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23 julio 2006

Reflexión sobre la creación

La función del arte

Es una evidencia que el arte cumple alguna función dentro de la sociedad. Lo digo así, tanto por su permanencia, como por el afán que han manifestado los hombres por encontrarle una finalidad. No es necesario trazar aquí el gigantesco panorama de las poéticas que han existido a lo largo de los siglos, además eso sería una tarea demasiado grande para mí y fuera de propósito para el alcance que le doy a este escrito. Mis consideraciones serán estrictamente políticas, al afirmar esto, no estoy diciendo partidarias. Me refiero que el arte surge y se desarrolla en el seno de la sociedad. Se trata pues de un fenómeno social y por lo tanto histórico, esto nos lleva a concluir que el arte es un fenómeno moviente, dinámico. Asimismo la actitud de la gente ante este fenómeno no ha sido la misma al correr del tiempo, ni tampoco única. Incluso muchas luchas ideológicas han atravesado justamente las sociedades tratando de encontrarle una función y una finalidad al arte. Muchas ideas sobre el arte se han plasmado artísticamente. El arte mismo y su interpretación han sido lugares de batallas ideológicas. ¿Nuestro tiempo escapa a estas batallas? No lo creo.
Como todo fenómeno social —recorrido por todas las tensiones sociales— el arte no es simplemente un objeto, desde el momento que su existencia como tal implica otros hombres además del creador, necesariamente concluimos que el arte es una relación humana. El arte no es sólo el producto de la actividad del artista, el espectador o el lector participan en el cumplimiento de la obra. El cumplimiento de la obra de arte es su exposición, es decir, su puesta ante el público. Esta puesta ante el público es también un fenómeno histórico, una institución social, no es un simple acto individual, una decisión personal del artista, la implica, es evidente, pero no la completa. La decisión personal del artista de exponerse es una condición necesaria, pero no suficiente, los lugares del encuentro del artista con su público son sociales, son históricos, cambian con el tiempo. Y el tiempo les impone su impronta. Para poner algunos ejemplos, Homero y otros poetas griegos se enfrentaron directamente al público, su creaciones fueron recitadas antes de ser escritas en pergaminos. Las obras medievales se presentaban también a viva voz, aunque su divulgación fuera primero por escrito. La aparición de la imprenta va a cambiar el modo de presentar las obras. Incluso la lectura en voz alta va ir desapareciendo poco a poco y la lectura silenciosa va liberar la creación de algunas obligaciones mnemotécnicas.

Lo individual y lo social

Las condiciones de la creación artística reúnen aspectos de la historia individual, como aspectos sociales generales. De seguro podría conformarme con señalar que todo individuo, por muy particular que sea, es el producto de su época. Pero esta verdad es demasiado universal, abarca tanto que nos priva justamente de atender lo particular, lo que le confiere al objeto artístico su irreductible estatuto de obra única. Este estatuto procede de la irreductible personalidad del artista. No entro aún en esto a consideraciones estéticas. No obstante es innegable que desde el primer momento, desde la primera intención de un individuo de crear un objeto de arte, se encara el momento valorativo: crear es descartar para optar.
Descartar y optar son las faces de la misma moneda, se ejecutan en el mismo acto. La gama de opciones que se presenta ante un artista está determinada por el momento histórico. Al acto de optar —al de elegir un posible para realizarlo— se suma la función valorativa que va más allá del simple acto y que introduce lo estético y lo ético. El artista en la intimidad de su acto creativo no se enfrenta ante posibles personales, la combinación que haga de los posibles puede ser sumamente personal, pero éstos son eminentemente sociales, históricos. El acto de optar lo une a la historia, lo compromete con el instante, con la circunstancia. Negarle al acto creativo compromiso, es enajenarle los momentos estético y ético. Optar implica valorar. Valorar implica elegir entre posibles y esto último es tomar partido. Toda elección es una toma de partido. El artista consciente o inconscientemente opta en vista de la obra acabada y del posible cumplimiento de la obra frente al público. Durante todo el proceso creativo el artista se enfrenta a la finalidad, a la función de su obra.
Indiscutiblemente el acto creativo es sumamente íntimo, personal, único. Las opciones lo son también por mera consecuencia. No hay pues ningún arte, ninguna obra de arte que no sea el resultado de un compromiso con las opciones hechas. La obra es el producto final de todas las opciones realizadas, opciones estéticas, que encontrarán o no asentimiento en el público. El desacoplamiento estético entre las opciones del artista y su público no significa imperativamente que el artista se haya equivocado. Muchos innovadores, muchos creadores no tuvieron momentos de gloria con sus contemporáneos. Lo mismo suele pasar con las opciones éticas.
Podría pensarse que al hablar de los momentos estético y ético reparto cada uno de ellos entre la forma y el contenido respectivamente. No es esa mi visión. Ambos momentos los vinculo con el objeto integral de la creación artística. El universo o el mundo que cobra forma dentro de la obra de arte no es un simple espejo tendido a la sociedad por el artista. La visión estética y ética del autor se plasma en la obra y está presente en cada opción hecha por el artista. Este proceso no es obligatoriamente consciente.

Simple diversión o acto cultural

Resulta superfluo afirmar que el artista pretende ofrecernos una obra acabada y que ha buscado armonía, equilibrio, belleza. Superfluo es también afirmar que el público acude a la obra para compartir lo encontrado por el artista y busca el regocijo, el goce estético, pretende deleitarse. Lo que no es superfluo es desmenuzar el significado de estos dos momentos de la obra, el momento íntimo, personal de la creación y el momento público, social del arte. Los artistas pueden tener muy diferentes objetivos cuando emprenden la creación de una obra de arte. Incluso el grado de consciencia de esos objetivos es también muy diferente. Aquí existe una gama muy variada de actitudes y grados de consciencia y entregarnos a una fenomenología de la creación artística nos parece de alguna manera imposible e incluso inútil. Imposible pues sería necesario para ser objetivos inquirir lo que cada artista siente o presupone sentir, confiar en que sus "confesiones" sean sinceras o simplemente fiables. He usado el verbo sentir, pero de inmediato se me ha ocurrido que también sería necesario analizar su pensar. Si uso aquí el infinitivo es para subrayar lo que tiene de proceso esta actividad. Su inutilidad se desprende de la imposibilidad.
No obstante ¿podemos afirmar que esa gama de actitudes es infinita, que no tiene asideros sociales, que no existe ninguna base común? Nos es permitido pensar que esta comunidad existe y que está determinada por las circunstancias históricas en las que el artista emprende su creación. En estos momentos, en que el dominio universal del capitalismo ha convertido el libro en mera mercancía, cuyo valor mercantil se determina por el mercado y su vida en el mercado se determina por la voluntad de obtener el máximo beneficio en el tiempo más corto, no podemos negar que esto influye de una o de otra forma en el contenido de la obra y en la actitud del artista.
¿Cómo influye en el momento creativo, en el momento íntimo de la toma de decisiones estéticas y éticas? Esta pregunta tiene de seguro sus respuestas. Respuestas múltiples y variadas que dependen de la aceptación o no del carácter mercantil de la obra de arte. No se trata pues simplemente de saber si el arte es una diversión más o si es una obra cultural que tiende no sólo al solaz del público, sino también a la recreación de personalidades, a la asunción de valores humanos que favorezcan el florecimiento de la persona.
Carlos Abrego

06 julio 2006

Un cuento

Ningún desenlace

Carlos Abrego

Las sombras de la noche bosquejaban los árboles del parque. La luna parecía definitivamente ausente. De vez en cuando la brisa se acercaba al murmullo de las ramas y refrescaba el apretado paso de los últimos transeúntes. Un hombre sentado en uno de los bancos cercanos al quiosco tenía la apariencia de un bulto abandonado por simple descuido. Tal vez esperó inútilmente durante muchas horas, pero él sabía perfectamente que ya nadie, ni nada lo aguardaba. Aquel día lo vieron merodear sucesivamente por el Modelo y en las cercanías de la Mariano Méndez, luego alguien, cerca del hospital San Juan de Dios, le advirtió, en una bocacalle, que la alcantarilla no tenía tapa. Sonrió y casi se disculpó por su inadvertencia.
Su vestimenta no dejaba entrever ninguna venida a menos, sólo un deslustre tal vez podía sugerirlo. Su andar tampoco era el de alguien que luce desgano por la vida o que denuncia su maltrato. La expresión de su rostro era dura, pero no agresiva. No obstante algo había en él que movía a una leve compasión, a mostrarse prevenido con él. Desde hacía algunos días había vuelto. Se hospedó en un cuarto de pensión, por San Lorenzo. Muy pocos lo reconocieron o creyeron reconocerlo. No buscó el trato con nadie, entraba en los almacenes, tiendas, cafés saludando como se acostumbra y se despedía de igual modo.
Su regreso parecía tener un objetivo muy preciso, por lo menos fue lo que se pensó al principio cuando apareció por primera vez en el patio de la Alcaldía. Algo se dijo de su pasado y del día de su fuga. Aunque para muchos esa era una palabra manchada por el tiempo, ahora los que se acordaron de lo sucedido prefirieron esquivar las miradas y las posibles preguntas. Luego la gente se acostumbró a verlo recorrer las calles con el mismo paso y sin ningún propósito determinado, por lo menos en apariencia. Alguien sugirió que el tiempo le había borrado de la memoria las calles y sus nombres y que sus caminatas eran un esfuerzo por revivir lo que ya no volvería.
Se supo que recibió una visita en la pensión, ya de noche. Ningún detalle que pudiera darle carnes al rumor vino a alimentar la curiosidad de todos. Fue entonces que se sugirió que sus paseos sí tenían finalidad, mostrarse y hacerse ver. Los interesados iban a enterarse y a darse por entendidos. Eso explicaba la nocturna visita.
Ahora era extraño verlo ahí sentado en el banco del parque. Cuando llegó comenzaba a vaciarse de todos los vagos que permanecen ahí durante el día y de los vendedores de sorbetes y helados que tratan de juntar sus miserables cabos. Ninguno le prestó atención. La gente se ha acostumbrado a las vestimentas foráneas, su camisa cuadriculada era de colores menos floridos que los que suelen usarse en el trópico, el corte del pantalón algo tenía, tal vez los pliegues o los bolsillos, que los distinguía de los que se confeccionan aquí. Sólo eso podía delatarlo como alguien que acababa de regresar, su paso fue decidido, su manera de sentarse podía insinuar que acostumbraba a venir todos los días. Antes, ya hace años, los jueves había conciertos en el Menéndez y muchos venían temprano a sentarse alrededor del quiosco. Luego vino la guerra y acabó con los conciertos. La noche entró oscura y de repente. El último terremoto derribó el campanario del Calvario y las horas pasan ahora en silencio por el parque.
En algunos hogares ya se comentaba que el recién venido estaba en el Menéndez y que ahora se sabría a ciencia cierta cuáles eran los reales motivos de su regreso, de sus largas caminatas por las calles de la ciudad. Su silenciosa actitud había incomodado a muchos, algunos esperaron que iba a estrecharles la mano con efusión, tratar de recordar aquellos tiempos, los de antes, cuando aún uno no se había acostumbrado a encerrarse desde temprano, sobretodo ahora sin ningún motivo alegable. Pero ahora los que podían recordar con él alguna cosa ya eran pocos y casi todos temían que el hombre quisiera arreglar cuentas, arrancar inútilmente las costras y remover heridas. El pasado es el pasado.
Al día siguiente, alguien se acercó y trató de despertarlo. No lo consiguió, llamó auxilio. El forense fue parco, paro cardiaco. Los funerales los organizó una compañía cuyos empleados guardaron silencio sobre los deudos que encargaron la ceremonia o tal vez lo ignoraban. En todo caso, después las cosas volvieron a su sitio. La gente lo fue olvidando y ya nadie volvió a esperar ningún desenlace.

25 junio 2006

¿Hacia donde vamos?

La plaza de la vergüenza

Por Carlos Abrego

Con la inauguración, en Antiguo Cuscatlán, de una plaza con el nombre del jefe de asesinos, del fundador de los Escuadrones de la Muerte, el partido en el poder en El Salvador, asume plenamente su pasado y le envía a la nación un mensaje de graves contenidos. Su negativa de derogar la ley de amnistía alegando que de nada vale mirar hacia el pasado, pues sus ojos los tienen fijos en el futuro, pudo interpretarse que tenían alguna vergüenza de asumir su pasado, que rehusaban ser mezclados con los que cometieron las atrocidades durante la guerra. No es el caso. Ellos asumen pues como suya la historia de asesinatos cometidos durante tantos años en nuestro país, la asumen como herencia, la revindican. No es otro el significado de la presencia del presidente en ese acto.

No obstante es urgente levantar la voz para decirle que él estuvo ahí como jefe de ARENA y no represéntandonos a todos. Estuvo como heredero de los fascistas que ensangrentaron al país. Los gritos que hizo corear el presidente lo ponen al nivel de su estatura.

El ultraje que le han lanzado a todas las víctimas de los Escuadrones de la Muerte es una muestra más de la trágica estupidez de nuestros reaccionarios. ¿De qué libertad habla Saca? La que se arrogan de ser los dueños del país, la de no soportar que se pueda tener otras ideas que las suyas, la de no aceptar que se pueda exigir justicia. ¿Si tan alto creen que es el destino nacional del asesino en jefe, por qué se niegan abrir los tribunales que le den justicia?

El presidente Saca tal vez cree que la historia se escribe con spots publicitarios y que la verdad se oculta con patrañas. La exaltación del crimen no puede conducir a la conciliación, a la armonía que tanto pretenden exigir. Después de insultar a una familia sufrida al no querer pedir perdón públicamente por las hermanas Serrano, el presidente se negó a ir a Chalatenango. Entonces se trataba de pedir perdón en nombre del Estado. La ausencia del presidente en el acto, el incumplimiento de lo que una instancia internacional exigía y las sucesivas tergiversaciones ya habían dejado claro el mensaje que le enviaban al país y al mundo.

No he podido desligar el rechazo de pedir perdón a los familiares de las hermanitas Serrano y este ultraje a la nación. En ambos casos el partido en el poder, con sus ministros y su jefe asumen la historia de los crímenes cometidos y se comportan en consecuencia.

¿Qué argumento van a encontrar para seguir negando abolir la ley de amnistía? Pues con esa plaza de la vergüenza la derecha ha vuelto su mirada hacia el pasado para asumirlo. Que acepten también los tribunales.

Al asumir como herencia los crímenes cometidos durante la guerra, pues con esa plaza no se trata de otra cosa, ¿podemos hacerles confianza para que acaben con la violencia de hoy? La violencia actual les sirve para agravar leyes, para atacar a los jueces, para reactivar escuadrones, para limitar los derechos. No sé si se dan cuenta que es a ese partido, que algunos diputados le entregaron las riendas de la Corte Suprema de Justicia y con ello el control completo del Estado.

Nos estamos encaminando hacia momentos de fuertes confrontaciones, de nuevo la arrogancia de los poderosos se va a manifestar con toda su violencia. Cada vez más van a confundir su codicia con el interés nacional y al que se oponga a esa confusión, al que les niegue el derecho de considerarse los dueños del país, al que no admita que entreguen el cielo, la tierra y el subsuelo a la rapiña extranjera, lo tratarán como a un enemigo. Y dirán que es enemigo de la libertad. El presidente de ARENA acaba de afirmar que el organizador del asesinato de Monseñor Romero “le apostó al país, al progreso y a la libertad”. Es a esa gente que tenemos en frente. No lo olvidemos.

15 junio 2006

¿Movimientismo o mala traducción?

¿Hemos realmente leído a Marx?

Carlos Abrego

No hace mucho, releyendo las acotaciones hechas por Karl Marx al Programa de Gotha, me di cuenta de un error de traducción. Se trata de una traducción literal, torpemente al pie de la letra. Siempre he sospechado que las traducciones de los textos marxianos padecen de deficiencias —he tropezado con pasajes casi incomprensibles en castellano, que me resultan transparentes en su traducción francesa o rusa. He tenido la misma impresión al leer a Jorge Federico Guillermo Hegel. El error del que voy a hablar no tiene mayor importancia para entender el pensamiento marxiano, ni los fundamentos del marxismo, no obstante se trata de un error sintomático y la actitud de los lectores y comentaristas bastante negligente. Me voy a explicar sobre esto.

Se trata de una frase muy comentada y aparece en la carta que Marx le escribe a Wilhem Bracke (1842-1880). En ella le pide que lea sus notas sobre el Programa de Gotha y que las haga circular entre algunos amigos que le indica. Voy ahora al grano. La frase tal cual aparece traducida y citada en muchos lugares es la siguiente: “Cada paso de movimiento real vale más que una docena de programas”. Los únicos textos en los que he encontrado el sintagma “paso de movimiento”, todos tienen relación con la carta de Marx. En ningún texto escrito directamente en castellano, en ningún diccionario es posible encontrar esa combinación. Simplemente no existe, no es castellana, ha entrado por una mala traducción. Evidentemente esto no origina ningún problema pues el contexto ha facilitado entender lo que quiso decir Marx. No obstante esta pésima traducción ha alimentado la existencia de un término que se usa hoy respecto al Foro Social Mundial y a otros organizaciones sociales, me refiero a “movimientismo”.

"Todo paso hacia adelante"

¿Cómo ha sido posible que gente que ha leído atentamente a Marx, que ha estudiado esta frase, no se haya detenido un instante en ese giro tan extraño? ¿No les llamó nunca la atención? Debo confesar que yo mismo he tenido esa misma actitud, pero recientemente leí el mismo texto en francés y esa frase tan garrafalmente errada, apareció ante mí diáfana y trasparente. Tomé de nuevo el texto en castellano y la sintaxis de toda la carta de Marx es pesada, muy arrevesada. ¿Marx era tan confuso? Visiblemente la estructura sintáctica alemana de las oraciones originales se conserva es su versión castellana.

Pero quise luego saber si en otras lenguas ocurría lo mismo que en castellano. Busqué la frase en inglés, italiano, ruso y portugués. El giro aparece más o menos igual en inglés, en italiano y en ruso (comentado así por V. I. Lenin, aunque el líder ruso tal vez tenía en mente el texto en alemán). En portugués la frase está traducida casi de manera idéntica a la versión francesa.

En realidad ¿cómo debería de sonar en castellano la frase alemana? Simplemente: “todo paso hacia adelante vale más que una docena de programas”. Los traductores francés y portugués para conservar el adjetivo “real” que aparece en el texto original vierten la frase así: “todo paso hacia adelante, toda progresión real importa (vale) más que una docena de programas”.

Si ahora vuelven a leer la mala versión inicial se darán cuenta que la traducción es pésima. Esto implica muchas cosas. ¿Los pasajes oscuros de muchos textos marxianos proceden del texto mismo o de la traducción? Un giro tan sencillo como “paso hacia adelante” nuestro traductor fue incapaz de encontrarlo. ¿En qué otros momentos se equivocó? ¿Hemos leído siempre a Marx?

Sabemos de los enconados esfuerzos de Marx por ser exacto en su terminología, de encontrar la palabra que expresara su pensamiento real. Todos sabemos de lo inconforme que quedó al leer la mala traducción al francés de Joseph Roy del primer libro de El Capital, hasta tal punto que se tomó el trabajo de reescribirlo en su totalidad. De cierta manera la versión francesa se puede considerar como otro original, además sabemos que añadió materiales y explicaciones.

Creo que el problema de la traducción no es un problema subalterno, los malos entendidos del traductor pueden simplemente volverse contrasentidos.

Una interpretación textual consecuente

Este pequeño error —pero tal vez igualmente otros de mayor importancia— procede de una actitud sacralizadora del texto original, confiriéndole a la forma mayor importancia que al sentido. Al mismo tiempo debemos concederle al traductor o traductores anónimos de las Ediciones de Moscú que su trabajo era de pioneros, que su actividad abría camino y que no existía tradición de traducciones a partir del alemán. Creo que seguimos sin tenerla. Al mismo tiempo los textos marxianos traducidos al castellano no podían gozar de la experiencia de los traductores de otros filósofos alemanes. También hay que tomar en cuenta que cuando aparecen esas traducciones —por lo menos las que más han circulado en nuestro medio latinoamericano— en los años cincuenta el ambiente ideológico era lo suficientemente hostil y el dogmatismo se refería más a los comentarios e interpretaciones de los manuales que a los propios textos. Estas circunstancias no fueron propicias para que debates marxistas, entre marxistas, pudieran proliferar y producir una interpretación textual consecuente.

Voy a dar un ejemplo cuyo valor y peso queda a la discreción del lector. José Carlos Mariategui es tenido por uno de los más grandes pensadores marxistas de América, esta reputación se forjó durante décadas y se volvió evidencia. Pues en sus “7 ensayos de interpretación de la realidad peruana” se nombra a Marx una sola vez y en la misma página a Engels. Mariategui en esos ensayos acostumbra a dar las referencias exactas de sus citas. Cuando cita a Engels se conforma con darnos el título de la obra en la nota al pie de página y al nombrar a Marx en otra nota al pie de página viene escuetamente el título de El Capital, sin más. ¿En qué lengua lo leyó, en francés, en italiano, en inglés o en castellano? Me parece muy sospechoso que no dé ni siquiera la página del texto que cita. No sospecho de su probidad, no. Sospecho que el texto no haya sido castellano, que es él quien traduce, no obstante no podemos saber a partir de qué lengua lo hace. Sobre el carácter marxista de los “7 ensayos” tengo por mi parte muchas reservas. No niego su interés y ni su importancia.

Para que se hagan un juicio propio les doy aquí el texto en alemán de la frase que he comentado arriba y las versiones que he encontrado. No puedo determinarme cabalmente si la versión inglesa es correcta o no. La italiana adolece del mismo defecto que la castellana, lo he consultado con un traductor del alemán hacia el italiano. No les doy la traducción al ruso pues no poseo caracteres cirílicos.

“Jeder Schritt wirklicher Bewegung ist wichtiger als ein Dutsend Programme”.

“Every step of real movement is more important than a dozen programmes”.

“Ogni passo di movimento reale è più importante di una dozzina di programmi”.

“Tout pas fait en avant, toute progression réelle importe plus qu’une douzaine de programmes”.

“Vale mais cada passo em frente, cada progressão real, do que meia dúzia de programas”.

04 junio 2006

Cuestiones de destino

Un conocido poeta sufre

Carlos Abrego

Estar afuera, tratando de seguir de cerca el diario acontecer nacional, inexorablemente me obliga a reaccionar más ante el discurso que ante la realidad misma. La situación real para muchas familias ha de ser aún más trágica de lo que fríamente pintan las pocas cifras que aparecen en los diarios. Claro, están mis recientes viajes al país y mi antigua experiencia, lo que vi y viví.

Permítanme hoy intervenir más sobre el discurso que sobre la realidad. Desde hace algún tiempo leo en diferentes medios, de manera recurrente, que los salvadoreños carecemos de una cultura de la discusión, del intercambio sereno de opiniones y que trasladamos también a este ámbito la polarización que sufre el país. Un conocido poeta sufre, en un editorial, la ausencia de armonía que arrasa al país, otros quieren inculcarnos la moderación, nos sugieren que mejoremos nuestra retórica y que nos inspiremos de los debates que tienen lugar en otros países. Nos acusan de trasladar al discurso la violencia que imperó durante el conflicto armado.

Convengamos que los diez muertos diarios son muchísimos más violentos que cualquier discurso por muy acalorado que sea. Estas muertes son irreparables y más numerosas que durante la guerra. ¿Cómo hablar de estas muertes? ¿Quién pone en las manos de los asesinos las armas? ¿Quién importa y vende armas de fuego en el país? ¿Son cientos o miles los muchachos que se han puesto fuera de la sociedad entrando al mundo del crimen? He dicho “se han puesto fuera de la sociedad” y de inmediato me he dado cuenta lo falso de esta formulación. ¿Están realmente fuera de nuestra sociedad? ¿Acaso no son su producto? Porque la miseria material produce —aunque esto no sea obligatorio— su propia miseria moral. Lo digo así, pues no todos los miserables se vuelven ladrones y criminales.


Miles son los que empaquetan su miseria y se van


La miseria material en la que sobreviven o tratan de sobrevivir miles de familias salvadoreñas carece también de armonía. Este debería de ser el primer tema de las almas sensibles y refinadas. Y si le buscamos a este irrecusable hecho su origen, nos daremos cuenta que no es el fruto de alguna maldición. Se trata del resultado de una política, de decisiones tomadas por personas concretas, de personas que actúan guiados por sus intereses, por el afán de acaudalar mayor riqueza. El gobierno y las clases dominantes son responsables de este estado de cosas. La miseria mata niños, mujeres, hombres, ancianos. La miseria es la causa principal del éxodo masivo de salvadoreños. Miles de salvadoreños frente a esta realidad, en la que saben que no obtendrán la más mínima esperanza de engendrar un sueño, empaquetan su miseria y se van a rodar mundo y a jugarse la vida. Esto merece mayor reflexión y no bromitas como la que mi hizo el refinado poeta al responderme aquí en París, de que antes los salvadoreños se iban a Honduras y que ahora han mejorado su destino.

¿Cuántas niñas nuestras son ultrajadas, humilladas, prostituidas en los prostíbulos de Comalapa? ¿Los responsables de esto quiénes son? ¿Quién en el país toma las decisiones para causar la desesperanza en que vive un pueblo, para que a sabiendas de todos los riesgos salga huyendo hacia el Norte? Salen nos dicen con chocarrera insistencia en busca del sueño americano. Se trata de un eufemismo para no decir que se escapan de una pesadilla.

Hay gente que produce noticias, que hace comentarios, que escribe editoriales para justificar este estado de cosas. Hay gente en el país que quiere convencernos de que el partido oficialista y los partidos de oposición tienen igual responsabilidad en lo que pasa en el país. Es por eso que han impuesto términos periodísticos como “polarización”, “empantanamiento del presupuesto”, “extremismo”, “irrealismo”, etc. Pero esos términos están ahí para ocultar responsabilidades y complicidades. Y no hay que poner el grito en el cielo si viene alguien y exige un mínimo de seriedad en los comentarios de los peritos.


Nos piden que nos pongamos guantes


Las cosas se agravan en el país, la violencia crece, no hay trabajo para todos, los salarios son bajos, los precios aumentan, los servicios insuficientes y a veces como el agua o la salud inexistentes en amplias zonas de nuestro pequeño país. La deuda pública es el único recurso que tiene el gobierno para hacer frente con los gastos corrientes.

Detrás de todas estas palabras que he ido alineando está la realidad de las mujeres que tienen que ingeniárselas para servir la cena y engañar al hambre. Hay que comprar ropa, zapatos, pagar el alquiler, la luz, el gas o la leña, el agua. Hay que hacerle frente a la vida. Y nos piden que enguantemos nuestras palabras cuando hablamos de esto.

Entonces permítanme que vuelva a la carga. ¿Se puede andar con componendas en la asamblea? ¿Debemos conformarnos con una política que agrava la realidad? Para poder devolverle a la gente la esperanza es necesario romper con el sistema que nos ha hundido en este pozo sin estrellas. Hay que devolverle a la nación lo que le han robado.

02 junio 2006

08 mayo 2006

Una vitrina en Yace el Corazón

No se trata de una naturaleza muerta. Es una vitrina en una calle de París que lleva un nombre muy evocador: Gît-le-Coeur. Posted by Picasa

Los emigrantes y las remesas

Erasmo y Bruno también fueron emigrantes

Existen dos grandes figuras entre las que balancea mi admiración y respeto: Erasmo y Bruno. Sus destinos fueron distintos. Uno ha sido de los pocos que gozaron en vida de la fama y del respeto de los grandes. El otro pasó la vida huyendo y murió en la hoguera. Ninguno de los dos fue canonizado por la Iglesia, aunque Bruno es mártir, murió por la verdad y sólo por ella. Pero el hereje en esta historia fue el Inquisidor. Muchos han sido rehabilitados por la iglesia. El caso Giordano Bruno no ha sido atendido por la Iglesia y su Congregación de la fe. Les cuesta pedir perdón en este caso y reconocer el crimen.

Erasmo con su actuación salvó a la Iglesia del derrumbe. Evitó que se desperdigara en infinidad de sectas. Buscó la paz, predicó la paz y al ver que Lutero con razón individualizaba la fe y la práctica religiosa, promovió una nueva visión de la creencia, respetando el auténtico sentir del pueblo. El caso de Bruno no es muy lejano al de Erasmo, pues su búsqueda es la autenticidad. No soportaba que alguien quisiera imponer autoritariamente un capítulo de la fe. Si su capacidad de raciocinio le dictaba que tenía que combatir la autoridad establecida, no reparaba en la dificultad que surgiera, en el poderío del papa, del obispo o del príncipe. Si su íntima convicción le sugería una actitud, una postura o una opinión, su conducta fue siempre hacerla pública. Siempre corrió ese riesgo, pues en el entonces inquisitorial de su vida, opinar siempre fue un peligro.

La actitud de Erasmo no fue totalmente diferente y en muchas ocasiones entró en contradicción con los bien pensantes y celadores del orden. No obstante tuvo la precaución de evitar el escándalo, de que nadie pudiera nombrarlo como alguien que se pone afuera del buen camino. Erasmo propiciaba el diálogo y sobre todo rehuía la discordia. Todos sabemos que eso no le impidió decir lo que pensaba y que uno de los textos más célebres del humanismo sea "El Elogio de la Locura". Con ese panfleto se
ganó el amor del pueblo y su popularidad fue su mejor escudo.
Abandonar el país es una decisión personal
Hay un tema nacional en el que me gustaría participar con mi opinión y me encantaría encontrar la firmeza de Bruno y la moderación de Erasmo. El tema ha adquirido un estatuto infranqueable y al parecer no existe divergencia de opinión entre nosotros los salvadoreños: los emigrantes y las remesas.

Soy yo mismo un emigrante, pero que salió en una época en que pocos salíamos y no salí para buscar fortuna, ni para irme a vivir y hacer mi vida en otro país. Nunca busqué ser ciudadano de otro país y no lo soy. Siempre he sido y seré salvadoreño y tan sólo eso. No creo que esto merezca encomio, ni alabanza, simplemente fue una decisión personal y muy vital para mí. Y no obstante, así, he pasado cuarenta y dos años fuera del país y aún sigo viviendo afuera. Mi circunstancia se asemeja en gran parte con la de muchos de nuestros compatriotas que viven y hacen su vida en el extranjero. Y que se ven obligados a buscar a acceder a una nacionalidad extranjera y a enarbolar banderas extrañas. Esta condición de emigrante no es muy cómoda y en cierta medida nos pone en peligro de equilibrio mental. Vivimos desgarrados afectivamente. Nuestro deseo es seguir siendo quienes somos y no obstante debemos acomodarnos a otras maneras de ser. Y poco a poco vamos cambiando hasta nuestros más íntimos gestos y modos de conducta. Sin sentirlo vamos perdiendo nuestras maneras, sin llegar, claro está, al extremo de que se nos olvide el meneadito circular y balanceado para revolver el "shuco".

Somos más de un millón de salvadoreños afuera y cada uno de nosotros tuvo sus motivos personales para salir del país. Y si hay una gran diferencia en las motivaciones personales de cada uno, existe una característica común a todos. Se trata precisamente que la motivación es ante todo y sobre todo personal. Nuestra partida no es un destino común, un impulso común, lo común es nuestra búsqueda personal de otro destino. Lo que tenemos de común es que nuestro país no nos ha ofrecido la posibilidad de buscar nuestro destino al interior de nuestra nación. Este rasgo común es una carencia y no un atributo. Aunque en esto mi raciocinio peca por unilateral, pues si todos carecemos de la posibilidad de realizar en el país nuestros sueños y aspiraciones, esto también posee un doloroso contenido del que no escapa ningún salvadoreño. Para ser exacto diré mejor, muchos salvadoreños, tal vez la mayoría.
Igualdad de condiciones e igualdad de derechos
Esta carencia de posibilidades constituye pues un problema nacional, común a todos. Y los que nos hemos ido, los que seguimos yéndonos, hemos optado por buscarle individualmente, cada uno con sus propias motivaciones, una salida a este problema. Dicho de otra manera, se trata de un problema nacional al que cada uno de los emigrantes le ha encontrado una solución individual, personal. El carácter individual, personal de la solución no implica en absoluto para mí ninguna culpabilidad. Cada ser humano en ciertas circunstancias extremas, como es la nuestra, busca siempre su propia salvación, como salir adelante. Por lo tanto ese éxodo por masivo que sea no es una solución colectiva, ni tan siquiera un acto colectivo. Son más de un millón de actos individuales y su intención no es la de resolver el problema colectivo.

No obstante existe algo que hace de todos nosotros un ente colectivo, que nos sigue dando una identidad mucho más que personal. La comunidad del problema que nos empujó a abandonar nuestro país, es decir, nuestro común origen. Pues de alguna manera servimos de manifestación a un problema nacional: la ausencia de destino individual más o menos feliz en nuestra propia tierra. Esta característica la compartimos con todos de nuestra misma condición que se han quedado en el país y siguen viviendo en El Salvador. Esto nos liga aún al mismo destino. Lo que nos une es que seguimos siendo salvadoreños. Pero somos salvadoreños como cualquier salvadoreño. Esto nos da obligaciones y nos da derechos.

Permítanme que aborde ahora el otro tema, las remesas. Se habla de ellas como lo que mantiene a flote la economía del país. Creo sinceramente que se exagera su importancia económica. Constituyen un porcentaje importante del producto interno bruto. Estos envíos de dinero se efectúan en la mayoría de los casos gracias a privaciones y a sacrificios de los salvadoreños. No obstante estos envíos proceden de personas individuales y llegan a sus familiares. Se trata pues de actos personales, con finalidades individuales, la principal es ayudar a la familia que se ha quedado en el país. Con esto estoy diciendo algo muy banal, pero muy cierto. Y digo esto pues muchos de los que han abogado porque se instituya el voto de los salvadoreños en el extranjero han destacado el peso de las remesas en la economía nacional. En otra ocasión ya expresé que me parece absurdo este argumento. Pues el derecho de voto lo tenemos todos por el hecho mismo de ser salvadoreños, ya que la constitución nos confiere igualdad de derechos. Me parece que no es válido el argumento pues eso significaría que los salvadoreños que no envíen dinero a sus familiares no tendrían derecho de votar.

Pero hay otro aspecto que me parece que se sobrevalora o mal interpreta. Estos aportes a la economía familiar de cada uno de los emigrantes que efectúan las remesas no tienen mayor valor moral que el que cumplen los familiares que trabajan en el país y llevan de comer, tal vez poco, tal vez insuficientemente, a sus hogares. Lo que quiero decir es que se trata de lo mismo, se cumple con lo que se considera una obligación. No veo que superioridad moral pueda tener una remesa sobre un sueldo ganado en el país y que sirve para vestir, alimentar y cobijar bajo techo a la familia.

Me dirán que los que se han ido no siempre están obligados a enviar dinero y sin embargo lo hacen. No niego eso, pero aun así no veo qué tiene eso de particular y sobresaliente, se trata siempre de lo mismo. En primer lugar no pasa de ser un acto privado, con finalidades privadas. He leído algunas veces que son los salvadoreños que viven en el extranjero los que mantienen a los que se han quedado en el país. Se puede honestamente afirmar semejante tontería. También he leído que no se usan bien esas entradas. ¿Por quién? ¿Por el gobierno? ¿Por los familiares? El gobierno en esto no tiene nada que ver. Tal vez sí, al no intervenir en los canales que vehiculan ese dinero, en el control de las exorbitantes tasas que retiran las agencias bancarias, al no crear un organismo nacional único que pudiera atesorar esos envíos. Pero en esto ya entramos en otro tema.

Espero que estas reflexiones no hayan ofendido a nadie y también espero no haber escandalizado a nadie.






23 abril 2006

Un poema

Las trampas de mi historia
Los baches de la historia fueron
los que retardaron mis te quiero.
Tanto me costó decirlo
que hasta la máscara del grito
amordazó la mano en la caricia.

Qué oscuro me puse, qué tristes
fueron mis inquietos gestos,
qué culpa me inculcaron,
qué tenía que ver la historia
con las sombras de dos cuerpos
luchando en las paredes,
enlazados,
crucificados,
clavados,
disfrazados,
envueltos en el frío,
desnudos en estío.

Ahora que lo pienso,
la historia le puso tantas trampas a mi vida,
que hasta mis amigos se fueron yendo,
uno a uno,
bajo nuevas e inútiles banderas.

Inútiles banderas.
Cómo me cuesta decirlo.
Como si decirlo fuera repetir un ingrato te quiero,
un te quiero de hastío o de costumbre,
un te quiero arrebatado.

Mis amigos.
Cuánta fe se nos fue buscando apaciguar la loba,
la misma que hacía de nuestras vidas primaveras.
Me gustaría nombrarlos a todos,
a vos Óscar Turcios,
a vos Iván Cevallos,
al tico Soley.
¡Ay! Burol, por poco te olvido.
Fallitas, cómo olvidarme de tus fantasmas,
de tus penas nadando,
de tus puntos olvidados
y las comas que le faltaban a las citas
truncadas por el Pravda.

¡Cuántos baches tuvo nuestra historia!
¡Cuántos remiendos quisimos ponerle al mundo!
¡Cuántos te quiero dejamos sepultados!


Pero hubo veces que le pusimos
trampas a la historia
y quisimos a lindas muchachas
como si fueran la patria
y las bañamos de te quieros
hasta la victoria y siempre
fue el mismo dilema,
patria o el amor que nos robaban.

Cómo me cuesta decirlo.
Pero los años se arrastran en la memoria
como virtuosos lagartos enamorados,
como si cada uno fuera un remordimiento
de trecientos sesenta y cinco huevos.

Pero de nada me arrepiento.
O tal vez de muy poco.

Nosotros lo que queríamos
era peinar al despeinado mundo,
hacerle un trajecito,
restregarlo, lavarle las orejas,
limpiarle las uñas,
lustrarle los zapatos,
ponerlo tipería para la grandiosa boda
con la muchacha más bella y más morena
que soñamos: la Gloriosa Aurora.

Y la quisimos tanto.
La quisimos con ganas,
como si fuera la novia,
la madre
y la patria juntas.
La Gloriosa Aurora.
Ahora, en las tinieblas recordando,
aparece majestuoso el busto de Ilich,
el mismo que en Tuapcé
nos cubrió para que bajo su erguido amparo
de besos, de muchos te quiero,
de oscuras caricias,
de altas estrellas,
de pequeñísimas,
de muy pequeñísimas palabras
fuéramos construyendo
nuestros más eternos instantes.

No voy a nombrarlas.
Pero fueron, han sido.
Generosas y hospitalarias
me ayudaron a crecer.
Me enseñaron que desde las raíces
del árbol de la vida
germina la savia del famoso fruto.

Que no eran la otra inmerecida mitad,
ni el absurdo complemento de seres separados.
Que juntos diferentes iremos por el mundo,
que era una pena sin remedio separarnos
y en las inciertas encrucijadas del reencuentro
siempre serán apenas el recuerdo del encanto.

No obstante
las súplicas de que las sepultara en el olvido,
de que regara con tiempo mis heridas,
de que no las llorara:
otra te querrá como yo no te he querido,
al cabo de esta historia,
no obstante, lo repito,
tengo previsto no caer en la última trampa,
la del balance.

Haré mis cuentas, sí. Mis cuentas.
Con mi sombra y con la poca luz que me ha quedado.

14-15 de Diciembre de 2004, Sarcelles.

20 abril 2006

Manifiesto republicano

Manifiesto "Con orgullo, con modestia y con gratitud"
El 14 de abril de 1931, España tuvo una oportunidad. La proclamación de la II República Española encarnó el sueño de un país capaz de ser mejor que sí mismo, y reunió en un solo esfuerzo a todos los españoles que aspiraban a un porvenir de democracia y de modernidad, de libertad y de justicia, de educación y de progreso, de igualdad y de derechos universales para todos sus conciudadanos. Hoy, setenta y cinco años después, los firmantes de este manifiesto evocamos aquel espíritu con orgullo, con modestia y con gratitud, y reivindicamos como propios los valores del republicanismo español, que siguen vigentes como símbolos de un país mejor, más libre y más justo.
Frente al colosal impulso modernizador y democratizador que acometieron las instituciones republicanas -siempre con la desleal oposición de quienes creían, y siguen creyendo, que este país es de su exclusiva propiedad-, todavía se nos sigue intentando convencer de que la II República fue un bello propósito condenado al fracaso desde antes de nacer por sus propios errores y carencias. Los firmantes de este manifiesto rechazamos radicalmente esta interpretación, que sólo pretende absolver al general Franco de la responsabilidad del golpe de estado que interrumpió la legalidad constitucional y democrática de una república sostenida por la voluntad mayoritaria del pueblo español, con las trágicas consecuencias que todos conocemos. Y exigimos que las instituciones de la actual democracia española rompan de manera definitiva los lazos que la siguen uniendo -desde los callejeros de los municipios hasta los contenidos de los libros de texto- con un estado ilegítimo, que surgió de una agresión feroz contra sus propios ciudadanos y se sostuvo en el poder durante treinta y siete años mediante el abuso sistemático e indiscriminado de los siniestros recursos que caracterizan la pervivencia de los regímenes totalitarios. Después de treinta años de democracia, resulta vergonzoso tener que recordar aún donde estaba la ley y donde estuvo el delito. A estas alturas, es intolerable, y muy peligroso para la salud moral y política de nuestro país, que todavía se pretenda equiparar al gobierno legítimo de una nación democrática con la facción militar que se sublevó contra el estado al que, por su honor, había jurado defender, y cuya victoria sólo fue posible gracias a la ayuda de los regímenes fascista y nazi que preparaban una invasión de Europa que acabaría provocando una guerra mundial y, aún más decisivamente, gracias a la culpable indiferencia de las democracias occidentales, que, antes de convertirse en víctimas de las mismas potencias en cuyas manos habían abandonado a España, eligieron parapetarse tras el hipócrita simulacro de neutralidad que representó el comité de No Intervención de Londres.
El 14 de abril de 1931, España tuvo una oportunidad, y los españoles la aprovecharon. Pese a la brevedad de su vida, la II República desarrolló en múltiples campos de la vida pública una labor ingente, que asombró al mundo y situó a nuestro país en la vanguardia social y cultural. Entre sus logros, bastaría citar la reforma agraria, el sufragio femenino, los avances en materia legislativa de toda índole, la separación efectiva de poderes, las constantes y modernísimas iniciativas destinadas a difundir la cultura hasta en las comarcas más remotas, el decidido impulso de la investigación científica o el florecimiento ejemplar no sólo de la educación, sino también de la asistencia sanitaria pública, para demostrar que aquel bello propósito generó bellísimas realidades, que habrían sido capaces de cambiar la vida de un pueblo condenado a la pobreza, la sumisión y la ignorancia por los mismos poderes -los grandes propietarios, la facción más reaccionaria del Ejército y la jerarquía de la Iglesia Católica- que se apresuraron a mutilarlo de toda esperanza.
La República dotó a los sectores más débiles y desprotegidos de la sociedad de entonces, las mujeres y los niños, de un estatuto jurídico privilegiado en su época. El retroceso fue tan brutal, que el cambio de régimen supuso para ellas, para ellos, la pérdida de todo derecho y su consagración como subciudadanos dependientes de la buena voluntad de los cabezas de sus respectivas familias. La República apostó por la defensa de los espacios públicos como escenario fundamental de la vida española, asumiendo la necesidad de equiparar las condiciones de vida de las poblaciones rurales y urbanas, y desarrollando políticas de igualdad no sólo entre los individuos, sino también entre las regiones más y menos prósperas. El retroceso fue tan brutal, que el cambio de régimen consolidó las desigualdades históricas tanto individuales como colectivas, y abandonó la promoción de los servicios públicos para crear un déficit que en algunos sectores, como la educación primaria y secundaria, seguimos padeciendo todavía. La República fomentó el auge de la cultura española en todos los terrenos de la creación artística y de la investigación científica, el debate intelectual y la vida universitaria, hasta el punto de que su nombre y su destino estarán unidos para siempre a la memoria del máximo esplendor cultural del que ha gozado nuestro país en la era moderna. El retroceso fue tan brutal, que el cambio de régimen supuso la pérdida más trágica que, a su vez, ha soportado nunca la cultura española, el exilio masivo de los mejores, que dejaron las aulas y los laboratorios, los talleres y las redacciones, las editoriales y los museos, la autoridad y el prestigio intelectual de nuestro país, en manos de una improvisada cosecha de oportunistas y segundones, que redujeron la vida cultural española a una lamentable manifestación de mediocres oscuridades.
Hoy, setenta y cinco años después, los firmantes de este manifiesto no queremos seguir lamentando la triste brutalidad de aquel retroceso, sino celebrar la emocionante calidad de los logros que le precedieron, y agradecer la ambición, el coraje, el talento y la entrega de una generación de españoles que creyó en nosotros al creer en el futuro de su país. Reivindicar su memoria es creer en nuestro propio futuro, que será proporcionalmente mejor, más libre, más justo, más feliz, en la medida en que seamos capaces de estar a la altura de la tradición republicana que hemos heredado. Por una España verdaderamente moderna, laica, culta, igualitaria, por su definitiva normalización democrática, y por el progreso armónico del bienestar de todos sus ciudadanos, hoy, setenta y cinco años después, queremos celebrar el 14 de abril de 1931, y proponer que esta fecha se celebre en lo sucesivo como un reconocimiento oficial a todos los ciudadanos españoles que lucharon activamente por la libertad, la justicia y la igualdad, valores comunes que tienen que seguir orientando la construcción democrática de la sociedad española. Abril 2006

11 abril 2006

Recuerdos

Incipits I

Leve recuerdo, recuerdo en hilachas, no obstante persistente y que me ha acompañado toda la vida. Un atardecer en Santa Ana, en el atrio del Calvario, un grupo de muchachos, alumnos del Seminario, comentaban el primer capítulo de la última novela que acababa de leernos el profesor de castellano. No recuerdo ni siquiera aproximadamente la fecha, sé que mediaban los años cincuenta. Recuerdo que solíamos reunirnos en las gradas de la estatua del fray Felipe de Jesús Moraga. Hablábamos entre nosotros de todo, las más de las veces de asuntos profanos. Esa vez pronuncié palabras que sorprendieron a mis contertulios y que me sorprenden hasta ahora a mí mismo, no tanto por su contenido, sino por lo tajante de mi juicio de entonces y el exiguo material que lo sustentaba. ¿Quién sabe cuáles fueron los caminos que me llevaron a esa conclusión? Pero el hecho es que afirmé sin pispilear que esa novela no podía ser muy buena, pues la frase inicial era muy mala. Mis compañeros se sorprendieron por lo incisorio de mi abrupta frase. Se burlaron y se rieron. ¿Qué sabía de novelas buenas o malas, si yo no había escrito ninguna? ¡¿Una frase no lo determina todo?!

No me pregunten de qué novela se trataba, se me ha olvidado. Además nuestro profesor tuvo que cambiar de estrategia para interesarnos al estudio de la gramática castellana. En realidad se vio obligado a estudiarla para poder enseñárnosla... Así que nunca supimos si era buena o mala la novela... A mí me gustaban esas lecturas semanales. Muchos años después supe el nombre latino de la frase introductora de las novelas: íncipit.

Mucho me he entretenido leyendo, analizando los íncipits. Tal vez el más célebre sea el majestuoso inicio de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Tan célebre que ya nadie le presta atención y lo que más ha aguzado la perspicacia indagatoria, es el misterioso lugar de la Mancha, cuyo nombre no podemos conocer. No obstante ese íncipit —oído tantas veces antes de que abriera la novela de Miguel de Cervantes— tardó en revelarme su magia. Me ocurrió lo que le acontece a todo el mundo al cruzarse con alguien muy conocido, lo dejé pasar.

Fue con León Nikolaevich Tolstoi que comenzó realmente a afilarse mi atención: al leer la primera oración de Anna Karenina fue fulgurante la sensación de sentir que una mano tomaba la mía para entregarme un hilo que me guiaría en el laberíntico escudriño del alma humana. Al mismo tiempo me sentí atrapado. Nada, ni nadie pudo arrancarme de la novela. El íncipit marcó también el compás de mi lectura. No tuve que precipitarme con desembocada curiosidad buscando un desenlace que desahogara la tensión de los anhelos provocados. El ritmo de mi lectura fue lento, tal vez se entrelazaba con la prudente marcha que adoptó la pluma de Tolstoi. La apertura nos advierte en forma de adagio que vamos a ser testigos de un drama: "Las familias felices se parecen entre ellas, cada familia desdichada lo es a su manera". Esta verdad tan sencilla y tan sencillamente dicha me sobrecogió profundamente, pues la singularidad de la desdicha forzosamente nos hunde en la soledad y nos priva de la posible comunión con los otros. La desdicha nos aparta, nos condena.


19 marzo 2006

El Marxismo en El Salvador

El Marxismo y El Salvador

Por Carlos Abrego

En El Salvador el marxismo ha gozado entre algunos círculos muy restringidos de intelectuales de un prestigio indiscutible. No obstante difícilmente podemos afirmar que la filosofía marxista ha existido en el país. En la oposición entre el mundo capitalista y los países del “socialismo real”, nuestro país estuvo siempre alineado al anticomunismo, simple y llanamente. Los escasos textos marxistas que circularon, lo hicieron clandestinamente y de manera más que limitada. La mayoría de los que se llamaban marxistas tuvieron un acceso mínimo al corpus teórico de Marx. Estoy hablando de los que aspiraban a estudiarlo. Muchos militantes tuvieron en mano resúmenes, breviarios, compendios, iniciaciones, introducciones y sobre todo panfletos sin mucho que ver con el pensamiento de Carlos Marx y Federico Engels.

La filosofía para desarrollarse urge de la máxima libertad. En nuestro país nunca han existido las condiciones necesarias para un enfrentamiento teórico sereno y leal, entre las diferentes filosofías, entre el idealismo y el materialismo. Pero esta situación no es en nada original. La compartimos con casi todos los países. El marxismo —en tanto que filosofía— ha sido atacado sobre todo desde el punto de vista político y la mayoría de los que lo combaten lo hacen sin un estudio previo, sin haber profundizado en sus posiciones.

Retomar la iniciativa

En nuestro país se combatió al marxismo durante largas y sombrías décadas con el garrote, la tortura, la cárcel y el asesinato. El oscurantismo inquisitorio dirigió los debates en este terreno. En la actualidad tampoco existen las condiciones idóneas para una discusión serena. El marxismo es simplemente excluido, relegado al estatuto de cadáver histórico. Algunos de nuestros pensadores se adjudican fáciles victorias frente a un marxismo que conocen de oídas, sin poder citar ni un solo párrafo para sostener las “posiciones marxistas” que combaten. Lastimosamente esta condición la comparten también quienes siguen en secreto declarándose aún hoy marxistas.

Y desgraciadamente la situación política y social no les permite otra cosa, el debate ideológico es inexistente. Hoy en nuestro país es imposible declararse abiertamente marxista. Imposible porque la ideología hegemónica en El Salvador sigue siendo el anticomunismo más primario, más irreflexivo e irracional que exista.

No obstante no podemos esperar que lleguen esas condiciones propicias para la discusión, pues hay apremio en que el pensamiento progresista retome la iniciativa y proponga alternativas a la situación de opresión en la que está sumido nuestro pueblo. Para ello es necesario que sosegadamente, sin inútiles precipitaciones volvamos al origen, a los textos mismos, a su análisis y que desechemos la búsqueda de aplicaciones inmediatas y automáticas de una doctrina que en el marxismo es inexistente.

Precisamente uno de los postulados más repetidos y aceptados sin la más mínima postura crítica es el de la existencia de una doctrina marxista. De una doctrina resumible en una cantidad limitada de postulados, de un cuerpo cerrado de posiciones. No obstante una de las más grandes novedades del marxismo —en oposición a las filosofías que le precedieron— consiste justamente en su carácter intrínsecamente abierto e inconcluso. Inconcluso no porque que sus fundadores ya no existen y no terminaron su obra, sino porque la nervadura que la sustenta es la unión, la coadunación del materialismo y de la dialéctica.

Visión de mundo y método de estudio

La filosofía marxista es materialista y dialéctica. ¿Cuál es el nexo que se establece entre ellas? Desde el punto de vista lógico esta unión no es inevitable, puesto que el materialismo existió durante dos milenios sin dialéctica. Al mismo tiempo la dialéctica fue elaborada y desarrollada —desde Platón hasta Hegel— por el idealismo. Pero esta coadunación del materialismo con la dialéctica no es una simple casualidad histórica. Esta unión produce un cambio radical tanto en el materialismo como en la dialéctica. El materialismo al ligarse a la dialéctica introduce el movimiento, el cambio, la historia, el aspecto subjetivo, la actividad humana. La dialéctica al anudarse con el materialismo abandona las esferas de los puros conceptos y entra de lleno en la realidad existente, vuelve de las esferas especulativas a la actividad real de los hombres.

El materialismo dialéctico y la dialéctica materialista se convierten en visión de mundo y método de estudio. Visión del mundo en el sentido en que para el materialismo priman las condiciones materiales de existencia, pero ahora de manera dinámica, tomando en cuenta las relaciones en el desarrollo histórico, en el movimiento propio de la cosa, introduciendo la práctica humana.

Los conceptos del marxismo rehúsan las definiciones del entendimiento, que vienen a fijar esencialidades dándoles visos de eternidad. El entendimiento no puede escapar a la rígida dualidad de lo concreto y de lo abstracto. Para el conocimiento sensible las cosas permanecen inseparables de su singularidad y de su cambio contingentes, este concreto derrota al conocimiento. Para el entendimiento, al contrario, pensar las cosas implica llevarlas a la más simple abstracción que viene a formar el contenido fijo y separado del concepto. Con ello se ha superado, es cierto, lo particular y contingente, no obstante también se ha eliminado de la esencia las relaciones y los procesos.

El pensamiento materialista dialéctico sale de la simple abstracción de las cosas y aprehende las relaciones y los procesos esenciales, vuelve a encontrar su lógica concreta y le restituye a la realidad pensada la vida de la realidad misma. Los conceptos de la filosofía marxista —en su acepción y uso materialistas y dialécticos— no nos informan cómo son las cosas en general, sino como hay que proceder en general para estudiar lo que es la cosa concreta. El concepto del entendimiento proyecta un mundo fuera del mundo. Al contrario la dialéctica materialista nos introduce en el conocimiento de lo que es el mundo en sí mismo. El concepto metafísico pretende encerrar en sí la esencia de la cosa; al contrario el concepto dialéctico nos empuja hacia las cosas mismas. Se trata de un concepto herramienta, operatorio. En vez de ser el cabo, el cierre del pensamiento, el concepto materialista dialéctico ayuda a obrar con el pensamiento siempre de manera abierta.

Si definimos qué clase de cosa es universal y eternamente, por ejemplo, la democracia, toda investigación concreta ulterior resulta inútil, lo que significa simplemente que este tipo de definiciones resultan inútiles para cualquier investigación posterior. Pero si al contrario, en lugar de ofrecer una definición, indicamos únicamente a través de qué relaciones en el desarrollo histórico se produce la democracia, no prejuzgamos de la inagotable diversidad de formas concretas que pueden tomar o son susceptibles de tomar estas relaciones y esta historia. Se extrae únicamente su lógica.

Los conceptos en su acepción materialista dialéctica aparecen como mucho más abstractos, más formales, mucho más pobres que los conceptos del entendimiento. Pero justamente porque evitan o rehúsan substituir lo concreto de la cosa por la pobreza petrificada de una esencia abstracta, los conceptos de la dialéctica materialista pueden enriquecerse constantemente de nuevos contenidos. Se trata de objetos del pensamiento y relaciones con la realidad, de señales para el conocimiento. Ellos conducen hacia un conocimiento que hace estallar todo sistema, toda doctrina cerrada. Es en ellos, en los sistemas, en donde se produce el cierre más radical de los conceptos. El marxismo propone una síntesis en desarrollo incesante.

Polarización política, social y económica

Si en nuestro caso salvadoreño nos conformáramos con tomar una de las tantas definiciones que circulan de “democracia” y nos contentáramos en ver cuán lejos estamos de ese ideal, no nos serviría de nada. Pero concretamente estamos viviendo una coyuntura política en la que aún se sienten a diario las consecuencias de la guerra. Vivimos en un período determinado por el resultado de “empate” de esa guerra. Es una herencia de la guerra lo que muchos han decidido llamar “polarización” política. No obstante esa polarización hay que relacionarla con la polarización social y económica en que está sumida la nación. La actividad política dentro de las instituciones refleja plenamente esa situación social y económica que reina en el país. Se trata del mismo antagonismo que nos llevó a la guerra y si no le damos salida a los problemas políticos, sociales y económicos que nos sumergen en el caos actual, esos mismos problemas pueden conducirnos de nuevo a un enfrentamiento armado.

No podemos negar que el Acuerdo de Chapultepec ha traído a nuestro país toda una serie de instituciones, que aún en su estado incipiente y deficiente, favorecen la actividad política democrática. Es innegable que esta situación es mejor que cuando se torturaba y se asesinaba a los opositores. No por ello nos vamos a callar y no vamos a denunciar todos los constantes atropellos que se cometen en contra el ejercicio de los derechos democráticos de los ciudadanos. Por el momento vamos a omitir la larga enumeración de todas las violaciones que se cometen contra las leyes del país y la Constitución.

Concretamente en el país estamos en un momento histórico en el que para avanzar urgimos defender los exiguos derechos que hemos conquistado. No podemos seguir admitiendo que la Corte Suprema de Justicia sea enfeudada a un partido político, que el TSE funcione como agencia ocultadora del fraude. No podemos admitir que la función suprema del país sea rebajada al ejercicio propagandístico de un partido. No podemos continuar aceptando que el dinero del país se malgaste en propaganda personal y promocional del presidente. Pero estas protestas no le conciernen sólo a la oposición. El ejercicio público de nuestra libertad aún es posible en nuestro país, pero si no reaccionamos a tiempo, de pronto nos encontraremos con una dictadura que no consentirá ninguna protesta y volveremos a los antiguos tiempos del crimen.

02 febrero 2006

Desempolvando textos

El mismo encuentro contado de nuevo y de modo diferente
“Flash-back” o retrospectiva



No hay nada similar a los encuentros imprevistos. Carole era una muchacha que no se encasilla a través de esas palabras de bonita, atractiva o guapa, como dijo el mesero de La Canaille. Era mona como diría el gallego, pero todo eso no era referente a lo que su físico pudiera evocar. Si usted quiere, esas palabras dicen de más o no lo dicen todo. Era de esas muchachas que nadie, ningún hombre deja de voltearse al ver su cadencioso paso y no se priva de proferir algún comentario (aunque sea en secreto), pero tampoco para enunciar algo que sintetice, es decir, todo el mundo se refiere a... a un detalle. El elogio o el encomio no atañe al conjunto. Se habla del giro de su cabeza, de su ondulada manera de preservar el equilibrio de la cadencia, de sus zapatos que no ocultan la belleza de sus pies. Existen empeines que logran conjugarse con la sonrisa. En el andar, a veces, resulta superfluo como se colocan los pies, son los brazos que en su movimiento nos obligan a viajar hasta el ensueño.

Aquella tarde, Carole y Gustavo bajo la lluvia eran una luz espesa que teñía los torrentes de leyendas. Inexplicable fue esa frase que sonó en medio de esa lluvia que iba menguando desconcertada: “Serás mi Ciguanaba antes del castigo”. Sin buscar misterios un nuevo beso acompañó el último relámpago de la tarde.

Encuentro imprevisto. Carole no solía entrar en los cafés de su barrio, aún menos responder a los que la abordaban con intenciones segundas, con piropos que poco aludían a su belleza, sino a la expresión de su rostro, que engañaba, pues se presentaba como afable invitación, como un coqueteo permanente, como una acogida calurosa. Todos los hombres, salvo raras excepciones, se precipitaban a tomarla de la mano, al suponer su sonrisa amable entrega o la respuesta de una víctima que ha mordido el anzuelo donjuanesco de poca calaña. Pero las raras excepciones se fueron convirtiendo con el tiempo en meras amistades masculinas, en las que un dosificado coqueteo (real éste) impedía el surgimiento de relaciones de mutua entrega amorosa.

Por supuesto, Carole tuvo amores, aunque todos fugaces en sus años de estudios, en noches de preparación de exámenes (“amores de estudiante” como dice el tango). Carole había entrado al café simplemente porque Bernard prefería citarla fuera de su casa. La consideró siempre preciosa amistad. Bernard le temía a la intimidad que se respiraba en la sala del departamento de Carole —juego de colores, combinación de muebles, luces tenues, cojines evocadores—. Eso ponía en peligro su amistad... Aunque su amistad y sus palabras siempre permanecieron en el linde, al borde... Era una manera de arriesgar y de perpetuar.

Las repetidas miradas al reloj de aquella tarde procedían de la tardanza de Bernard, pero fueron cumpliendo bien el papel de banderillas en el cuerpo de Gustavo. La primera vez que Carole consultó su pulsera pensaba menos en el tiempo que en la posible llegada de Bernard que vendría a interrumpir su charla con Gustavo. Gustavo interpretó (decodificó según R. B.), apremio y aburrimiento. La semiótica del gesto. Lenguaje de los ojos. Es lo mismo que las células y los tejidos en plena conversación en código ADN (lenguaje intraducible más allá del descubrimiento físico-químico). Naturaleza que comunica: pereza mental, antropomorfismo absurdo, metáfora de antipoesía. Sin embargo Carole intuyó perfectamente que Gustavo sufría los latigazos del tiempo consultado. En tanto que narrador omnisciente, de pleno derecho, doy testimonio que la femenina intuición de Carole dio en el clavo.
La desnudez de Carole y de Gustavo no se reflejaba en el empañado espejo, las sales y aguas calientes de la tina dilataban poros, relajaban el ritmo de los latidos, precipitaban la luz en múltiples colores en la espuma, distendían el apuro de tendones. El vapor había evacuado al tiempo. Los movimientos se acoplaban en el húmedo espacio, frotándose espaldas, muslos, pechos, brazos. No había acecho en la esponja. Era un alga que recordaba su oficio, se deslizaba en los cuerpos descubriendo una hermandad que había ido más allá de su origen.

Reinaba en el ambiente una claridad íntima que la luna hubiera envidiado en los claros del bosque. Los cuerpos se vestían de caricias casi rituales y las sonrisas perseguían besos iniciales. Copla de murmullos, palabras entrecortadas que flotaban salpicando las venas ensanchadas.

Gustavo había vestido el kimono japonés ofrecido por Carole. En una bandeja de esmaltes orientales humeaban pequeñas tazas de té. De nuevo entre ellos se impuso un silencio rasguñado por ruidos callejeros cada vez más lejanos; la ciudad era un mar de mareas mordiendo arenas más profundas, desnudando el vientre de la tierra. Los sorbos propiciaban las miradas furtivas. No hubo premura en los gestos, ni en el paulatino e imperceptible acercamiento de los cuerpos, las renovadas caricias los obligaron a tenderse en la alfombra que albergaba además sutiles cojines y una evocadora silla de mimbre. La luz cada vez mas comedida subía al cielo raso encebrando las paredes desde una lámpara traída de Oriente en un viaje de verano. Los colores se fugaban al cerrar los ojos en prolongados besos, las manos despaciosas atrasaban al tiempo regocijándose en la fuente del renacido calor de las palpitaciones. La voluptuosidad se ausentaba de sus mentes, las proezas de brazos y piernas tenían la ingenuidad de un ciervo aplacando su sed en manantiales, eran signos novicios de un lenguaje de imperfectibles afirmaciones. Carole descifraba misterios en la piel de Gustavo. Gustavo asía cojines pretendiendo trasladar ahí el incendio de sus nervios. Los cuerpos enfrentados no buscaban otra proyección que su propia sombra, ser el vórtice de todas las alas que avizoran el abismo del placer. La sangre se alza buscando su complemento y la dual caída en la más placentera de las fatigas.

02 enero 2006

Los náufragos del silencio

Pre-Texto
Mi novela "Los náufragos del silencio" se quedó inédita. Cuando la terminé 1978 El Salvador era apenas noticia en Francia y las editoras españolas mostraban ya por esa época cierto fastidio por la literatura "sudaka". Los temas que aborda habían dejado de ser atractivos: las tribulaciones de un cipote en los años cincuenta en un país desconocido.

Enviar un manuscrito a El Salvador entonces era simplemente descabellado, sobre todo si en algunas páginas se tocaban ciertos problemas sociales y políticos que se agravaban cada vez más.
Ahora tal vez cobren estas páginas algún interés, hablar de aquella década es casi hacer historia, aunque se trate de una novela. Me permito ponerles aquí el primer capítulo. Espero sinceramente que alguna vez salga a luz y que llegue hasta los lectores salvadoreños, en los que pensé cuando le robaba horas a la noche.
Los náufragos del silencio
-1-

Es terrible. Esperar noches enteras apretando la almohada la llegada de aquel día en que el Peche Martínez me dijera que hoy, manito, esperame detrás del Instituto, en el camino del volcán, bajo el amate. Hoy te traigo el libro, a las nueve en punto.

¡Qué oscurana aquella, qué tinieblas! Y todavía le tenía miedo al cadejo; no lejos de ahí, próxima, patente oí la gloriosa carcajada de la Ciguanaba.

Bajo un amate lleno de misterios y fantasmas, árbol que florece sólo una vez al año, en plena medianoche. Su flor blanca surge en el centro del tronco. Fortuna al que pueda cortarla en ese instante, inmediata muerte si en su intento fracasa. Se queda ahí vuelto espíritu, poblando de suspiros las ramas, hasta que otro desafortunado venga a buscar la gran flor blanca del amate, en una noche sin luna. Oía suspiros y pasos lejanos que se alejaban. Temía las lechuzas que en alguna rama me observaban con sus ojos amarillos.

Sentía que el tiempo jugaba con sus segundos estirándolos, con sus manos tiesas, apretándolos con sus dientes de boca oscura.
No había sombras en aquellas tinieblas; el último farol del barrio San Miguelito, a lo lejos parecía un lucero, pispileaba entre las ramas bajas. No hay silencio más intenso que el de un corazón batiendo sus velas en la garganta. No sé por qué esperaba ver salir del cafetal al finado aquel que bajaba del cementerio Santa Isabel, con su eterna y monótona letanía: "dame mi nalga que aquí está tu guacal". Pero los únicos pasos los oía en el aire, en el amate, lejanos perdiéndose en las ramas.
Cuando la Carreta Bruja atraviesa Santa Ana baja del volcán. El cuerpo de la noche va tragando los chirridos, los cascos de los bueyes negros producen sólo el eco de sus pasos. Bajo las ramas pobladas de suspiros del amate esperaba al Peche Martínez, los latidos en mi garganta me parecían el lejano eco de los cascos, faltaban los chirridos para entregarme la certitud del rapto, de ese rapto tan temido y mil veces anunciado por la voz ronca de mi tía Tona.
En las bolsas vacías del pantalón buscaba la pata de gallo protectora, la semilla chacha de marañón, la piedra ojo de gato, la pita con los siete nudos. Mis manos recorrían insistentemente los bolsillos con la sed de un extraviado en el desierto, pero nada, ningún amuleto, mi miedo estaba desnudo.
El Peche Martínez había dejado sonar la torre del Calvario sus nueve funestas campanadas desparramando el tiempo en la noche callada. En mi ansiedad oía sus pasos ausentes, el Peche tardaba.
Sabía que pronto los lirios encantados llorarían, se quejarían de su amor secreto. La voz de mi tía me sonaba en la cabeza con todos sus cuentos. Esos primos de amores prohibidos, que en su fuga incierta encontraron obstáculo y prueba y que fueron alcanzados por el terrible venado pardo. Hechos flor por su hermosura y por la magia, condenados a gemir y a mecer sus tallos en busca de un imposible abrazo. Llorarían su pena, su eterno amor castigado.
La noche no es como el día, no declina, avanza con sus pasos oscuros. Lenta es la noche. La espera estira el tiempo como si fuese melcocha. El Peche Martínez no vino.
Sonó la media desde la torre, ese machete exacto que aplana las mechas de los segundos rezagados. Abandoné el amate poblado de suspiros, temí ser encantado por el llanto de los novios, caminé lentamente, de espaldas a la oscuridad, con los ojos clavados en el lejano farol. Iba triste, con miedo, las manos en los bolsillos. Volvía a la ciudad. Las otras parroquias siempre atrasadas salpicaban la noche con sus campanadas.
Llegué al barrio con los pies empolvados, zapateé en el pavimento. La luz de la tienda de don Encarnación aún estaba encendida. Los últimos clientes fumaban distraídos con los vasos vacíos sobre la mesa, escuchaban la última ranchera. Apenas iban a ser las diez.