.
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* No tenemos la insigne candidez de indignarnos que un filósofo sea agresivamente adversario del materialismo en general y del materialismo histórico en particular. Quien piensa con Marx no sabría volver a alguien "responsable" de lo que las circunstancias histórico-biográficas han hecho de él; todo juicio moral estaría fuera de lugar. No obstante, la lucha de ideas tiene sus reglas, por lo menos entre interlocutores de un cierto nivel de consciencia cultivada. Que un autor situándose a este nivel, por añadidura apasionado de "moral deontológica", se comporte como nuestro autor respecto a Marx, he aquí algo que compromete la responsabilidad y constituye un escándalo intelectual.
** Que el pensamiento de Marx sea "determinista" es el tipo de prejuicio extendido —incluso entre algunos "marxistas"— que Luc Ferry recibe y tiene sin escrúpulo por una verdad establecida. Todos aquellos que se tomaron el trabajo de leer a Marx saben que su causalismo dialéctico es absolutamente irreductible a cualquier determinismo —ver sobre este punto, entre otros, la rica obra de Michel Vadée, Marx, penseur du possible (Marx, pensador de lo posible), cuyo primer capítulo está consagrado a lo que él llama "el equívoco" del pretendido determinismo de Marx, y el último a su concepción de la libertad. Que Marx, que ha establecido poderosas leyes tendenciales en el movimiento de la historia, no haga ninguna clase de concesión a un fatalismo determinista, cualquiera puede convencerse por el simple y solo hecho de que toda su obra es un apasionado llamado a la acción revolucionaria, este llamado sería un puro contra sentido, si Luc Ferry tuviera aunque fuera una pizca de razón al imputarle el determinismo. En cuanto al "reducionismo" ya he anotado anteriormente la extrema tontería de tachar a un pensador, cuya actitud está marcada de punto a punto por la dialéctica, es decir del modo de pensar más radicalmente antirreductor que haya. Por ello entre el materialismo histórico y el materialismo biológico en el sentido hoy divulgado de este término —es decir, en el que los procesos neuro-biológicos se toman como la explicación suficiente de los comportamientos humanos, la esencial socio-historicidad de nuestra humanitas es completamente ignorada, o, en el mejor de los casos, pensada como reductible a las proporciones de simple epigénesis— no hay una necia "querella de preeminencia", como escribe Luc Ferry, sino que más bien un vivo litigio de fondo. En lo que me atañe, literalmente nunca he dejado de combatir la ideología reductora del biologismo, desde la ilusión de otrora según la cual el pavlovismo podría perfectamente ser la "psicología del marxismo" y la creencia tenaz en los "dones" hasta las imposturas siempre vivaces sobre la pretendida "programación genética" de las disposiciones tan íntimamente histórico-culturales como son las capacidades intelectuales, las preferencias sexuales u otras actitudes morales.
*** Desigualdad de hecho que no descalifica por supuesto en nada el principio regulador de la igualdad en derecho de todos los hombres, pero que obliga al contrario a medir cuán lejos está —en el mundo de clases fundamentalmente desigual que todavía es el nuestro— la igualdad en derecho de serlo de hecho.