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27 septiembre 2012

¿Diálogo, polémica? ¡Sepa Judas!

Mi anónimo corresponsal que cortó la discusión, ha decidido seguir la plática y hoy  me ha enviado tres comentarios, que voy a publicar aquí y también responder uno por uno.  Bueno, voy empezar por el primero, ya veré si tengo tiempo para el resto.  Lo que copio en itálicas corresponde al escrito de mi corresponsal, en negrita es mi respuesta.



”La pura ignorancia y las ganas del triunfo dialectico fácil nos hacen hablar del revisionismo universitario. Cuál tu tía, cuál revisionismo. Seamos serios, mano. Quien esto escribe no es un receptor pasivo ni repetitivo de las ideas de otros (sean idealistas o materialistas) y ni White, ni Anderson, ni Cassirier, ni Ricoeur pertenecen al ámbito del revisionismo universitario por la simple y sencilla razón de que no son marxistas. La pregunta del millón, estimado “sabio”, es si su posición teórica los vuelve anti-marxistas (sea que nieguen la lucha de clases o el predominio de la base sobre la superestructura). Para saber esto hay que leerlos, estudiarlos y debatirlos, pero, por lo que veo, algunos prefieren poner etiquetitas facilonas y demagógicas para ahorrarse el esfuerzo de pensar y debatir””.



Al referirme al revisionismo universitario, lo hice aludiendo al término de Lenin el “marxismo profesoral”. Me referí claramente al hecho de que algunos  “envilecen el marxismo”, como se expresaba Lenin,  bajo el pretexto de mejorar el pensamiento de Marx, lo mezclan con el idealismo.



No me he puesto a discutir ni con White, ni Anderson, ni Cassirier, ni Ricoeur, sino que con vos. Que sea tu deseo escudarte detrás de esos nombres, no es asunto mío. Que estos autores no sean marxistas o lo sean, en nuestra discusión es irrelevante, pues no se trata de ellos. Que no podás pensar con tu propia cabeza queda manifiesto al recurrir a ellos sin aportar tu propia posición.



El asunto, lo que yo abordaba, lo que introduje en la discusión fue una posición política de Dagoberto Gutiérrez. Pues donde ha repetido su afirmación que el “estado es una ficción” fue en foros políticos. Si esto según tu parecer encierra un problema filosófico sobre  “la naturaleza y el origen de dicha objetividad”,  creo que sobre esto te respondí  ya ampliamente y sobre lo que te he dicho allí no decís nada, no rebatís nada, en ningún momento, apenas tu alusión que me mantengo en materialismo del siglo XVIII.  (Ver mis respuestas a los comentarios en el artículo precedente).



Fijate que al decir “La pura ignorancia y las ganas del triunfo dialectico fácil nos hacen hablar del revisionismo universitario”, usás el término “dialectico” en una acepción vieja, diría ya bastante rancia, pues ya Kant, Hegel y Marx le dieron otro significado y es el que se ha impuesto dentro de los marxistas. La acepción que retenés se ha quedado no en el siglo XVIII, sino que se ha ido a vagar por la Antigua Grecia, es cierto que muchos persisten en ignorar el nuevo sentido dado por Hegel y Marx.  Pero no te digo esto para reprocharte alguna ignorancia, ni te acuso de simples ganas de vencer en nuestra discusión. Por mi parte también conozco ese uso y la crítica que hace Hegel en la “Introducción” a su “Lógica”. Tampoco te voy a reprochar que ignorés este punto.


“”Recuerde lo que le digo, usted confunde los planos de la discusión y por eso hace mala filosofía ahí donde tendría que hacer teoría social y hace mala teoría social ahí donde tendría que hacer filosofía. Como confunde los planos del debate e ignora el sentido preciso que tienen los términos “ficción” y “realidad” en una teoría como la de Castoriadis, por ejemplo, usted entra como un caballo en medio de un banquete””.




Tu cólera y tus resentimientos no me sorprenden. Te repito que no discuto con otras personas, sino que con vos. Creo que no te has dado cuenta, por mis definiciones de ficción y de realidad, que pertenezco a una tendencia filosófica determinada profundamente materialista. Y que si aceptara otras definiciones que puedan dar otros autores, abandonaría mis convicciones. Por el momento, por falta de capacidad, por falta de no sé qué motivos, en ningún momento me has dado tu propia definición de ficción, ni de realidad. Ni siquiera pidiéndosela prestada a Castoriadis.




““Como usted desconoce el contenido preciso que adquieren los términos en el debate teórico más reciente, los toma del sentido común, es decir, de los rescoldos que ha dejado en la cultura moderna el materialismo del siglo XVIII. Usted está en su derecho de asumir el horizonte del sentido común, siempre que lo haga de forma crítica y siempre que conozca la trama filosófica de un debate que se plantea en torno al estatus ontológico de lo simbólico y su poder en la configuración de las instituciones””.



Aquí pienso que la cuestión no se trata “del contenido preciso que adquieren los términos en el debate teórico más reciente”, el asunto es si los acepto o no. El meollo filosófico reside en que la realidad no es algo que se demuestra, sino que se constata. Realidad es lo que está afuera de nuestra conciencia. Esta formulación no viene del siglo XVIII, sino que por primera vez se plasmó en el siglo XIX por los fundadores del materialismo dialéctico.


El problema de la existencia (lo que llamás “estatuto ontológico”) de lo simbólico no tiene nada que ver con la definición de “ficción”. Lo simbólico son convenciones sociales que aceptan tal o cual fenómeno como representando otra cosa, que adquiere un valor social. Estos símbolos pueden adquirir formas materiales o reposar en discursos. Su existencia es indiscutible, como la existencia de las ficciones, pero el problema planteado es si el estado es apenas una red de convenciones aceptadas por una comunidad o si este es el conjunto de instituciones que impone sus normas, sus valores, su fuerza a la sociedad y que todo esto se hace o no en beneficio de la clase dominante en la sociedad. Para constatar esto no necesito ir a leer o releer el idealismo “más reciente”.


Como no compartimos los mismos fundamentos filosóficos, no te puedo acusar de ignorancia, tampoco te voy a exigir que adoptes mis términos y que en tu razonar uses mis conceptos. Es esto lo que me exigís, me llamás ignorante porque no comparto tus ideas, porque no acepto que las ideas sobre el estado sean de mayor consistencia que el estado mismo. El estado no es el conjunto de ideas que los hombres tienen de él, sino que esa realidad que existe afuera de sus conciencias.



”Quien entra como un caballo en medio del banquete entra gritando ¡El Estado existe¡ como si alguien estuviera cuestionando dicha existencia. La frase provocativa de Gutiérrez no niega la existencia del Estado, lo que abre es una discusión sobre la naturaleza objetiva de dicha existencia ¿En qué se diferencian las personas de las cosas? ¿En qué se diferencian el ministerio de cultura y el volcán de Izalco, si ambos pertenecen a la realidad?”






Fijate que hasta aquí, hasta este último parágrafo no me has aportado ni un solo argumento, Afirmás mucho, insultás bastante, pero todo al modo asertorio, sería pues conveniente que lo hicieras al modo apodíctico. Adopto estas palabrejas para que me entiendas.



Con esto llego a otro punto, no es inventando jergas que uno se vuelve filósofo, no es dándole nuevas definiciones a las palabras que uno crea un sistema filosófico.



Aunque lo que quiero que quede meridianamente claro es que Dagoberto Gutiérrez al decir, sin mayor explicación, sin explicitar el contenido de lo que quiere decir, permite cualquier interpretación, como las que has venido haciendo en toda esta polémica. Creo sinceramente que el creador de un nuevo partido que tanto ha criticado al partido en el gobierno, debe de adoptar posiciones claras y contundentes. Su estilo es usar paradojas, lanzar frases cuyo sentido no reside en las palabras que la componen, sino que en lo que cada uno pueda suponer. Eso se asemeja al que lanza una red de pescador muy menuda para que caiga el pez gordo, como el pez flaco.



Sobre la naturaleza objetiva de la existencia del estado creo que me he explicado ampliamente, tanto en el artículo anterior, como en las respuestas que le ha dado a tus “comentarios” a ese artículo.



Me sorprende que repitás tanto que el tema es ese y no lo que yo abordo, aunque sea yo quien haya abierto el debate. Es cierto que me decís que ignoro los términos de tus filósofos y en los que Gutiérrez ha introducido el tema. Perfecto. Pero sigo sorprendido. Pues lo repetís en cada una de tus intervenciones y has sido incapaz de dar por lo menos un “chingastito” sobre “el origen y la naturaleza” del estado-ficción de Gutiérrez, tampoco no decís nadita de su “estatuto ontológico”.



Por último, si querés que publique alguna respuesta, espero que asumás tus opiniones, firmando con un nombre y un apellido identificables. Así volvemos más sana esta polémica.



Lo que sigue es la última respuesta que le dí a mi interlocutor en los comentarios:


Al final llegaste adonde tenías que llegar, te acercaste a los postulados idealistas de las palabras de Dagoberto Gutiérrez. Lo que me proponés es que acepte la filosofía idealista que vuelve real la idea, como si las ideas fueran primeras a la realidad misma. Pensás con todos esos ideólogos y me confirmás que este es el fundamento filosófico de Gutiérrez. No es que desconozca esas posiciones, sino que no estoy de acuerdo, también por razones filosóficas.


El problema de esa concepción filosófica es que quiere volver más real la Idea que se tiene del estado, suplantando la realidad del Estado por esa idea, deseando darle a esa idea la consistencia de real. No se trata pues que lo que he enumerado sean simples lugares comunes, más allá que muchos puedan aceptarlos, se trata de características que tienen realidad más allá de mi conciencia, más allá de la idea que me pueda hacer del estado. 



Porque en definitiva, lo que resulta es que el instrumento de dominación de la burguesía, no es simple envoltorio ideológico, sino que instituciones reales de toda índole, incluyendo las que crean la ideología dominante.



Esa ideología que reina en las universidades por tener el monopolio, por ser dominante no implica que repose en algo sólido. Me decís de nuevo esto: “el tema que se discute es cuál es la naturaleza de dicha objetividad” y vos con Gutiérrez respondés es ficción. Es decir que toda la realidad del estado la reducen a esto, te cito: “Cuando dice que es una ficción alude a su naturaleza de “creación simbólica” de carácter colectivo”. Es decir que vos pensás que esta “creación simbólica” tiene mayor importancia, tiene mayor “existencia” que lo que has catalogado como “lugares comunes”, pero que si se refieren a lo que está afuera de nuestra conciencia, que son independientes de nuestro pensamiento. Al contrario, a lo que se tiene en las conciencias vos le querés dar una consistencia de realidad que no tiene. Esa “creación simbólica” no tiene otra realidad que ideológica, es decir se trata de una “idea” sobre la realidad, o sea que no se trata que el “estado es una ficción”, la ficción, lo irreal son las ideas que nos presentan y nos inculcan los ideólogos sobre el Estado. 


Esa concepción se enfrenta a dificultades inexpugnables. Afirmar la existencia de lo que no tiene realidad sensible, es privar filosóficamente hablando a la afirmación de existencia de toda prueba convincente. Cualesquiera que sean efectivamente los límites e incertitudes del conocimiento sensible tomado en sí mismo, presenta el carácter capital de ser una experiencia concreta de una relación con la realidad exterior a mi conciencia y que existe independientemente de ella. Esta experiencia es en su principio repetible por mí mismo, como por otras personas cuántas veces se quiera. Es ella la que contiene una objetividad constriñente para todos los espíritus. 



Al contrario, la pretendida existencia objetiva de “realidades inmateriales” (tu “creación simbólica”) puede ser sostenida únicamente por razonamientos de carácter abstracto. Ya en “La crítica de la razón pura”, Kant ha establecido que no se puede demostrar la existencia de lo que sea por un razonamiento, pues la existencia no es una simple propiedad lógica, un simple atributo —o el predicado, como dicen los filósofos— de un concepto. La existencia no se demuestra, se constata.



Vos, Gutiérrez y los ideólogos que me has citado, cuya lista es, por supuesto, más amplia y que reinan en las universidades, pueden perfectamente afirmar que “vemos” las esencias por una “intuición intelectual”, el pensamiento no es un sentido y no puede establecer la existencia de los “objetos” de manera necesaria: si esto fuera posible, hace mucho tiempo que los hombres se habrían puesto de acuerdo sobre una misma filosofía. La pretendida existencia de esas realidades inmateriales (“la creación simbólica del Estado” en este caso) será siempre el objeto no de un saber, sino que de una creencia.



Es cierto que una creencia (esa “creación simbólica”) puede adquirir históricamente la consistencia de una fe religiosa, de una ideología dominante, y ser vivida y aceptada por muchos hombres, esto es un hecho de suma importancia, pero la diferencia esencial del conocimiento sensible, esta creencia, esta ideología dominante, no se convierte en absoluto en una experiencia compartida por todos los hombres, reproducible cuantas veces se quiera, universalmente necesaria.



Voy a lo esencial del problema que nos toca. Cuando Dagoberto Gutiérrez afirma que “el estado es una ficción”, se expresa inapropiadamente pues la ficción no es el estado, sino que las ideas que los ideólogos burgueses nos presentan como el estado. Pero al expresarse de esa manera, Gutiérrez lo hace como en otras ocasiones, buscando crear un efecto retórico, habla paradójicamente y crea más confusión que otra cosa. Sobre todo que a lo que vos has querido minimizar, llamándolo “lugares comunes” no lo toca, como si lo que hubiera que combatir fuese esa ficción y no la realidad palpable del estado oligárquico. Por mi parte, la batalla es realmente doble, contra la ideología, pero sobre todo contra la realidad. Y para ser claro, no me voy por las ramas, sino que trato dentro de mis posibilidades de manifestar el carácter clasista del estado salvadoreño.



10 septiembre 2012

El Estado no es una ficción


Cerca de una semana atrás, una amiga en el calor de una discusión, en Facebook, en un foro, me dijo que siempre quería tener la razón y que era un egocentrista. Bueno, tal vez sea cierto eso del egocentrismo, pero lo otro de que siempre quiero tener razón, pues eso tiene doble sentido. Uno, que quiero tener razón aunque no la tenga. El otro que me esfuerzo en argüir. Pero en esa discusión no recibí realmente un argumento en contra de lo que exponía. Puede ser que hubiera cambiado de opinión, pero no lo creo. 

Por qué lo digo, pues difícilmente me podrán convencer que “el Estado es una ficción” como lo ha afirmado Dagoberto Gutiérrez en varias oportunidades.

Pero hay algo sobre lo que quiero detenerme. Cuando entro en una discusión como esta, por supuesto que lo hago con mis ideas y pienso que estas son ciertas. Es decir, que cuando entro a discutir sobre algo, obligatoriamente debo pensar que tengo razón. Imagínense que entrara  en una discusión pensando que estoy equivocado. ¿Acaso eso no sería una especie de locura?

Claro que discutir sobre este tema no es baladí, no lo hago por frivolidad, porque de manera caprichosa piense que se impone llevarle la contraria al líder del partido Nuevo País. Me parece que la concepción del Estado no es un asunto secundario. Hace como unos cuatro años atrás le reprochaba al FMLN no tener una teoría sobre el Estado oligárquico, que no se habían parado a pensar en su naturaleza, que carecían de un análisis concreto. Se trata pues para mí de un tema recurrente.

En mi opinión era grave esa situación de un partido —que entonces todavía se presentaba como socialista y revolucionario y que se estaba preparando a asumir las riendas del gobierno— no procediera a plantear el problema del poder estatal de la clase dominante. En aquel entonces uno podía pensar que tenían intenciones de emprender reales cuestionamientos a la dominación oligárquica. Puesto que el meollo de nuestro atraso no tiene otro origen. La dominación oligárquica es global y la ejerce a partir de todos los aparatos de dominación, sin dejar ninguno de lado.

La burguesía oligárquica ha obtenido de nuestro pueblo, en su gran mayoría, el consentimiento de su dominación. Nadie se atreve a plantear que nuestro atraso se debe a que esta casta oligárquica es retrógrada y que en su desenfrenada sed de enriquecimiento ha conservado un nivel extremadamente bajo de los salarios y del nivel de vida de los salvadoreños. Ha sido incapaz de introducir en el país, a pesar de su creciente acumulación de capitales, un desarrollo productivo y correlativamente a esto, mantiene un bajísimo nivel educativo, una mano de obra poco preparada. Pues al negarse a dar una real contribución a las arcas del Estado, este no ha podido responder a las necesidades sociales que se han planteado al país.

Quiero decir con esto que la oligarquía siempre ha tenido una actitud rentista respecto a las actividades económicas que ejerce en el país. De manera regular y tradicional los oligarcas han exportado sus ganancias, durante años no las repatriaban. El Estado para funcionar ha tenido que irse endeudando para poder satisfacer las exigencias oligárquicas y mantener un aparato de Estado represivo siempre dispuesto a intervenir en defensa de esos intereses. Los trabajadores, las familias pobres han recibido poco, muy poco.

El gobierno actual ha hecho algunas reformas mínimas. La ANEP se conduce como si el gobierno de Funes estuviera ya construyendo el “infierno socialista”. Los oligarcas saben que no se puede darle a los trabajadores lo mínimo de derechos, pues temen que nuestro pueblo se despierte y se dé cuenta que es posible exigir sus derechos. Les cuesta ver que su Estado, el que está a su servicio, pueda ser el que sirva para ese despertar, eso es lo que temen. Es ese el origen de la quisquillosa conducta de la ANEP y su principal partido político respecto al gobierno de Funes.

Pero este Estado no puede ir muy lejos en sus “reformas”. No lo ha hecho durante casi siglo y medio de dominación oligárquica, lo que han ido aflojando ha sido lo estrictamente necesario para reproducir la población que les proporciona la fuerza de trabajo dócil y sumisa que hay en el país.

El problema del Estado no es una cosa secundaria, que se pueda tratar superficialmente. Es justamente un problema crucial, la manera cómo lo resolvamos, nos dará las indicaciones para las batallas políticas que se imponen hoy. Pues es a partir del Estado que se estructura toda la opresión de la clase dominante.  Esta opresión se manifiesta en todas las esferas de la vida social salvadoreña. Es a partir de esta dominación que se debe encarar las luchas para cambiar la sociedad.

Plantear claramente el carácter clasista del Estado me parece imprescindible, si lo que se propone un partido o un movimiento político-social es resolver los problemas del país.  

01 septiembre 2012

Alternativa al "juego democrático"


El sufragio en sí no constituye nada más que una manera de determinar una mayoría, a la que de alguna manera tiene que someterse la minoría. En esto puede que no haya fraude. El fraude se realiza en que las opciones visibles son las que representan los intereses de las minorías (capitalistas). El elector no se determina por los programas que apenas puede leer (no sólo por el analfabetismo), no se determina en plena consciencia de sus propios intereses. Es este el juego "democrático". Durante las extremadamente largas campañas, lo más importante no es la propaganda política, sino la publicidad para vender una imagen. Es por eso que en las discusiones de ahora se habla mucho de la imagen de los candidatos como aspecto primordial (Funes llegó a la candidatura y a la presidencia porque tenía visibilidad mediática, imagen de moderado). Resultó que no era ningún moderado, sino que un liberal radical y dogmático.

Por consiguiente, el único beneficio en la participación en las elecciones que puede obtener un partido revolucionario (me refiero a un partido revolucionario, pues se habla de adaptarse al sistema existente, los otros no se adaptan, sino que lo promueven), es contar a la población sobre la cual ha obtenido cierta influencia, de medir de alguna manera sus fuerzas. Insisto en eso “de alguna manera”, pues las elecciones tampoco son el reflejo  exacto del nivel de consciencia ciudadana.

Entonces ir a las elecciones, en cierta medida es entrar en algo viciado, en algo que difícilmente por sí solo va a aportar soluciones a los problemas. Claro que nadie espera que las elecciones arreglen nada, me refiero que a través de ellas solamente se logre alcanzar una mayoría favorable a las necesarias transformaciones estructurales para resolver los problemas sociales y económicos que enfrenta la población.  ¿Qué implica esto? ¿Qué la única opción es la guerra?

Pero el problema de la alternativa sí que es crucial. O sea lo que se plantea es lo siguiente, ¿el principal objetivo para un partido revolucionario es participar en las elecciones o tratar de obtener la famosa hegemonía en la sociedad de la que hablaba Gramsci? Últimamente se habla mucho de esta hegemonía, de Gramsci. Hasta socialdemócratas se han puesto a citarlo. Pero esta hegemonía significa un cambio radical en la correlación de fuerzas en el seno de la sociedad, para ello es necesario combatir la ideología dominante, que implica, entre otras cosas, que el voto en sí es democrático, que el capitalismo es un estado natural de la sociedad, que los patrones dan trabajo. Sobre esto último, ellos compran la fuerza de trabajo, vuelven mercancía a los hombres, los alienan.

Pero este cambio apenas esbozado no se realiza solamente en el discurso del partido, es necesario promover la organización de los trabajadores en los centros de producción. La organización es necesaria para la lucha por los intereses inmediatos de los trabajadores, salarios, mejores condiciones de trabajo, transporte, vivienda, etc. Es decir despertar la consciencia que todas esas cosas no son dádivas patronales o gubernamentales, sino que derechos de los trabajadores. Pero esta práctica de luchas se tiene que acompañar de una permanente lucha ideológica sólida, que enfrente toda la extensión de la ideología dominante.

Pero todo esto parece ya una repetición de lo consabido, de lo ya hecho en otros lugares y en el país, en otros tiempos. Y en parte es cierto. Es por eso que es necesario tener hacia el pasado una mirada crítica, analizar que ha sido lo que fracasó, cuáles fueron las trabas. Me parece justamente que una de las principales fue que se dio por sentado que sólo los dirigentes deben (pueden) pensar, que la teoría siempre es complicada y algunos la piensan incluso superflua. No se trata tampoco de volver filósofos profesionales a todos los trabajadores. Pero si se les tiene que dar los instrumentos para la reflexión autónoma. Esta reflexión autónoma tiene que acompañarse de la más amplia posibilidad de participar en las deliberaciones, en las tomas de decisión. Esto presupone abandonar de lleno todo verticalismo. Pero ¿cómo se hace esto? Este es un problema práctico, pero que conlleva la reflexión sobre la “forma partido”. O sea que alternativas a fundirse sin más al juego “democrático” existen, se pueden seguir buscando.   

21 agosto 2012

Algunas enseñanzas


A la vista de los resultados, después de dos meses de ataques y contraataques, de consultas, de editoriales, de artículos, viajes a Managua y recursos ante una Corte Centroamericana de Justicia —que nada tiene que ver con la constitucionalidad de nuestras leyes y decretos— tras una letanía de acusaciones y contraacusaciones, de una larga serie de discusiones y anochecidas y madrugones en Casa Presidencial, los diputados y dirigentes de los partidos políticos terminaron por ponerse de acuerdo para hacer lo que había ordenado la Sala de lo Constitucional. El resultado es ese. Cabe preguntarse ¿por qué tanta pólvora? ¿Para qué tanta bulla?

Con toda sinceridad no tengo respuestas a estas dos preguntas. Pues no me manejo en los círculos del poder e ignoro los códigos secretos de ese mundo. Pero lo que queda claro es que todo eso no se hizo por gusto, que había un objetivo oculto. Porque ahora los que han aceptado votar lo que durante dos meses se negaron hacer, porque eso contradecía sus principios de honorabilidad, porque votar según determinó la Sala era violentar la Constitución y sobre todo ceder ante la derecha recalcitrante, aliada de la oligarquía, organizada en la ANEP, explican que lo han hecho por espíritu de sacrificio, para demostrar el alto sentido del deber que tienen.

Es decir que los principios, la honorabilidad, el apego a las leyes se ha echado por la borda, al tarro de la basura. Y no se sabe por qué razones. Todos sabemos que esas negociaciones en Casa Presidencial fueron impuestas por el extranjero. El “aliado” de los Estados Unidos, el que no tuvo empacho de declararlo sin reservas, se acaba de dar cuenta que es simplemente un hace mandados. Bastó que un miembro de la dirección del patronato se fuera a quejar al Norte, para que senadores amenazaran con lo que más duele: los dólares.

Mauricio Funes se puso juguetón, quiso ningunear a dos importantes senadores de los Estado Unidos, como lo hizo con algunos empleados de la Embajada respecto a las revelaciones de WikiLeaks, La misma embajadora tuvo que intervenir para corregir al criado. Al parecer nuestro presidente que solo se maniató a esa servidumbre, de vez en cuando trata de adoptar poses de soberano. Pero es reyecito dentro del marco que le confiere la Constitución presidencialista. Pero ese marco no abarca lo que los jefes mandan, sus jefes del Norte.

¿Se puede sacar alguna enseñanza de todo esto? Si, tal vez más de una. Una de ellas es que la dirección del FMLN tiene todavía recursos para petrificar a sus bases y aún más allá de ellas. Pues le ha bastado afirmar que el que no está de acuerdo con la cúpula es su enemigo y un aliado de ARENA y de la ANEP. Los militantes han reaccionado como ante un capote de brega, se han enfurecido y arremetían con todo sin querer parar mientes y entrar en razón. Durante estos tres años de alianzas parciales con ARENA para algunos votos, alianzas secretas como en el episodio del decreto 743, la polarización había perdido densidad, pero ahora ha vuelto al primer plano de la escena política. Esto arrastra otra consecuencia: el fanatismo puede mucho más que la razón. En nuestro país predomina el fanatismo, de ambos lados, en ambos partidos mayoritarios. Algunos militantes del FMLN se olvidaron inclusive que muchos personajes de GANA hasta hace apenas tres años pertenecían a ARENA y que su fuga para fundar otro partido no tuvo lugar a causa de una conversión súbita a otras ideas. Los dirigentes y miembros de GANA siguen siendo de derecha, lo mismo que los del PES y de CN. O sea que el bloque de los cuatro no era un bloque progresista de izquierda, como muchos se esforzaban en presentarlo. Era un grupo de intereses partidarios, de intereses mezquinos. El interés de la patria, la defensa de la legalidad, de la Constitución, de los principios democráticos, de la ética no tenía nada que ver.

Pero al mismo tiempo, la mayoría de la gente solamente ha visto un largo pleito sin fin que se acabó. Que se acabó con negociaciones secretas en un momento que se habla tanto de transparencia. Y que se acabó con la decisión de hacer lo que debieron haber hecho desde el primer día, aplicar los fallos de la Sala de lo Constitucional. No creo que todo esto haya engrandecido la opinión que se hace la mayoría de la gente de la política.

Todos desde el menor de los diputados hasta el mismo presidente hablaban del respeto a la separación de poderes. Pero hemos visto a diputados reunirse en Casa Presidencial para discutir sobre algo que le corresponde a la Asamblea y que nada tiene que ver el Ejecutivo. El mismo Ejecutivo, por las declaraciones del mismo presidente, tomó parte en el pleito, aceptando que una Corte extranjera podía determinar que era constitucional o no, en vez del “único tribunal competente para declarar la inconstitucionalidad de las leyes, decretos y reglamentos, en su forma y contenido, de un modo general y obligatorio”, que es la Sala de lo Constitucional. Sabemos que hubo decretos que fueron aprobados por el presidente para entrampar a la Sala, para maniatarla. La ojeriza presidencial es tenaz, no le perdona a la sala el haber suprimido la famosa “partida secreta”. Y esto que es muy probable que su nuevo amigo, Tony Saca, le habrá enseñado algunas mañas.

El presidente de repente se declara neutral a todo eso, aunque en estos días ha vuelto a repetir que el fallo de la CCJ es válido y aplicable. ¡Vaya que necedad! Pero el papelito sin valor alguno según nuestras leyes, que atestigua del acuerdo entre partidos es el fruto también de la intervención extranjera. Y para que vean que ese papelucho no tiene valor legal, lo firman jefes de partido, el presidente en calidad de no se sabe qué y sin nombrar en base a qué ley se firma. Ese acuerdo es pues un negociado. Un desvergonzado arreglo del que nada se nos dice. Hubo reparto, pero los salvadoreños no se han enterado en qué ha consistido.

Pero la enseñanza más importante que podemos sacar de todo esto es que ningún partido de los que pueblan los curules de la Asamblea representan los intereses de los trabajadores. El patronato defendió a su principal partido. Pero el resto de partidos no son sus enemigos. La oligarquía salvadoreña puede dormir tranquila, pues más allá de la retórica acalorada de estos días, sus intereses no han sido nunca amenazados. Los partidos políticos como chuchos y gatos se pelean el pastel estatal. Es esta la triste realidad de nuestra vida política.

Creo que ante este panorama es muy poco proponer una Constituyente, poco o inútil, pues la vida política nacional está dominada por estos partidos, que serían los que enviarían el mayor número de diputados a la Constituyente. ¿Piensan algunos que en pocos meses de campaña electoral se puede transformar por completo el espectro político nacional?

Creo que la llave de nuestros problemas se encierra en esa última pregunta. En primer lugar no se va a poder cambiar ese panorama si no existe una nueva organización que se proponga esa transformación. Una nueva organización que en la práctica de su propio accionar en la sociedad muestre que es posible hacer política de otra manera. Que el fin real de la política no es el poder como algunos se empeñan en afirmarlo. El poder político es un medio para transformar la sociedad. Pero transformar la sociedad se puede desde ya, justamente introduciendo prácticas y objetivos nuevos que tiendan a volver actores a los ciudadanos que hasta hoy apenas si han sido espectadores.

10 agosto 2012

La Mesa Nacional frente a la Minería Metálica afirma que la propuesta de Ley de Suspensión de la actividad minero-metálica del gobierno



Ante la propuesta de la Ley Especial para la Suspensión de Procedimientos de Proyectos de Exploración y Explotación de Minería Metálica presentada por el Gobierno salvadoreño a la Asamblea Legislativa, a la opinión pública nacional e internacional exponemos que:

La suspensión de los proyectos de exploración y explotación de metales propuesta por los ministros de Economía y Medio Ambiente, no elimina la amenaza de la minería metálica para el país, solo la entretiene. El proyecto de Ley es de carácter temporal, superficial y no tiene ninguna fundamentación científica; refleja que a este gobierno no le interesa prohibir la minería metálica, aún cuando hemos demostrado técnica y científicamente que la extracción de metales del subsuelo salvadoreño es irracional ya que contamina y destruye más el ambiente, a la vez que rompe el tejido social de las comunidades, vulnerando derechos fundamentales de las poblaciones.

Reiteramos que la grave degradación ambiental que sufre nuestro país es incompatible con una industria tan depredadora como la minería metálica. La grave contaminación que tiene afectados al 98% de nuestros ríos, la escasez crónica de agua potable que sufre la población, además de que El Salvador es uno de los países más deforestados y densamente poblados de América Latina y uno de los más vulnerables del mundo, con más del 98% de la población en zonas propensas a sufrir desastres, son razones que deberían bastar para cerrarle las puertas a las empresas mineras en El Salvador.

Como Mesa Nacional frente a la Minería Metálica consideramos que la Propuesta de Ley de Suspensión presentada por el gobierno es demagógica una falsa solución a la amenaza que representa la voracidad de las transnacionales de la industria extractiva minera. Si lo que verdaderamente importa garantizar es la sustentabilidad y el mejoramiento de la calidad de vida de la población, el gobierno de Funes en lugar de buscar una salida superficial calculada para salvar únicamente su administración, debería promover la prohibición de la minería metálica a través de una nueva Ley de Minería explícita en ese sentido, justificada en la profunda crisis socioambiental que padecemos y cuya tendencia actual es a agravarse aceleradamente.

Entre otras inconsistencias, señalamos que la propuesta de crear un Comité de Seguimiento que monitoreará un supuesto “Plan de Fortalecimiento Institucional” y dictaminará el momento en que la suspensión pueda ser levantada, constituye una amenaza para la población salvadoreña, y en particular para las comunidades que ya se han visto afectadas por proyectos de exploración minera. Denunciamos que la decisión de prohibir o permitir la minería metálica no puede descansar sobre un grupo reducido de personas. Se trata de una decisión soberana del pueblo salvadoreño que, en consonancia con los principios constitucionales y del Derecho Internacional citados retóricamente en la propuesta de Ley de Suspensión, debe ser tomada por el pueblo salvadoreño en su conjunto y no por algunos cuantos empresarios y designados por el gobierno de turno.

La institucionalidad del Estado, históricamente ha sucumbido a los intereses particulares de las grandes empresas cuyo único interés es saquear nuestros recursos naturales. Basta ver la destrucción que la minería metálica ha provocado en el Río San Sebastián del departamento de La Unión  o la terrible contaminación por plomo producida en el cantón Sitio del Niño, La Libertad, para constatar que las reglas del juego, la afamada institucionalidad, está dispuestas para favorecer a las empresas y que las buenas intenciones no protegen realmente a las grandes mayorías y tampoco promueven una vida digna y sustentable para el país. 

Por lo anteriormente expuesto, exhortamos a la Asamblea Legislativa, a no dejarse sorprender por falsas soluciones, y que en lugar de abordar la propuesta de suspensión temporal de la extracción de metales del presidente Funes; conozca, discuta y apruebe a la mayor brevedad posible la Ley de Prohibición de la Minería Metálica que como Mesa Nacional frente a la Minería Metálica presentamos en 2006.

¡Rechazamos la demagogia y las falsas soluciones!

¡Exigimos la aprobación inmediata de una ley que prohíba definitivamente la minería metálica en El Salvador!


Mesa Nacional frente a la Minería Metálica. Agosto, 2012. 

19 julio 2012

La sociedad y el Estado


Las reflexiones que vengo desarrollando en estos últimos artículos y que han comenzado por “Darle sentido a la política de hoy” y que he continuado con “¿Crear un nuevo Estado?”, “Tres momentos de un proceso” y “Una vuelta al pasado” y que pueden consultar haciendo “clic” en cada uno de los títulos que he puesto. Estos artículos sin formar un todo, ni tener una concatenación coherente, están de alguna manera relacionados. Como se notará hay repeticiones de algunos puntos en los que me ha parecido necesario hacer hincapié. Hoy prosigo estas reflexiones.

Hace unos días en el vespertino Co-Latino salió un artículo de Julia Evelyn Martínez sobre el concepto gramsciano de “hegemonía” que me parece de gran utilidad en estos momentos y que de alguna manera puede completar a perfección esta serie de artículos. Las reflexiones que siguen tienen que ver en mucho con algunos puntos que allí se tratan.

Desde el primer artículo hice notar la perniciosa oposición que algunos pretenden erigir entre teoría y práctica. La necesidad de la teoría justamente se ha hecho sentir por la ausencia de un movimiento revolucionario en el país, esto que acabo de afirmar no es una paradoja, sino que la triste realidad en la que se vive hoy en el país. La ausencia de un movimiento revolucionario capaz se emprender una actividad dentro de la sociedad que cohesione a los trabajadores, que les dé los instrumentos conceptuales y prácticos para volver a participar realmente en la política real.

Maneras de hacer política

En estos momentos podemos ver que los partidos políticos se han enfrascado en luchas que muy pocos entienden su entero significado. Pues el enfrentamiento entre el FMLN y sus aliados GANA, PES y CN y la Sala de lo Constitucional se ha vuelto por razones poco manifiestas en un enfrenamiento entre partidos políticos, en el que se han invitado algunas organizaciones civiles. El patronato a través de ANEP y FUSADES pretenden defender la legalidad, la autonomía de la CSJ, el Estado de derecho, la Constitución. El FMLN hace lo mismo. Pero desacata los fallos de la Sala de lo Constitucional que son inapelables y recurre a una instancia regional para que venga a dirimir algo que no le concierne y para lo cual no ha sido creada, la CCJ. Con esto el partido de gobierno, en alianza también con el presidente Funes, muestran el poco interés que tienen por la soberanía.

Los partidos han movilizado a sus bases, las han lazado a la arena de los pleitos y esto a de nuevo ha venido envolver al país en una especie de polarización exacerbada en la que nadie escucha a nadie. Hubo incluso trifulcas durante una manifestación, hubo además despliegue de agentes del orden e incluso aparecieron francotiradores.

¿Pero lo que se alega es realmente el fondo del asunto? La Sala de lo Constitucional durante años estuvo engavetando las demandas de inconstitucionalidad de los ciudadanos, la actual se ha puesto a dar fallos. Pero esto fallos no han sido del agrado de la “clase política” en su globalidad. El triste episodio del decreto 743 y este actual muestran solo la mezquindad de la clase política, que busca mantenerse en un indivisible usufructo del aparato del Estado y de sus beneficios y hoy el FMLN quiere vengarse. El acuerdo para nombrar dos veces a los magistrados de la CSJ durante la misma legislatura, se hizo bajo la condición de una repartija de puestos. Esta repartija corre peligro: presidencia de la Asamblea y de las comisiones parlamentarias, puestos en otros organismos del Estado. Pues si las elecciones se anulan, ARENA entra a contar más, pues es el partido mayoritario y entonces el reparto es otro y esto puede voltear las alianzas.

Pero todo esto, como un sinfín de otros sucesos de esta naturaleza, no es una actividad política. Esto no concierne la vida de los ciudadanos. La mayoría de salvadoreños mira el espectáculo sin entender mucho, pero dándose cuenta que la clase política, esa casta que se reúne, se pelea en público, pero que en privado son “cheros, cheros” y comparten y departen diversiones y distracciones. Con esto los ciudadanos se apartan de la política, les parece que “hacer política” es conducirse de manera deshonesta y que en efecto para “meterse en política” es necesario tener muy baja moral. Esto es parte de la dominación de la burguesía sobre los trabajadores.

Una de las peores alienaciones

La reticencia que tiene la gente en “meterse en política” es precisamente una de las peores alienaciones que el Estado burgués le impone a los trabajadores. Primero empieza usurpando el poder, pues la gente se ve obligada a delegarlo, a entregarlo a los partidos políticos, a los hombres políticos. Lo que en el inicio era simple delegación, se vuelve propiedad de los partidos y de los hombres políticos. En esta desposesión un papel clave lo juega el mismo acto del voto, que se convierte en una especie de ceremonia que hay que cumplir de tiempo en tiempo. Son los políticos, los partidos políticos los únicos que tienen voz durante las campañas, el pueblo, el famoso “demos” no puede interferir, no puede sancionar. Pues el “juego político” le impone silencio, no puede destituir a sus delegados. Esta alienación que tan íntimamente está ligada al Estado, se opera afuera del Estado, en la sociedad. Porque las dominación de clase del Estado tiene repercusiones que van más allá de su ámbito, de sus instituciones.

Pero para cambiar esta realidad social es necesario que los que luchan por transformarla tengan la capacidad de cuestionar la dominación enajenante, de reducir e incluso invertir la dominación en su totalidad, en toda su amplitud y profundidad.

La cuestión de la hegemonía

Pero si nos planteamos de nuevo el problema del poder nos damos cuenta que aún si las condiciones nos permitieran un triunfo insurreccional esto no significa que se haya alcanzado todo el poder y sobre todo que se haya adquirido dentro de la sociedad lo que Gramsci llama la “hegemonía”. Pero ya hemos señalado que no estamos en ese tipo de situaciones, que en la situación actual, la lucha armada no es una opción actual y que nadie se la propone en el país. Se trata pues de iniciar otro tipo de “guerra”. Se trata de ganar esta guerra democráticamente, por medio de una lucha permanente en el terreno de las ideas, que tienen que conquistar los espíritus por su pertinencia, por la eficacidad de sus iniciativas. Se trata de conquistar el papel dirigente en la sociedad, en todos los terrenos sociales y algunas instancias estatales, como si se creara un doble poder político.

Se trata pues de ir conquistando progresivamente la hegemonía que al mismo tiempo puede conducir al poder con un consentimiento mayoritario real. No obstante esto descansa en una renovación de la política, ya no como pleitos entre estructuras partidarias (como lo vemos hoy) que buscan conservar el usufructo del aparato del Estado, que se ha vuelto en un fin en sí. Se trata pues de acabar con esa alienación a la que acabo de referirme, en la que la política inspira solamente desprecio y aborrecimiento.

Nuevas formas y nuevos contenidos

Esta renovación política incluye obligatoriamente inventarse las formas y los contenidos de la más amplia y activa participación de los ciudadanos en todo aquello que decide de su existencia social e individual, en el ámbito que sea. Esto le devuelve la dignidad a la política, le da un sentido concreto. Se trata pues de inventarse concretamente la democracia participativa, que está muy lejos de resumirse en referendos y plebiscitos.

Iniciativas en la que todos los habitantes de un barrio que, por ejemplo, exija la mejora del alumbrado eléctrico o la mejora del servicio de transporte. Se trata de que la gente se dé cuenta en deliberaciones concretas en dónde reside su interés. Si se logra imponer comités de barrio que puedan asumir el papel de gestores con sus propuestas y sus iniciativas. El presupuesto de una ciudad puede discutirse en estos comités. En estos comités se puede aprender a evaluar los costos, a saber definir prioridades, pero también se aprende a deliberar y decidir. Se aprende también la solidaridad, pues a veces hay que renunciar a sus propias exigencias para ayudarle a otros que están en peores condiciones. Cuando son los comités de todos los barrios los que deciden si es necesario crear una sala de recreo o una casa de la cultura, de una biblioteca, de una sala de reuniones, etc. se sale del clientelismo municipal. Pero hay otra cosa que se puede lograr es justamente el control de los gastos y la supervisión de la ejecución de los trabajos por los ciudadanos directamente concernidos.

Se imaginan que potencial puede resultar de todas estas iniciativas. Los ciudadanos asumiendo directamente las decisiones en los asuntos que les conciernen directamente. Hay aquí algo que de manera embrionaria aparece como una disolución del poder en toda la población. Aquí se trata apenas de un poder limitado, de un poder del Estado secundario, el municipal, y que depende aún de las decisiones del gobierno central.

Con esto aún no entramos a tocar al poder real, el poder dominador del capital. Pero no perdamos de vista que se trata de un proceso, de un proceso en el que la hegemonía se va conquistando poco a poco, en esta “guerra de posiciones” aparecen siempre nuevos y nuevos terrenos. El asunto es darle a la gente la posibilidad de intervenir, de dedicarse a meterse en política de otra manera, de una manera que le permite adquirir nuevos conocimientos y nuevas habilidades.

Con este tipo de iniciativas vemos como el Estado se diluye en la gente, pero se trata de una de las funciones del Estado. Se trata de la función administrativa, pero el Estado es también un instrumento de dominación política. Este segundo aspecto la ideología de la clase dominante trata de escamotearlo, de ocultarlo. Es aquí que surge la ilusión de un Estado neutro que expresa el interés general. El Estado como instrumento de dominación de clases debe fenecer.

13 julio 2012

Una vuelta al pasado


En estos años se ha repetido entre nosotros con suficiente frecuencia, que la conquista del poder político no confiere todo el poder, entendiendo que el poder real sigue en manos de la oligarquía. Esta constatación es justa, no obstante no ha dado como resultado ninguna reflexión sobre cómo debemos conquistar ese poder real.

Esta paradoja no debe extrañarnos. Pues en el país se ha contemplado siempre  teóricamente la toma del poder por la vía insurreccional, las otras vías eran paliativas a aquélla. Se daba por sentado que una vez lograda la victoria insurreccional toda resistencia al nuevo poder iba a ser imposible y que la estatización o nacionalización de los principales medios de producción se realizaría sin mayores trabas. Esto venía escrito con todas sus letras en los diferentes materiales del FMLN y de las organizaciones que lo componían. En esto no hubo divergencias.

Con los Tratados de Paz entramos a una nueva etapa en la vida política nacional. La situación ha cambiado de alguna manera. Los problemas sociales y económicos que condujeron a la guerra siguen sin resolverse, pero los atascaderos represivos que volvían sanguinaria la dictadura de la burguesía han desaparecido. La represión brutal y sistemática contra los oponentes se han suprimido, el partido que antes fue el opositor armado contra el régimen, pudo llegar al Ejecutivo a través de las elecciones. Nadie va ahora a cárcel por expresar sus ideas, ya no se tortura, los asesinatos de líderes políticos ya no son sistemáticos (me expreso de esta manera pues ha habido muertes sospechosas en torno a los movimientos contra la minería y otros casos). La actividad política puede ser pública y a nadie se le va a ocurrir acusar de subversivo a algún movimiento político.

Sistema polarizado

Claro que el país ha vivido durante estos años un sistema que se optó por llamar “polarizado”. En cierta manera lo ha sido, los dos partidos mayoritarios cuando se enfrentaban lo hacían —y en parte lo siguen haciendo— con cierta violencia verbal, durante las campañas electorales es necesario promesas y acuerdos de no agresión física, etc. Esta bipolaridad es de artificio. Lo hemos visto en acuerdos posibles y de por sí realizados entre ARENA y el FMLN. La política real sigue siendo la misma, hay continuismo en lo fundamental.

Los cambios habidos no nos han llevado a un régimen democrático burgués como los que existen en otros países. Se ha sospechado y casi comprobado que hubo fraudes, el aparato del Estado ha sido usado fraudulentamente en beneficio del partido en el poder, incluso con cierto descaro durante el último período presidencial de ARENA. Tony Saca uso de manera patrimonial los bienes del gobierno para su promoción personal. El gobierno actual ha sido menos oportunista en este sentido. Tal vez porque no es un gobierno monolítico, sino que es un gobierno de alianzas.

No obstante podemos afirmar que se puede llevar adelante un debate político entre los partidos políticos. Es posible también que los partidos políticos no encuentren escollos de ninguna naturaleza para dirigirse directamente a la población. Es decir no se plantea, no puede plantearse en estas circunstancias la toma del poder por la vía insurreccional.

Una utopía de soñadores

Pero si entramos de manera concreta a analizar el panorama político nacional nos damos cuenta que esa “apropiación de los medios de producción por los trabajadores asociados” de la que hablaba Marx, aparece hoy en día como una simple utopía de soñadores ingenuos. Es necesario constatar que si bien es cierto que en el discurso del FMLN hasta fechas recientes “el objetivo socialista” se mantenía inalterado e inalterable, pero en la actualidad en las declaraciones y en la práctica gubernamental, en la batalla política e ideológica el FMLN se ha transformado en un partido social-demócrata de derecha. A lo sumo promueve y reivindica medidas que alivien a algunas capas de la población más sufridas y marginadas. El objetivo socialista se ha engavetado y se proyecta volverlo a sacar dentro de cinco o seis presidencias. Es  lo que afirmaban cuando pensaban factible mantenerse en el poder más de una vez. Ahora la cosa es distinta, el panorama no es tan favorable para conservar el Ejecutivo, que no alcanzaron totalmente con la presidencia de Funes. Esto puede llevarlos a volver a sacar los manualitos del “marxismo-leninista” y radicalizar un tanto su discurso. Puede que se conformen con volver a polarizar su discurso y centrar sus ataques contra el partido ARENA, olvidándose convenientemente que GANA, PES y CN son también de derecha y que sostienen profundamente ideas de derecha y los intereses de la oligarquía.

En estos momentos todos los partidos se disputan el acceso al poder político. Hay dos que esperan sobrevivir manteniendo alianzas de conveniencia, ya sea con ARENA, ya sea con el FMLN, me refiero PES y CN. El tercer partido se perfila como una tercera fuerza, GANA en las últimas elecciones logró mantenerse como grupo parlamentario y colocarse como el punto de equilibrio de la balanza legislativa. Por el momento GANA prefiera al FMLN. Tal vez sea que sus antiguos compañeros de ARENA aún no quieran reconciliarse con los prófugos que crearon el nuevo partido. Esta separación puede mantenerse pues el expresidente Antonio Saca pretende ser el candidato de GANA. Esto convierte a este partido en un anfibio, partido del expresidente y del presidente actual. Pues Funes ha abandonado la idea de crear su propio movimiento, en realidad ha reconocido su fracaso en crearlo. Es por ello que ha realizado entre bambalinas un acercamiento con los dirigentes de GANA para poder seguir en vida políticamente al abandonar la presidencia y tal vez mantener posible su retorno a la presidencia.

En este panorama sucintamente descrito, los trabajadores no tienen su propio representante, su propio partido. Hay pues un vacío enorme en la política salvadoreña. Desde finales de los años veinte del siglo pasado, hubo en permanencia en el país una corriente revolucionaria organizada. En esas décadas el PCS (Partido Comunista de El Salvador) asumía la tarea de representar los intereses de los trabajadores. Pero este partido tuvo una cortísima vida legal, durante toda su vida ha sido un partido clandestino y el principal blanco de la represión del Estado. En su actividad clandestina logró organizar a ciertos sectores de los trabajadores en sindicatos, que también sufrían todo el peso de la represión.

La ruptura en el PCS

En los años sesenta, después del triunfo de la Revolución Cubana, surgió de manera imperiosa la necesidad de determinarse sobre las vías de la revolución. Hubo entonces en todo el mundo una discusión en torno a este tema, sobre todo en el Movimiento Comunista Internacional. El PCS opta en esos años una posición ambigua, por un lado se muestra favorable a la lucha armada cómo única manera de llegar al poder, pero al mismo tiempo en su seno muchos dirigentes alegan la imposibilidad de llevarla a cabo, por razones geográficas. Es en estos momentos que va a surgir una tendencia reformista en el seno del PCS, es la que va a vencer e imponer su política a pesar que el Secretario General tiene otra visión, muy distinta. Es desde entonces también que las actitudes oportunistas se van a manifestar.

A finales de los sesenta, durante la última Conferencia Internacional de Partidos Comunistas y Obreros que tiene lugar en Moscú, en junio de 1969, se va a marcar el fin real del Movimiento Comunista Internacional. En esa conferencia participa como jefe de la delegación salvadoreña, Salvador Cayetano Carpio. Es en esa Conferencia que van a salir a la superficie las contradicciones entre las diferentes concepciones de lucha. A partir de ese momento, se van a fijar posiciones que van a permanecer invariables hasta la aparición de la Perestroika y luego el derrumbe del Socialismo Real. En El Salvador se produce un sisma. Este sisma se origina sobre el tema de la lucha armada. Entre los que la creen posible y los que no tienen intenciones de emprenderla. Surgen es ese momento un nuevo partido político. La corriente oportunista mayoritaria se mantiene en el PCS y la otra tendencia revolucionaria se consolida en torno de las FPL. Este punto de la historia es importante. Porque no solamente se trata de una ruptura entre personas, se trata de dos concepciones que van a enfrentarse hasta el día de hoy.

Los movimientos guerrilleros

La tendencia mayoritaria en el seno del PCS va a dedicar buena parte de su actividad política a denigrar a las FPL, en esto se une a la dictadura y retoma su vocabulario para atacar al incipiente partido revolucionario. Pero por otro lado, en el discurso mantienen como opción la lucha armada, pero señalando que las condiciones objetivas y subjetivas aún no están dadas. Esta posición va a durar hasta finales de los años setenta. Mientras tanto surge asimismo nuevas organizaciones, el ERP y luego como una escisión del ERP, la Resistencia Nacional. Desde 1975 comienza a organizarse el Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos (PRTC), las secciones salvadoreña y hondureña fueron las que tuvieron mayor importancia, no tuvo existencia en Nicaragua.

Este recuento es necesario hacerlo y es necesario volver sobre él tal vez de manera más sistemática pues hasta hoy es un momento importante, hasta tal punto que en su libro “Comandante Ramiro”, José Luis Merino se dedica a una tosca caricatura y continúa con sus ataques calumniadores contra Salvador Cayetano Carpio. Uno de los puntos falsos en su narración es la desnaturalización del conflicto interno en el PCS, pero sobre todo la real actividad de las FPL, sobre todo como la mayoría que se refieren a este período, oculta los puntos estratégicos fundamentales que los separaba. Las FPL no surgen como un grupo guerrillero, ni con una estrategia militarista, al contrario surge como partido político que va a organizar la lucha armada, con una estrategia de movilización de masas. Las acciones de masas cobran en aquellos momentos mayor importancia que la lucha armada, que entonces es apenas embrionaria y esporádica. Lo que oculta en su relato J. L. Merino es que él mismo y su grupo de dirigentes del PCS atacan y denigran a los movimientos reivindicativos de las organizaciones de masas de las FPL y del ERP.

Pero las luchas callejeras, las luchas de masas cobran cada día mayor auge, mayor vigor, al mismo tiempo la represión se vuelve más intensa y sanguinaria. El PCS fracasa en su estrategia golpista, no logra tampoco llegar al poder por las elecciones a través de la UNO. Estos fracasos lo incitan a dar un golpe de timón y se convierten a las tesis de la lucha armada. Es así como entran y participan en la creación del FMLN. Este grupo del PCS se va a volver hegemónico en la dirección del partido político FMLN que va a crearse con los Acuerdos de Paz. Poco a poco sus posiciones reformistas vuelven a dominar y es esto esencialmente que ha dejado sin organización propia a la tendencia revolucionaria. Las transformaciones ideológicas en las FPL después de la muerte de Salvador Cayetano Carpio es otro capítulo de la historia que aún no se ha escrito.

Un nuevo partido revolucionario

Es por eso que se plantea ahora la urgencia para los trabajadores la creación de un partido revolucionario. No se trata de cualquier partido, sino que de un partido que se proponga la transformación de la sociedad capitalista, su superación. No se trata de entrar a la lucha electorera para participar en la maquillaje de la sociedad de clases. No estoy diciendo que no se pueda participar, pero por el momento no es una tarea prioritaria. Se trata ahora de reconquistar el terreno perdido, las ideas revolucionarias han ido desapareciendo en los análisis sobre nuestra realidad, la actividad politiquera de componendas y arreglos ocultos es lo que domina ahora la política. Es pues urgente introducir nuevos criterios que retomen los intereses de los trabajadores como tarea principal y defenderlos, imponerlos.

Pero esto no es sencillo. Pues justamente las fuerzas revolucionarias están desperdigadas, algunas permanecen a pesar de todo en el FMLN, pero neutralizadas por la camarilla dirigente. Hay otros puntos, pues hasta ahora se ha considerado en nuestro país que para ser revolucionario es necesario llevar adelante la lucha armada. Al principio de este artículo he señalado que las condiciones han cambiado, que el partido revolucionario tiene que optar por una nueva estrategia. Es por ello que surgen problemas teóricos inaplazables que tienen que plasmarse en la realidad, en la actividad revolucionaria.

Uno de estos problemas es: ¿qué tipo de organización? Hemos visto en varias ocasiones como el verticalismo ha engendrado partidos compuestos por una cúpula que decide de todo y de militantes que sólo ejecutan y hemos visto a qué fracasos históricos esta forma de partido ha llevado. Pero al mismo tiempo es necesario también determinar en qué consiste ser revolucionario hoy, en estas circunstancias.

Por supuesto que estas preguntas son de urgente solución, pero no son fáciles de resolver, pero al mismo tiempo no se puede esperar llegar al término de estos problemas teóricos para emprender prácticamente la organización del nuevo movimiento. Existen grupos de jóvenes que se reúnen a estudiar, otros de trabajadores que también piensan en la necesidad de nuevas organizaciones, otros que han mantenido estructuras de antes, todos estos grupos no son homogéneos, es necesario que a pesar de esto, se tienda a federarlos.

Lo importante es que aparezca un movimiento social que asuma la defensa de los intereses de los trabajadores. Sin este movimiento no podrá avanzarse en la obtención de nuevos derechos laborales y sociales en el país.

(Sigue)




05 julio 2012

Tres momentos de un proceso


El tema del artículo anterior tal vez aparece sobre todo en su aspecto estrictamente teórico y no se perfilen sus aspectos prácticos. Es decir que algunos pueden pensar que el tema se aparta mucho del vivir diario de la gente. No obstante el Estado de manera inmediata nos determina en cada paso de nuestra vida. Así que entender el carácter del Estado tiene implicaciones en asuntos de la táctica y de la estrategia políticas.

En la concepción del Estado de Marx podemos percibir una distinción que ha heredado del pensador francés Saint-Simon. Esta distinción señala que además del aspecto de “administración de las cosas”, el Estado asume el papel de “gobierno de los hombres” y es aquí que aparece como potencia de dominación multiforme históricamente engendrada por el antagonismo de clases, esta potencia se presenta separada de la sociedad y concentrada en el aparato de coacción violenta o persuasiva por encima de ella; esta potencia ha sido desarrollada de continuo por las sucesivas clases pudientes, poseedoras, en tanto que instrumento de dominación, disfrazado en la encarnación del “interés general”.

Ante este “Estado político” Marx nos propone un proceso con tres fases íntimamente ligadas: la conquista del poder político por la clase obrera. Esta conquista es una condición decisiva para emprender y operar la transformación de la base económica de la sociedad. La otra fase es la destrucción del aparato estatal de opresión burgués a través de la instalación de la dictadura transitoria del proletariado que instaura la primera democracia verdadera para el pueblo y el inicio al mismo tiempo del perecimiento del Estado en todas sus dimensiones alienadas y alienantes, es así que los hombres comienzan a volverse dueños de sus propias opciones.

Todos sabemos que la perversión estalinista volvió este proceso en un estancamiento, convirtiendo, en su teoría, como el único o primordial objetivo la conquista del poder político. Los socialdemócratas han convertido este proceso en la toma del poder político dentro del mantenimiento del Estado de clases.


El FMLN es un partido de derecha


En nuestro país esta toma del poder ha sido el objetivo exclusivo y fue el que algunos pensaron poder alcanzarlo a través de varias vías, incluido el putsch. El poder político no confiere de hecho todo el poder. Pero nosotros en el país nos encontramos en una situación política y social que la conquista del poder político por la clase obrera se ha vuelto imposible, pues para ello la clase de los trabajadores necesita estar organizada en partido político. En artículos anteriores he insistido en el carácter reformista y socialdemócrata del FMLN, pero se trata de una variante tan oportunista, tan alejada de los intereses de los trabajadores, que podemos simplemente afirmar que se trata de un partido de derecha. En esta coyuntura de ataques a la institucionalidad republicana el FMLN y sus diputados interpretan el lamentable papel de los malos de la película. Sobre esto se ha escrito y opinado ya mucho y los parlamentarios y dirigentes efemelenistas se empecinan en imponer sus opciones, defendiendo sus intereses partidarios. Sus argumentos sofísticos y sus alianzas con GANA y los restos mortales de la Democracia Cristiana y del PCN que reviven y mantienen en una especie de “coma político”. El presidente Funes ha mostrado una vez más su tamaño moral, que el infinitamente pequeño bosón de Higgs parece un Himalaya. Este presidente se lo debemos al FMLN y a todos que pensaron que llegar al ejecutivo era lo primordial, lo fundamental.

Ante una situación de ausencia de un partido revolucionario, de un partido de los trabajadores, con una pérdida generalizada de la conciencia de clase, de una baja en la combatividad de los trabajadores se impone pensar seriamente en crear un nuevo partido y pensar seriamente en su estrategia. Deben pues entrar en consideración la forma-partido (concepto introducido por el filósofo francés Lucien Sève), pues ya hemos visto como se ha desvirtuado la forma del centralismo democrático para convertirlo en un centralismo autocrático. Este centralismo tuvo además como corolario un secretismo, una práctica compartimentada en la que la información y la formación política se volvían moneda de cambio de privilegios partidarios. La información, el conocimiento eran propiedad de la cúpula partidaria, que la usaba para doblegar las bases, para mantenerlas oscuramente sumisas.

En este tipo de partido los dirigentes se vuelven la voz suprema, son los que deciden de todo y lo imponen disfrazándolo en opinión de todos. Cuando en el FMLN se dice “el partido ha decidido”, no se refiere al conjunto de miembros, sino a una docena de personas que por lo general no contradice a un trío de mandamases. En el FMLN todo ha sido puesto bajo control de la dirección, nada puede decidirse afuera del órgano supremo, la Comisión Política. El resto de instancias pueden apenas confirmar, corroborar, aprobar. Esto lo hemos visto durante el nombramiento de candidatos a diputados y a las municipalidades. Ahora con el nombramiento de Salvador Sánchez Cerén que fue decidido a tres, el interesado, Medardo González y Jorge Luis Merino. El resto de dirigentes como en una organización mafiosa le han besado el anillo al ungido. La famosa “vanguardia del proletariado” en El Salvador se reduce a estos tres personajes insignificantes de nuestra tragicomedia política.

El desprecio que han mostrado con sus propias bases lo han mostrado respecto a sus electores. Y en estas semanas hemos visto que sus intereses caprichosos por unos cuántos puestos pueden violentar la Constitución que prometían respetar, Handal iba repitiendo “la Constitución, toda la Constitución”. Hoy los vemos acudir a una desprestigiada Corte Centroamericana para que interfiera en nuestros asuntos, para que les permita cometer un golpe de Estado contra la Sala de lo Constitucional. El partido que tiene en sus siglas “para la Liberación Nacional” pisotea la soberanía. Vemos pues en qué puede terminar una forma-partido que ignora la voluntad de sus militantes, que se despreocupa de su formación, que no tiene como principio la constante deliberación, la participación en las decisiones. Es necesario pues que el nuevo partido defina su organización tomando en cuenta todo esto, que es urgente echar por la borda para siempre ese verticalismo que ha dado como consecuencia una fe ciega en el jefe, en el líder, en el líder vuelto ídolo. Es necesario inventar nuevas formas transversales, horizontales.

El milagroso día de la victoria


Pero esto se refiere al funcionamiento interior, pero el funcionamiento hacia afuera, hacia los trabajadores también tiene que cambiar. Cuántas veces hemos repetido que es el pueblo mismo que tiene que liberarse, que es el pueblo mismo que tiene que construir la sociedad futura, a partir de sus propias aspiraciones. El partido es un instrumento popular, no es pues un organismo que remplaza al pueblo.

En estos momentos el partido es necesario sobre todo que hemos sufrido una despolitización de nuestra sociedad. Lo que ocurre en la “esfera política” son prácticas politiqueras, un remplazo de la política real por intrigas, madrugones, componendas, confabulaciones y negociadas. Es a esto que se le llama en nuestro país “política”. Pero la política es ocuparse de los problemas de la ciudad, de la polis. Los problemas de la vida cotidiana de la gente.

Estos problemas, en nuestro país, presentan un carácter de urgencia, cuya solución tiene que venir ahora, pues sin ella la vida se vuelve cada vez más imposible. Pero estos problemas tienen además un carácter crónico, se repiten, son antiguos, son parte de nuestra vida. El sistema económico, político y social dominado por la oligarquía ha sido incapaz de aportar ninguna solución. Esta dominación al contrario en vez de aportar soluciones agrava la situación. Estos problemas abarcan a todas las capas de la población y cada momento de nuestra vida, desde el nacimiento hasta la muerte. Es decir que no se puede pues esperar que llegue el milagroso día de la conquista del poder político, un maravilloso triunfo electoral de algún ídolo o de algún partido que se propone cambiar las leyes fundamentales.

O sea no se trata pues de un proceso que se inicia con un momento cumbre, sino que de un proceso permanente en el que las transformaciones sociales se preparan en la práctica social, en la que la dominación de la burguesía tiene que irse combatiendo día a día. Y en esto tienen que participar todos los que sufren la opresión. Los cambios, las transformaciones tienen que adquirir el carácter de necesarios en la cabeza de las personas, es necesario que las ideas de transformación social se vuelvan dominantes, es decir que esto se convierta en la hegemonía, tal cual lo concebía Antonio Gramsci.

                                                                                                              (Sigue). 

01 julio 2012

¿Crear un nuevo Estado?


¿Qué puede significar ahora, en El Salvador, crear un nuevo Estado? Es a lo que llama desde hace algún tiempo Dagoberto Gutiérrez. Por el momento aún no queda claro en qué reside la novedad del Estado que nos propone. Es cierto que cuando caracteriza al Estado actual revela con palabras bastantes justas su carácter clasista al servicio de la oligarquía. Esto nos induce a pensar que el nuevo Estado que nos propone debe superar al Estado oligárquico, no obstante surge aquí la cuestión inmediata ¿en qué consiste la superación de un Estado de dominación clasista?

Durante todo el siglo veinte, en la reflexión sobre el nuevo Estado, se manejó el concepto de “dictadura del proletariado”, en torno suyo se fueron definiendo ortodoxias y reformismos. Poco a poco este tipo de dicotomías se fue amenguando y muchos que procedían a exclusiones y a definitivas condenas, han llegado a la conclusión que la “dictadura del proletariado” se impuso en la Rusia soviética a partir de las circunstancias concretas del inicio del siglo XX en ese país y por la correlación de fuerzas internas (guerra civil) y externas (agresión de las potencias imperialistas y la continuación de la  Primera Guerra Mundial) en que se desempeñó el partido bolchevique.

El problema fue que de “dictadura del proletariado”, el Estado soviético se convirtió en simple dictadura de un partido y de su Secretario General, José Stalin. Desde finales de los años treinta el régimen estalinista inició el sistemático desmantelamiento de los órganos del partido y el asesinato también sistemático de los principales dirigentes bolcheviques. Las principales y primeras víctimas de la represión estalinista fueron los mismos miembros del partido, los que podían realmente oponerse a su dictadura. Luego vino una empresa de demolición de la teoría marxista y la deformación estalinista se convirtió en el catecismo anquilosado de la Internacional y de los partidos comunistas. Algunos partidos occidentales y teóricos a partir de finales de los años cincuenta recobraron una especie de libertad relativa para pensar de nuevo la teoría. Pero la deformación estalinista prevaleció en muchos partidos, los dogmas siguieron remplazando al pensamiento dialéctico y muchos siguieron prefiriendo los manuales a la atenta y aplicada lectura de las obras marxianas y engelsianas.


El perecimiento del Estado


Hay un punto mayor en la teoría marxiana del Estado que se silenció durante décadas por la influencia del dogma y de la dictadura estalinista, se trata del concepto del “perecimiento del Estado” en la sociedad sin clases. Como consecuencia de esto el socialismo que era un momento transitorio se convirtió casi en sociedad permanente y no como lo pensó Marx, una etapa inicial y transitoria hacia el comunismo. El Estado socialista en vez de iniciar su perecimiento se fue agrandando en un monstruo omnipresente y sofocador.
Por otro lado Marx sufrió sobre este punto y otros más los ataques de los ideólogos burgueses e incluso de algunos “marxistas”. Se afirma simplemente que Marx entendió mal el Estado, que no supo valorar lo político, ni lo jurídico y sobre todo dejó de lado lo esencial, el poder. Muchos se valen de la dictadura estalinista para rebatir el planteamiento de Marx. Pues la realidad fue superior a lo que la teoría suponía y el Estado socialista en vez de desaparecer se fue fortaleciendo hasta invadir toda la sociedad con el más cruel despotismo.

Pero hay algo más que le oponen a Marx, con el perecimiento del Estado se perderían todos los principios de la república, las ventajas de la democracia parlamentaria, los beneficios del Estado providencial, todas las garantías del Estado de derecho. No obstante en El Salvador hemos entrado en una crisis profunda de las instituciones mismas: un parlamentarismo que viene mostrando sus límites, un sistema que no consigue un funcionamiento armonioso de los poderes y el rapto que han operado los partidos políticos de todo el aparato del Estado. Es en este marco que Dagoberto Gutiérrez habla de un nuevo Estado.


Reparar o superar al Estado oligáquico


No obstante es aquí que aparece la pregunta crucial. ¿Gutiérrez nos propone sacar de su crisis al Estado oligárquico dejando intacta la dominación de clase o se trata de salir de esta crisis superando el Estado opresivo de la oligarquía? Si se trata del primer caso no se desemboca en un nuevo Estado; sino que en un Estado reparado para que la oligarquía prosiga su dominación sobre toda la sociedad salvadoreña. Si se trata de superar el Estado oligárquico, entonces se trata de construir un Estado esencialmente muy distinto al que sufrimos ahora. En el primer caso basta con una reforma constitucional, depurar algunas leyes, limitar la desviación partidocrática que impera ahora en el país.

La segunda vertiente de la alternativa nos conduce a repensar de nuevo la concatenación de la sociedad y el Estado. Si el nuevo Estado debe dejar de ser el Estado de dominación de la oligarquía, entonces esto significa que Dagoberto Gutiérrez nos está invitando a cambios revolucionarios en el país, nos está invitando no solamente a separarnos del Estado oligárquico, sino que también a transformar las relaciones económicas y sociales en el país.

Esto nos obliga entonces a preguntarnos si en estos momentos nos encontramos ante una situación revolucionaria en El Salvador. A esta pregunta podemos respondemos simplemente que no, la mayoría de nosotros está convencida que esa es la cruda realidad. Entonces volvemos a la pregunta inicial: ¿Qué significa ahora, en El Salvador, crear un nuevo Estado?